El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

ÚLTIMA HORA: UNA VECINA CON EL CORAZÓN ROTO SE PLANTEA PROVOCAR UN INCENDIO Sus hermanas gemelas recomiendan la violencia; el periodismo gana… por ahora

Alaia

—¡Largaos! —grito cuando llaman a la puerta. No quiero ver a nadie. Quiero sentarme aquí en mi sofá, en pijama, y comerme un bote de helado. Puede que no vuelva a moverme nunca más.

—No nos vamos a ninguna parte.

Gruño. Genial. Son Beth y Anne. No me dejarán en paz en la vida.

—No os voy a dejar entrar.

La puerta se abre y entran de golpe. —No hace falta que nos dejes entrar. Tenemos llave.

Miro con furia a Beth. —¿De dónde habéis sacado una llave?

Desde luego, yo no se la he dado. Lo último que necesito es despertarme y encontrármelas rapándome el pelo... otra vez.

—Eso a ti no te importa —dice Anne.

—Tenemos cosas más importantes que discutir —añade Beth.

Anne asiente. —Ya hemos empezado una lista.

No debería preguntar, pero lo hago. —¿Una lista para qué?

—Bromas de venganza. —Beth saca su teléfono y empieza a leer—. Cambiar su champú por tinte.

—Tinte temporal —corrige Anne.

Beth se encoge de hombros antes de continuar: —Esconder despertadores diminutos por toda su habitación y hacer que suenen a horas aleatorias durante toda la noche.

Hacer correr el rumor de que le aterrorizan los patos y luego colocar patos de plástico por todo su cuarto.

Cambiar el autocorrector de su teléfono para que «sí» se convierta en «no estoy disponible emocionalmente».

Llenarle la habitación del hotel con globos llenos de purpurina.

—¡Esperad un momento! ¿De quién os estáis vengando con esas bromas?

Anne pone los ojos en blanco. —A ver...

—De Tanner —dice Beth.

—¿Cómo lo sabéis? ¿Lo sabe todo el mundo? —Me cubro la cara con las manos.

Se dejan caer en el sofá a mi lado. Beth me pasa el brazo por los hombros. —Esto es Smuggler’s Hideaway.

—En otras palabras, lo sabe todo el mundo.

Anne suelta una risita. —Corre el rumor de que se peleó con sus compañeros de equipo en el Mariner’s Market. Nolan le gritó que dejara de ser un imbécil melancólico.

—Nolan no ha dicho las palabras «imbécil melancólico».

Porque Tanner no está melancólico. Él no es el que intenta ahogarse en helado de masa de galleta. No es el que no ha salido de su apartamento en dos días. No es el que lleva el mismo pijama desde hace dos días. Ese que tiene una mancha gigante de chocolate en el pecho.

—¿Qué ha pasado, hermanita? —pregunta Beth.

—Sí, hermanita, ¿qué ha pasado? Estabais los dos tan acaramelados como una sirena y un pirata prendado cuando limpiasteis la playa.

Entorno los ojos hacia Anne. —¿Cómo lo sabes? Tú no estabas allí.

Ella se ríe. —Qué mona eres. Te crees que eres la única en la isla que se entera de los cotilleos.

—Trabajamos en el hospital. Conocemos los secretos de todo el mundo —añade Beth.

—Incluyendo quién tiene un caso desagradable de clamidia.

—Y no es un koala.

—Se supone que no debéis contar nada sobre vuestros pacientes —les recuerdo.

—Prometemos que no diremos nada. —Anne hace la señal de la cruz sobre su corazón—. Siempre y cuando nos cuentes por qué Tanner te ha roto el corazón.

—¿Por qué asumís que me ha roto el corazón? —Intento sonar indignada. Lo cual es bastante difícil cuando llevas un pijama cubierto de piratas y sirenas besándose.

Beth resopla. —¿Hablas en serio? Eres la persona más leal que conozco.

—Lo cual no es decir mucho —murmura Anne.

Beth ignora a su gemela. —Tú nunca romperías con Tanner.

—Porque lo quieres —cantan al unísono.

—Sí, bueno, me equivoqué. No estoy enamorada de Tanner. Estoy enamorada de un espejismo. El Tanner que creía conocer no existe. El buen tipo que nadie conoce excepto yo. Error. —Resoplo—. El buen tipo no existe. Todo es una mentira para conseguir lo que quiere. Una vez que lo tiene, se larga.

—De ahí la necesidad de una broma de venganza. —Beth abre su teléfono—. Tengo unas cuantas ideas buenas aquí.

Suspiro. —No quiero gastarle bromas.

Anne me pone la mano en la frente. —¿Te sientes bien?

La aparto. —Déjalo ya. Yo no soy la que disfruta gastando bromas.

—Yo no diría que disfrute con ellas. Pero a veces son necesarias.

Levanto las cejas. —¿Cuándo ha sido necesario atar una serpiente de goma a un sedal y sujetarla a un kayak para que parezca que persigue al kayak mientras se mueve?

Beth levanta la mano. —Yo lo sé. Cuando la persona que remaba le dijo a todo el mundo en el instituto que estabas siendo una borde porque tenías la regla.

Siguiendo el razonamiento de mis hermanas, Tanner definitivamente se merece que le gasten una broma. Pero gastarle bromas no hará que mi corazón duela menos. No hará retroceder el reloj a cuando él era mío. No cambiará nada.

Anne me aprieta el hombro. —¿Qué ha pasado?

Por mucho que quiera a mis hermanas, no puedo hablarles del video. La gente piensa que soy la persona más cotilla de la isla. No tienen ni idea de lo cotillas que son mis hermanas. Además, son retorcidas y creen que los límites se aplican a los países, pero no a las personas.

Si supieran lo del video, probablemente lo publicarían por todo internet como una broma de venganza. No puedo permitir que el vídeo se filtre. No dejaré que Tanner piense que soy la persona que él afirmó que era. Que viva sabiendo que se equivocó. Esa será mi venganza.

—Lo siento. No puedo decíroslo.

Beth arruga la nariz. —¿Es alguna cosa sexual rara? No te preocupes. Lo hemos visto todo.

—Después de haber extraído soldaditos de juguete del recto de una persona, te vuelves inmune a ello.

Parpadeo. —¿Soldaditos de juguete? ¿En plan más de uno? No entiendo cómo puede acabar uno ahí. ¿Pero más de uno? ¿Cuál es el propósito?

Anne se encoge de hombros. —Mi trabajo no es preguntar.

—Pero ella pregunta de todos modos.

—El tipo estaba demasiado borracho para ser coherente.

Me estremezco ante la idea. —Nada sexual raro.

—¿Pero tuvisteis sexo?

Siento que me arden las mejillas. Vaya si tuvimos sexo. El mejor sexo de mi vida. Fue más que sexo. Fue una conexión. Lo fue todo. Fue una mentira.

—No es asunto vuestro —gruño.

—Han tenido sexo totalmente. —Anne me mira con los ojos entrecerrados—. ¿No ha sido bueno? ¿La tiene pequeña? ¿No daba la talla?

—¡No voy a discutir sobre sexo con vosotras!

—¿Por qué no? —pregunta Beth—. Fuiste tú la que nos explicó lo de las flores y las abejas.

—Qué expresión más rara. ¿Por qué flores? ¿Por qué abejas? —Anne arruga la nariz—. No lo entiendo.

—Solo os expliqué lo del sexo porque pillasteis a mamá y a papá haciéndolo y pensasteis que papá estaba intentando matar a mamá. Tuve que explicároslo antes de que llamarais a la policía.

—En mi defensa —empieza Beth—. Papá tenía el pelo de mamá agarrado en su puño y no dejaba de decir: «¿Me lo vas a dar ya?».

—¡Oh, por mi sirena! —gimo—. No necesito oír cosas sobre nuestros padres teniendo sexo.

—¿Por qué no? —pregunta Anne—. Sabes que tienen sexo. Tú eres la prueba de ello.

—Además, tú también te los has encontrado en plena faena antes.

Echo la cabeza hacia atrás para mirar al techo. Preferiría hablar de mi corazón roto que de mis padres teniendo sexo. ¿Quién disfruta hablando de sus padres teniendo sexo? Pues mis hermanas, ellas.

—¿Podemos cambiar de tema? No quiero hablar de mamá y papá y... —trago saliva—, sexo.

—Volvamos a nuestra lista de bromas. —Beth sonríe—. Podemos ser más inventivas, lo prometo.

—Sí. —Anne asiente—. Podríamos hacer bromas relacionadas con el fútbol. Llenarle las protecciones con polvos de talco. O las botas con espuma de afeitar. Poner confeti en su casco.

—Y podríamos mandar hacer una camiseta con la palabra «gilipollas» en lugar de «Long».

Huy. La última idea tiene su mérito. El mundo sabría lo gilipollas que es Tanner.

¡Puaj! Esta no soy yo. Yo no quemo el mundo cuando me dejan. Sigo adelante.

Excepto que esta ruptura duele más. Me estaba imaginando pasando el resto de mi vida con Tanner. Viviendo juntos. Teniendo hijos juntos. Y entonces, ¡bum! Tanner se vuelve contra mí. Dice que soy una mentirosa. Yo no soy la mentirosa. Su representante lo es.

—Y yo que pensaba que los representantes eran leales a sus clientes.

—Huy. ¿Representantes y sus clientes?

Ante la pregunta de Beth, me doy cuenta de que he hablado en voz alta. Vaya.

—No importa.

—Abandonaré los planes de gastarle una broma sin ti si me cuentas a qué te referías.

—Le vais a gastar una broma de todos modos, diga lo que diga.

Beth sonríe, y Anne gesticula en silencio: lo haremos.

—No quiero gastarle bromas a Tanner. Quiero averiguar cómo reescribir el artículo sobre el Coach Knox.

Beth gruñe. —Esa revista no se merece otro artículo tuyo.

—Capullos. Nuestra hermana es la mejor escritora del mundo.

Miro a Anne. —No tienes que mentir para hacerme sentir mejor.

—No miento. Tus artículos en el Smuggler’s Gazette son desternillantes. Los recorto y los cuelgo en el vestuario del hospital.

Me quedo boquiabierta. —¿Lo haces de verdad?

—Yo compro el periódico —dice Beth.

—Si reescribes el artículo sobre el Coach Knox, no se lo ofrezcas a la revista deportiva. Publícalo en otro lugar.

—¿Dónde? —le pregunto a Anne.

Ella se encoge de hombros. —No lo sé. Tú eres la periodista.

Soy la periodista. No soy una columnista de cotilleos que expondría el secreto de Tanner para ganar unos pavos. No, yo escribo historias reales sobre gente real.

Debería escribir una historia sobre lo gilipollas que es Sam. Un representante que traiciona a su cliente no se lo merece. Excepto que Tanner no me creyó cuando le dije que Sam lo había traicionado. Piensa que Sam le es leal.

Leal, mis narices. ¿Pero qué es la lealtad en el mundo del deporte?

Beth agita su mano frente a mi cara. —Tierra llamando a Alaia.

Le aparto la mano. —Lo siento. He tenido una idea para un artículo.

Se levantan. —Nuestro trabajo aquí ha terminado.

Anne me arrebata el helado del regazo y Beth lo sustituye por mi ordenador portátil. —A trabajar.

Apenas la oigo. Las ideas me bombardean. Esto no es una broma, pero será una pequeña y dulce venganza. Y el artículo puede que sea justo lo que la Gazette necesita para seguir circulando.