El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

ÚLTIMA HORA: ESCRITORA LOCAL SE DECLARA UN FRACASO Declaración inmediatamente rebatida por un muy persistente wide receiver

Alaia

Me dejo caer en el sofá y apoyo los pies en la mesa de centro. Estoy reventada. Se me había olvidado lo agotador que puede ser trabajar con la clientela de la hora de la comida en Bootlegger .

Ingenua de mí. Pensé que la ausencia de mujeres vestidas de sirena sería una ventaja. No se me ocurrió que todos los contrabandistas de la isla pasarían a tomar algo y a charlar. Como si yo fuera a soltar todo lo que sé sobre los Steel City Seals .

Escribo una columna de cotilleos. No soy una cotilla. Hay diferencias.

El móvil pita y lo saco del bolsillo. Tengo un correo nuevo. Del suplemento deportivo al que envié la propuesta del reportaje sobre Knox.

Las manos me tiemblan de la emoción. Ya está. Mi gran oportunidad. La prueba de que lo valgo. La prueba de que no necesito a mi padre para hacer carrera. La prueba de que puedo hacer las cosas por mí misma. La prueba de que no necesito que un hombre manipule las cosas por mi «propio bien».

Nadie más ha conseguido una entrevista con Knox Nichols. Es una exclusiva que sé que a la revista le va a encantar. Una exclusiva que va a lanzar mi carrera, cierre o no la .

Abro el correo. Lamentamos informarle…

¡Malditos bootleggers ardiendo! Es una carta de rechazo.

Repaso el correo por encima. Alaban mi estilo, pero dicen que este no es un artículo que interese a sus lectores. ¿Qué quieren decir, por las barbas de las sirenas? Es una revista deportiva. El artículo trata de uno de los entrenadores de línea ofensiva más populares de la NFL.

Suena el móvil. Quiero ignorarlo. Pero son las gemelas. Ignorarlas es hacerlo bajo tu propia responsabilidad. No soy tonta.

—¿Qué?

—¡Alguien está de mala leche! —cantan a coro.

Suspiro. —¿Qué queréis?

—¿Qué pasa? —Su alegría inicial ha desaparecido. Mis hermanas son un incordio, pero me apoyan cuando las necesito.

—Han rechazado mi artículo.

—Ellos se lo pierden —dice Anne.

—Exacto —coincide Beth—. Eres una escritora excelente.

Se me calienta el corazón. —Gracias.

—¿Quieres que incendiemos el edificio del periódico? —pregunta Anne y yo gimo.

—Nada de cometer incendios por mí. Además, la Gazette no ha rechazado mi artículo; lo ha hecho una revista deportiva.

—Podemos entrenar un bot para que escriba comentarios desagradables en todos sus artículos online —propone Beth.

—No. No hace falta vengarse de nadie. —Un bot sería solo el principio. Me estremezco al imaginar el final—. Pero sí acepto una copa.

—Estaremos ahí en treinta minutos —declaran al unísono antes de colgar.

Sigo sentada en el sofá diseccionando el correo y cada comentario que el editor ha hecho sobre mi artículo cuando suena el timbre treinta minutos después. Probablemente debería haber aprovechado para ducharme, porque huelo a moonshine y a cerveza.

Me pongo en pie y arrastro los pies hasta la puerta. La abro y frunzo el ceño a la persona que tengo delante. —¿Qué haces aquí?

Tanner sonríe. —Tus hermanas me han escrito.

Entorno el ceño. —¿Estás en contacto con mis hermanas?

—Y con tu padre y tu madre.

Pongo los ojos en blanco. —A los miembros de mi familia les encanta meter las narices donde no les llaman más que a mí, que ya es decir.

Su sonrisa se apaga. —¿Te molesta que tu familia me haya escrito?

—No me importa que te escriban. Me importa por qué te escriben.

Se anima. —¿De verdad no te importa que tenga contacto con tu familia?

—¿Por qué me iba a importar? A mi familia le caes bien. Un poco demasiado, teniendo en cuenta que esta relación se acaba dentro de unas pocas semanas.

Se me revuelve el estómago. No quiero que esta relación se acabe. Pero es lo que acepté. Y ahora mismo no tengo espacio mental para que se me rompa el corazón por un hombre. Estoy demasiado ocupada teniendo el corazón roto por mi carrera.

—Soy un fracaso —murmuro.

Tanner me agarra de la mano y me lleva hasta el salón. Se sienta en el sofá y tira de mí. Me desplomo en su regazo.

—¿Qué haces? —pregunto mientras me incorporo y le estrado.

—Quiero apoyarte. Quiero escuchar lo que ha pasado. Pero necesito tenerte cerca para poder consolarte cuando digas barbaridades como que eres un fracaso.

Mi cuerpo se calienta con sus palabras. ¿Quiere consolarme? ¿Apoyarme? ¿Escucharme?

Tanner Long es el mejor hombre que he conocido nunca. Con razón le quiero.

Ahogo un jadeo. Quiero a Tanner.

Quiero negarlo. Quiero decir que solo me estoy enamorando de él, pero que aún no me he enamorado del todo. Quiero protegerme del desengaño que sé que me espera. Quiero protegerme de perder mi libertad si acabamos en una relación de verdad.

Pero no puedo. Porque es verdad. Quiero a Tanner.

Es dulce y amable. Y encima es un bombón. Y lleva dentro un corazón enorme que la mayoría de la gente nunca llega a conocer.

Excepto yo. Conmigo se ha abierto. Me ha mostrado una faceta de sí mismo que no enseña a los demás. No es de extrañar que me haya enamorado de él pese a mis mejores intentos de no caer.

Tanner me toma la cara entre las palmas. Casi se me había olvidado que estaba sentada en su regazo durante mi revelación. Aparto a un lado todo el tema de que le quiero. Ya lidiaré con esos sentimientos más tarde.

—Tú no eres un fracaso.

—Sí que lo soy.

—¿Qué ha pasado?

Quiero mentir, no admitir lo fracasada que soy, pero cuando miro a sus ojos verdes y veo lo sincero y abierto que está siendo, no puedo.

—¿Te hablé de la revista deportiva en la que hice prácticas? —Asiente—. Sigo teniendo contactos allí. Pensé que estarían encantados de publicar el artículo que escribí sobre Coach Knox. Pero me han rechazado.

—Espera. No te han rechazado a ti. Han decidido no publicar uno de tus artículos.

—Es lo mismo.

—No, bombón, no lo es. ¿Te he contado alguna vez cómo me seleccionaron en el draft para la NFL?

—Te seleccionaron en el draft de la NFL nada más salir de la universidad. No me estás animando precisamente.

—Me echaron del equipo que me seleccionó en el draft.

Abro mucho los ojos. —¿Ah, sí?

—Sí. El coordinador de la línea ofensiva y yo no nos llevábamos bien. Les gritaba a los jugadores. Yo no reacciono bien cuando alguien me grita obscenidades.

—Lo siento. No lo sabía.

Me aprieta el cuello con suavidad. —No te lo cuento para que me tengas lástima. Lo que quiero es mostrarte que me cortaran del equipo no fue un fracaso por mi parte. El coach y yo no éramos una buena combinación. No tenía nada que ver con mi capacidad para jugar al fútbol.

—Y lo que quieres decir es que…

—Que esa revista no acepte tu artículo no significa que no seas buena escritora ni que seas un fracaso. Puede que el artículo no encajara bien en su línea editorial. Puede que tuvieran demasiados originales.

—O puede que mi padre no se haya puesto en contacto con ellos —murmuro.

Él frunce el ceño. —¿Por qué iba tu padre a ponerse en contacto con ellos?

Se me calientan las mejillas de vergüenza. El secreto que no le he contado a nadie. Ni siquiera mi padre sabe que descubrí lo que hizo.

—Bombón, háblame. ¿Qué pasa?

Miro fijamente sus ojos verdes y decido lanzarme al vacío. No quiero tener secretos con el hombre al que quiero. Aunque él no sepa que le quiero. Aunque crea que esta relación es falsa. Aunque una relación con él me asuste más que nada.

—Mi padre me consiguió el trabajo en la Smuggler’s Gazette.

—Explícame.

—Oí por casualidad a Mike, el redactor jefe, el primer día de trabajo.

No sabía que yo ya estaba allí. Se estaba quejando a la recepcionista de que le habían obligado a contratarme por quién es mi padre.

—Inspiro hondo y lucho contra las lágrimas que pugnan por salir—.

Mi único trabajo de verdad en periodismo, y él no quiso contratarme.

—Bombón, puede que no quisiera contratarte, pero está clarísimo que le encanta cómo escribes.

Suelto una risita sarcástica. —Sí, claro. Lo que pasa es que teme que mi padre se ponga en plan pirata, conquistando una isla, si me despide.

Él me enmarca la cara con las manos. —No me lo creo. Ningún periódico puede permitirse tener en plantilla a una periodista que no sea buena escritora con cómo está la economía.

—Tienes un punto. —Sobre todo teniendo en cuenta que la Gazette probablemente cierre al final del verano—. Pero eso no cambia los hechos. Nunca habría conseguido el trabajo sin la ayuda de mi padre.

—Todos necesitamos un poco de ayuda a veces. Yo nunca habría podido mantener a Sam como agente sin Knox.

—Puede que tengas razón —otra vez—, pero está claro que no soy buena escritora. ¿Si no, por qué han rechazado mi artículo? Nadie más ha conseguido una entrevista con Coach Knox antes.

—¿Qué decía la carta?

Saco el móvil del bolsillo. Lo desbloqueo y abro el correo antes de dárselo.

Me besa la nariz antes de ponerse a leer. Me muerdo el labio mientras lee. ¿Qué estoy haciendo? Estoy exponiendo al hombre al que quiero a todos mis fracasos. Es una estupidez. Soy idiota. Debería…

—Vaya. Al editor le encantas.

Me echo hacia atrás. —Perdona, ¿cómo?

Él agita el móvil en el aire. —¿No has leído el correo?

—Claro que lo he leído. Varias veces. Ponía que no podían usar mi artículo.

—Y también pone que eres una escritora maravillosa y que les encantaría recibir más textos tuyos.

Pongo los ojos en blanco. —Eso lo dicen siempre. No va en serio.

Él alza una ceja. —¿Ah, sí? ¿Siempre dicen —y cito textualmente—: «Hemos disfrutado sinceramente con la lectura de su artículo. Su amor por el deporte y el protagonista traspasa cada línea. Este es el tipo de textos que preferimos publicar en nuestra revista»?

—¿Que han dicho qué? —Le arrebato el móvil para leer el correo.

Anda. El correo no es tan malo como me pareció al principio.

—Pero aun así han rechazado mi artículo.

—Quizá podrías reescribirlo.

—¿Reescribirlo?

Tanner se encoge de hombros. —Es un artículo muy analítico sobre cómo trabaja Coach Knox. A lo mejor podrías escribir un artículo sobre Coach Cha-Cha en su lugar.

—¿Coach Cha-Cha?

—Es el apodo de Knox. En una boda de un excompañero se tomó un par de chupitos de tequila de más y decidió que sabía bailar el cha-cha-chá. Acabó con una conmoción cerebral —sonríe de lado—. Y con un apodo del que nunca se va a librar.

Entorno los ojos. —¿Estás diciendo que debería escribir un artículo más personal sobre Knox?

—Solo es una idea. Tú eres la escritora. Ya se te ocurrirá algo. Tengo fe en ti.

¿Fe en mí? Esas palabras me dan de lleno en el pecho. Tanner cree en mí. Tiene fe en mí. No le importa que mi padre tuviera que conseguirme mi primer trabajo como periodista. Aun así cree en mí.

Oh, sirena. Cuánto le quiero.

—Gracias.

Su sonrisa se le va de oreja a oreja y sus ojos verdes se iluminan. —Lo que necesites, bombón. Estoy aquí.

Ojalá sus palabras fueran verdad. En nada estará de vuelta en Steel City trabajando para conseguir ese anillo de la Super Bowl que está decidido a ganar.

—¿No me crees? Es verdad. —Me aparta el pelo de la frente antes de posarme la palma en la nuca—. Estoy aquí para ti. Lo que necesites. Solo tienes que decirlo. Te ofrecería ponerme en contacto yo mismo con el editor, pero sé que no es buena idea.

Con razón quiero a este hombre. Cree que puedo valerme por mí misma. No intenta arreglarme la vida por mi «propio bien».

—O has aprendido de los errores de Gage.

Gage sale con mi amiga Addy. Estoy dolorosamente al tanto de todos los errores que cometió mientras la cortejaba.

Él hincha el pecho. —No todo el mundo puede ser tan encantador como yo.

Suelto una carcajada. No hay nadie tan encantador como Tanner. No hay nadie como él. Espero que no me rompa el corazón.