El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Una sorpresita
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Una sorpresita

ALGUNOS TRANSEÚNTES, CURIOSOS, se asomaban hacia dentro del cuartel de la Santa Hermandad, pero sin aventurarse adentro.

—Nadie custodia la entrada —dijo el sargento Zark—. ¿Nos acercamos?

—Con cuidado —afirmó el capitán—. Veamos antes si alguien nos dice algo.

Primero inspeccionaron a su alrededor, para asegurarse de que no hubiera algún vigía. La calle estaba moderadamente transitada, y por supuesto que llamaba la atención la puerta semiabierta y la columna de humo.

Se acercaron a un hombre barrigón que, cruzado de brazos, observaba el cuartel desde el umbral de una puerta. Era dueño de una tienda de vasijas de cerámica, sin clientela en ese momento.

—¿Qué fue lo que pasó, amigo? —le preguntó el capitán.

—Una escaramuza —respondió, rascándose un espeso bigote que le cubría los labios. Tenía una voz rasposa .

—¿Quiénes?

—Llegó todo un escuadrón de la guardia de la ciudad. Serían unos veinte o treinta. Antes de que amaneciera. Yo lo vi todo, desde la ventana. Fue un engaño.

—¿Cómo un engaño?

—Tocaron a la puerta tres soldados de la guardia, pidiendo audiencia con el comandante de la Hermandad. Fingieron ser tres. El resto de los soldados se escondieron aquí alrededor, y pegados al muro. Cuando la puerta se abrió, entraron todos y comenzaron los gritos.

—¿Capturaron a los hermanos, o los mataron?

—No sabría decirle, mi señor. Pero yo escuché ruidos de un combate, y varios gritos de dolor. Se llevaron cautivos a algunos, vi que sacaron a unos cuatro, amarrados. Los echaron a un carro y se fueron.

—¿Alguien se quedó adentro?

—No sabría decirle, mi señor. Yo estaba viendo todo por la ventana, pero un soldado me avistó y, lanzando una blasfemia, me advirtió que si no cerraba los postigos, me clavaría una flecha entre los ojos. Cerré la ventana, y aunque seguí asomándome por la fisura, no pude ver bien.

Se acercaron a la puerta, con la mano en el pomo de las espadas.

El capitán se asomó. Luego entró, con el sargento detrás de él.

Inmediatamente vieron en el suelo el cuerpo de un devoto de la Santa Hermandad.

Tenía atravesado el pecho y un corte terrible en el cuello, estaba de espaldas, con un ojo abierto y el otro cerrado, y las piernas dobladas en un ángulo extraño.

Cerca de él, en el suelo, otras manchas de sangre, posiblemente de soldados de la guardia .

En el patio vieron otros dos cuerpos, ambos de la Santa Hermandad. Pero había también alrededor de ellos evidencia de una batalla feroz: sangre regada en el suelo y, cerca de la noria, una mano cortada por encima de la muñeca.

Los soldados de la guardia se llevaron a sus muertos y heridos , pensó, pero dejaron a los soldados de la Hermandad a pudrirse. Regresarán por ellos, para quemarlos, y para borrar todo rastro de su involucramiento en este asunto.

Matar a soldados devotos de la Santa Fe era un tremendo escándalo en potencia.

Los soldados de las órdenes religiosas no eran parte del ejército real, pero trabajaban en conjunto bajo una dispensación especial otorgada por el reino.

Su misión específica era salvaguardar la Santa Fe, incluyendo a los religiosos, templos y lugares sagrados.

En el pasado, siempre se habían unido en las guerras para defender el reino en contra del Sagrado Imperio de Ragidán, o de ataques esporádicos de las tribus que moraban en el norte inexplorado.

La columna de humo, que ya daba indicios de estar apagándose, venía de una linterna que cayó sobre un carretón con paja. La paja se consumió y, por fortuna, el fuego no se extendió.

—Vayamos al templo —dijo el capitán.

Entraron, pero no vieron a nadie. De allí se dirigieron a la enfermería, que era pequeña, apenas un edificio de adobe y ladrillo donde cabrían unos cuatro camastros, máximo.

Adentro, el sargento en armas Lerjen. Por un momento Arjen pensó que estaba muerto, puesto que tenía pálida la cara. Al acercarse, el hombre abrió los ojos con dificultad. Al reconocerlos, su expresión se tornó en una de alarma:

—No —susurró—. No, no.

—Tranquilo, sargento. Soy el capitán de los sabuesos. Nada que temer —le aseguró el capitán.

El hombre estaba malherido, con el pecho completamente vendado y manchado de rojo tanto en el abdomen como en el pecho. Era un milagro que siguiera con vida.

Lerjen con dificultad sacudió la cabeza. Susurró algo, pero Arjen no entendió. Se inclinó hacia el moribundo.

—¿Qué dijo? —preguntó Zark, al no escuchar.

El capitán se irguió rápidamente, como si le hubieran picado la espalda:

—Dice que es una trampa.

—Maldición —dijo Zark, desenvainando. Arjen hizo lo mismo.

Se apresuraron para salir.

Arjen sintió que se le heló la sangre al momento en que pisaron de nuevo el patio.

Frente a ellos, a unos diez pasos de distancia, los esperaban diez soldados. En el medio, Karg, una sonrisa en el rostro.

Cuatro los apuntaban con ballesta, dos con arco.

—Tirad las armas —dijo el lugarteniente Karg.

Arjen y Zark se quedaron inmóviles. No había salida. No llevaban escudo ni coraza, ni siquiera un peto de cuero. Sería un milagro que esquivaran seis flechas. No, un milagro no: era imposible.

—Si fuera por mí —dijo Karg—, daría la instrucción de mataros. Pero el jefe os quiere vivos, de preferencia. Enfatizo: de preferencia. Si me dais una excusa para mandarlos a los infiernos, la tomaré.

—Somos sabuesos del rey —dijo Arjen—. Apartaos de nuestro camino.

—Estáis arrestados.

—¿Bajo qué cargos ?

—Por asesinato. Por haber matado a inocentes devotos de la Santa Hermandad. Somos diez soldados de testigos. Once, conmigo —agregó, enseñando los dientes en una mueca burlona.

Arjen crujió los dientes.

Habían caído en la maldita trampa.

—Lo que usted diga, capitán —susurró Zark—. Si hoy nos toca hacer el viaje eterno, que así sea. Nos llevamos a dos o tres bastardos con nosotros.

Consideró las opciones por un momento. Sacudió levemente la cabeza:

—Hoy no, sargento. —Y lanzó la espada al césped frente a él. Zark lo imitó.

—Las manos, entrelazadas detrás de la cabeza —dijo Karg. Cuando obedecieron, el lugarteniente dio la instrucción—: Amarradlos bien. Inspeccionadlos, incautadles toda arma.

Les quitaron los cinturones de armas, los palparon bien, y les amarraron las manos por atrás con una soga.

El capitán sintió a alguien aproximarse, y olió el sudor y la peste de la boca del lugarteniente Karg, quien le dijo:

—Os espera una sorpresita, capitán sabueso.