El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

ÚLTIMA HORA: FELICES PARA SIEMPRE... CON TÉRMINOS Y CONDICIONES Cláusula uno: se requiere paciencia

Alaia

—Un segundo —grito cuando alguien entra en mi despacho. No me molesto en levantar la vista y sigo tecleando—. Solo tengo que terminar esto.

—Preciosa.

Levanto la vista y le sonrío a Tanner. —Hola, Encantador. ¿Ya habéis acabado el entrenamiento?

—Terminado. Duchado. Y me he tomado una cerveza con los chicos.

—¿Os habéis tomado una cerveza? ¿Habéis tenido un entrenamiento corto hoy? —En mi experiencia —por limitada que sea—, los entrenamientos suelen alargarse, pero nunca acortarse.

Él niega con la cabeza. —Es tarde. Todo tu equipo se ha ido a casa hace una hora.

Arrugo la nariz. —¿Ah, sí? Se supone que mi asistente debe avisarme antes de marcharse.

Agita su móvil frente a mí. —Bonnie me ha enviado un mensaje. No estaba convencida de que la hubieras oído cuando ha dicho que se iba. Al parecer, le has hecho un gesto con la mano para que se fuera y has refunfuñado cualquier cosa.

—Vaya. No me acuerdo.

—Exacto. He venido porque no quería que se repitiera el incidente de salir por la ventana.

—Mentiroso. Te parece que ese incidente es hilarante. Literalmente tienes una foto mía tirada en el suelo del pasillo como fondo de pantalla en tu móvil.

Él sonríe. —Es una foto mona.

Pongo los ojos en blanco. —Una foto mona no me incluye a mí con la falda subida y la ropa interior a la vista.

Él pone una sonrisa burlona. —Permíteme que discrepe.

—No hay razón para preocuparse por que me quede encerrada otra vez. Ahora tengo llaves para salir y conozco al guarda.

Él se ríe. —Porque te perdiste al salir de la oficina la primera semana que estuviste aquí y acabaste en el campo. Sigo sin entender cómo terminaste allí.

Resoplo. —El estadio es un laberinto.

—¿Un laberinto?

—Y las señales son confusas.

—¿Te vas a mantener en esa excusa?

Le hago un gesto de desdén con la mano. —No lo entiendes. Los únicos sitios a los que vas son el vestuario, el gimnasio y el campo. Esos son todos fáciles de encontrar.

—A veces te visito en el despacho.

Arquea las cejas de forma sugerente y levanto una mano. —Ni se te ocurra. La última vez que nos pusimos cariñosos en mi despacho, rompiste una lámpara.

—Y gritaste tan fuerte de éxtasis que un guardia de seguridad entró corriendo para salvarte.

Le lanzo una mirada fulminante. —No grité. Daba la casualidad de que estaban pasando por delante y notaron que mi luz estaba encendida.

Levanta una ceja. —¿De la lámpara que rompí?

—Lo que sea —murmuro—. ¿Has venido aquí para tomarme el pelo?

—Nop. He venido aquí para escoltarte a casa.

Suspiro. —Todavía tengo que terminar la nota de prensa sobre Nolan.

Se acomoda en una silla frente a mi escritorio. —Me ha sorprendido mucho su decisión.

—Créeme. A todo el mundo.

—Pero me alegro por él. Se merece un final feliz.

—Todos en el equipo se lo merecen.

Él sonríe. —¿Incluido yo?

—Tú ya tienes un final feliz. Te quedaste con la chica, es decir, conmigo. Y me mudé a Steel City para estar cerca de ti.

—Te mudaste a Steel City por este trabajo.

Me encojo de hombros. —Me habría mudado aquí tarde o temprano.

—Del mismo modo que te mudarás conmigo tarde o temprano.

Gruño. —Tanner, para ya.

Abre mucho los ojos en un intento de parecer inocente. Nunca es inocente. Siempre trama algo. Me mantiene alerta, eso desde luego.

—¿Tan malo es que quiera que la mujer a la que amo viva conmigo?

—Es demasiado pronto.

—Yo te quiero. Tú me quieres. El tiempo no es un factor.

—Encantador —refunfuño—. Sí que lo es. Tengo un trabajo nuevo.

—En el que estás brillando.

—En una ciudad nueva. Necesito tiempo para adaptarme. Mi vida entera es completamente diferente a como era hace un mes, cuando era camarera en el Mermaid Karaoke y escribía una columna de cotilleos para la gente del pueblo.

Frunce el ceño. —¿Te está costando? ¿Por qué no has dicho nada?

—No me está costando, pero es una adaptación. No puedo ir al trabajo en bici en cinco minutos. La barista de mi cafetería favorita no se sabe mi pedido. Ni siquiera sabe mi nombre y no creo que le importe. Y el café ni siquiera es tan bueno como en el Pirate’s Pastries.

—Mis hermanas no se pasan un par de veces por semana para darme un susto de muerte. Y ahora todo es ya, ya, ya. Rápido, rápido, rápido. No existe eso de escaparse del trabajo e ir a la playa. La gente de aquí probablemente no sepa ni surfear.

Se levanta y rodea mi escritorio. Me saca de la silla y me estrecha en sus brazos. Me mece de un lado a otro.

—Lo siento, preciosa. No tenía ni idea de que lo estuvieras pasando mal.

Gruño. No lo estoy pasando mal. Los contrabandistas no lo pasan mal. Nos adaptamos a las nuevas circunstancias. Normalmente, porque a alguien se le ha escapado el rebaño o alguien ha soltado una carga de pescado en el paseo marítimo por «accidente»..

—¿Qué te parece si les pido a tus hermanas que vengan al partido este fin de semana? Haré que vengan en avión. Pueden quedarse en tu apartamento. Tú te puedes quedar en el mío.

—No voy a dejar a mis hermanas solas en mi apartamento. Probablemente provocarían un incendio o se pelearían con los vecinos cuando decidieran poner música infernal a todo volumen a las cuatro de la mañana.

—No es tu apartamento. ¿Qué más te da?

Me echo hacia atrás para mirarle con severidad. —La destrucción de la propiedad nunca está bien.

—A veces está justificada.

—No. No lo está. Nunca está justificado quemar las cleats de un compañero.

—Lo está si te ha puesto Icy Hot en los calzoncillos —se estremece—. Nunca he experimentado un dolor peor.

—Te golpean hombres de ciento sesenta kilos de forma regular.

—Me reafirmo en lo dicho.

No le falta razón. Pasé dos días viéndole tumbado en el sofá con hielo en la entrepierna, gimiendo y quejándose todo el rato. Estoy planeando inventarme una emergencia laboral para cuando coja un resfriado. Si no desaparezco, tendré que amordazarle.

—¿Qué me dices, preciosa? ¿Llamo a tus hermanas? Les encantaría venir de visita.

—No lo sé. Me preocupa que falsifiquen mis credenciales y acaben en el vestuario. No quiero ni imaginar el destrozo que causarían.

Él sonríe. —Suena divertido.

Cómo no, él diría divertido en lugar de un infierno. Tanner sigue siendo un payaso. Ya no es un mujeriego y no se ha metido en líos últimamente. A excepción de pequeñas bromas a sus compañeros de equipo.

Pero he aprendido que así es como forjan vínculos los hombres de un equipo. Se gastan bromas y se toman el pelo. Mientras nadie acabe en urgencias, lo dejo pasar.

—Podemos pedirles a tus padres que vengan también. Ellos vigilarán a Beth y Anne.

Suelto un bufido. —¿Lo harán? ¿Cómo crees que las gemelas han acabado siendo así? Déjame que te lo diga. No ha sido porque mis padres las vigilaran mucho.

—Si le pido a Dan que las mantenga a raya, lo hará.

—Me encanta lo unidos que estáis mi padre y tú.

—Es un buen tipo. Y un padre increíble. Estoy tomando nota.

El corazón me da un vuelco. —¿Tomando nota?

—Para cuando tengamos hijos.

Se me oprime el pecho. Quiero darle hijos, pero no lo habíamos hablado antes.

—¿Hijos? ¿Quieres tener hijos?

—Sí. Quiero un niño para enseñarle a jugar al fútbol americano.

—¿Y si no le gusta el fútbol?

Él se encoge de hombros. —Aprenderé cualquier deporte que él quiera jugar.

—¿Y si quiere hacer ballet?

—Me sentaré en la primera fila de cada recital de danza y le vitorearé.

Le estudio. —¿Hablas en serio? ¿No te molestaría si tuviéramos un hijo que bailara ballet?

—Sé lo que se siente al tener una familia que no te apoya. Duele mucho. Me niego a ser como mi padre.

Me derrito contra él. —Vas a ser un padre estupendo.

—¿Significa esto que estás lista para darme un hijo?

Las cejas casi se me salen de la frente. —¿Lista para darte un hijo? Si ni siquiera vivimos juntos todavía.

Él se encoge de hombros. —Me figuro que te habré convencido para que vivas conmigo cuando vayan a terminar tus seis meses en el apartamento de la empresa. Al fin y al cabo, mi apartamento está a una distancia del estadio que se puede recorrer en bici.

Gruño. —A veces odio lo mucho que me escuchas.

—Te encanta —me guiña un ojo.

Suspiro. No lo niego. Tener una pareja que escucha tus quejas, que te impulsa, pero que sabe cuándo dar un paso atrás, es increíble. Es todo lo que siempre he querido pero que temía que nunca experimentaría.

—Te quiero.

Él sonríe. —Yo también te quiero, preciosa. Estoy deseando vivir contigo. Estoy deseando crear una familia contigo. Pero esperaré hasta que estés lista.

Me temo que voy a estar lista antes de lo que esperaba. Quiero darle a Tanner una familia. Una familia cariñosa propia. Se lo merece. Se lo merece todo.

—Bésame y luego llévame a casa.

—Tus deseos son órdenes, preciosa.

♥♥♥

¡Gracias por leer! Espero que hayáis disfrutado del romance «falso» de Alaia y Tanner.