El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) El padre y el cuerpo
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El padre y el cuerpo

—¿MUERTO, DICE?

—Exactamente así, capitán. Lo encontramos muerto.

—¿Dónde?

—Lo acuchillaron en un callejón, no muy lejos de aquí.

—¿Tenía enemigos?

Normán se encogió de hombros:

—Ser representante de la ley es peligroso en cualquier ciudad, como lo sabe bien.

—Lo sé bastante bien. ¿Quién lo encontró?

—Lo encontró Karg. Dile, Karg. —El comisario apuntó con la cabeza a uno de los soldados que estaba de pie. Era un hombre de piel oscura que miraba al capitán como uno que mide, subrepticiamente, a su enemigo.

El soldado aludido se lamió los labios partidos y, con los ojos brillando, dijo:

—Lo acuchillaron como a un puerco .

Arjen se preguntó sobre la seguridad del sargento Zark. Algo le decía que el comisario y sus hombres ocultaban algo. Esperaba que no fueran los responsables de la muerte de Vulán. O de que no encontrara a Zark.

—¿Dónde está el cuerpo?

Normán hacía lo posible para que su rostro no traicionara su incomodidad con la pregunta.

—Seguramente ya lo enterraron —dijo.

—¿Dónde?

—El templo de la Gracia Divina.

Arjen desdobló el mapa de la ciudad que traía consigo, uno bastante detallado, y lo puso en la mesa frente al comisario.

—¿Dónde? —volvió a preguntar.

—Aquí —dijo, apuntando con el dedo un lugar que no estaría muy lejos.

Guardando el mapa, dijo:

—Gracias.

—Si necesita algo más, capitán, por favor déjennos saber. No es común tener sabuesos por aquí.

—Me imagino que me dirá que nuestra presencia no es necesaria. Que tienen todo bajo control.

Normán soltó una risilla:

—Era exactamente lo que iba a decir. Además de sabueso, ¿es profeta?

El capitán negó con la cabeza:

—No. Simplemente todos dicen eso.

—:: —

Mientras se alejaba de la comisaría se aseguró de mirar por encima del hombro con frecuencia.

Si fueron ellos los que acuchillaron a su propio lugarteniente, debo andar con precaución. Estoy solo, y ellos son cinco.

Y ese Karg tenía cara de asesino.

De los que acuchillan por la espalda.

Ya era casi mediodía, el cielo seguía nublado, la llovizna ligera persistía.

Anduvo por calles estrechas, lodosas y retorcidas. Pronto vio, por encima de las tejas, el campanario de un templo menor.

Era un santuario pequeño, construido de piedra por donde trepaban enredaderas. El terreno lo delimitaba un muro que llegaba a la cintura, y detrás del templo, el cementerio. Alcanzó a ver al sacerdote que, con pala en mano, preparaba un agujero en la tierra.

—Que Eluvá le bendiga, padre.

El hombre levantó la mirada. Un anciano calvo, de barba gris y ojos cansados. Sudor le descendía por la frente y cuello.

—Te bendigo en el nombre del Gran Creador —respondió el sacerdote.

Arjen se acercó.

—Lo encuentro ocupado, por lo que veo.

—Algo —respondió—. Pero ya casi termino.

—¿No hay santos siervos que le ayuden?

El padre sonrió y sacudió la cabeza:

—Esta es una parroquia muy pequeña. Solo hay un santo siervo, pero es un chiquillo que trabaja con su padre, así que me ayuda en el oficio de adoración, y en los festivales .

—Entiendo. —Apuntó a la tierra—. Por lo que veo, habrá un funeral pronto.

—Solo un entierro. Ya he rezado por su alma. Pero nadie más vendrá.

—¿Puedo preguntar de quién se trata?

El padre se recargó sobre la pala, como si fuera un bastón.

—Un soldado. Lugarteniente del barrio.

—¿Vulán hijo de Vulan?

—El mismo —respondió el sacerdote, sorprendido—. ¿Se puede saber la razón por la que un forastero está interesado en un soldado muerto que ni su familia vino a visitar?

—Mi nombre es Arjen de la familia Dabidji. Soy capitán de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.

—¡Vaya! ¿Un sabueso? Nunca me había encontrado con uno. Bienvenido a la isla del fuego, capitán. Esta isla no ha sido olvidada por Eluvá. Más bien, nosotros nos olvidamos de él.

—¿Me permitiría ver el cuerpo antes de enterrarlo?

—Está bien, hijo. Mi nombre es Ur. —El sacerdote enterró la pala en el suelo y agregó—: Sígueme.

Entraron al templo por una puerta lateral cercana al cementerio. Era un cuarto pequeño, con una mesa de piedra en medio, rectangular. Encima estaba el cuerpo de Vulán, desnudo excepto por un pañuelo que le cubría sus partes nobles.

—Así vinieron a entregármelo —dijo el padre Ur.

—¿El comisario?

—No. Ese canalla ni siquiera se dignó a venir él mismo. Mandó a uno de sus compinches.

—¿Karg ?

—Sí. ¿Lo conoces?

—Lo acabo de conocer. No me dio buena espina.

—Ninguno de ellos. Son un montón de canallas.

El capitán examinó el cuerpo de cerca. Vulán había sido un hombre joven, le calculaba cerca de veinte años. El cabello rojizo, la piel blanca y pecosa. Era delgado, pero con músculos definidos. Una cicatriz le marcaba la costilla izquierda, y tenía otra en el muslo de la pierna derecha.

Además, cinco cuchilladas en la espalda baja.

—Lo mataron como cobardes —dijo el sacerdote—. Por la espalda.

—¿Quién lo pudo haber matado?

—Eso no lo sé. Pero algo sí puedo decirle, capitán. De todos los hombres del comisario, él era el único redimible. Era el que venía al culto de veneración. No siempre, pero por lo menos unas dos veces al mes, aquí estaba.

—¿Cree que el comisario o alguno de sus hombres pudiera ser responsable?

Al principio el sacerdote no respondió. Se quedó mirando el cuerpo.

—Eso es algo peligroso de responder, capitán. Normán y sus hombres representan la ley.

—Los sacerdotes no son juzgados sino por la ley canónica.

—Sí, pero igual podemos morir acuchillados por la espalda.

—¿Quién se atrevería a hacer semejante blasfemia?

—¿En una isla que ha abandonado a Dios? Puedo pensar en varios candidatos.

—¿Y por qué lo matarían? A Vulán.

—Quizás por hablar lo que nadie quiere decir.

El capitán miró al sacerdote, con una mirada inquisitiva .

—Imagino que es la razón por la que usted está aquí, ¿no? —continuó el padre Ur.

—¿A qué se refiere?

—Al castigo de Dios sobre nosotros.

—¿A los niños desaparecidos?

El sacerdote asintió con la cabeza. Agregó:

—Los gobernantes intentan distraer al pueblo. Aseguran que nada está sucediendo. Que los niños se han perdido en el bosque. Que alguna mala bestia los ha devorado.

—¿Y usted? ¿Usted qué piensa? ¿Que fue el Gran Espíritu?

—No. Ese es un dios falso.

—¿Entonces? ¿Un castigo de Eluvá?

—No exactamente, capitán.

—Pero usted dijo que era un castigo de Dios.

—Sí. La mano de Eluvá es soberana sobre todo, y él permite toda situación, sea buena o sea mala. Pero no es él ni autor del mal, ni en el mal se deleita.

Arjen asintió, pensativo.

—Sin embargo, capitán, de algo estoy seguro. Hay un gran mal detrás de todo esto. Yo mantendría los ojos puestos en el comisario. Algo se trae. Algo oculto. Pero todo saldrá a la luz, eventualmente. «Los ojos de Eluvá miran en todo lugar, y traerán a la luz toda obra, sea buena, o sea mala».