El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) El lugarteniente
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El lugarteniente

ERA UNA ISLA extrañamente pintoresca.

Al ser volcánica, la tierra era negra, llena de piedras, y con una flora escasa aunque interesante: por aquí y por allá salpicaban flores de colores vibrantes, que hacían contraste con el desierto negro.

Al salir del pueblo, anduvo por una vereda que serpenteaba alrededor de grandes rocas, viendo pocas casas en el camino. Atravesó pueblos pequeños, uno que constaba de apenas cuatro casas en tan mal estado, que se preguntó si alguien vivía dentro.

Delante de él, como poderoso gigante, el volcán, con un hilillo de humo que subía en espiral hacia el cielo nublado del que caía todavía una ligera llovizna que, si bien apenas se sentía, iba dejando su capote bien mojado.

El camino fue ascendiendo una colina pedregosa, en donde la neblina se cerró. Por un momento solo veía unos cuatro pasos al frente.

De repente se detuvo. Pensó escuchar como si alguien lo siguiera.

Se quedó allí, esperando, con la mano en el pomo de la espada, pero ya no escuchó nada.

Decidió continuar, pero alerta.

«Cuide sus espaldas», le había advertido el sargento Zark.

Siguió ascendiendo hasta llegar a una meseta, por la que anduvo unos cien pasos y, de repente, casi de golpe, la neblina cesó y vislumbró el valle.

—Vaya —dijo.

A las faldas del volcán estaba la ciudad de Urazka. De acuerdo al mapa, la única ciudad en la isla, pues el resto eran pueblos y aldeas.

Comparada con Tresden, apenas se podría llamar una ciudad. Sin embargo, si la comparación fuera con otras ciudades del reino, era de buen tamaño.

Las casas de tejas negras de dos aguas se extendían hasta perderse en una zona boscosa hacia el sureste. Un río atravesaba la ciudad. Desde esa perspectiva veía varias plazas, incluyendo la principal, con un templo mayor.

Lamentablemente el sargento no le dijo exactamente dónde encontrarlo, por lo que tendría que buscar. El primer lugar sería la comisaría. Había sido precisamente un lugarteniente quien les envió un mensaje de auxilio al cuartel de los sabuesos. Encontrarlo y hablar con él sería crucial.

Estaba por descender por el camino cuando escuchó los cascos de un caballo acercándose. Efectivamente, momentos después, apareció un hombre sobre el pescante de un carromato.

Se detuvo al ver a Arjen.

—Que Eluvá te sea propicio, amigo. Te puedo llevar a la ciudad, si lo deseas.

—Muchas gracias —respondió el capitán .

—¿Para dónde va, forastero? —Era un hombre de barba blanca que iba vestido con una túnica sencilla, incluyendo un sombrero de paja. El carromato era de dos ruedas, y en la parte de atrás llevaba paja y leña.

—Busco llegar a la comisaría del barrio de las Cenizas.

El hombre asintió:

—No está tan lejos de donde voy. Puedo dejarlo cerca. Súbase, pues.

Eso hizo, y descendieron. El hombre resultó ser muy hablador, pero no le preguntó quién era o de dónde venía. Más bien habló sobre el clima, sobre la yegua que era su compañera desde hacía cinco años, de sus siete hijos y dos nietos, y de la importancia de desayunar bien para tener un gran día.

No era una ciudad amurallada. La entrada principal era un gran arco que, en la punta, tenía el símbolo del Gran Creador: la silueta del sol, un ojo en medio, y cinco rayos que representaban los cinco espíritus de Eluvá.

—¿Alguna buena taberna por aquí?

—Hay una cerca de la comisaría. Lo puedo dejar justo allí. Casi no me desvío.

Le dio las gracias y pronto llegaron. Arjen intentó darle una moneda al hombre, pero este se negó.

Por lo menos hay algunos pueblerinos amables , se dijo.

Entró a la taberna donde pidió aguamiel y un pan con tocino. Al salir de allí, caminó hacia la comisaría.

Era un edificio rectangular, de madera, de un solo piso y no muy grande. Afuera, reclinado en una silla, un lugarteniente. El uniforme era de un gris casi negro. El soldado no llevaba yelmo puesto ni espada al cinto, sino una daga, además de una lanza recargada cerca de él.

—Que el Gran Creador esté contigo —le dijo el capitán .

El hombre levantó las cejas, sorprendido de que le dirigiera la palabra. Lo miró de arriba abajo, con ojos ligeramente cerrados, poniendo especial atención a la espada. Respondió:

—Y contigo.

—Quisiera hablar con el comisario.

Con el ceño fruncido, dijo:

—¿Y quién le busca?

—El capitán Arjen Dabidji de los sabuesos del rey.

La expresión del soldado cambió. Los ojos se abrieron, se puso de pie y en posición de firmes.

—Eh, capitán, una disculpa. Avisaré al comisario.

Arjen alcanzó a escuchar el cuchicheo adentro, sin distinguir la conversación. El soldado salió y le indicó que podía entrar.

El comisario era un hombre como de la edad de Arjen, una barba roja que le llegaba al pecho, bien cuidada y con un parche blanco justo en la barbilla. Era fornido, bien parecido, en el brazo izquierdo le surcaba una cicatriz desde el codo hasta la muñeca.

Estaba sentado detrás de un escritorio desordenado. Además del lugarteniente que lo recibió, otros tres soldados se encontraban dentro. Dos de ellos, de pie como resguardando una puerta, y otro sentado en una esquina.

—Bienvenido a la isla, capitán… ¿Dabidji?

—Para servirle, comisario.

—Mi nombre es Normán. Comisario de este barrio. ¿En qué le puedo servir?

—Vengo buscando a un compañero mío. Sargento de la Honorable Compañía.

—No lo he visto —respondió Normán; en la opinión de Arjen, respondió demasiado rápido. Además, le pareció notar que el soldado sentado en la esquina se movió de manera incómoda.

—¿No? Me dijo que estaría por aquí.

—¿Aquí, en la comisaría?

—Aquí en la ciudad.

El comisario sonrió:

—La ciudad es grande, mi estimado capitán. ¿De dónde viene usted?

—Tresden.

—No tan grande como Tresden, eso sin duda. Estuve allí hace muchos años. Esa no es una ciudad. Es una monstruosidad. ¡Imagínense que está dividida por condados! —dijo mirando a sus hombres—. Así de grande es.

—Entonces, el sargento no ha pasado por aquí.

—No por aquí, capitán. Pero si gusta, uno de mis lugartenientes puede acompañarlo por la ciudad mientras pregunta.

—No será necesario.

—Permítame insistir. No es una ciudad peligrosa, pero hay algunas calles que merece la pena evitar. Ya sabe, un forastero como usted podría entrar y ser visto como una amenaza.

—Gracias por su preocupación, comisario. Por cierto, hay una persona más que estoy buscando.

—¿Sí? ¿Otro sabueso?

—No. Más bien un lugarteniente. Y por lo que tengo entendido, de esta comisaría.

Pareció como si el aire fuera succionado del lugar, porque los soldados dejaron de respirar.

Solamente el comisario permaneció como si nada pasara. Volvió a levantar las cejas y preguntó:

—¿Quién podría ser?

—Su nombre es Vulán hijo de Vulán.

Nadie respondió.

—¿Lo han visto? —insistió.

El comisario se encogió de hombros y respiró profundo. Sacudió la cabeza, con una expresión de tristeza, y dijo:

—Siento informarle, mi estimado capitán de los sabuesos, que el lugarteniente Vulán fue encontrado muerto el día de ayer.