El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

ÚLTIMA HORA: EL FÚTBOL DEMUESTRA QUE NO ES «SOLO UN JUEGO»

Un jugador descubre quién está realmente de su parte

Tanner

Le aprieto la mano a Alaia. —Gracias por venir hoy.

Me sonríe y me da un vuelco el corazón. Quiero verla sonreírme así para siempre. No solo este verano. No solo hasta que empiece el año. Tengo que decirle lo que siento, pero cada vez que surge la oportunidad, me quedo helado.

¿Cómo reaccionará a mis declaraciones? ¿Se reirá de mí? ¿Suspirará con mofa?

Tengo que dejar de ser un cobarde. Alaia no es como mi padre o mi madre, que se rieron de mí cuando les dije que quería jugar en el equipo de fútbol del instituto. Ni como mis hermanos, que pusieron los ojos en blanco cuando conseguí una beca de fútbol para la universidad.

—No hay de qué. Tengo un montón de correos electrónicos que revisar y quiero dejar escrita la columna de este mes de Siren’s Spill.

Levanto una ceja. —¿En serio crees que puedes escribir un artículo mientras yo estoy ahí fuera jugando al fútbol?

Arruga la nariz. —¿Por qué? ¿Crees que el partido de fútbol me distraerá?

Le hago cosquillas en las costillas. —Te voy a enseñar lo que es la distracción.

Suelta una risita antes de echar a correr lejos de mí. Qué mona. ¿Se cree que no puedo alcanzarla? Soy uno de los receptores abiertos más rápidos de la NFL.

Me mira por encima del hombro. Su sonrisa le ilumina la cara. Sus ojos azules brillan. Y su larga melena castaña vuela tras ella. Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida. No se lo cree cuando le digo que está preciosa, pero es la verdad.

Corro tras ella —siempre perseguiré a Alaia— y la alcanzo cerca de la entrada del vestuario. La acorralo contra la pared.

—Te pillé.

Se muerde el labio inferior. —Lo has hecho. Y ahora, ¿qué vas a hacer conmigo?

—Mmm... tengo un par de ideas.

Empezando por liberar su labio de sus dientes. Sus labios son míos y solo míos para morderlos. Deslizo la lengua sobre su labio inferior para aliviarlo antes de fundir mi boca con la suya. Ella suspira y yo introduzco mi lengua en su boca.

Maldita sea. Su sabor. Se vuelve más adictivo cada vez que nos besamos. Y no me importa. Me quedaré felizmente enganchado a sus labios, a su cuerpo, a su sabor por el resto de mi vida.

Paso una mano por su pelo y le ladeo la cabeza para poder profundizar aún más.

Me rodea los hombros con los brazos y me atrae hacia ella. Hasta que mi pecho choca con el suyo. Puedo sentir cómo se le endurecen los pezones contra mi pecho.

Presiono mi erección contra su vientre y ella gime. Me encantan los pequeños gemidos y sonidos que hace cuando estoy dentro de ella.

La quiero. Así de simple. Tengo que decírselo. Necesito que sepa lo que siento.

Quizá si lo sabe, acepte continuar con la relación. Una relación de verdad. No esta falsa. Que ya no me parece nada falsa.

Suena un silbato y separo mis labios de los de Alaia. Miro con furia al Coach Knox.

—Deja de perder el tiempo. El entrenamiento empieza en quince minutos y no te has cambiado.

A Alaia se le ensombrece el rostro. —Lo siento. Yo, esto...

Intenta apartarse de mí, pero le sujeto la muñeca para detenerla. —Te acompañaré a las gradas.

—Soy perfectamente capaz de ir a las gradas yo sola.

—A lo mejor es que quiero ser un caballero.

La guío por delante del vestuario hacia el estadio. Knox suspira al pasar por su lado. —Otro más al que le ha picado el gusanillo del amor.

Joder. ¿Le habrá oído Alaia? Tengo que decirle lo que siento. Pero no de esta manera. Miro a Alaia. Ya está sacando el móvil del bolsillo y tecleando en él. No ha oído nada.

La acompaño a un asiento en las gradas, le beso la mejilla y vuelvo corriendo al vestuario. No quiero llegar tarde al entrenamiento. El fútbol es un asunto serio.

Me paso la camiseta por la cabeza y salgo al campo al trote justo cuando suena el silbato.

El calor me golpea como un muro. Aún no es mediodía y el sol ya es brutal, calentando el césped artificial hasta que irradia a través de mis tacos. El sudor me resbala por la columna y ni siquiera hemos empezado los ejercicios todavía. Hoy va a ser un día duro.

Quizá no haya sido el mejor día para pedirle a Alaia que viniera al entrenamiento. La miro en las gradas. Espero verla escribiendo, pero no es así. Está mirando al campo con el ceño fruncido. Cuando la saludo, se anima y finge que hace una coreografía con pompones.

Me río de sus tonterías. ¿Cómo ha podido pensar esta mujer alguna vez que es aburrida?

—¡Formad fila! —ladra el Coach Knox.

Me coloco en posición, roto los hombros y sacudo los brazos. Tengo los músculos tensos de la sesión de ayer. Bien. Tener los músculos doloridos significa que me estoy esforzando y que progreso.

El silbato suena con una estridencia y salgo disparado de la línea. Cinco yardas. Diez. Giro a la izquierda. Apoyo. Pivoto. El balón llega a mis manos cuando se produce el snap y me lo ciño bien a las costillas antes de salir trotando.

—¡Más rápido, Long! —ruge el Coach.

No respondo. Simplemente me preparo de nuevo.

Otra vez.

Y otra vez.

Y otra vez.

Cada ruta se siente más pesada que la anterior. Me arden las piernas. Se me cierran los pulmones. El sudor me cae en los ojos y me nubla la vista.

—¡Hidrataos! —grita alguien desde la banda.

No miro. No pierdo la concentración.

Snap.

Carrera.

Corte.

Recepción.

Reinicio.

El mundo se reduce al campo. Al ritmo. Al esfuerzo constante.

Esto es lo que mi familia nunca entenderá. Esto no es un juego. Esto es trabajo. Esto es dolor. Esto lo es todo.

—¡Otra vez!—

Me impulso desde la línea y el pie se me resbala un centímetro en el césped artificial. No lo suficiente como para caerme, pero sí para hacerme perder el equilibrio.

—¡Concéntrate! —suelta Nolan mientras se coloca de nuevo detrás del center.

—Estoy concentrado —respondo entre dientes.

Pero el calor me está pasando factura. Puedo sentirlo ahora. Cómo se me nubla la visión por los bordes. Cómo me late el corazón un poco demasiado fuerte, un poco demasiado rápido.

Al otro lado del campo, Gage tropieza. Al principio, parece que ha dado un paso en falso. Luego se desploma. Bruscamente. El silbato suena con fuerza.

—¡Rodilla a tierra! —grita el Coach.

Todo se detiene. Los preparadores físicos corren al campo. Gage se ha quitado el casco, tiene la cara pálida y el pecho le sube y baja con fuerza.

—Agotamiento por calor —murmura alguien.

Trago saliva y me paso una mano por la cara. Ese podría ser yo. Ese seré yo si no me centro de una vez.

—Agua. Ahora —ordena el Coach.

Troto hasta la banda, más despacio de lo que me gustaría admitir.

Mi mirada se cruza con la de Alaia. Ella ya se está moviendo, más rápido que parte del personal, cogiendo botellas y metiéndome una en las manos antes incluso de que se la pida.

—Bebe —dice con voz firme. Ya no hay burlas ni bromas.

Parpadeo al mirarla. Habla en serio. La preocupación se refleja en su rostro.

—Oye —consigo decir—. Estoy bien.

—Bebe, Encantador.

Obedezco. El agua fría me llega a la lengua y casi suelto un gemido. Me vacío media botella sobre la cabeza; el agua me chorrea por la cara y el cuello.

—Te estás sobrecalentando. —Me examina la cara—. Tienes las pupilas raras.

Suelto una risa débil. —¿Ahora te dedicas a leer libros de medicina?

—No —me espeta—. Te he estado observando.

Sus palabras calan en algún lugar profundo de mi pecho.

—No has bajado el ritmo ni una vez —continúa—. Ni siquiera cuando te tambaleabas.

—No me tambaleaba.

Levanta una ceja. Vale. Puede que sí lo hiciera.

—Siéntate —ordena, señalando el banco.

Me dejo caer antes de que pueda discutir. Me pone otra botella en la mano. Luego, una compresa fría en la nuca. Es eficiente y está concentrada. Como si esto importara. Como si yo importara.

—Tú no crees que esto sea una estupidez —digo antes de poder evitarlo.

Su mirada se clava en la mía. —¿Tu trabajo?

—Sí.

Me mira como si hubiera perdido la cabeza.

—Esto —señala el campo, a los jugadores, a donde están examinando a Gage— es una de las cosas más duras que he visto en mi vida.

Parpadeo. Parece que lo dice muy en serio.

—Llevas tu cuerpo al límite hasta que se rompe. Y luego te levantas y lo haces de nuevo. ¿Cómo podría alguien pensar que eso es una estupidez?

Se me cierra la garganta. Las voces de mi familia resuenan en mi mente. Es solo un juego. Una pérdida de tiempo. Una fase.

—Amas esto. Se te nota en la cara cuando estás ahí fuera.

—Lo amo —admito.

—Lo sé.

No me está juzgando. No duda de mí. Me cree. Cree en mí.

El silbato del Coach vuelve a rasgar el aire. —¡Al campo!

Me levanto, esta vez más despacio.

Alaia me coge de la mano antes de que pueda alejarme. —No te desmayes.

Esbozo una sonrisa burlona. —¿Preocupada por mí, preciosa?

Me aprieta más fuerte. —Sí.

No está bromeando. No está tratando de desviar el tema. Está siendo honesta y sincera.

La revelación me golpea con más fuerza que cualquier placaje. Incluso uno de Corbin.

—No me pasará nada —le digo.

Ella niega con la cabeza. —No, Tanner. Yo te cuido.

Durante un segundo, no puedo moverme, solo puedo mirarla fijamente. Luego asiento una vez y vuelvo al campo al trote.

El calor no ha remitido. Los músculos me siguen doliendo. Los pulmones todavía me arden. Pero algo ha cambiado. Porque por primera vez en mi vida...

Alguien está de mi parte.