El juego Capítulo 9
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Capítulo 9

Testimonios en la penumbra

La comisaría de Madrid se había transformado en un refugio precario, un lugar donde la tensión se palpaba en cada rincón tras la sucesión de pruebas frenéticas y carreras contrarreloj.

El sol que entraba desde la calle apenas lograba iluminar los pasillos estrechos, donde el polvo se acumulaba como testigo mudo de horas interminables de trabajo.

El aroma persistente del café recién hecho intentaba en vano enmascarar el olor a papeles viejos y sudor, mientras el eco lejano de pasos y murmullos apagados recordaba a Martínez que, de algún modo, la ciudad seguía respirando más allá de aquel tablero mortal en el que todos se encontraban atrapados.

Tras someter a las víctimas a las correspondientes evaluaciones médicas, los facultativos determinaron que no presentaban lesiones físicas de gravedad, aunque sí mostraban evidentes signos de agotamiento y secuelas psicológicas marcadas por el trauma reciente.

La primera de ellas, una joven de unos veinticinco años, delgada y pálida, apenas podía mantener la mirada fija; cada vez que pestañeaba parecía que revivía lo sucedido.

La segunda, ligeramente mayor, de unos treinta años, tenía el rostro surcado por lágrimas secas y la piel enrojecida, con una expresión que oscilaba entre el miedo y la incredulidad.

Ambas se aferraban con fuerza a la sensación de haber sobrevivido, aunque todavía parecían atrapadas en un limbo de confusión y terror.

Una vez estabilizadas, fueron conducidas cuidadosamente a la sala de interrogatorios, un espacio frío y angosto pensado para ofrecer intimidad durante la toma de declaraciones.

Allí, alejadas del bullicio de la comisaría, podían hablar sin interrupciones ni miradas curiosas, protegidas por el silencio que impregnaba el lugar.

Cuando Martínez cruzó el umbral de la sala, una ola de silencio denso lo envolvió por completo, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido y pesado.

Fue la primera sensación que lo golpeó, un mutismo cargado de tensión que parecía absorber cualquier sonido del exterior.

Las luces frías del techo parpadeaban con un zumbido intermitente, proyectando sombras alargadas que se desplazaban como espectros por las paredes desnudas.

Ante él, las dos mujeres permanecían sentadas frente a la mesa metálica.

Sus cuerpos encogidos y sus hombros hundidos transmitían un agotamiento profundo, no solo físico, sino emocional.

La luz cenital dibujaba surcos oscuros bajo sus ojos, y el temblor sutil de sus manos entrelazadas en el regazo revelaba que el miedo las seguía atenazando incluso allí, donde se suponía que ya estaban a salvo.

Era como si ese simple contacto entre sus dedos fuera el único hilo que las mantenía ancladas a la realidad, impidiéndoles desmoronarse.

Martínez avanzó despacio, cada paso resonando en el suelo como un golpe seco que interrumpía aquel silencio sepulcral.

Podía escuchar su propia respiración y el latido de su corazón, mientras observaba la escena con atención.

En aquel ambiente contenido, el más mínimo murmullo adquiría un peso absoluto, como si cualquier palabra pronunciada fuera un acto irreversible.

Sabía que aquel momento era delicado: lo que estaba a punto de escuchar podría cambiarlo todo.

La luz del fluorescente, fría y blanca, parpadeó una vez más, iluminando sus rostros pálidos.

El reflejo en la mesa metálica devolvía la imagen de las dos mujeres distorsionada, como si un espejo helado se burlara de su fragilidad.

Martínez se inclinó levemente hacia ellas, intentando proyectar calma.

— Tranquilas —dijo, con voz firme, cargada de una serenidad que era más esfuerzo que convicción—. Estáis a salvo. Aquí nadie puede haceros daño.

Su compañera, Sánchez, se sentó a su lado, desplegando la libreta y tomando el bolígrafo con dedos ágiles.

Había aprendido a no interrumpir en esos primeros segundos, a dejar que el silencio hiciera su trabajo, que las víctimas sintieran que podían respirar antes de revivir el horror.

El leve golpeteo del bolígrafo sobre el papel fue el único sonido que rompió la quietud.

La primera joven, de cabello oscuro y dedos finos como ramas, tragó saliva y respiró hondo, como si necesitara reunir valor para pronunciar la primera frase.

— Estábamos… encerradas juntas —empezó, con la voz quebrada—. No teníamos idea de dónde estábamos. Podíamos oír voces, pasos… y a veces… cadenas.

Hizo una pausa, cerrando los ojos un instante. El recuerdo parecía pesarle en la garganta.

— Olía a polvo, a humedad… y a metal. Había más gente allí… lo sé. Porque escuchábamos su respiración… como nosotras.

Martínez asintió despacio, grabando cada sílaba en su mente. Aquella confirmación lo atravesó como un puñal: aún quedaban personas atrapadas.

— ¿Visteis al hombre que os encerró? —preguntó en un susurro grave, sin apartar la mirada de ella.

— Siempre llevaba una tela negra cubriéndole el rostro —respondió tras unos segundos de duda—. Su voz era… grave, pausada. Y olía a tabaco.

Un aroma, una cadencia, un detalle mínimo: todo contaba. Sánchez anotaba con precisión quirúrgica.

La segunda testigo, rubia y con la mirada perdida en un punto abstracto de la pared, tardó en reaccionar. Levantó la cabeza lentamente, como si cada movimiento requiriese un esfuerzo monumental.

— Nos movieron con los ojos vendados —dijo finalmente, su voz apagada como un eco—. Antes de salir del edificio… escuché agua corriendo. Como un río… o una fuente. Y luego… campanas. Sonidos de campanas.

Las últimas palabras dejaron flotando una vibración extraña en la sala. Martínez y Sánchez intercambiaron una mirada rápida.

— ¿Algo más? ¿Algún coche, tren… animales? —preguntó Sánchez, inclinándose un poco hacia delante.

La joven rubia negó con un leve movimiento de cabeza.

— Silencio… demasiado silencio. Solo el viento… y esas campanas.

Hubo un instante en el que pareció dudar, mordiéndose el labio.

— Había otros… —susurró al fin, casi inaudible—. Lo sé porque oíamos susurrar. Y a veces… sollozos apagados, desde otra habitación.

La primera testigo rompió en lágrimas silenciosas, asintiendo con fuerza.

— Sí… no éramos las únicas. Había más gente allí, atrapada… o escondida. Y una noche, cuando nos dieron agua, vi fugazmente a otro hombre, distinto al de la máscara. Tenía un tatuaje en el cuello… un reloj de arena. Creo que nos miró con pena… como si él tampoco quisiera estar allí.

Martínez sintió que el frío de la determinación le recorría la espalda. Cada pieza encajaba en el rompecabezas que se formaba en su mente: no era solo un lugar de tortura psicológica, era un nido, un tablero de juego macabro en el que las víctimas eran piezas vivas.

Se incorporó despacio, con la mandíbula tensa.

— Gracias —dijo, con firmeza—. Habéis hecho más de lo que creéis. Cada palabra nos acerca a atraparlo… y a liberar a los que siguen ahí.

Al salir de la sala, el pasillo parecía más largo de lo habitual. La luz empezaba a filtrarse por las ventanas, pintando franjas doradas sobre el suelo. Sánchez caminaba tras él, en silencio, hasta que por fin se permitió un murmullo apenas audible.

— Inspector… si hay más ahí fuera, no tenemos tiempo que perder.

Martínez asintió sin girarse, con los dientes apretados.

— Ahora sabemos dos cosas importantes: no actúa solo… y nuestro próximo movimiento será para rescatar a quienes siguen atrapados en su tablero.

En ese preciso instante, el móvil del inspector comenzó a vibrar con insistencia, rompiendo el tenso silencio de la sala de la comisaría.

Con un gesto rápido, sacó el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta. La pantalla se iluminó con un mensaje que, de manera inquietante, carecía de remitente.

El inspector frunció el ceño mientras leía lentamente cada palabra, sintiendo cómo una extraña presión le oprimía el pecho:

“ Ya sabes que aún quedan piezas en mi escondite, cazador. ¿Serás capaz de encontrarlas antes de que el tiempo se acabe? ”

Durante unos segundos, el inspector permaneció inmóvil, como si aquellas letras hubieran congelado el aire a su alrededor. La falta de un remitente confirmaba que el responsable conocía bien sus movimientos y sus métodos. El mensaje no solo era una provocación, sino una advertencia en clave.

El inspector alzó la vista, recorriendo con la mirada el pasillo vacío de la comisaría, preguntándose si en ese momento alguien le observaba sin que él lo supiera.

¿Tendría el autor acceso a los micrófonos o a las cámaras del edificio?

¿Estaría siguiendo todos sus pasos, incluso escuchando cada conversación?

Aquello explicaría cómo sabía que el equipo ya había sospechado la existencia de más personas involucradas en el juego macabro.

La mañana avanzaba con un brillo engañoso, como si el sol quisiera borrar las huellas de la noche, pero Martínez sentía que cada rayo de luz solo iluminaba más el tablero macabro del asesino.

Las palabras de las testigos resonaban en su mente: campanas, agua, silencio, un tatuaje de reloj de arena.

Cada pista era un latido en la cuenta atrás que sentía arder en su pecho.

Sánchez apareció en el despacho con un mapa enorme, tan grande que apenas cabía desplegado sobre la mesa, y lo extendió con cuidado sobre una carpeta de cuero gastado. Varias notas, garabateadas a toda prisa en papeles arrugados, sobresalían de los bolsillos de su chaqueta.

— He cruzado los testimonios con los sonidos que describen—empezó, con voz tensa—: campanas, murmullos de agua, algún eco metálico que podría ser de cadenas o compuertas.

He filtrado todo esto en función de las condiciones de cada zona y he identificado varios lugares que podrían coincidir… aunque no es nada concluyente. Mira.

Señaló con el dedo tres puntos en el mapa, rodeados de círculos irregulares a lápiz.