El juego Capítulo 8
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Capítulo 8

Amanecer de cacería

El amanecer se filtraba tímidamente entre los edificios de Madrid, tiñendo de naranja y rosa las nubes bajas.

La ciudad despertaba sin saber que, en sus sombras, una cacería continuaba.

Martínez observaba desde la ventana de su despacho, con los ojos rojos por la falta de sueño.

La joven rescatada dormía en una sala contigua, bajo la vigilancia de dos agentes, mientras el equipo forense seguía procesando la Casa del Silencio.

Sánchez irrumpió en el despacho con un café humeante y un sobre en la mano.

— Llegó esto hace unos minutos —dijo, con el ceño fruncido—. Lo dejaron en la entrada de la comisaría. Sin cámaras que lo capten.

Martínez abrió el sobre con una lentitud deliberada, como si el más mínimo movimiento brusco pudiera alterar la gravedad de lo que contenía.

Las yemas de sus dedos sintieron el roce áspero del papel, y el crujido leve del pegamento al despegarse resonó en la sala silenciosa.

Dentro encontró una nota doblada con precisión y una fotografía con los bordes ligeramente desgastados, como si hubiera pasado por muchas manos.

Con cuidado, examinó primero la imagen: el amanecer teñía el cielo con tonos anaranjados y rosados sobre el Puente de Segovia, y entre la niebla matinal emergía la silueta oscura de una persona, de espaldas, inmóvil, como un centinela o un espectro.

La luz temprana creaba reflejos en el agua del río, y el viento parecía agitar levemente la ropa de aquella figura lejana, dándole un aire fantasmal.

Respiró hondo antes de desplegar la nota. La caligrafía era firme, trazada con tinta negra intensa, cada trazo seguro y medido. Solo tres palabras ocupaban el centro del papel, pero su peso era devastador:

“ Tu turno, cazador ”.

Martínez sintió que los músculos de su mandíbula se tensaban en respuesta automática. Aquellas palabras resonaban como un desafío directo, una burla personal.

Cada paso del asesino parecía diseñado para jugar con su mente, para obligarle a seguir un juego macabro que no había elegido pero que ya conocía demasiado bien.

— Quiere que vayamos al puente —dijo finalmente, girando el rostro hacia Sánchez, que lo observaba con expectación y un rastro de inquietud en los ojos.

— ¿Crees que es una trampa? —preguntó su compañera, intentando sonar firme, aunque la duda se filtraba en su tono.

— Siempre lo es —replicó Martínez, sin apartar la vista de la fotografía.

Pocos minutos después, la patrulla se deslizaba por las calles de Madrid.

La ciudad despertaba lentamente bajo la luz dorada del amanecer: los semáforos parpadeaban en ámbar, los escaparates reflejaban la claridad incipiente y un par de trabajadores del servicio de limpieza barrían hojas húmedas sin mirar a los policías que pasaban.

El murmullo de la radio policial era un telón de fondo constante, interrumpido por chasquidos y avisos rutinarios.

Al llegar al Puente de Segovia, un viento helado les recibió como un golpe directo al pecho.

Venía desde el río, cargado del olor húmedo del agua y del asfalto mojado por el rocío.

Las barandillas del puente estaban frías al tacto, y la niebla apenas se retiraba, dejando la escena envuelta en un silencio inquietante.

Martínez inspeccionó el entorno con mirada entrenada, cada sombra y cada rincón.

Entonces lo vio: en el centro exacto del puente, una caja metálica descansaba sobre el pavimento, solitaria, con su superficie brillante captando el reflejo del sol naciente.

No había nadie a la vista, pero la sensación de que múltiples ojos invisibles los observaban era abrumadora.

Se acercaron con cautela, cada paso resonando hueco en el pavimento. La caja estaba cerrada con un candado sencillo, y sobre la tapa un reloj digital parpadeaba con una cuenta atrás que daba miedo: 00:30:00 .

— Otra prueba —susurró Sánchez, con la voz quebrada y tragando saliva.

Martínez se agachó, analizando cada arista de la caja. No detectó cables ni mecanismos visibles que sugirieran un explosivo improvisado. Con un movimiento decidido, sacó su navaja multiusos y forzó el candado, que cedió con un chasquido seco.

Dentro había solo dos objetos: una radio portátil de aspecto robusto y una tarjeta de memoria sin etiquetas. Al verlos, sintió que aquello no era el final, sino el inicio de un nuevo juego, y el reloj seguía corriendo.

La radio crepitó con un chasquido eléctrico que rompió el silencio helado del amanecer. Un zumbido primero, luego una voz distorsionada, grave, como si viniera de un túnel muy lejano, llenó el aire:

— Inspector… bienvenido a su turno. La próxima víctima ya está en juego. Solo tiene treinta minutos para encontrarla. La ciudad es su tablero. Las piezas ya están en movimiento.

Martínez tomó la pequeña tarjeta de memoria que acompañaba el mensaje, sus dedos temblando apenas, y la insertó en la tablet policial.

La pantalla cobró vida con un destello azul, proyectando un mapa detallado de Madrid.

Tres puntos rojos parpadeaban como heridas abiertas en la ciudad: El Retiro, la estación de Atocha, el Mercado de San Miguel.

— Nos está obligando a elegir —murmuró Sánchez, notando cómo el tiempo ya parecía deslizarse más rápido.

Martínez frunció el ceño, su mirada fija en el mapa. El reloj digital del puente del coche marcaba 00:27:45 . Cada segundo parecía un latido en su sien.

— No es aleatorio —dijo con voz baja pero firme—. Quiere que pensemos como él… Antes eligió lugares que tenían un significado. Para la ciudad… y para mí.

Se inclinó sobre la tablet, estudiando la geometría de los puntos. De pronto, lo vio: el triángulo perfecto que formaban. Y en su centro, como un corazón palpitante, la Plaza Mayor.

— Allí —afirmó, con una determinación gélida—. Nos quiere en la Plaza Mayor.

Encendieron el motor y arrancaron con un rugido contenido, sirena apagada para no espantar al depredador.

Madrid despertaba lentamente: los primeros autobuses cruzaban las avenidas, algunos ciclistas deslizaban su rutina matinal, y las luces de los escaparates recién encendidas titilaban como faros en la penumbra. Pero para ellos, la ciudad era ahora un tablero de caza.

A medida que se acercaban, la tensión se hacía casi física.

La Plaza Mayor emergió entre callejones estrechos, bañada por un sol dorado que acariciaba los arcos de piedra y el empedrado húmedo.

Allí, en el centro absoluto, destacaba un globo rojo que flotaba atado al cuello de la estatua ecuestre de Felipe III, moviéndose suavemente con la brisa.

Bajo el globo, un maletín negro aguardaba como un animal en reposo.

Martínez descendió del coche, y cada uno de sus pasos resonó en la plaza vacía con un eco hueco.

El silencio parecía forzado, como si la ciudad contuviera la respiración.

Con movimientos lentos, se agachó y abrió el maletín.

La tablet encendida mostraba una transmisión en directo: una mujer amordazada, temblando, sola en un vagón del metro vacío.

Tras ella, a través de la ventanilla, se veía fugazmente el distintivo azul de la línea 1 y un cartel que confirmaba que el tren avanzaba desde Valdecarros, dejando clara la procedencia del vagón donde ocurría todo.

En la esquina de la pantalla, un reloj digital parpadeaba: 00:15:22 .

La voz distorsionada volvió, ahora más cercana, como si susurrara desde detrás de su oído:

— Quince minutos, inspector. ¿Será usted un cazador… o solo otra pieza en mi tablero?

-

Martínez cerró los ojos durante un segundo que le pareció eterno. Sintió el amanecer iluminando Madrid, pero para él, la ciudad era ya un laberinto de sombras y trampas.

El tic tac invisible resonaba en su mente: el juego había comenzado de verdad.

El juego continuaba.

Martínez y Sánchez corrieron hacia el coche patrulla mientras la imagen de la mujer en el vagón del metro ardía en su memoria, como si cada parpadeo fuera una cuenta atrás silenciosa.

Cada segundo parecía multiplicarse. Encendieron la sirena por primera vez aquella mañana, y el rugido del motor se mezcló con el eco metálico de las calles empedradas mientras aceleraban hacia la estación más cercana que pudiera interceptar el paso del tren.

— Atocha —dijo Martínez con la voz firme, pero cargada de urgencia—. Por la hora y la dirección del tren en el vídeo, debe estar en la línea que pasa por allí… pero tenemos que calcular también el tiempo que tardará en llegar, y si con los minutos que nos quedan alcanzamos a interceptarlo.

Sánchez repasó mentalmente el recorrido.

Sabía que el vagón parecía encontrarse entre Nueva Numancia y Puente de Vallecas, y que cada minuto perdido era una oportunidad menos para salvarla.

Si el tren mantenía la velocidad habitual, podría llegar a Atocha en unos minutos, pero ellos debían calcular también la parada exacta del metro que les permitiera entrar a tiempo.

No bastaba con llegar a la estación; debían estar allí antes de que aquel vagón cruzara su último umbral.

El reloj que llevaba Martínez en la muñeca marcaba 00:12:35 , y el segundero avanzaba como un martillo en su cabeza. Cada curva tomada del asfalto retumbaba en los neumáticos mientras sus pensamientos se convertían en una cuenta regresiva.

El tráfico matinal comenzaba a dificultar la carrera, pero los coches se apartaban al ver la sirena azul cortando el amanecer.

Al llegar a la estación, saltaron las escaleras de dos en dos, esquivando a los pocos pasajeros que esperaban en el andén.

El aire subterráneo estaba cargado de humedad y el eco de los trenes resonaba entre los túneles.

— Mire —susurró Sánchez, señalando la pantalla de información—. Próximo tren en 1 minuto.

Martínez miró la tablet. La cuenta regresiva marcaba 00:03:50 . El vagón del vídeo tenía un detalle clave: un grafiti en rojo en la pared trasera que decía “Gato” . Solo unas pocas unidades de la línea tenían ese vagón.