En la caverna
NO SE MARCHARÍA sin antes ayudar con el entierro. El padre tenía pensado poner el cuerpo en una carretilla, para después lanzarlo al agujero. El capitán le ayudó a colocarlo tanto en la carretilla como a bajar el cadáver a su última morada.
—Yo echaré la tierra, padre.
—Puedo hacerlo, hijo. Es parte de mi labor. Lo he hecho muchas veces.
—Yo le ayudaré —insistió, y eso hizo.
Con la tierra puesta, el padre Ur elevó una oración por el viaje eterno del hombre caído.
—Sabe —dijo el sacerdote rascándose la cabeza, justo antes de que Arjen se retirara—. Ahora que lo recuerdo, la última vez que vi a Vulán, fue en confesión de transgresión.
—¿Y qué dijo?
—Eh, no puedo dar detalles.
—¿Incluso si ya ha fallecido ?
—Incluso así. Sin embargo, no tengo mucho que decir. Su confesión fue genérica, pero recuerdo que pensaba buscar ayuda con un pecado con el que estaba lidiando.
—¿Especificó qué tipo de ayuda?
El sacerdote sacudió la cabeza:
—No.
—Fue él quien nos contactó. Quizás a eso se refería.
—¿Les envió una carta?
—Sí, pidiendo ayuda. Dijo que en la isla estaban desapareciendo niños. Y no solo eso, que los estaban sacrificando, haciéndolos pasar por fuego.
—Por Eluvá —dijo Ur, e hizo la señal de la veneración.
—En la guerra, Vulán fue cabo bajo el que es ahora nuestro comandante. Fue por esa relación que nos enviaron para acá, a investigar. Nuestro comandante siempre fue un líder cercano a sus hombres.
—Dijo «nos enviaron».
—Sí, primero vino el sargento Zark. Pero no lo encuentro.
—¿Está perdido?
—No sé si perdido. Pero no lo he hallado.
El sacerdote se quedó pensando:
—Sabe, la comisaría tiene una cárcel.
Santos Profetas , pensó Arjen. ¿Cómo no lo había considerado? ¿Y si tienen allí al sargento, encerrado?
—Investigaré.
—Pero tenga cuidado. Como le dije, Normán es un canalla.
—¿Qué puede decirme sobre eso de pasar a niños por fuego?
—Una práctica pagana. Sí, era lo que hacían los adoradores de Azkharel. Lanzaban a niños al fuego, en el volcán.
—¿Cree que el culto a Azkharel ha regresado?
—Puede ser. Siempre ha habido rumores.
—Si tuviera que buscar, ¿adónde me debería dirigir? ¿Algún lugar que en el pasado fuera usado para rituales?
El sacerdote miró hacia el volcán, y apuntó:
—¿Ve allí esa enorme cueva?
—Sí.
Era un agujero sobre una colina a las faldas del volcán.
—Se dice que allí se llevaron a cabo los sacrificios humanos —dijo el sacerdote—. En siglos pasados, por supuesto.
—Iré a dar un vistazo.
Me pregunto si Zark hizo lo mismo , pensó.
—Existe una vereda antigua que puede usar. Hay personas que siguen subiendo, debido a que en la cueva se se hallan hongos medicinales.
—Bien. —Le extendió la mano al sacerdote—: Ha sido un gusto conocerle, padre Ur.
—Que Eluvá ilumine tu camino, y que seas instrumento en su mano para traer justicia.
—::—
La vereda hacia la caverna no era muy empinada, y le tomó menos de una hora llegar.
Era grande. Una apertura de piedra, y tan cuadrada que parecía haber sido hecha por manos humanas. Sin embargo, al acercarse más, se dio cuenta de que no era así. Era una gruta natural .
La entrada era una plataforma de unos treinta pasos de longitud, desde donde veía la ciudad abajo, aunque algunas partes estaban cubiertas por la niebla y solo asomaban edificios altos y templos.
A excepción de él, el lugar estaba vacío.
Un par de cosas le llamaron la atención.
La primera, que en la pared derecha había una inscripción en letras muy grandes, cada una de la misma altura que dos personas una sobre otra. La inscripción estaba en dos idiomas, el primero seguramente alguna lengua local, y el segundo, en erkandés, decía: «La puerta al infierno».
La segunda cosa estaba relacionada con la primera, pues si esta era la puerta al infierno, así se sentía un poco. Olía a azufre, y de las profundidades oscuras de esa garganta emanaba un calor ligero, pero notable. Esta gruta, indudablemente, era un respiradero del gigante de fuego.
Traía consigo una vela, pedernal y yesca, pero no estaba seguro de si le serviría de mucho en un túnel tan grande. Sin embargo, al avanzar unos pasos en dirección de la pared, se percató de que había una antorcha apagada sujetada a la piedra por un empotre de hierro.
Por suerte, diseño o providencia, la antorcha tenía tela engrasada. La encendió.
La luz le mostró con mayor precisión las dimensiones del túnel. Caminó hacia adentro, sintiendo que el calor iba incrementando mientras más avanzaba.
El túnel se fue haciendo más angosto, y el olor a huevo podrido se tornó en uno casi insoportable, de manera que continuó usando la capa como máscara.
Más adelante, una luz anaranjada .
Caminó unos treinta pasos más, y llegó a una cámara muy caliente que lo dejó horrorizado, pues las paredes estaban tapizadas de cráneos humanos.