Vigilancia
DURMIERON A LA intemperie.
El capitán se despertó con un terrible dolor en la espalda, el cuello, el hombro. Había dormido mal, con frío, pues el suelo estaba todavía húmedo. Aunque hizo una cama con hojas de árbol, y se arrebujó en la capa, siguió siendo incómodo.
Por fortuna, el cielo se despejó y el sol asomó.
Tenían hambre, pero prefirieron no regresar a la ciudad, no todavía.
Era una ciudad grande, y al no estar amurallada podían arriesgarse e intentar entrar.
Prefirieron caminar hacia una aldea en dirección noroeste.
Les quedaba como a dos millas, así que emprendieron la marcha por un camino que llevaba hacia allí, aunque siempre al tanto de los caminantes. No vieron guardias.
La aldea de Minden tendría unos doscientos habitantes. La plaza principal era de buen tamaño, con un jardín cuidado y árboles frondosos, pero prefirieron buscar alguna taberna no tan frecuentada.
Encontraron una que les pareció bien. Zark entró primero e inspeccionó el lugar. Estaba sola. Así que se acomodaron en una mesa cerca de una puerta lateral que permanecía sin atrancar, y los atendió una mujer gordita pero muy amable.
Pidieron un par de huevos estrellados con tocino, un bollo de pan, algo de queso y unas manzanas. Aguamiel para que bajara bien al estómago.
Desayunaron en silencio.
Después de un rato, el sargento dijo:
—Estaba pensando que no le agradecí, capitán.
Sin levantar la mirada del plato que ya casi terminaba, respondió:
—¿Agradecerme? ¿Por qué?
—Por rescatarme. Me habrían matado. Era cuestión de tiempo.
Arjen se encogió de hombros:
—Habrías hecho lo mismo por mí. De hecho, ya lo hiciste antes.
Zark afirmó con la cabeza:
—De todas maneras.
—Para eso estamos, sargento. Para cuidarnos la espalda.
Vino a su mente un destello de lo sucedido ayer, cuando había llamado «amigo» a Zark. Se sacudió la cabeza, porque no había tiempo para pensar en semejantes cosas. Dejaría la nostalgia para otra ocasión.
Zark apuró lo que le quedaba de aguamiel, puso el vaso en la mesa:
—¿Cuál es el plan, mi capitán?
—Es exactamente lo que me he estado preguntando toda la mañana —respondió; no estaba completamente seguro—. Me gustaría ver la casa del verdugo, desde lejos, aunque sea.
—¿Intentar entrar?
—Diseñar un plan para hacerlo. Definitivamente me gustaría saber qué está pasando allí .
—Me parece bien, capitán.
—¿Muchos guardias, dijiste?
—Algunos, sí.
—Quizás necesitemos reclutar la ayuda de la Hermandad. Además, dejé allí mi alforja, y me gustaría recuperarla.
—Para ello, tendríamos que regresar a la ciudad.
—Así es.
—Lo que usted diga, capitán.
Decidieron primero ir a ver la casona. Un buen tramo del camino era rocoso y difícil de transitar, luego llegaron a una llanura con un río cristalino, en el cual se detuvieron para beber un poco de agua.
Subieron una colina y, desde allí, a lo lejos, vieron la casa del verdugo.
Para acercarse tendrían que rodear un bosque, o pasar por en medio.
La casa estaba en una zona plana, con árboles a su alrededor.
Desde donde estaban, era evidente su tamaño, con una muralla externa y la casa adentro, cuyo techo era azul y rodeada por varias torres.
Decidieron rodear el bosque. Les tomó más tiempo llegar; sin embargo, para antes de mediodía ya estaban lo suficientemente cerca como para vigilarla, usando sus catalejos.
Se escondieron detrás de unos matorrales, agachados y espiando desde una colina no muy alta, pero que les daba buen punto de vista.
—La puerta principal tiene dos guardias —dijo el capitán—. Hay una lateral que no está resguardada, pero imagino bien atrancada.
—La muralla no tiene adarve, es una ventaja.
—¿Cuánto medirá?
—La muralla, unas dos varas. 1
—Es alta, pero no excesivo. Podríamos cruzarla con cuerda y gancho.
—Sí, aunque con el peligro de no saber lo que hay del otro lado.
—Exacto.
Estuvieron allí hasta el anochecer, vigilando.
Cada media hora, aproximadamente, de la puerta principal salían dos guardias armados con lanzas, los cuales le daban la vuelta al terreno.
En el tiempo que estuvieron allí, ningún carruaje entró o se alejó.
Sin embargo, en una ocasión cuatro guardias cruzaron el portón principal a conversar con los dos que ya estaban afuera.
Así que, por lo menos, había seis soldados de la guardia personal de quienquiera que habitaba dentro de la casona.
Arjen pensó en la opción de, simplemente, ir y presentarse como sabuesos del rey, buscando audiencia con el dueño.
Sin embargo, la última vez que eso hicieron resultó ser un completo fiasco, en el cual por poco perdieron la vida.
Así que de ser posible prefería hacer primero una misión de reconocimiento furtivo, para saber con qué lidiaban. Quizás, si lograban adentrarse, encontrarían del otro lado solamente un establo con caballos, cerdos, gallinas y polluelos.
O un montón de cadáveres de niños, pensó.
Cuando el sol se metió, y aprovechando que era una noche particularmente oscura, se acercaron sigilosamente.
Los guardias encendieron antorchas y las colgaron en las murallas, alumbrando así alrededor. Eso haría más difícil —pero no imposible— brincar la pared, porque aunque las antorchas estaban espaciadas unas de otras de manera estratégica, de todas maneras había algunos puntos oscuros .
Cuando llegó la medianoche, es decir, el final de la segunda vigilia, 2 decidieron permanecer hasta la mañana. Zark se quedó despierto la tercera vigilia, mientras Arjen dormía, e intercambiaron en la cuarta.
Por desgracia, no aprendieron mucho más. Nadie entró y salió, excepto los centinelas.
Justo antes de que amaneciera, se retiraron rumbo a la ciudad de Urazka. Al oriente, se acercaban nubes negras. Llovería de nuevo.
No parecía que la vigilancia estuviera reforzada. Mejor para ellos. De todas maneras, asumiendo que pudiera haber vigilantes en las entradas principales, se internaron por un extremo en donde, debido a un mercado, estaba atiborrado de gente y podrían perderse más rápido.
Allí, en el mercado, bajo una tienda, desayunaron un potaje de lentejas con carne, pan duro y vino rebajado.
De allí caminaron hacia el cuartel de la Santa Hermandad de la Verdad.
Al dar vuelta en una esquina, el capitán se detuvo.
—Siete Profetas —dijo.
La puerta principal del cuartel estaba emparejada, y desde dentro de las paredes subía una delgada columna de humo.