El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

ÚLTIMA HORA: HOMbrE EXIGE UNA CONFESIÓN Y SE ARREPIENTE AL INSTANTE DEL TONO Resultado: aun así se queda con la chica

Tanner

La atraigo hacia mis brazos.—¿Te lo has pasado bien hoy?

Sus ojos azules centellean cuando me sonríe.—Ha sido lo mejor.

—¿Cuál ha sido tu parte favorita?

—Hmm… probablemente cuando las gemelas han hecho una demostración de cómo te arrancarían las pelotas si vuelves a hacerme daño.

Me estremezco.—Beth y Anne me dan miedo.

—Oh, por favor. Las adoras.

—Sí. Adoro a toda tu familia.—Le doy un beso en la nariz.—Y te quiero.

Ella sonríe.—Es que soy bastante adorable.

Espero a que diga que me quiere. Dijo que sentía algo por mí antes. Hoy le he dicho varias veces que la quiero, pero ella no lo ha correspondido.

La duda empieza a colarse. No quiero una relación unilateral. Quiero una relación llena de amor. Del tipo que tienen sus padres.

Aparto las dudas. Está aquí, en mis brazos. Me ha perdonado por ser un idiota. Siente algo por mí.

Es suficiente. Por ahora.

Ella bosteza.—Perdona. Tengo sueño. Anoche casi no dormí.

—¿Por qué?

—Estaba preocupada por hoy. Se suponía que iba a ser mi primer día como responsable de RR. PP. de los Seals.

—Entiendo que estuvieras nerviosa por un trabajo nuevo, pero no hace falta. Vas a ser una responsable de RR. PP. increíble.

Ella se muerde el labio inferior.—No sé. No tengo experiencia. ¿Y si mi equipo me guarda rencor por ser su jefa?

—¿El equipo con el que te bebiste chupitos de moonshine antes de insistir en que cantaseis juntos en un karaoke? ¿Te preocupa que te guarden rencor?

—Quizá ya no tenga que preocuparme de que me guarden rencor.

—Bien. Así ahora puedes concentrarte en lo celosos que están porque sales con el jugador más bueno del equipo.

Frunce el ceño.—¿Ah, sí? Terri se va a cabrear cuando se entere de que salgo con Nolan.

Gruño.—El quarterback no es el tío más bueno del equipo.

—Perdona. ¿Querías decir Brock?—Se estremece.—No, gracias. May no comparte. Pregúntame qué pasó cuando se enteró de que su amiga estaba tonteando con su novio. Hubo pollo frito con chile de por medio, y fue brutal.

—No me refería a Brock y lo sabes—murmuro.

—¿Corbin? Está pasable, pero es demasiado callado para mí. A Siena le gustan los hombres tranquilos. A mí, no.

—Deja de provocarme.

Suelta una risita.—¿Y perderme cómo se te contrae el músculo de la mandíbula y se te ensanchan las aletas de la nariz? Ni de coña. Es demasiado divertido.

—¿Te parece divertido provocarme? Te voy a enseñar lo que es provocar.

Le hago cosquillas en las costillas. Ella intenta apartar mis manos. Como no lo consigue, echa a correr. La dejo. Me encanta perseguirla.

La persigo directamente hasta el dormitorio. Cierro la puerta a mi espalda y me planto delante de ella con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Adónde vas ahora?

Mira hacia el balcón.—Solo es un segundo piso y estamos en la playa. No me voy a romper la pierna.

Alarga la mano hacia la puerta y me lanzo sobre ella. Me la echo al hombro antes de dejarla caer sobre la cama y arrastrarme encima.

—Es muy mono que pienses que puedes provocarme.

—No pienso que pueda. Puedo—me suelta, descarada.

—Y ahora me toca a mí.

Deslizo la palma desde su muslo hacia arriba por su cuerpo hasta llegar a su pecho. Se le corta la respiración y sus ojos azules se oscurecen hasta volverse casi violetas.

—Tócame.

Deslizo la mano arriba y abajo por el lateral de su pecho.—Te estoy tocando.

Se mueve inquieta.—Ahí no.

Hago una pausa.—¿Quieres que te toque aquí?—Le doy un toquecito en el pezón y se endurece al instante.

—Sí—exhala.

Pienso tocarla por todas partes. Adorar cada centímetro de su cuerpo hasta que me suplique por correrse. Pero antes…

Fundo mis labios con los suyos. Ella suspira y hundo la lengua en su boca. Su sabor me golpea y gimo. He echado de menos su sabor. La he echado de menos a ella. He echado de menos esto.

Me rodea la cintura con las piernas y empieza a frotar su centro contra mi erección. Oh, no, eso sí que no. No va a darse placer a sí misma. Hacer que Alaia se corra es mi trabajo.

Aparto la boca de la suya.—Brazos arriba. Agárrate al cabecero.

No duda en seguir mis indicaciones. Desenredo sus piernas de mi cintura antes de desabotonar la parte de arriba de su vestido y dejar al descubierto su sujetador blanco de encaje.

Arquea la espalda para impulsar el pecho hacia mis manos.—Quédate quieta o no te toco.

—Pero vas demasiado despacio—protesta, haciendo un puchero.

—Tú eres la que pensó que sería divertido provocarme. Esto es la venganza. Tranquila, me aseguraré de que te corras. Algún día.

—Eres cruel.

—Quiero adorarte y demostrarte que te quiero.

—Yo…—se interrumpe con una tos.

—¿Tú qué?

—Nada. Da igual.

¿Da igual? No puedo dejarlo pasar cuando creo que estaba a punto de decir que me quiere.

—¿Me quieres, preciosa?

Aprieta los ojos.—Eh…

—¿Te da miedo decir las palabras?

Abre los ojos de golpe.—Yo no le tengo miedo a nada.

—Bien. Dime lo que sientes por mí. ¿Me quieres?

—A lo mejor no me apetece decirte lo que siento.

—A lo mejor me apetece seguir provocándote hasta que admitas lo que sientes.

—¡No te atreverías!

Le hago cosquillas en las costillas.

—¡Para! ¡Para!

—Di que me quieres.

—¡No!

—Di que me quieres y paro.

—Yo… yo…

Hago una pausa. Está luchando consigo misma. No está preparada. Joder. Estoy siendo un capullo. Otra vez.

—Lo siento. No debería haberte presionado. No voy a presionarte más. Puedes decirme lo que sientes a tu ritmo.

Sus ojos se enternecen y me sonríe.—Por eso te quiero. Puedes ser un perfecto imbécil, pero también se te da muy bien pedir perdón.

El corazón se me para en el pecho.—¿Me quieres?

Ella pone los ojos en blanco.—Pues claro. No te habría perdonado por ser un capullo si no te quisiera.

Hago una mueca.—Siento no haber confiado en ti. Tendría que haberte escuchado.

Me coge la cara entre las manos.—Ahora me estás escuchando. Has visto que estaba incómoda y has dejado de hacer lo que estabas haciendo. Has admitido que te habías equivocado.

Sonrío de lado.—Soy un novio impresionante.

Suelta una carcajada.—Y un chulo.

Alzo las cejas arriba y abajo.—Mi polla quiere darte las gracias por perdonarme.

—Eres un payaso.

—Soy tu payaso.

—Sí, lo eres.

—Hora de demostrarte que tú eres mía.

Por mucho que me guste reír y bromear con Alaia cuando estamos en la cama, tengo cosas más importantes que hacer. Como demostrarle que la quiero adorando su cuerpo.

Que es exactamente lo que procedo a hacer.

Presiono un beso breve en sus labios antes de ir bajando a mordisquitos y lametones por su pecho hasta llegar a sus senos.

Esta vez no la torturo. Le bajo el sujetador de un tirón para dejarle los pechos al descubierto y atrapo un pezón entre los labios.

Succiono y ella arquea la espalda, separándose de la cama mientras gime.

Amaso y masajeo su otro pecho con la mano hasta que el pezón es una punta dura. Luego cambio de lado. Ella me enreda las manos en el pelo y me empuja la cara contra el pecho. Me río por su carácter exigente.

Me envuelve la cintura con las piernas y se frota contra mí. Mi polla presiona contra la cremallera en un intento de alcanzar el objeto de sus deseos.

La suelto y me pongo de rodillas. Alaia está arrebatadora. La parte de arriba del vestido está desabrochada. El sujetador le queda bajo los pechos. Y la falda del vestido se le ha subido hasta la cintura, dejando a la vista sus braguitas blancas de encaje. Parece hecha para comérsela.

Le acaricio las piernas sedosas, arriba y abajo.—Deberías ponerte vestidos más a menudo.

—¿Para que te sea más fácil dejarme sin aliento?

—Exacto.

Deslizo la mano bajo sus braguitas y descubro que está húmeda por mí. La tanteo en la entrada mientras presiono la palma contra su clítoris. Gime y se le cierran los ojos.

—Ojos abiertos. Quiero ver cómo te corres para mí.

Sus ojos parpadean para abrirse, y la premio hundiendo dos dedos en su coño. Sus paredes se contraen a mi alrededor. No puedo esperar a sentir cómo se cierran alrededor de mi polla. Da un latigazo de aprobación. La ignoro. Esta vez es solo para ella.

—Me encanta cómo te sientes. Húmeda y caliente, y es todo para mí.

—Todo para ti—resopla.

—Córrete para mí, preciosa. Córrete por toda mi mano y luego hundiré mi polla en ti y haré que te corras otra vez.

—Promesas, prom…

Se queda sin palabras cuando le pellizco el clítoris.

—Tanner.

—Estoy aquí, preciosa. Dámelo.

Sus paredes palpitan y aumento el ritmo.

—¡Sí!—grita cuando la alcanza el orgasmo.

Sigo entrando y saliendo de ella hasta que el clímax se le apaga. Se deshace contra el colchón con una sonrisita adorable en la cara. Se la he puesto yo. Y seguiré regalándole sonrisas hasta el día en que me muera.

Le bajo las braguitas por las piernas y me empujo el pantalón corto hasta que mi polla salta libre. Ella abre más las piernas para mí y yo encajo las caderas entre las suyas.

—¿Lista para la segunda ronda?

—Contigo, siempre.

—Siempre conmigo, preciosa. Solo conmigo.—Me hundo en ella despacio. Sus paredes se cierran a mi alrededor mientras avanzo centímetro a centímetro en su interior.

Esto es el cielo. Aquí es donde pertenezco. No puedo creer que haya sido tan imbécil y casi haya perdido a Alaia. He aprendido la lección. No volveré a ser un idiota. Voy a amar y a cuidar de esta mujer el resto de mi vida.

Le aparto un mechón de la frente.—Te quiero, Alaia Jackson.

—Y yo te quiero a ti, Tanner Long.

—Gracias.

—No tienes que darme las gracias. Solo demostrarme que me quieres.

Que es exactamente lo que procedo a hacer.