El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) La Hermandad
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La Hermandad

SIETE PROFETAS, MUSITÓ, mirando a su alrededor.

La caverna era más o menos circular, y los cráneos no solo recubrían las paredes, sino el techo también. Algunos eran humanos, y otros de diversos animales.

En el centro del salón estaba el objeto de donde emanaba tanto la luz anaranjada como el calor. Era una noria, de construcción circular y cuya altura era como a la cintura de un humano. Al igual que las paredes, estaba tapizada de cráneos y huesos.

El calor era intenso, al igual que el olor a azufre. Arjen se acercó, y con cada paso le brotaba el sudor por el cuerpo entero, además de un tintineo en la piel.

Se asomó por la noria, y abajo vio lo que esperaba: un río de lava.

Así que aquí lanzaban los sacrificios humanos o animales.

Le dio un escalofrío al pensar en ello.

Se imaginó los gritos de las víctimas, probablemente opacados parcialmente por los cantos rituales de los asesinos .

Arjen ya se había enfrentado antes a una situación similar a esta, en la Universidad Real de Tresden, hace no mucho tiempo. Sacudió la cabeza, cansado de tener que volver a encontrarse con gente trastornada.

Aunque, ahora que lo pensaba bien, no estaba tan seguro de que esto fuera significativamente diferente al horror de la guerra. La muerte, la tortura, el deseo de venganza, lo que un humano podía llegar a hacerle a otro humano por ira.

Detrás de él, un sonido, apenas audible.

El capitán de los sabuesos se dio la vuelta rápidamente, al mismo tiempo que desenvainaba su espada.

Frente a él, tres hombres, como a siete pasos de distancia.

Sintió el golpetear de la sangre en su sien, sus sentidos alerta. Echó una mirada rápida a su alrededor para confirmar que no hubiera más enemigos escondidos en la mancha oscura a su alrededor.

Pero no, eran esos tres. Los únicos que veía.

El que iba en medio, un hombre de barba negra y cabello que le llegaba a los hombros, traía espada al cinto, envainada. Tendría unos treinta, piel del color de la arena, ojos solemnes y el semblante sereno. Su túnica era sin mangas, y mostraba unos brazos con músculos bien delineados.

Lo flanqueaban dos que sí empuñaban espadas, aunque con la punta hacia el suelo.

—¿Y vosotros quién demonios sois?

El de en medio respondió:

—Precisamente eso venimos a preguntarte, forastero. ¿Quién eres?

El capitán sacó el medallón plateado que lo identificaba como sabueso :

—Soy el capitán Arjen Dabidji, de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.

Los dos hombres armados miraron al de en medio, quien era claramente su líder.

—¿Qué haces aquí, Arjen Dabidji, tan lejos de la gran ciudad del mundo?

—He sido enviado por mi comandante.

—¿Para qué?

—Los detalles de mi misión son míos, y solo los comparto con quien yo quiera.

El hombre sonrió y asintió con la cabeza:

—Entiendo.

—¿Se puede saber a quién me dirijo, y por qué me han seguido hasta aquí? Si es para matarme —dijo Arjen, mirándolos fijamente—, prefiero que nos pongamos a ello de una vez.

—No es a matarte, capitán sabueso. Mi nombre es Joán Aldani. Te hemos venido siguiendo desde que llegaste.

—¿Fueron vosotros los que intentaron entrar en mi habitación, en el puerto?

Joán asintió:

—Uno de los nuestros.

—¿Y por qué?

—Porque queríamos saber quién eres.

—Pudisteis haberme preguntado. Como veis, habría sido más sencillo.

—Quizás. O quizás nos has mentido. Nunca he visto de cerca el medallón de un sabueso del rey. No podría notar la diferencia entre uno verdadero y uno falso. Incluso tu uniforme. Cualquiera podría hacer una túnica similar.

—¿Quién querría falsificar su identidad como sabueso?

—Estos son los últimos tiempos, capitán, antes del juicio final. Dice la profecía: «En los postreros días vendrán tiempos oscuros. El hermano matará a su hermano, el injusto se vestirá de justicia, y la maldad sobreabundará en los hijos de los hombres».

— El libro de la confianza suprema , primera profecía —dijo Arjen.

Joán levantó las cejas:

—¿Eres hombre devoto, capitán?

—Algo.

—No es común encontrar, en este reino envilecido, a personas que hayan leído Los siete libros. Mucho menos en el ejército.

—Me parece fascinante la conversación, Joán Aldani. Pero hacerlo con dos personas que empuñan espada y miran cada movimiento que hago como panteras, me pone nervioso.

El hombre lo examinó en silencio por un momento. Luego dijo:

—Guardad las armas.

—A la orden, comandante —dijeron ambos inmediatamente, y envainaron acero.

Arjen los imitó, aunque con la mano lista.

—Se me está quemando la espalda, señores —les dijo—. ¿Les parece si continuamos la conversación en otro lugar?

—Está bien —dijo Joán, a quien habían llamado «comandante»—. Iremos delante de ti, como señal de buena fe.

—Caminaré diez pasos detrás de vosotros para no poneros nerviosos.

—De acuerdo.

Los tres hombres se dieron la media vuelta y caminaron de regreso por el túnel sin mirar por encima de su hombro ni una sola vez.

Arjen temía que cuando llegaran a la entrada de la caverna encontraría allí a más armados. Si era así, estaría en aprietos, o por lo menos a la misericordia de ellos.

Pero no fue así. Solo los tres.

—Como señal de buena voluntad —dijo Joán—, y por el respeto que tengo por lo que he escuchado de la Honorable Compañía, le diré esto: somos la Santa Hermandad de la Verdad, hombres devotos a la Santa Fe profética, servidores del Gran Creador, Eluvá de los ejércitos celestiales.

Aunque en siglos pasados las cofradías de hombres y mujeres devotos habían abundado en el reino, ya no eran tan comunes, si bien seguían existiendo y tenían influencia considerable en la gente.

Las cofradía religiosa más poderosa eran las Hermanas del Ojo Sagrado, y la segunda, se decía, era la Santa Hermandad de la Verdad, cuyo templo mayor estaba en Tresden.

Eran hombres religiosos, guerreros, y muy celosos de la Santa Fe Profética.

Se dedicaban a purificar los territorios del reino de todo vestigio de paganismo e incredulidad.

Aunque ya no tenían los mismos números que en el pasado, llegaron a ser un ejército significativo de monjes guerreros, con territorios y propiedades, además de muchas monedas en sus arcas.

—Pues bien —dijo el capitán Arjen—. Como ya les dije, soy servidor de la justicia del rey.

—El rey se ha olvidado de nosotros por años. ¿Y ahora le interesamos? ¿De repente manda a dos sabuesos para husmear nuestras calles?

—¿Dos sabuesos? —dijo el capitán.

—A menos que el otro fuera un impostor .

—¿Dónde está el otro?

—¿Qué? —respondió Joán—, ¿no lo sabes?

El corazón del capitán se aceleró.