El juicio del verdugo (Sabuesos del rey 6) Mejor plan
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PARA ESTA TARDE, la «casa del Verdugo» estaba llena de soldados de la guardia de la ciudad.

Por fortuna, el capitán de la guardia no estaba coludido con el difunto brujo. Inmediatamente comenzaron los trabajos de revisar la condición física de cada uno de los prisioneros, en especial de los niños. Se mandaron traer a todos los médicos de la ciudad para atender la situación.

El comandante Joán Aldani se despertó y se fue recuperando después de comer, beber y ser atendido por un médico.

El capitán Arjen y el sargento Zark estaban en el patio, bajo la sombra de un árbol, fumando pipa.

Habían recuperado ya sus cinturones de armas.

Me sentía desnudo sin el mío, pensó el capitán.

Cuando el barón Dreksel murió, Zark recuperó el control de su cuerpo. Agradeció al capitán y juntos abrieron las jaulas, asegurándoles a los prisioneros que estaban a salvo, pero pidiéndoles que no abandonaran la casona hasta que sus heridas fueran atendidas.

El resto de los guardias que trabajaban para el barón no representaron un problema, sobre todo cuando vieron al capitán Arjen salir del granero con la cabeza de Dreksel en la mano, la sangre descendiendo del cuello cercenado.

Eso fue suficiente para que todo soldado enemigo aceptara que la batalla había terminado y que el barón estaba —a juzgar por su semblante— en el bando de los perdedores.

Entre los prisioneros enjaulados estaban dos soldados de la Santa Hermandad de la Verdad.

Aunque heridos, uno de ellos con un brazo izquierdo relativamente grave, podían caminar sin problema.

Así que fueron ellos dos, encima de un par de caballos, quienes emprendieron el camino de regreso a la ciudad, donde dieron aviso de la situación al mayor de la guardia, un hombre llamado Ferren Akán, quien envió a su capitán primero.

Allí, debajo del encino, Zark lanzó una larga bocanada de humo.

—No estoy seguro de que esto vaya a funcionar, capitán.

Arjen estaba distraído pensando en nada, disfrutando del aroma del tabaco. Miró a su sargento con curiosidad:

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—A que le debo dos veces la vida en muy poco tiempo.

—Bah. Sabes que no importa. Y no vayas a ponerte melancólico y a darme las gracias. No necesito que me des las gracias.

El sargento sonrió:

—Está bien. Aunque…

—No lo hagas.

—Tengo que.

—No lo hagas .

—Gracias, capitán.

Arjen, una leve sonrisa en el rostro, asintió con la cabeza:

—Sé que harías lo mismo.

—Por los espíritus que sí. Y le rezo al Gran Creador que, la próxima vez que nos veamos en grandes aprietos, sea yo el que salve su trasero. Con todo respeto, capitán.

—No dudo que así será.

En total rescataron treinta y dos niños prisioneros, doce mujeres y ocho hombres, incluyendo al comandante Aldani y dos de sus hombres.

—¿Sabes qué es una de las cosas que más lamento de todo esto? —dijo el sargento.

—¿Qué cosa?

—No haber sido yo el que le cortó el cuello al brujo.

—Ya tendrás tu oportunidad para cortar cuellos, sargento.

—Espero que el próximo no sea de un brujo.

—Que Eluvá te escuche.

Se quedaron fumando allí un rato, mientras veían trabajar a los soldados.

Se habían deshecho de un antiguo mal, y por eso Arjen se sentía satisfecho.

Y muy cansado, también.

—¿Qué sigue, capitán?

—Regresar a la gran ciudad.

—¿Cuándo? ¿Mañana?

Arjen chupó hondo la pipa y exhaló:

—El viaje es largo, y estoy seguro de que a nuestro comandante no le hará diferencia si llegamos en un par de semanas. Dicen que en la isla hay buena comida, excelente aguardiente y hermosas damas. ¿Qué opinas, sargento?

—Opino —respondió— que es el mejor plan que he oído en mucho tiempo.

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12 de mayo, 2026