Capítulo 1
Inicio del juego
En su casa, el inspector Alejandro Martínez, un hombre de unos cincuenta años con cabello entrecano y mirada penetrante, observaba pensativo la montaña de expedientes que se amontonaban en su escritorio de madera oscura.
Su despacho improvisado, lleno de carpetas polvorientas y tazas de café medio vacías, reflejaba el peso de los casos que no le dejaban descansar ni en su propio hogar.
La noche estaba tranquila, demasiado tranquila para su gusto.
Aquella noche, sin embargo, algo siniestro se cernía sobre la ciudad como una sombra invisible que parecía envolver cada rincón, haciendo que las calles vacías se volvieran aún más inquietantes.
El viento soplaba suavemente entre los edificios, llevando consigo un murmullo casi fantasmal que acentuaba la sensación de desasosiego.
De repente, el sonido estridente de su teléfono rompió el profundo silencio de la habitación, haciéndole dar un salto involuntario.
Al descolgar, escuchó una voz tensa y apremiante, era una llamada urgente, una de esas que no admiten demora, anunciando que algo grave estaba ocurriendo y que requería su inmediata atención.
— Inspector, ha ocurrido algo -dijo la voz al otro lado de la línea- Parece serio, debería venir.
Era la agente Sánchez, con la que tantas otras veces había trabajado y de quien guardaba un profundo respeto.
Su figura imponía una mezcla de autoridad y serenidad, fruto de años de experiencia en el servicio. Había resuelto casos complejos con una precisión admirable, y su capacidad para mantenerse calmada ante la tensión era ya legendaria en el departamento.
Hacía demasiado tiempo que no sabía de ella, y su ausencia había dejado un vacío difícil de llenar, pues no solo era una colega ejemplar, sino también una aliada leal en los momentos más críticos.
Sin perder tiempo, el inspector Martínez se dirigió al lugar, con la firme sospecha de que aquello no sería un caso más.
Mientras avanzaba por las calles silenciosas, su mente repasaba los informes preliminares que había recibido: un vecindario aparentemente tranquilo, testigos nerviosos, una total falta de pistas o huellas.
A medida que se acercaba a la escena, la tensión en su pecho aumentaba, y no podía evitar sentir que estaba a punto de enfrentarse a algo que pondría a prueba no solo su experiencia, sino también su instinto.
La sirena de un coche policial rompió brevemente el silencio, recordándole que lo que le aguardaba tal vez cambiaría el rumbo del día de manera inesperada.
Al llegar a la escena, el inspector Martínez se vio sorprendido por el bullicio que dominaba la calle. Una multitud de curiosos, vecinos y transeúntes se agolpaba en la acera, murmurando constantemente conjeturas y preguntas.
La casa señorial se alzaba imponente, con sus paredes blancas ahora teñidas de reflejos azules que parpadeaban al ritmo de las luces de los coches patrulla.
Sus ventanas altas, algunas con las cortinas entreabiertas, dejaban entrever un interior oscuro, apenas iluminado por lámparas encendidas de manera dispersa.
El aire olía a humedad y a hierba recién pisada, mezclado con el tenue aroma a gasolina de los vehículos que bloqueaban la calle.
Los agentes, con chalecos reflectantes, acordonaban la zona mientras tomaban declaración a varios testigos, y una cinta amarilla ondeaba suavemente en el viento, marcando el perímetro de seguridad.
Desde el jardín delantero, un camino de grava conducía hasta la puerta principal que permanecía entreabierta, revelando la silueta de otro oficial que vigilaba el interior de la vivienda.
El inspector sintió cómo la tensión de la escena lo envolvía, presagiando la gravedad de lo que estaba a punto de descubrir tras aquellas paredes ahora convertidas en el epicentro de todas las miradas.
Al entrar en la casa, una figura yacía inmóvil en el suelo, bañada por la luz de una farola cercana que se filtraba por la ventana.
La estancia estaba en penumbra, con las sombras proyectadas por los muebles alargándose de manera inquietante sobre las paredes.
Un charco oscuro se extendía lentamente desde el cuerpo hacia las vetas del parqué, reflejando destellos metálicos cuando la luz lo alcanzaba.
Un vaso roto descansaba cerca del sofá, y sobre la mesa había papeles desordenados y un teléfono descolgado, su tono intermitente rompiendo el silencio.
El aire olía a polvo mezclado con un rastro metálico inconfundible, y un ligero crujido al fondo de la casa sugería que alguien, o algo, se había movido recientemente.
La víctima era un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje gris y una corbata roja. Tenía el rostro desfigurado por el impacto de una bala que le había atravesado la frente.
El inspector Martínez se adentró en la escena del crimen.
Allí, junto al cuerpo inmóvil, le aguardaba la agente Sánchez, que al verlo llegar le dedicó una breve inclinación de cabeza.
Se estrecharon la mano con rapidez, intercambiando miradas cargadas de tensión profesional, antes de calzarse los guantes de látex.
Juntos, dieron los primeros pasos hacia el cadáver, avanzando con cautela entre las sombras y el silencio del lugar.
— ¿Qué tenemos aquí? - preguntó Martínez, examinando el cadáver con una linterna.
— Según la identificación que hemos encontrado en su cartera, se llama Alberto Ruiz, era el director de una empresa informática - respondió Sánchez, mostrándole una tarjeta de visita.
La casa era una mansión de lujo, situada a las afueras de la ciudad. Tenía un amplio jardín, una piscina, un garaje y una gran verja que rodeaba todo el perímetro. El salón estaba decorado con muebles de diseño, cuadros de arte moderno y una gran chimenea encendida.
— Según los vecinos, la casa pertenece a un tal Carlos García, un empresario. Dicen que rara vez se deja ver por aquí, que siempre está viajando al extranjero cerrando negocios, y que cuando aparece, llega en coches oscuros con escoltas.
— Algunos comentan que ha comprado varias propiedades en la zona, aunque nadie parece saber exactamente qué hace dentro de ellas.
Hay rumores de que organiza reuniones privadas, siempre con invitados de fuera, y que las luces de la casa permanecen encendidas hasta altas horas de la noche.
Todo esto ha despertado la curiosidad y, para algunos, incluso el miedo de los vecinos.
— ¿Y qué hacía Alberto Ruiz en esta casa? - inquirió Martínez, mirando a su alrededor.
— Todavía no sabemos por qué Alberto Ruiz estaba en esta vivienda.
—dijo Sánchez con voz firme, mientras revisaba sus notas— No hemos encontrado ningún indicio de que se conocieran previamente.
Lo único claro hasta ahora es que Carlos García estaba siendo investigado por tráfico de armas, y que esta casa podría estar relacionada con esas actividades ilegales.
— ¿Un traficante de armas? - repitió Martínez, frunciendo el ceño.
— Así es. Al parecer, tiene contactos con varios grupos terroristas y mafiosos. Es uno de los hombres más buscados por la Interpol - afirmó Sánchez.
— ¿Y dónde está él? - preguntó Martínez.
— Eso es lo que no sabemos. No hay rastro de él ni de nadie más en la casa. Sólo hemos encontrado este sobre en la mesa -dijo Sánchez, señalando un sobre blanco con una nota dentro escrita a mano- y creo que debería leerlo.
Martínez cogió el sobre y leyó la nota:
“ Inspector Martínez,
Le felicito por su trabajo.
Ha llegado hasta aquí, pero no es suficiente. Si quiere saber quién soy y por qué he matado a Alberto Ruiz, tendrá que seguir jugando conmigo. He seguido mucho su trabajo, y le considero un gran adversario.
Esto no ha terminado, contactaré con usted para darle las siguientes instrucciones. No tarde mucho en resolver los problemas que le iré planteando, o habrá más muertes.
Atentamente,
El Juego.”
Martínez sintió un estremecimiento al leer esas palabras. ¿Quién era ese misterioso asesino que le retaba a un juego macabro? ¿Qué relación tenía con Alberto Ruiz y Carlos García? Y, ¿por qué le conoce?
Martínez guardó el sobre en su bolsillo y miró a Sánchez.
— Vamos, tenemos que irnos. Esto no ha hecho más que empezar —dijo Martínez con una determinación férrea, mientras se ajustaba el cinturón del uniforme y echaba un último vistazo al salón desordenado.
— ¿A dónde vamos exactamente? —preguntó Sánchez, frunciendo el ceño y mirando a su alrededor, como si esperase que algo más ocurriera en esa casa silenciosa.
— Primero, a seguir el juego —respondió Martínez, ya en el umbral de la puerta. Su tono era enigmático.
— ¿El juego? ¿De qué hablas, Martínez? No entiendo nada. —Sánchez lo siguió por el pasillo, con pasos cortos y rápidos.
— Mira, si nos quedamos aquí, no avanzamos. Los indicios que tenemos apuntan a que esto es solo la punta del iceberg. Y si queremos resolverlo, necesitamos información que no vamos a encontrar en este salón.
— Vale, pero… ¿y si nos hemos perdido algo? —Sánchez lanzó una mirada hacia la casa, sintiendo una mezcla de intriga y ansiedad.
— Lo dudo. Ya han peinado todo el lugar. Lo que sigue está fuera de aquí. Y además —añadió con un suspiro—, tenemos que redactar el informe preliminar. No me gustaría que el comisario nos llamara la atención por llegar tarde.
Sánchez asintió, resignada:
Martínez y Sánchez salieron de la mansión con paso rápido, dejando atrás el eco de la tragedia que aún parecía resonar entre sus paredes.
El aire frío de la noche golpeó sus rostros, cargado de humedad y del olor distante de la ciudad que nunca duerme.
La luna iluminaba tenuemente el jardín de la propiedad, proyectando sombras alargadas que parecían moverse por sí solas.
El inspector Martínez se detuvo un instante en el umbral, observando el perímetro con ojos entrenados. Cada arbusto, cada rincón oscuro, era un posible escondite para el asesino, y la quietud de la noche parecía amplificar la tensión que sentía en el pecho.
— ¿Tienes alguna idea de quién podría estar detrás de esto? —preguntó Sánchez mientras ambos caminaban hacia el coche patrulla, el sonido de la grava crujiente bajo sus botas marcando un compás inquietante.