El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Maldiciones y superstición
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Maldiciones y superstición

LLEGÓ A BURJEN cuando oscurecía.

Había gastado un poco de tiempo moviendo los tres cuerpos a la orilla del camino. Que la naturaleza se encargara de ellos.

Burjen era pequeño y, por lo que alcanzaba a ver, pintoresco.

En las ventanas de las casas de madera, con sus techos de dos aguas, los aldeanos encendían lámparas para ayudar a con la iluminación de las calles.

El terreno era irregular, de leves colinas y rodeado por altos y hermosos pinos.

Arjen estaba a la entrada del pueblo, en un punto alto, desde el cual veía el reflejo de la luna en el mar.

El pueblo se asentaba en la península de la provincia de Ayatán, al suroeste de la ciudad real de Tresden.

Arjen descendió por el camino y entró al pueblo.

Hombres, mujeres y niños andaban de aquí para allá, y en una plaza cercana desmontaban el mercado principal del pueblo.

En la misma plaza estaba erigido un teatro de títeres, y una multitud de unas cuarenta personas esperaban que comenzara la función .

En una esquina bien transitada, un hombre tocaba la lira acompañado en el pandero por una hermosa mujer de piel oscura. Arjen lanzó un cuarto de cobre en el tazón de lata frente a los músicos.

Siguió atravesando el poblado hasta acercarse al muelle. El aireolía a sal y a madera húmeda, y una brisa fresca le acarició el rostro al acercarse a la orilla.

Se detuvo un momento, contemplando las barquillas que se mecían. El crujir de la madera y las cuerdas tensas llenaba el silencio, mezclándose con el ritmo constante del agua golpeando contra los cascos. Las aves, sobre mástiles, postes y barriles, custodiaban aquel rincón del puerto.

Miró a su alrededor y se decidió por un mesón con taberna que se llamaba El Ancla Vieja.

Entró, dejándose el capote puesto para no revelar su túnica negra, el uniforme de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.

El lugar estaba casi lleno. Hombres y mujeres conversaban, reían, apostaban, y algunos cantaban al son de la música de un trovador.

Arjen se acercó a la barra, donde el tabernero rellenaba unos tarros con cerveza.

—¿Dónde yo quiera? —le preguntó el capitán.

—Donde guste, maese. Donde haya espacio.

—¿La espada?

—Lo que prefiera, amigo. La puede dejar en el vestíbulo, o no. Es un pueblo muy tranquilo.

—¿Hay posada?

—¿Para usted, solamente?

—Para mí, sí.

—Me queda un cuarto disponible, amigo. Un secle la noche. Incluye el uso de la letrina y una jofaina con agua tibia.

Arjen puso la moneda de bronce en la barra de madera, y el mesonero la tomó, asintiendo con la cabeza y asegurándole que la habitación estaría lista pronto.

Le dio las gracias. Por fortuna encontró en la esquina una mesa pequeña. Estaba lejos de la chimenea, pero arrinconada de tal manera que le daba un poco de privacidad.

Al sentarse, inmediatamente encendió su pipa.

Lanzó una larga y deliciosa bocanada de humo grisáceo.

Cansado. Adolorido. Adormilado.

Así se sentía.

Se acercó un mozo de unos catorce o quince años.

—¿Qué se le apetece, mi señor?

—Aguardiente y la cena que tengan.

—Sopa de lentejas con carne, medio pedazo de pan, y una rebanada de queso.

—Que sea un pan completo, y dos rebanadas. Si me lo traes rápido, te daré un cobrín.

—Al instante, maese —respondió, sus ojos brillando, y se retiró.

Chupó la pipa y cerró los ojos, recargándose en la pared. Casi se queda dormido. Parpadeó con fuerza y sacudió la cabeza. Anhelaba lanzarse en la cama.

Entonces le llamó la atención la conversación en una mesa cercana. Tres hombres conversaban en voz baja, aunque sin demasiado cuidado.

—Debe ser la maldición —dijo uno de ellos, el más joven de los tres—. Es lo que yo pienso.

—Eso no es más que superstición —dijo un segundo, un hombre robusto, de gruesos bíceps, y completamente calvo.

—¿Superstición? —dijo el tercero, un viejo de cabello blanco y barba del mismo color que le descendía hasta el ombligo—. Todos saben que esa isla está maldita. El volcán es la entrada al inframundo, custodiado por los demonios del mismísimo Doriatán.

—Venga, don Node —lo recriminó el más joven—, no diga en voz alta el nombre del Príncipe.

El viejo se encogió de hombros:

—Escuché por allí que la situación es tal que mandaron llamar a sabuesos.

—¿Sabuesos del rey? —preguntó el calvo.

—Pues ¿qué otros sabuesos serían, eh? —dijo el viejo—. ¡Sabuesos del rey, por supuesto!

—Vaya —respondió el calvo—. La situación debe estar fea, entonces.

—Pues claro que sí —dijo el viejo don Node—. Ya van varios desaparecidos.

—¿Todos niños? —preguntó el más joven.

Don Node se encogió de hombros, de nuevo:

—Eso no lo sé. Mujeres y niños, escuché.

Te lo digo, esa isla está maldita. Siempre lo ha estado.

Los que viven allí deben estar locos. Es una isla llena de espíritus malignos, brujas y hechiceros.

Además, no es la primera vez que pasa. Yo recuerdo escuchar lo mismo hace como unos cincuenta años.

Una temporada de desapariciones allí. Te lo digo, la isla está maldita.

—¿Y los sabuesos ya llegaron? —preguntó el calvo.

—Ni idea —dijo don Node—. Tres Dientes me dijo que uno llegó ya a la isla, y que al parecer vendrán uno o dos más .

—Nunca he visto un sabueso —dijo el calvo, dándole una mordida a una manzana—. Seguro hay muchos en Tresden.

—¿Te imaginas si fueran los de los folletines? —dijo el joven.

—Arjen y Zark —dijo el calvo—. ¡Me encantan esas historias!

Por los Siete Profetas, se dijo Arjen. Incluso aquí llegan esos malditos folletines.

Se aseguró de que su capa cubriera bien el uniforme.

Últimamente Brisbán el Bardo había duplicado la publicación de las aventuras de Los sabuesos de Tresden.

Dos historias semanales, en lugar de una.

La gente se devoraba las historias, eran tan populares que incluso circulaban copias ilegales a lo largo del reino.

Puesto que Arjen y Zark se rehusaban a volver a hablar con el Bardo, este ahora se las había ingeniado para contar historias completamente fabricadas.

No que eso le importara a los lectores. De ninguna manera, mientras más violento fuera el caso, mientras más intrincado, mientras más dramático, mejor.

Le trajeron la cena, comió rápido, y caminó de nuevo a la barra a pagar lo que debía y para que le mostraran su cuarto.

—Mañana necesito hacerme a la mar —le dijo al tabernero en voz queda—. Voy a la isla.

El hombre levantó las cejas:

—Ya casi nadie quiere ir. Desde que… —No terminó su oración.

Cambió el tema—: Busque al capitán Kordan.

Mañana temprano. Lo encontrará aquí, justo enfrente del mesón.

Tiene una barquilla que se llama La Alborada.

Él sale casi todos los días para allá con un cargamento. Justo antes de que salga el sol.

—Bien.

El tabernero se dirigió al muchacho que lo había atendido :

—Hijo, muéstrale su cuarto.

Subieron las escaleras y lo dirigió hasta el final del pasillo. Le dio la llave. El capitán le puso un par de cobrines en la palma.

—¡Gracias! —dijo el chico, y se marchó.

Arjen entró y, poco tiempo después, dormía.