El juego Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El rugido metálico del tren resonó a lo largo de la estación, vibrando en las paredes y en el suelo como un aviso ominoso.

Las ruedas chirriaron al detenerse y un soplo de aire caliente, mezclado con el olor a hierro y aceite, envolvió el andén.

Cuando finalmente las puertas se deslizaron con un siseo agudo, Martínez y Sánchez no perdieron ni un segundo: se lanzaron al interior.

La luz amarillenta de los vagones parpadeaba intermitente, proyectando sombras que parecían moverse por su cuenta entre los pasajeros.

Algunos iban sentados con la mirada fija en sus móviles, otros dormitaban, y un par de turistas conversaban en voz baja mientras las ruedas del tren chirriaban contra los raíles.

Martínez y Sánchez corrieron por el primer coche, apartando con cuidado las mochilas y maletas de quienes se levantaban sobresaltados ante su paso, revisando cada asiento, cada rincón. No había rastro de la mujer.

Aceleraron hacia el segundo vagón, donde un par de maletas sin dueño rodaban de un lado a otro con el vaivén de la frenada, golpeando los laterales con un sonido metálico.

Algunos pasajeros se apartaban, murmurando asustados, mientras un anciano les señalaba hacia la puerta con gesto nervioso. Pero tampoco allí hallaron nada.

El tercer vagón ofrecía un silencio inquietante, roto apenas por el traqueteo de los motores y un llanto aislado de un niño, acunado por su madre, que miraba a los agentes con ojos desorbitados.

Martínez sintió cómo la presión en el pecho le aumentaba con cada paso.

Miró a Sánchez, que negó con la cabeza: tres coches habían pasado y seguían sin encontrarla.

Cuando empujaron la puerta hacia el cuarto vagón, el corazón de Martínez dio un vuelco. Allí estaba. La mujer permanecía amordazada y atada con cuerdas gruesas a un asiento cercano a la cabina del maquinista. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, reflejaban puro terror.

Junto a ella, un pequeño temporizador portátil destellaba con un brillo rojo alarmante: 00:02:13 .

— ¡Sánchez, cúbreme! —gritó Martínez, arrodillándose de inmediato junto a la mujer.

Sus manos temblorosas buscaron la navaja de emergencia en el cinturón.

Cada segundo parecía más pesado que el anterior, como si el tiempo mismo se estirara para aumentar la tensión.

Cortó la primera cuerda, sintiendo el sudor recorrerle la frente, mientras el pitido rítmico del temporizador marcaba la cuenta regresiva hacia lo inevitable.

Los pasajeros gritaban y retrocedían, generando un eco de pánico que rebotaba por los estrechos pasillos.

Algunos se aferraban a los asientos; otros levantaban sus móviles, grabando entre temblores como si un vídeo pudiera ofrecerles protección.

El aire estaba cargado de miedo y del zumbido constante del temporizador, que parecía acelerar cada segundo.

Martínez se inclinó hacia la caja, la respiración convertida en un compás medido.

Sus manos firmes se movían con la precisión nacida de años desactivando artefactos letales.

Siguió el enredo de cables, un laberinto de hilos de colores que le exigía concentración absoluta.

El pitido le golpeaba en los oídos, recordándole que no había margen de error.

El vagón entero contenía la respiración. Un niño sollozaba al fondo, y un hombre murmuraba una oración apenas audible. Martínez identificó el interruptor correcto y dudó apenas una fracción de segundo que se sintió eterna.

Luego, con un clic seco, cortó el circuito. El silencio posterior fue tan intenso que casi dolía, roto solo por un suspiro colectivo que liberaba el peso del mundo.

El temporizador se detuvo en 00:00:57 .

Un silencio absoluto llenó el vagón. La mujer rompió a llorar mientras Martínez la ayudaba a incorporarse. En ese instante, la radio policial crepitó con la voz metálica del asesino:

— Muy bien, inspector. Pero el tablero aún tiene piezas por mover. Disfrute de su pequeña victoria… pronto necesitará otra.

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Martínez miró a Sánchez con el ceño fruncido.

— Esto no ha terminado. Solo está calentando.

En la siguiente parada, Sánchez, Martínez y la víctima descendieron apresuradamente, sintiendo por un momento el alivio de pisar el andén iluminado.

Allí aguardaron unos minutos que parecieron eternos, hasta que por fin llegó una ambulancia.

Los sanitarios atendieron a la mujer, que seguía en estado de shock, mientras Martínez observaba la escena sin quitarle ojo al tren, como si en cualquier momento pudiera emerger una nueva amenaza de sus puertas metálicas.

Poco después, un equipo forense apareció con celeridad, equipado con maletines y cámaras.

Subieron al vagón, avanzando con cautela, y se centraron en examinar el dispositivo encontrado.

Tras varios minutos de inspección detallada, confirmaron lo que el inspector temía y, a la vez, le enfurecía: otra vez se trataba de un artefacto no letal.

Ninguna intención de matar. Su único propósito era sembrar miedo, desgastar psicológicamente a los policías y dejarles claro, una vez más, que el cazador disfrutaba jugando con ellos.

Mientras la ambulancia se alejaba con la víctima, Martínez se quedó en el andén, sintiendo la ciudad vibrar en la distancia. La cacería continuaba, y Madrid seguía siendo su tablero mortal.