El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) La casona
55%

La casona

CORRIERON COMO GACELAS. La guardia los persiguió, pero no les dio alcance.

El capitán había temido que el sargento Zark no pudiera correr, pero lo hizo sin dificultad, excepto que cuando se detuvieron bajo un árbol para recuperar el aliento, el sargento puso las palmas de las manos sobre las rodillas y respiró con fuerza, como si fuera a desmayarse.

—¿Estás bien, sargento?

Zark dijo que sí con la cabeza, el sudor escurriéndole por el cabello.

Todavía escuchaban a los soldados, que se gritaban instrucciones, las cuales hacían eco por los callejones. Sonaban cerca, pero no demasiado. Habían tomado la dirección equivocada. Difícilmente los encontrarían ya.

—¿Estás bien? —le preguntó de nuevo.

El sargento se irguió, aspiró y expiró con fuerza:

—Sí. Solo… me quedé sin… aire.

—Tranquilo. Recupérate. Los hemos perdido .

Se quedaron allí un momento, de pie. Ambos sudaban profusamente.

—¿Adónde iremos? —preguntó Zark.

—Es un riesgo ir a un mesón. Podrían buscarnos por toda la ciudad.

—¿Salimos a las afueras, entonces?

—Sí, por precaución. Será mejor hacerlo de una vez, no dudo que para mañana podrían vigilar las salidas.

Zark asintió.

Se pusieron en marcha. Un cuarto de hora después, salían de la ciudad en dirección de las faldas del volcán. Encontraron una formación rocosa que les permitiría dormir con cierto resguardo, además de que al estar en alto, verían si alguien se acercaba.

El capitán sacó un poco de carne seca y nueces que llevaba en uno de los bolsillos de su cinturón de armas. Zark comió de buena gana.

—Lamento no tener mi odre con vino, sargento. Dejé mi alforja en el cuartel de la Hermandad.

—Está bien. Ya me siento mejor. Esos desgraciados me querían matar de hambre.

—¿Me escuchaste cuando estuve allí, en la comisaría?

—Apenas pude escuchar el timbre de su vos, pero yo tenía la boca bien tapada, y esa puerta, aunque la mantenían sin candado, es gruesa.

—Cierto.

—De todas maneras, sabía que era cuestión de tiempo. Tarde o temprano, confiaba en que vendría por mí, capitán. Solo esperaba estar vivo para entonces, porque los escuché hablar sobre qué hacer conmigo, y una de las opciones era pasarme la navaja por el cuello. Ese maldito Karg me quería muerto.

—¿Cómo te capturaron ?

El sargento sacudió la cabeza:

—Fui un estúpido. Un descuido y me agarraron.

—¿Te escapaste del mesón porque te seguían?

—Así es. Para mi sorpresa, tenía dos tras mi rastro, y no uno. Pude despistar al primero, pero no al segundo, que resultó ser ese bastardo de Karg. Me durmió de un golpe en la cabeza, y para cuando abrí los ojos, ya estaba prisionero. —Se llevó la mano a la cabeza—. Todavía tengo la hinchazón.

—¿Y qué querían contigo?

—Detenerme. Silenciarme. Matarme eventualmente, pienso.

—¿Por qué?

—Porque ocultan algo, mi capitán. Algo macabro, sospecho. Jugábamos al gato y al ratón. Yo los seguía a ellos, y luego ellos a mí. Estuvimos así por días.

—¿Están detrás de las desapariciones de los niños?

—Sospecho que sí, capitán. Desde que llegué a la isla y comencé a hacer preguntas, empecé a notar que alguien me seguía.

Traté de disimular, fingir que no lo notaba.

Cuando fui a la comisaría a preguntar por Vulán, me dijeron que estaba desaparecido.

Así que comencé a buscarlo, porque inmediatamente los noté sospechosos.

—Igual sucedió conmigo. ¿Lo mataron ellos?

—Casi seguro que sí. No tengo pruebas, pero tampoco lo dudo. De repente resultó que había muerto acuchillado y, cuando pedí ver el cuerpo, me lo negaron. Dijeron que no tenía suficiente autoridad. Esa noche regresé al mesón, y noté que me seguían. Por lo tanto, me escabullí, pero Karg me encontró.

—Lo que pasa es que tenías a dos grupos diferentes tras tu pista, sargento .

—¿Dos grupos?

—Sí. Por un lado, al comisario Normán. Pero también a la Santa Hermandad de la Verdad.

El sargento segundo arrugó la frente:

—¿La orden devota?

Arjen asintió.

—¿Siguiéndome? —dijo de nuevo el sargento.

—Así es. —Entonces le resumió el encuentro que había tenido con el comandante Aldani y sus hombres, la conversación con ellos y cómo le ayudaron a rescatarlo.

—Vaya —dijo Zark—. Me escapé de unos, pero caí en las garras de los otros.

—Eso parece, sargento.

—Y Karg escapó.

—Sí, se nos fue. Es resbaladizo.

De los lugartenientes, Karg había logrado huir, uno quedó muerto y dos inconscientes. Aunque la operación no salió como al capitán le hubiera gustado, al final se logró el objetivo: rescatar al sargento primero Zark Zedare.

De los cuatro hombres que lo habían acompañado, solo Lerjen, el sargento en armas, resultó malherido. Se preguntaba si vivía o había ya emprendido el viaje eterno.

—¿De qué manera está involucrado el comisario?

—Justo el día en el que me dijeron que Vulán estaba desaparecido, los estuve espiando.

Cerca de la medianoche salieron, el comisario y sus cuatro lugartenientes, a una casona fortificada a las afueras de la ciudad, como a media legua de aquí.

Y cuando digo que es una casa fortificada, es en serio. Es prácticamente un castillo .

—¿Pudiste entrar?

—No. Muchos guardias. Pero la siguiente mañana pregunté en la ciudad sobre esa casa, para ver si lograba recabar algo de información. Y sí. Aparentemente es una casona famosa. La llaman «la casa del verdugo».

—¿Por qué?

—Según la historia, allí habitó un hombre, el barón Dreksel, hace muchos, muchos años.

Un hombre que, según me dijeron, hizo una fortuna en la provincia de Nurani, cerca del canal de las Tormentas.

Le llamaban el verdugo, porque era un hombre sanguinario.

Personas desaparecían a su alrededor. Sirvientes, enemigos, amigos… simplemente desaparecían.

—¿Quién vive allí ahora?

—La casa estuvo deshabilitada por más de cuarenta años. Recientemente se mudó allí un caballero. Un hombre rico. Pero nadie sabe bien quién es.

—¿Y qué tiene que ver esa casa con los niños desaparecidos?

—Escuche esto, capitán. La noche en que seguí al comisario y sus hombres, se dirigieron a la casona en un carro maltrecho. Y vi, con mis propios ojos, que sacaron de la comisaría un par de bultos y los echaron al carro. Pero tengo la impresión de haber escuchado el gemir de un niño.

—¿Estás diciendo que uno de los bultos era un niño?

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo, capitán.

El capitán Arjen entornó los ojos:

—Por los Siete Profetas, sargento.

—Pero lo peor es que la noche en que los seguí, no fue el único carro que llegó a la casa. Llegaron otros cuatro .

—Todos con carga.

—Asumo que sí.

—¿Y por qué demonios están llevando a niños a esa casa?

—No tengo ni idea, capitán. Pero, sea cual sea la razón, estoy seguro de que nada bueno.