El juego Capítulo 0
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El juego

El juego

Por Pablo Escribano Fernandez

© inepub.com

Capítulo 0

Sombras en la noche

La luna se ocultaba parcialmente tras un velo de nubes, proyectando destellos inciertos sobre las calles silenciosas de las afueras de Madrid.

La urbanización parecía desierta, como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración.

En la distancia, una casa señorial se alzaba como un gigante dormido, con sus ventanales oscuros y la verja que brillaba intermitente bajo el parpadeo apagado de las farolas.

Un golpe seco quebró el silencio interior, un sonido que rebotó en las paredes.

Luego, nada. El aire mismo parecía haberse detenido, atrapado en una tensión invisible.

Un vaso rodó sobre la mesa de cristal antes de estrellarse contra el suelo, desparramando fragmentos que reflejaron brevemente la silueta de un hombre enmascarado.

Se movía con precisión de depredador, su respiración controlada, mientras su mirada recorría el salón.

Frente a él, un cuerpo yacía inmóvil sobre el parqué, rodeado de un charco oscuro que se expandía con lentitud, devorando las vetas de la madera.

Los ojos de la víctima estaban abiertos, incapaces de ver el último acto de su propia historia.

El asesino se inclinó, recogió con cuidado un sobre blanco y lo depositó en la mesa, como si fuera la firma invisible de aquel instante.

Luego, abrió la puerta trasera. Una ráfaga de aire frío arrastró el olor metálico de la sangre hacia el jardín.

La grava crujió bajo sus botas mientras se adentraba en la penumbra, saltando la verja lateral y desapareciendo entre arbustos y callejones. La oscuridad lo engulló sin esfuerzo.

Minutos después, un perro comenzó a ladrar en la distancia. Una luz se encendió en una casa vecina. Alguien, con el ceño fruncido y la voz temblorosa, marcó el número de emergencias.

— He oído algo… golpes en la casa del señor García… Creo que ha entrado alguien.

Las sirenas cortaron pronto el silencio de la noche. Dos coches patrulla llegaron al lugar. Los vecinos observaban desde las ventanas entreabiertas, murmurando con inquietud. Los agentes descendieron con armas en mano, avanzando con cautela hacia la puerta principal.

Empujaron la hoja entreabierta. El interior olía a madera, polvo…

y a ese aroma inconfundible que deja la violencia.

Sus pasos resonaron como ecos de advertencia mientras cruzaban el recibidor.

La linterna iluminó el salón, congelando la escena: el cuerpo en el suelo, el vaso roto, y el sobre blanco sobre la mesa, solitario e inquietante.

El silencio se volvió denso, casi asfixiante. Uno de los agentes tragó saliva antes de atreverse a decir:

— Llamad a jefatura. Tenemos un homicidio.

Solo entonces, tras inspeccionar la habitación y asegurarse de que no había nadie más dentro, desenrollaron la cinta amarilla y comenzaron a acordonar el lugar. La brisa nocturna la hizo ondear suavemente, como una bandera de advertencia perdida en la oscuridad.

Afuera, la luna terminó de ocultarse tras las nubes, y Madrid pareció ser consciente de que algo siniestro acababa de comenzar.