Capítulo 9 #2
— En teoría, los más probables son el antiguo convento de San Antonio, la iglesia de San Francisco el Grande…
y la pequeña ermita del Santo, cerca del Manzanares.
Pero no descartaría otros sitios: la fuente de la Plaza de la Paja, los jardines traseros del Palacio de Anglona, incluso algunos patios interiores en Lavapiés.
Todos podrían encajar de alguna manera: todos tienen agua y, a ciertas horas, se escuchan campanas.
Martínez lo observó unos segundos en silencio, respirando hondo. Se inclinó sobre el mapa y dejó que su mirada vagara de un punto a otro, tratando de imaginar cada uno.
— San Francisco el Grande… —murmuró al fin—.
Recuerdo que su jardín es amplio, y cuando llueve, el goteo se desliza por los canalones y cae entre los rosales.
Podría ser la pista del agua. Sin embargo, el convento de San Antonio tiene un claustro con un aljibe oculto, y la ermita del Santo está junto al río; allí el murmullo del Manzanares se mezcla con las campanas lejanas de medio barrio. Cualquiera de los tres encajaría.
Hizo una pausa, con el ceño fruncido.
— Además… —prosiguió, casi en un susurro—, San Francisco el Grande es la basílica donde hice la comunión.
Aún recuerdo aquel día: el frío de la piedra bajo mis zapatos nuevos, el murmullo de los cánticos, el olor penetrante a incienso mezclado con cera derretida.
Mis padres, orgullosos, me hicieron posar frente al altar mayor mientras las vidrieras teñían de color mi traje blanco.
Cada rincón de esa nave guarda un eco de mi infancia.
Si el asesino está jugando conmigo, sabe que ese instante marcó mi memoria para siempre.
Pero incluso así, la certeza se le escapaba entre los dedos.
¿Sería el jardín de la basílica, con su recuerdo infantil, la clave?
¿O el claustro olvidado del convento, donde el agua resonaba en la piedra hueca?
¿O tal vez la ermita discreta, escondida junto al río, donde ningún turista pasaba y el silencio podía tragarse cualquier secreto?
Cada posibilidad parecía igualmente verosímil, y cada una exigía otro giro más en aquella búsqueda incierta.
Martínez lo observó unos segundos en silencio, respirando hondo. Se inclinó sobre el mapa y dejó que su mirada vagara de un punto a otro, tratando de imaginar cada uno.
— Creo que empezaremos con la basílica de San Francisco el Grande, porque es un sitio mucho más personal para mí. El asesino parece estar eligiendo lugares que tocan mi pasado, y si quiere jugar con mis recuerdos, ese sería su primer movimiento.
Sin perder un segundo, Martínez y Sánchez arrancaron el coche patrulla con un chirrido de neumáticos sobre el asfalto.
Las calles vibraban con la vida cotidiana: autobuses que bufaban humo en las paradas, y un murmullo incesante de cláxones que se mezclaba con los pasos apresurados de los viandantes.
Sin embargo, para los dos agentes cada semáforo era una maldición, un obstáculo entre ellos y las víctimas, y cada peatón que cruzaba la avenida parecía un muro que retrasaba la caza.
Martínez apretaba el volante, mientras Sánchez observaba la ciudad como si cada esquina ocultara un peligro.
Cuando finalmente doblaron hacia la basílica, el sol estalló en un reflejo dorado sobre la cúpula monumental.
Las campanas repicaban marcando las doce en punto, un sonido solemne que contrastaba con la urgencia que les quemaba por dentro.
La fachada proyectaba una sombra alargada, y en ese instante, Madrid parecía contener la respiración.
Un callejón lateral, húmedo, oscuro y estrecho, se abrió ante ellos como la garganta de un depredador.
El suelo estaba resbaladizo y olía a moho y a basura acumulada.
Allí, apenas visible, medio enterrada entre ladrillos húmedos, descubrieron una puerta metálica cubierta de óxido, cuya superficie mostraba recientes marcas de manos y arañazos: alguien la había usado hace poco.
Martínez, con los sentidos al límite, desenfundó su arma y, tras intercambiar una mirada silenciosa con Sánchez, empujó la hoja de metal. El chirrido que produjo resonó como un alarido en aquel corredor angosto.
El interior era un mundo aparte, un laberinto subterráneo de piedra fría que parecía devorar la luz.
El eco de las gotas que caían desde el techo marcaba un ritmo lúgubre.
Cada paso era una amenaza, cada sombra podía ocultar al enemigo.
Sánchez encendió su linterna, y el haz reveló huellas de botas impresas en el polvo, algunas más profundas, como si quien las dejó hubiera corrido o cargado peso.
— Este es el lugar… —susurró Sánchez, y hasta su voz pareció tragada por la penumbra.
Un pitido agudo quebró el silencio como una cuchilla.
El sonido metálico rebotó contra las paredes, obligándolos a girar hacia la fuente.
Al doblar un recodo, un destello rojo captó su atención: un temporizador digital, fijo en la pared como un ojo vigilante, marcaba 01:00:00 .
Debajo, una flecha roja pintada a mano señalaba un pasillo más profundo en aquel vientre de piedra.
Avanzaron con el corazón acelerado, siguiendo el rastro que invitaba y amenazaba a la vez.
Tras una curva, la linterna iluminó una sala amplia, donde la luz natural apenas se filtraba a través de una claraboya sucia y polvorienta.
En el centro, tres personas estaban atadas a sillas, con las manos moradas por la presión de las cuerdas, los ojos vendados y la boca sellada con cinta.
Sobre sus cabezas, un reloj antiguo colgaba del techo, con el péndulo inmóvil, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse.
Martínez corrió hacia los rehenes, su respiración entrecortada resonando en el eco de la sala.
Cortó las ataduras de la primera víctima, que temblaba convulsamente, y en ese instante un sonido metálico, grave y seco, los obligó a girarse.
Desde el fondo de las sombras, emergió una figura alta, cubierta con una máscara que deformaba su voz.
— Inspector… —dijo, con un tono profundo y burlón—. Siempre llega justo a tiempo.
Martínez levantó el arma con las manos firmes, aunque sentía la tensión recorrerle los músculos.
— ¡Quieto ahí!
El hombre retrocedió despacio hacia un pasillo lateral mientras el temporizador descendía a 00:45:12 . Cada segundo parecía retumbar como un tambor de guerra.
— Sánchez, saca a los rehenes —ordenó Martínez sin apartar la vista de la silueta—. Yo iré tras él.
El eco de pasos apresurados y respiraciones agitadas llenó el laberinto. Los corredores se estrechaban, y en cada recoveco aparecían relojes parados, cadenas colgantes y fotografías en blanco y negro. La guarida del enemigo era un tablero macabro.
Martínez siguió el rastro hasta una sala circular, donde el asesino lo aguardaba junto a un viejo reloj de torre desmontado, engranajes y péndulos esparcidos como huesos. En sus manos sostenía una llave que parecía recién salida del corazón de aquel mecanismo.
— ¿Cree que puede ganar, inspector? —dijo la voz enmascarada, el eco multiplicando su burla—. Cada victoria suya ya estaba escrita en mi diseño.
Martínez apuntó con el arma, pero un estruendo sordo sacudió el suelo. La piedra vibró bajo sus botas.
— El tiempo se acaba… para todos —susurró el asesino antes de desaparecer por un pasadizo oculto, dejando caer la llave.
Martínez corrió tras él, el corazón martilleándole, solo para emerger en un callejón bañado por la luz implacable del sol. Durante unos segundos quedó cegado, y cuando recuperó la visión, el depredador ya había desaparecido.
La calle estaba vacía salvo por contenedores de basura, ratas escurridizas y el crujido de una escalera metálica movida por el viento.
Exploró cada rincón, examinando bajo la escalera, tras los contenedores, y siguió un leve golpe metálico que lo llevó a un callejón sin salida. Nada. Solo el eco de sus pasos acelerados y su respiración.
De vuelta en la sala, los rehenes estaban a salvo. Sánchez lo esperaba junto al temporizador detenido en 00:02:37 , el rostro tenso.
— Se nos ha escapado otra vez —dijo con rabia contenida.
Martínez, con la llave en la mano, comprendió lo que significaba: otra jugada del mismo tablero.
— No se ha escapado… —murmuró, observando el reloj detenido—. Solo ha movido su pieza.
El tablero seguía abierto. Y Madrid, una vez más, era su cacería.