El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) La isla del fuego
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La isla del fuego

EN MEDIO DE la neblina apareció la isla.

Arjen la contempló sorprendido, pues era más grande de lo que imaginó. No alcanzaba a verla toda, estaba parcialmente cubierta por la bruma. Era una isla negra, montañosa, y por sobre todos los picos sobresalía el volcán de Azkharel, de donde la isla tomaba su nombre, el cual humeaba.

El mar no se estaba quieto, y mecía la barquilla con suficiente fuerza como para que el capitán de los sabuesos tuviera que agarrarse firme al mástil.

—Estas aguas pueden ser traicioneras —gritó Kordan, desde el timón—. Agárrese bien, maese, que si se cae por la borda, no será tan fácil auxiliarlo.

Arjen se acercó al capitán del barco, y asiéndose de un barandal, preguntó:

—¿Hace el viaje a la isla diariamente?

—Casi. Excepto el primer día de la semana. Ese día es para adorar. ¿ Es usted religioso, maese Dabidji?

—Algo.

—Todos los marineros lo somos. Es imposible elevar anclas sin primero confiar el alma al Creador. Uno nunca sabe.

—Aunque son aguas tranquilas, ¿cierto?

—Lo son, con respecto a piratas y monstruos marinos. Pero el mar es el mar, maese Dabidji. El peligro más grande nunca es un pirata, ni un leviatán. No, el peligro más grande en el mar, es el mar.

Arjen no lo dudaba ni por un momento. La Gran Guerra contra el Sagrado Imperio de Ragidán no se había librado solamente en tierra firme, sino también en el Mar del Dragón.

Sin embargo, él siempre combatió en tierra. No es que le temiera al mar, pero sí le tenía respeto.

—Dijo que poca gente va a la isla.

—Últimamente, así es —respondió Kordan.

—¿Por lo de las desapariciones?

El capitán del barco dijo que sí con la cabeza.

—La isla siempre ha tenido un aura de misterio, maese Dabidji.

Solo la visitan los que tienen qué. Por negocio, comercio, o familia que vive allí.

Además, aunque el volcán no ha hecho erupción recientemente, la última vez que lo hizo, hace mil años, mató a todos y cada uno de los residentes.

En mi opinión, solo es cuestión de tiempo. Mírelo.

—¿Cuánto tiene que humea?

—Desde que yo era un crío. Y los temblores son más comunes. Téngalo por seguro, mi amigo, que cuando ese gigante despierte, lo hará con tal violencia que será un milagro si la isla no desaparece por completo.

Arjen solo se podía imaginar el espectáculo visual que sería ver explotar ese majestuoso monte negro. Sin embargo, probablemente cualquiera que viera tal espectáculo, sería el último en su vida.

El capitán Kordan dijo:

—Y sobre lo que usted pregunta, de las desapariciones, mi opinión es que son los espíritus de la isla.

Arjen recordaba el informe que recibió de Zark Sedare, el sargento primero, unos diez días atrás.

El sargento había sido enviado a la isla para investigar la situación, y en el informe mencionó que la gran mayoría de los isleños pensaba que la razón por la que desaparecían niños era porque los espíritus de la isla se encontraban molestos.

La isla, en siglos pasados, había sido habitada por la tribu Garagán, adoradores del Gran Espíritu de Azkharel, que en la lengua garageña significaba «fuego».

Sin embargo, cuando llegaron los primeros tresdinos, trajeron consigo la Santa Fe Profética, y la mayoría de los nativos con el tiempo adoptaron la nueva religión.

Sin embargo, como era de esperarse, los rumores decían que el culto a Azkharel continuaba, y que la razón por la que desaparecían personas era porque el Gran Espíritu estaba enfadado.

—¿Usted cree en esas cosas, maese Dabidji?

—¿En espíritus que roban niños?

—Sí.

El capitán de los sabuesos se encogió de hombros:

—He visto cosas inexplicables en mi vida. Pero si algo he aprendido es que detrás de la mayoría de los horrores que vivimos, estamos nosotros.

Kordan se quedó pensativo. Después de un tiempo, dijo:

—Ya estamos por llegar.

El puerto de la isla era mediano, y algunas embarcaciones pesqueras salían. Desembarcaron, Arjen intentó de nuevo darle alguna moneda al capitán del barco, pero este se negó.

—Normalmente regreso a Burjen un par de horas antes de que se meta el sol. Para cuando lo necesite.

El capitán de los sabuesos caminó por el muelle y se dirigió al pueblo.

Era pequeño, con callejones estrechos y casas de madera sin pintar.

La gente lo miraba con curiosidad. O quizás con sospecha.

Las miradas eran furtivas y, cuando saludaba a alguien con un movimiento de la cabeza, la persona miraba en otra dirección.

No muy amables, se dijo.

La mayoría de los residentes del pueblo eran mestizos, con piel café y ojos ligeramente rasgados. Vestían túnicas sencillas, de colores sobrios.

Llegó a la plaza central, y de allí tomó una callecita que serpenteaba por una colina, hasta arribar al lugar que le había indicado Zark por carta: el mesón La Fuente Viva.

Al llegar, caía una ligera llovizna.

Adentro, en la taberna del mesón, cuatro comensales, cada uno en su propia mesa, en silencio. Uno de ellos, en la esquina, tenía la cara sobre la mesa y roncaba.

No había barra. Se quedó allí de pie, esperando a que alguien lo atendiera. Además de los cuatro, nadie servía.

Se acercó a la puerta que llevaba a la cocina. Era una puerta de madera, giratoria. La empujó y se asomó adentro.

Un hombre estaba allí, sentado en un banquillo junto a unos barriles, dormido.

—Disculpe, amigo —le dijo el capitán. Pero el otro no respondió. Se acercó, le repitió la pregunta, pero al no recibir respuesta, lo tomó por el hombro y lo agitó.

El hombre, de nariz redonda, mejillas rojas y cabello desaliñado, abrió los ojos, sorprendido y luego asustado:

—¡Por los Siete Profetas! —dijo—. ¿Y usted quién demonios…?

—Vengo buscando a Zark Sedare. Se hospedaba aquí.

—¿Zark Seda…? —musitó, tratando de acordarse—. ¡Ah! ¿El sabueso?

—El mismo.

—No está aquí, mi señor. Salió hace un par de días y no ha regresado.

Curioso. Me dijo que lo encontraría aquí.

—¿Adónde fue? ¿Lo dijo?

El hombre olía a alcohol.

—No me dijo nada. Por lo menos no a mí. Puedo preguntar para ver si a mi mujer.

—¿Usted es el mesonero?

—Así es. Nester, para servirle.

—Mi nombre es Arjen Dabidji. Soy capitán de los sabuesos del rey.

Los ojos del hombre se abrieron.

—Mucho gusto, señor capitán. Para servirle, mi señor capitán.

—¿Entonces salió el sargento hace dos días, sin decir nada?

El hombre se puso de pie. Se rascó la frente.

—Un momento…, estoy recordando que…, sí, mi esposa me dijo que el señor que usted busca, eh, Zark creo que dijo, eh, dejó un mensaje sellado.

—Muéstramelo.

Los ojos del hombre se abrieron otra vez, grandes, una sombra de temor en el rostro .

—No lo perdiste, ¿cierto?

Nester sacudió la cabeza:

—Estoy seguro de que no. Seguro que mi esposa lo guardó. Debe de estar por aquí, en mi despacho.

—Te acompaño.

—Sí, mi señor capitán.

El mesonero condujo al capitán al «despacho», que en realidad era un cuartito sin ventana, una silla de madera, una mesa atiborrada de papeles, y en la pared una cuadrícula de madera llena de hojas y pergaminos. Todo completamente desordenado.

—Vamos a ver, debe estar por aquí —decía el hombre.

Será un milagro si lo encuentra.

Para su sorpresa, Nester dijo:

—¡Ajá! ¡Aquí está!

Le dio un pergamino enrollado, con un sello pequeño pero bien aplicado.

Arjen acercó el sello a los ojos, para examinarlo bien.

—Le aseguro que no ha sido abierto —dijo el hombre.

—Por tu bien, espero que así sea.

Estaba bien cerrado. Lo abrió, y leyó:

Capitán: La cosa es más oscura de lo que pensé. Iré al sur, al valle de Iacím, a la ciudad. Cuide sus espaldas. Zark.

Guardó el pergamino en su túnica, y dándole las gracias al mesonero, salió de nuevo a la taberna. Fue a una esquina cercana a una ventana. Sacó el mapa que había traído, el cual mostraba la isla, y lo examinó bien.

El valle de Iacím no estaba tan lejos. Un poquito más de una legua de distancia, hacia el suroeste, a las faldas del volcán.

Sin tiempo que perder, rellenó su odre, compró pan, carne seca y una rebanada de queso curado para el camino, y emprendió la marcha.