El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Amigo
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CON MUCHO CUIDADO de no ser vistos, se acercaron a la comisaría hacia el final de la segunda vigilia, es decir, la medianoche.

El comandante Aldani envió previamente como espía a Lerjen, su sargento en armas. Al llegar al lugar acordado de encuentro, como a unas tres manzanas de la comisaría, ya los esperaba allí el espía.

—¿Qué noticias? —le preguntó Aldani.

—Hay cuatro adentro, mi comandante —respondió Lerjen.

—¿Bien seguro?

—Bien seguro.

—Cinco contra cuatro —dijo Arjen. Las probabilidades están a nuestro favor. Pero no debemos confiarnos.

Se acercaron, andando cerca de las paredes y debajo de los tejados, para ocultarse.

La noche era fría, nublada, pero no llovía.

Arjen sentía el tintineo en su piel de la expectativa. Se había jugado la vida muchas veces, en situaciones diversas y en algunas mucho más peligrosas que esta, pero el sentimiento era inevitable. El corazón acelerado, los sentidos agudos, la boca reseca.

Llegaron a una esquina y se asomaron tanto el capitán Dabidji como el comandante Aldani.

Un hombre vigilaba la puerta. A diferencia de la última vez que Arjen estuvo allí, el soldado estaba de pie, traía puesto un peto de cuero duro, yelmo en la cabeza y lanza en mano.

Andan precavidos .

Joán Aldani y sus tres hombres iban vestidos de negro y traían puesto también un peto de cuero. Le habían ofrecido uno al capitán, pero no lo aceptó. Prefería tener mejor movilidad.

Desde donde estaban escondidos, la comisaría les quedaba como a un tiro de piedra, rumbo al norte.

Habiendo examinado previamente el mapa, acordaron que la mejor ruta de aproximación era ir por una callecita hacia el este, cruzar una calle principal con mucho cuidado de no ser vistos, rodear unas casas, doblar a la izquierda y luego de nuevo a la izquierda, hacia el sur.

De esa manera, se acercarían a la puerta principal por una de las esquinas, evitando ser vistos por el vigía, si todo salía bien.

Eso hicieron. El punto de mayor riesgo de visibilidad era al cruzar la calle principal, pues estaba en la línea de vista del guardia. Pero debido a la oscuridad, sería difícil descubrirlos.

Llegaron, finalmente, a la esquina más cercana a la puerta de entrada. Aunque el comandante de la hermandad tenía un rango superior en su propia cofradía, al no ser parte formal del ejército, el capitán Arjen era el único oficial. Por lo tanto, decidió ir primero.

Además de ir armados con acero al cinto, cada uno traía un garrote de madera en la mano. Arjen traía el garrote en la derecha y una daga en la izquierda.

Esperaron. Pasó la medianoche. La guardia no cambió.

Maldición , pensó el capitán. Espero que no estemos aquí una vigilia entera. Alguien nos podría ver. Si pasa una guardia de la ciudad, todo se complicará.

Sin embargo, entonces, escucharon la puerta que se abría.

Arjen levantó la mano izquierda en señal de alerta.

El lugarteniente que salió dijo:

—Maldita vigilia, tengo harto sueño.

Intentando no hacer ruido alguno, Arjen corrió hacia los guardias, con Aldani justo detrás de él.

El guardia que había estado afuera abrió los ojos grandes cuando vio aproximarse a los hombres.

Se le desencajó la quijada para gritar, pero le salió un gemido.

El segundo hombre se giraba cuando el garrote del capitán de los sabuesos le dio fuerte en el cuello, donde el yelmo no protegía. Se desplomó.

—Malditos perr… —alcanzó a musitar el otro antes de que Joán Aldani lo silenciara con un golpe en el rostro.

El hombre gritó, sangre brotando de la nariz rota y, antes de que pudiera decir algo más, lo tomaron y lo metieron a la comisaría.

El sargento Lerjen lo sentó en una silla y le puso una navaja en la garganta, advirtiéndole que el próximo sonido que hiciera sería su último.

El tercero de los guardias había estado dormido en una esquina, sentado; se despertó aterrado y suplicando por su vida. Uno de los soldados de la Hermandad le puso la punta de la espada en el pecho.

—Falta uno —dijo el capitán Arjen.

De repente oyeron una blasfemia y de junto a un armario grande salió Karg, que había estado allí oculto en las sombras .

Dio tres zancadas y le clavó la espada por la espalda a Lerjen, que tenía más cerca.

La punta metálica le salió por las tripas, ensangrentada, y desapareció mientras que el sargento gritaba y se llevaba una mano a la herida.

El lugarteniente de la nariz rota, que Lerjen había estado custodiando, al percatarse de que su captor estaba terriblemente herido, sacó una navaja de quién sabe dónde y se la clavó en el pecho al pobre sargento que, trastabillando hacia atrás, se desplomó.

—¡Que no huya! —gritó Arjen al ver que Karg tenía esa intención, pero el hombre era veloz y se escabulló por la puerta.

El de la nariz rota se puso de pie para hacerle compañía a Karg en su huida, pero apenas dio dos pasos y Joán Aldani le reventó el cráneo con un espadazo tan violento que la hoja se quedó atascada en la cabeza del hombre.

Cuando cayó al suelo, el comandante de la Hermandad jaló su arma para sacarla de los sesos.

Luego fue junto a Lerjen, quien gemía pero seguía con vida.

Arjen se acercó al enemigo que quedaba y le dijo:

—Las llaves de la prisión, o te corto la garganta.

El hombre inmediatamente apuntó al cajón de un escritorio cercano, donde el capitán encontró un aro con llaves.

Sobre el escritorio, una lámpara de aceite, la cual tomó.

Abrió una puerta sin necesidad de llave alguna.

Entró en la prisión, con tres celdas pequeñas, de barrotes metálicos.

Las primeras dos estaban vacías, pero en la tercera, la última, vio a una persona tirada en el suelo.

Estaba amarrado de pies y manos, y amordazado.

Pero no le veía el rostro porque miraba hacia la pared.

Abrió el candado en el segundo intento, entró y alumbró el rostro.

—¡Por los Siete Profetas! ¡Sargento! —dijo, asustado, pensando que quizás ya era demasiado tarde.

El sargento primero Zark Sedare abrió los ojos y miró al capitán no con miedo, sino desafío. Entonces lo reconoció y sus ojos se abrieron grandes.

Le quitó la mordaza.

—Te tardaste, capitán —dijo, su voz ronca—. Ya me estaba preocupando.

—Te sacaré de aquí, amigo —le respondió el capitán. Apenas se percató de que esa fue la primera vez en la vida que se había dirigido al sargento con esa designación: «amigo».

Cortó las cuerdas que lo ataban y salieron al cuarto principal. Solo estaba Aldani, que había dejado inconsciente de un golpe al lugarteniente que quedaba.

En el suelo, una mancha de sangre donde había caído Lerjen. Pero ni él ni los otros dos soldados de la Hermandad se veían por ningún lado.

—¿Los demás? —preguntó el capitán.

—Se llevaron al sargento Lerjen. Está herido, pero quizá viva. Salgamos de aquí. Maldito desastre.

Apenas salieron y escucharon pasos apresurados. Frente a ellos, marchando velozmente, una guardia de la ciudad de cinco soldados fuertemente armados, que seguían a Karg.

—¡Allí están! —gritó Karg—. ¡Mátenlos!

—Cada uno por su cuenta, capitán —dijo Aldani al momento que, sin pensarlo dos veces, corría para huir de allí.