El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6)
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Misericordia
AUNQUE LA brUMA de la mañana no le permitía ver más de diez pasos, se detuvo, desenvainó su espada y se preparó para el asalto.
Arjen Dabidji estaba cansado, muy cansado. Llegaría al puerto en cualquier momento, pero la neblina no lo dejaba ver bien. Además, el sol estaba por ocultarse.
Había calculado mal el tiempo que le tomaría llegar.
Según él, llegaría al pueblo costero de Burjen poco después del mediodía.
Sin embargo, la maldita neblina retrasó todo.
Bueno, eso y haberse levantado tarde esa mañana.
En lugar de salir inmediatamente, cuando bajó al primer piso del mesón, el olor a huevos con tocino fue demasiado tentador y se quedó para almorzar.
Cada vez más se le dificultaba despertarse temprano.
Y cuando lo hacía, le dolían los huesos, y las antiguas y nuevas cicatrices. Ahora eran más los huesos que tronaban, y tronaban más fuerte.
Te estás haciendo viejo, Arjen , pensó.
Miró a su alrededor, esperando escuchar los pasos de los asaltantes.
Sin embargo, silencio; excepto por el sonido del bosque que abrazaba el camino pedregoso por el que andaba .
Siguió caminando. Si Eluvá le era propicio, los maleantes se arrepentirían y lo dejarían en paz.
Sabía que eran tres, porque los vio en la taberna de la que salió una hora atrás. Se había detenido allí para rellenar el odre de vino aguado que colgaba de su cinto, y aprovechó para comer un bocadillo.
Aunque vestía el uniforme negro de los sabuesos, traía una capa gris puesta encima, por el fresco, con la alforja cruzada sobre el hombro. Además, el viaje desde Tresden había sido largo, de tres días casi completos, y prefería no andar enseñando el uniforme para no atraer demasiado la atención.
Muy a su pesar, de todas maneras atrajo la atención de esos buenos para nada.
Cuando puso la monedita sobre la mesa para pagar su deuda, el tabernero inmediatamente la tomó, la guardó y en voz baja le dijo:
—Con cuidado, forastero. —Y le apuntó con una revirada de los ojos a la esquina de los tres.
—Eluvá sea contigo —le respondió Arjen. Se puso de pie y se acomodó bien la capa. Antes de salir, miró de soslayo a los tres para ver qué tipo de armas llevaban encima.
El que más le preocupaba era un calvo de hombros anchos y mirada feroz. Le brillaban los ojos, y casi pensó que sonreía. Este llevaba un cuchillo largo envainado en la cadera, como de carnicero. Posiblemente a eso se dedicaba, a destazar cerdos y forasteros que andaban solos.
El segundo era un barrigón de barba desaliñada al que no le vio arma, y el tercero un flacucho con la cara marcada de cicatrices. Los tres llevaban túnicas sencillas y sucias.
—Dios con vosotros —les dijo, para ver si eso, y su espada al cinto que casualmente dejó ver, los disuadía. Ninguno de los tres contestó el saludo, solamente el calvo asintió.
Al salir de la taberna echó una mirada por encima del hombro y los vio a la distancia, envueltos en la bruma, siguiéndolo.
Maldijo.
Ahora, a media legua alejado de la aldea, Arjen sabía que lo atacarían pronto. Estaban ya lo suficientemente lejos para que nadie escuchara sus gritos de socorro. La neblina se tornó más espesa, y los escuchaba acercándose.
Eran unos cabezas huecas. Pero eran tres, y si iban armados, eran cabezas huecas peligrosas.
Tres contra uno era desventaja, pero había salido de peores desventajas muchas veces. Con enemigos diez veces más feroces y bien entrenados.
Hasta ahora conservaba su vida, aunque apenas.
El ataque lo tomó por sorpresa porque no fue por donde lo esperaba, por la vereda, sino por el flanco izquierdo.
El flacucho saltó de detrás de un árbol en el bosque y se abalanzó contra él blandiendo una espada corta. El ladrón lanzó un grito y le habría partido la cabeza si Arjen no se hubiera movido a la izquierda. La espada le pegó en el hombro, pero resbaló en la capa gruesa, deshilachándola.
Arjen dio dos saltos para hacer espacio entre él y su atacante, con un renovado respeto por él. De los tres, pensó que el flaco era el más tonto, pero había logrado acercarse por el bosque sin que se diera cuenta.
Ese debe ser su modo de operar, pensó. Dejar que su presa piense que el ataque viene por la retaguardia y partirle la mollera cuando no se lo espera.
Pero ahora Arjen ya estaba precavido, con la espada frente a él, empuñándola con ambas manos, esperando el ataque.
—Si te largas —le dijo al ladrón—, te dejo vivir.
El ladrón, con el semblante desorbitado por la rabia y los ojos rojos, le enseñaba los dientes como un perro enojado. Arjen dio un paso para atacar, pero en ese preciso instante, de entre la neblina se materializaron los otros dos.
Siete Profetas, protegedme.
El carnicero empuñaba un hacha, con el cuchillo largo en su cintura, y el gordinflón un garrote. Aunque ambos eran hombres gruesos, corrían hacia él como toros desbocados, a una velocidad pasmosa.
Allí, esa mañana fresca, Arjen se unió a su espada, así como antes, así como muchas veces en la guerra, en batallas y escaramuzas. La espada se convirtió en un tercer brazo, en una extensión de su cuerpo.
Dio tres zancadas y la hizo descender en diagonal sobre su enemigo, quien levantó su acero para defenderse, pero el golpe fue tan violento que el ladrón perdió su espada.
De un segundo espadazo le abrió el pecho.
El joven aulló de dolor, pero su grito duró poco tiempo.
El siguiente golpe del filo de la espada de Arjen le destrozó por completo el rostro, partiendo el hueso y rebanando la piel. Se desplomó en el suelo.
Ya tenía a los otros dos encima. El carnicero quería cortarle el cuello.
Se defendió del primer y segundo machetazo, pero el barrigón alcanzó a darle con el palo en el hombro izquierdo.
El dolor fue intenso. ¿Le habría roto un hueso?
Saltó hacia atrás y después a la izquierda, poniendo al gordito en medio, para no pelear con dos al mismo tiempo.
El garrote descendió, pero no era un buen arma contra el acero.
De un golpe volaron astillas y ahora el ladrón de barriga prominente, en lugar de tener un garrote, sostenía apenas un mango de un palmo de longitud.
Gritando, se dio la media vuelta, pero antes de que pudiera huir, Arjen le cortó la espalda y este se fue de bruces.
—¡Muérete, maldito! —gritó el carnicero atacando de nuevo.
Arjen sentía el vibrar de la espada con cada golpe. Su enemigo era más grande y más fuerte, pero sin experiencia reciente en batalla. Confiaba en su fuerza bruta, pero en la guerra la fuerza bruta podía ayudarte solo hasta cierto punto.
El grandote, empuñando con ambas manos, hizo descender el hacha. No midió su fuerza. Arjen esquivó, el hacha se enterró en el suelo y, antes de que la desenterrara, Arjen, con toda su fuerza y con un grito, le destrozó la quijada.
El carnicero se fue hacia atrás, cayendo sobre las posaderas, con la sangre a borbotones pero todavía vivo. Tenía los ojos bien abiertos, sorprendido de cómo se desarrollaba la situación, muy diferente a las muchas otras veces que había asaltado a viajeros.
Arjen se lo imaginaba. Cadáveres de viajeros, hombres y mujeres, asesinados por la mano de estos tres, sus cuerpos profanados tirados en el bosque a merced de los animales salvajes. Hombres y mujeres, quizás incluso niños, violentados, violados, muertos como animales.
Le invadió la rabia al pensarlo.
Increíblemente, el carnicero miró su hacha, que estaba a un par de pasos de distancia, e intentó ponerse de pie para recuperarla.
No lo logró.
El capitán de los sabuesos del rey le partió el cráneo en dos. Cayó de lado en un ángulo retorcido, el rostro sobre la tierra, sangre y cerebro saliendo de la cabeza.
El gordo continuaba con vida, aunque la herida en la espalda era profunda. Probablemente viviría a pesar de ella. En el suelo se dio la vuelta y levantó las palmas de las manos al ver que Arjen se acercaba.
—Piedad, amigo —le dijo—. Piedad. ¡Piedad!
—No somos amigos —le respondió.
—Tengo cuatro hijos, una mujer que me espera en casa.
Lo dudo mucho. No parece hombre de familia. Si tiene hijos, serán bastardos regados por el reino.
—¿A cuántos has matado? ¿A cuántos han matado?
—Por Eluvá, perdóname la vida, ¡por la gracia de los Profetas!
Colocó la punta de la espada justo debajo de la barbilla del hombre, que temblaba, con los ojos desorbitados del terror.
—Mereces desangrarte con ellos.
—Misericordia, misericordia, ¡por mis hijos, por Dios!
Arjen titubeó.
¿Misericordia?
¿Acaso habían sido ellos misericordiosos con los tantos que asaltaron?
Crujió los dientes, cerró los ojos.
Los abrió.
—¿Misericordia? Pídesela a Dios.
Y le enterró la espada en el corazón.