El capitán
DESPERTÓ AL ESCUCHAR un ruido.
No podía moverse de la cama de lo cansado que estaba.
Sin embargo, allí: el ruido, de nuevo.
Venía de la puerta. Un sonido metálico.
Están intentando abrir mi puerta.
Sí, estaba cansado, pero no lo suficiente como para dejarse matar. Se levantó lo más rápido que pudo, tomó la espada y corrió hacia la puerta. Quitó la traba del candado y, al abrirla, con la espada lista, escuchó los pasos de alguien que se alejaba a toda prisa.
Por el pasillo una sombra estaba ya por llegar al fondo.
Arjen, descalzo y en túnica interior, corrió en dirección de la sombra.
Bajó las escaleras con cuidado (de encontrarse con el fugitivo, o de resbalarse y torcerse un tobillo, una posibilidad muy alta a su edad), llegó a un vestíbulo pequeño con una sola puerta, la cual estaba abierta y daba hacia la taberna.
Al entrar allí, apenas alcanzó a ver a la sombra que huía por una ventana, saltando por ella como un conejo.
Se apresuró. Al asomar la cabeza, el hombre o joven desapareció en la bruma. Ni siquiera lo escuchó alejarse. Huyó como gacela.
—Maldita sea —dijo.
Por la ventana entró una brisa fría que le dio un escalofrío. Cerró la ventana y le puso la aldaba, que era sencilla. El fugitivo la habría quitado con facilidad.
No sabía la hora, pero a juzgar por algunos gallos que ya cantaban, se estaría terminando la cuarta vigilia de la noche, por lo que pronto sonaría la primera campana del amanecer.
En ese momento escuchó unos pasos y, por una de las puertas laterales entró una joven que, al verlo, se quedó congelada y lo miró con temor. Después con extrañeza, al notar que llevaba espada en mano pero andaba en túnica interior.
Arjen recordó verla ayer por la noche sirviendo las mesas. Probablemente una hija del tabernero y no una criada, por cómo vestía.
—¿Mi señor? —dijo ella.
—Una disculpa. Estaba… —pero le dio pereza dar explicaciones. Simplemente sacudió la cabeza—. ¿Qué hora es?
—Como la undécima hora, mi señor.
La undécima hora de la noche significaba que faltaban un par de horas para el amanecer, aproximadamente.
—Bien. Gracias. Disculpa el… susto.
—No es problema, mi señor. Algunos de los huéspedes bajarán pronto. ¿Quiere que le prepare algún desayuno?
—Sí. Por favor.
—Tendré listo un par de huevos con tocino y zumo de naranja. Si baja en una media hora, estará listo.
Le dio las gracias y regresó a su habitación.
El hombro estaba morado por el golpe recibido, así que se aplicó un ungüento medicinal. Crujió los dientes mientras las yemas de sus dedos masajeaban con suavidad la piel herida. Por la gracia de Eluvá, no parecía tener el hombro roto.
Se limpió la cara con el agua de la jofaina, se puso el medallón que lo identificaba como sabueso del rey, luego la túnica. Se ciñó el cinturón de armas, después las calzas —que ya apestaban, por cierto— y las botas. Al final, la capa.
Había salido de la ciudad lo más ligero posible, con una alforja pequeña, odre de vino y la bolsa de dinero. En un bolsillo del cinturón llevaba nueces y un poco de carne seca para el camino por si le daba hambre, aunque en realidad se había detenido en las aldeas para comer.
Descendió y desayunó. La joven lo atendió con amabilidad. Todavía nadie más bajaba a la taberna.
—Hija —le dijo, pues tendría unos dieciséis años—, ¿escuchaste algún ruido extraño justo antes de encontrarte conmigo?
Ella entornó los ojos:
—¿Un ruido extraño, maese?
—Sí. Cualquier cosa.
Sus cejas se juntaron:
—Solo unos pasos apresurados. Me llamó la atención, e hice una pausa, pero al no escuchar nada más, lo desestimé.
—Muy bien. —Cambió de tema—: Tu padre me dijo que si necesito hacerme a la mar, puedo buscar al capitán Kordan.
—Sí. De hecho, muchas veces viene aquí a desayunar algo antes de salir. No dudo que, si espera un poco, lo encuentre. Ya voy a abrir la puerta, en un momento más.
—Está bien. Lo esperaré un tiempo.
—Si gusta, le puedo traer aguamiel.
Arjen accedió, y esperó.
Se preguntaba quién trató de abrir su puerta, y con qué propósito. Para empezar, no creía que hubiera sido un ladrón que escogió su puerta al azar.
Me buscaba a mí.
Y seguramente no para charlar un rato. Probablemente, de no haber oído el ruido, tendría en este momento un puñal clavado en el corazón.
Pero nadie sabía que estaría aquí. Tampoco en este mesón. Quizás alguien me echó el ojo ayer por la noche, y decidió robarme confundiéndome con un forastero con monedas en la bolsa, cansado y fácil de robar.
Forastero, sí. Cansado, también.
¿Fácil de robar? Por los Profetas que no.
Todavía no amanecía cuando entró un hombre de barba roja que vestía un gabán oscuro que le llegaba a las pantorrillas. Llevaba un sombrero de tres picos y fumaba una pipa de cánula corta.
—Buenos días, Niviana —dijo el hombre recargándose en la barra de madera y dirigiéndose a la muchacha, que estaba del otro lado.
Para entonces había ya unas tres personas en la taberna, y además de la joven, en la cocina le ayudaba su madre.
—Buenos días, capitán —le contestó ella—. ¿Lo mismo de siempre?
—Lo mismo, por favor.
La muchacha se acercó y le dijo en voz baja, aunque Arjen captó la conversación:
—Capitán, eh, el hombre de allá quiere hablar con usted .
—¿Conmigo? —Y se volvió en dirección de Arjen. En voz alta dijo—: ¿Todo bien, amigo?
—Todo bien, capitán —respondió Arjen—. Lo que consuma por mi cuenta.
El hombre sonrió:
—Ea, pues; mi mañana va mejorando. —Se acercó a la mesa de Arjen y agregó, apuntando a la silla vacía—: ¿Se puede?
—Por favor —respondió Arjen.
El capitán Kordan se sentó y cruzó los brazos. Chupó la pipa y exhaló el humo por la comisura de los labios. Tendría unos cincuenta y tantos años, los ojos marrones, la piel curtida tanto por el sol como por el agua salada.
—¿Es usted soldado? —preguntó el marinero.
—Lo soy.
—Tiene el porte.
—Usted también. ¿Veterano de la guerra?
—Veterano de la guerra —confirmó Kordan—, aunque he cambiado la espada por el timón.
—¿No hay muchos piratas en estas aguas, entonces?
—Nah, no muchos. No aquí. Hacia el norte, sí. Ni se diga más allá de Ragidán. Andar por esas aguas es casi un suicidio. Pero éstas son nobles, casi parece un mar de agua dulce.
—Es bueno saberlo.
La joven le trajo unos huevos estrellados con tomates en rodajas, una porción de judías y pan, con un vaso de aguamiel.
Kordan inmediatamente se puso a comer.
—Gracias por el desayuno, amigo. Aunque todavía no sé cómo dirigirme .
—Arjen Dabidji, para servirle.
Kordan no levantó la vista, pero hizo una breve pausa, como si reconociera el nombre.
—Y ¿qué puedo hacer por usted, maese Dabidji?
—Me dicen que usted es la persona que podría llevarme a la isla de Azkarel.
—La persona indicada para eso soy yo.
—¿Saldrá hoy?
—Saldré hoy. Terminando de desayunar, me voy para allá. Voy con otros dos, que están cargando la barquilla.
—¿Cuánto me cobra por el viaje?
El hombre negó con la cabeza:
—Nada para un veterano de la guerra. Además, ya vamos para allá. Uno más o uno menos, no hace diferencia.
—Se lo agradezco.
—No mucha gente va para la isla, últimamente.
Pero mire cómo son las cosas, hace poco llevé a otro señor.
Andaba con la capa puesta así como usted.
Cabello un poco más largo, le cubría las orejas.
Muy callado, el hombre. Hasta después me voy enterando de que es un sabueso del rey.
—Eso último lo dijo con la voz un poco más baja.
—¿Y eso es problema?
—De ninguna manera, maese Dabidji. De hecho, mejor por mí. Porque en esa isla, escúcheme bien, cosas raras, muy raras están pasando.