El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Plan de rescate
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Plan de rescate

—NO —RESPONDIÓ EL capitán—. Lo he estado buscando desde que llegué, sin éxito.

El comandante de la hermandad se quedó pensativo, como decidiendo si lo que escuchaba era verdad o no.

—Ya veo —dijo. Y agregó—: Desde que llegó a la isla lo estuvimos vigilando. No nos acercamos a él directamente como lo hemos hecho contigo. Solo queríamos vigilar. Ver. Recopilar información. Sin embargo, hace unos tres días, desapareció.

—¿Cómo que desapareció?

—Le perdimos el rastro, capitán.

—¿En dónde?

—Mi sospecha es que el sargento se percató de que lo seguíamos.

Desde que llegó, se hospedaba en diferentes lugares.

Una noche se hospedó en el mesón La Rosa Náutica.

Sin embargo, nunca salió de allí. Cuando fuimos a revisar su cuarto, estaba vacío.

Evidentemente se escabulló en la noche. Desde entonces, no lo hemos visto .

Arjen maldijo para sus adentros. Imposible saber si le decían la verdad. Quizás ellos mismos lo habían asesinado, o lo tenían preso. Sin embargo, pensaba que si fuera así, ya habrían atentado contra él, contra Arjen.

—¿Dónde cree que podría estar? —dijo el capitán. No perdía nada con preguntar.

—Si tuviera que apostar, capitán sabueso, diría que está apresado en la comisaría de las Cenizas.

—¿Con el comisario Normán?

—Así es, capitán. Ya lo conoces, ¿eh?

—Desafortunadamente. ¿Y por qué allí?

—Porque nosotros no somos los únicos que estaban siguiendo a tu sargento. El comisario tenía a uno de sus hombres tras su pista.

—¿Karg?

El comandante Joán Aldani sonrió:

—Precisamente, capitán sabueso. Vaya. Sí eres un sabueso.

—Agradezco la información, hermano comandante.

—¿Qué harás al respecto, capitán?

—Iré por él.

—¿Tú solo?

Arjen asintió.

—El comisario tiene cuatro o cinco hombres consigo —respondió Aldani—. Duermen tres en la comisaría, pero algunas noches, más. No podrás tú solo.

—Ya me las arreglaré. Lo he hecho antes.

—Necesitarás ayuda.

Arjen Dabidji se limpió de la frente el sudor. Aunque estaban ahora en la entrada de la caverna, y corría un viento fresco, seguía estando caliente. Además, llevaba puesto el manto por encima de su túnica.

Los tres hombres que tenía enfrente sin duda eran espadachines.

Habrían peleado en la Gran Guerra. Además, al ser miembros de la Hermandad, significaba que eran monjes guerreros.

La Santa Hermandad de la Verdad, como la gran mayoría de las cofradías devotas, tenía comandantes provinciales con soldados a sus órdenes, todos bajo un juramento de lealtad al gran maestre del templo mayor.

Tenerlos a ellos de su lado sería de tremenda ayuda. Pero ¿qué pedirían a cambio?

Así que les preguntó:

—¿Estáis dispuestos a ayudarme?

—Posiblemente.

—¿A cambio de qué? No tengo plata.

—Plata y oro no buscamos, capitán. En el reino eterno seremos ricos.

—¿Entonces?

—Pedimos algo muy sencillo. Le ayudaremos a encontrar a su sargento. Habiéndolo hecho, os vais.

—¿Irnos? ¿De la ciudad?

—De la isla.

—No puedo irme sin cumplir la misión.

—¿Cuál misión, capitán?

—Sabes bien la razón por la que estoy aquí.

El hermano comandante Aldani respiró hondo.

—Tienes razón —dijo—. Lo sé.

—Por lo tanto —continuó el capitán—, no puedo irme de aquí sin encontrar a los niños perdidos, o a quienquiera que esté detrás de su desaparición.

—Nosotros lo resolveremos. Encontraremos a los paganos que siembran terror entre los fieles. Los encontraremos, capitán, y los destruiremos a filo de espada.

—Bien por vosotros. Sin embargo, no puedo irme así nada más. Yo también, hermano comandante, soy un hombre bajo autoridad. Y no puedo desobedecer mis órdenes.

El semblante de Joán Aldani se suavizó, aunque apenas un poco. Los ojos le brillaron, y sus labios mostraron un atisbo de sonrisa:

—Está bien, capitán Dabidji. La Hermandad no es enemiga de Compañía. Estamos dispuestos a prestarte ayuda. Pero después de eso, seguiremos nuestros caminos por separado.

—Me parece bien.

—Solo una cosa. Aunque los dos queremos encontrar al culpable, lo hacemos por razones muy distintas.

—Yo, por justicia del rey. Vosotros, por lealtad a Eluvá.

—Es exactamente así —contestó Aldani—. Esta es nuestra isla. No nos estorbes.

—Con todo el respeto que te mereces, hermano comandante, en algo te equivocas —dijo Arjen—. Esta isla no es de vosotros. Esta es la isla del rey. Y yo lo represento. Yo soy su justicia. Yo soy su brazo fuerte. Los únicos que pueden estorbar aquí sois vosotros.

Los dos hombres que flanqueaban al hermano comandante se tensaron, pero Joán Aldani sonrió.

—Eres hombre valiente, Arjen Dabidji. Ya veo que los cinco espíritus de Eluvá son fuertes en ti. Vayamos a la ciudad, comamos algo, y al caer la noche rescataremos a tu sargento.

—:: —

Aunque Arjen quería ir en rescate de Zark inmediatamente, sería un error estratégico.

En ese momento era como la hora décima desde el amanecer, y aunque seguía estando nublado, lo mejor era esperar a la noche.

Pensó que comerían en alguna taberna, pero en lugar de eso se dirigieron al cuartel de la Hermandad, con su muralla exterior, patio interno, templo pequeño y varios edificios de piedra, de tamaño mediano.

En el refectorio había espacio como para unas treinta personas, pero solo comieron, además de él, un total de siete hombres. Se preguntó si eran todos, pero prefirió no hacer la pregunta.

Si tuviera que adivinar, eran máximo doce monjes.

Pero en años pasados, este lugar estaría completamente lleno.

Incluso al inicio de la Gran Guerra. Pero muchos murieron durante ese tiempo, y no todos los caídos fueron reemplazados por nuevos reclutas.

De todas maneras, la casona estaba bien cuidada y no mostraba muchas señales de deterioro.

El comandante Aldani seguramente era un hombre metódico, le gustaban las cosas en su lugar.

La comida sucedió en relativo silencio. Un potaje de lentejas, un poco de pan duro, media rebanada de queso, y cerveza rebajada.

Habiendo terminado de comer, aún a la mesa, Joán Aldani le pidió a uno de sus hombres, llamado Lerjen, que trajera el mapa de la comisaría.

Poco tiempo después examinaban el pergamino sobre la mesa.

—La comisaría es una pequeña fortaleza —dijo Aldani—. Además de la puerta principal, en la cual siempre hay una persona en guardia, hay otra puerta lateral, aquí. —Apuntó—. Sin embargo, es una puerta pequeña y bien reforzada. Tendrá doble barrera, así que no podremos tumbarla.

—Habrá que asaltar por el frente, entonces —dijo el capitán.

—Sí. Pero tenemos que ser muy precisos, porque por la noche atrancan también la puerta principal.

—En el cambio de guardia, entonces.

—Exactamente, capitán. Al final de la segunda vigilia.

—Bien.

—Cuando cambie el turno, descenderemos sobre ellos.

—¿Cuántos hombres llevaremos?

—Cinco de nosotros serán suficientes, contándolo a usted. De lo contrario, llamaremos la atención de la guardia o de algún fisgón.

—De acuerdo.

—De preferencia, no derramemos sangre —dijo el comandante—.

No somos viles asesinos, y no sabemos con toda seguridad que el sargento esté allí preso.

Además, si los matamos, eso causará una conmoción en la ciudad.

El alcalde ya de por sí nos odia, y no quiero que ponga sus ojos sobre nosotros, si puedo evitarlo.

—Entiendo —respondió Arjen. Eso, por supuesto, suponía un reto considerable. Rescatar al sargento sin poder enterrarle un palmo de acero a esos malditos…

—Nosotros iremos con otras túnicas y enmascarados —dijo Aldani—. Lo que haremos es completamente ilegal, lo sabe usted bien. Si el alcalde se entera, podría intentar ahorcarnos.

—Que no se entere, pues.

—Que no se entere —afirmó el hermano comandante.