El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

ÚLTIMA HORA: UNA BARBACOA EN LA PLAYA SE CONVIERTE EN UN ESPECTÁCULO DE RELACIONES PÚBLICAS Las fuentes se cuestionan qué hay de real

Alaia

En cuanto aparco el coche en el Hideaway Haven Resort, Tanner corre hacia mí y me abre la puerta.

—Hola, preciosa.

Un estremecimiento me recorre entera. Me encanta cuando me llama preciosa. Estoy empezando a creerme que es verdad.

Me coge de la mano y me ayuda a salir de mi asiento, atrayéndome directamente a sus brazos.

—Ah —suspira—. Esto está mejor.

Presiona sus labios contra los míos en un beso intenso, pero no dura mucho.

—¿Por qué has parado? —pregunto haciendo un puchero.

—Hay espías por todas partes.

—¿No quieres que los espías piensen que estamos saliendo?

El dolor asoma a sus hermosos ojos verdes antes de que parpadee y desaparezca. Quizá me lo he imaginado. ¿Por qué iba a dolerle que le recordara nuestro acuerdo? No es que quiera una relación de verdad. Tanner Long no tiene relaciones serias.

Se me encoge el estómago. Quiero que declare que le importo. Que ya no estamos fingiendo. Que esto es real. Pero eso nunca va a pasar.

Me acorrala contra el coche. —No quiero que ningún espía vea cómo te vuelves loca por mí. Cómo se enciende tu pasión cuando te beso o te toco.

Se me corta la respiración. Quiero que me bese. Que me toque. Que encienda mi pasión.

Me besa en la nariz. —Aquí no.

Entrelaza sus dedos con los míos y me guía hacia el complejo. Le tiro de la mano. —Te olvidas de mis bolsas.

—¿Bolsas? ¿Para qué traes bolsas?

—Pues para qué va a ser. —Pongo los ojos en blanco—. Vamos a hacer una barbacoa. No se puede hacer una barbacoa sin un dip de siete capas.

Le rugen las tripas. —Me encanta el dip de siete capas.

—Esta es una especialidad del Smuggler’s Hideaway. Es picante.

—Me encantan las cosas picantes.

—¿Pero puedes aguantar el picante? —arqueo las cejas.

—¿Me estás desafiando? Ya sabes lo que pasa cuando me desafías.

—¿Ah, sí? —Pestañeo con inocencia—. ¿Qué?

Gruñe. —No me tientes, preciosa.

—¿Por qué no?

Frunce el ceño. —Belinda ha dado el soplo a unos paparazzi sobre la barbacoa. Quiere que nos fotografíen juntos en la playa.

Frunzo el ceño. —¿Esto es un montaje de relaciones públicas? Pensaba que... —suelto un suspiro. No voy a decirle que pensaba que esto era solo por diversión, como lo de la bolera.

Después de que me diera las gracias por defenderlo ante su familia poniéndose de rodillas y adorando mi cuerpo, pensé que las cosas podrían cambiar. Pero es evidente que no ha sido así.

Esto es falso, Alaia. Falso. Falso. Falso.

Mi corazón protesta. No quiere que mi relación con Tanner sea falsa. Ni yo tampoco, corazón. Ni yo tampoco.

Pero es mejor así. De este modo, puedo seguir creyendo que Tanner es un tío estupendo. Si las cosas cambian, podría resultar ser igual que todos los demás hombres de mi vida. Es mejor no saberlo.

—Lo siento. Debería habértelo advertido. Pero no quería que esos buitres nos arruinaran la diversión.

¿Nuestra diversión? Quizá él tampoco quiera que nuestra relación sea falsa por más tiempo.

—No pasa nada. Acepté que nos fotografiaran juntos.

Me coloca un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja. —Lo sé, preciosa. Pero preferiría tenerte para mí solo.

Me estremezco. Yo también, Tanner. Yo también.

Consigo guardarme esas palabras. No sé si Tanner y yo hablamos el mismo idioma. Él quiere ser amigos con derecho a roce. Yo quiero más. Mucho más. Más de lo que Tanner está dispuesto a dar.

Cojo mis bolsas del maletero. Me cuelgo una al hombro, pero Tanner me la arrebata.

—Puedo llevar mi propia bolsa, encanto.

—Puedes, pero no tienes por qué hacerlo.

Entrelaza sus dedos con los míos y me guía rodeando el complejo hacia la playa. Un grupo de sus compañeros de equipo ya está reunido alrededor de una hoguera.

Mis pasos se ralentizan. No quiero compartir a Tanner con nadie. Quiero disfrutar de un día tranquilo en la playa con él. Nadar en el océano con él. Tumbarme en la arena con él.

Tanner se detiene. —Si no quieres ir a la barbacoa, no iremos.

—Pero Belinda te cubrirá de sangre y te echará a los tiburones si faltas a un compromiso de relaciones públicas.

Él se estremece. —¿Cubrirme de sangre primero? Se te está pegando lo de las mellizas.

—No he dicho que yo fuera a ser quien te cubriera de sangre.

—No me importa Belinda. Si quieres saltarte la barbacoa y que hagamos algo los dos solos, podemos. Corre el rumor de que hay un parque de atracciones en la isla.

Suelto un quejido. —Se supone que Mermaid Mystical Gardens es para niños.

—Parece divertido.

Le recorro con la mirada. —No cabes en los asientos de la mayoría de las atracciones.

Gruñe. —Qué fastidio. Siempre podríamos ir al recorrido de fantasmas del banco.

¿Habla en serio? ¿Se arriesgaría a sufrir la ira de Belinda e ignoraría a sus amigos para pasar tiempo a solas conmigo?

Quiero decir que sí. Quiero salir de aquí. Quiero quedarme con Tanner para mí sola.

Pero no puedo. Me comprometí a ayudarle a reparar su reputación. Y yo me tomo mis compromisos muy en serio.

—No pasa nada. Estoy segura de que la barbacoa será divertida. Además, tus compañeros me adoran.

Entorna los ojos. —¿Qué compañeros han declarado su amor? ¿A quién tengo que patearle el culo?

Suelto una risita. —Tus compañeros de equipo están demasiado ocupados enamorándose para prestarle atención a esta humilde servidora.

—Entonces son unos tontos. Eres la mujer más espectacular de Smuggler’s Hideaway. Y la más lista. Y la más fuerte.

—¿La más fuerte? —Hago el gesto de sacar un bíceps inexistente.

—Fuerte en el sentido de estar dispuesta a plantarle cara a mis padres. La mayoría de la gente tiembla en sus botas cuando se enfrenta al Dr. y la Dra. Long.

Levanto el pie para enseñarle mis chanclas. —Yo no llevo botas.

—Lo que te hace todavía más fuerte.

Todo mi cuerpo entra en calor ante su elogio. Se cree lo que está diciendo. Sus preciosos ojos verdes están llenos de sinceridad. Quizá no sea igual que los otros hombres. Quizá no intentaría controlar mi vida. Quizá...

—Yo...

Me interrumpe un balón de fútbol americano que aterriza a nuestros pies. Probablemente sea algo bueno, ya que estaba a punto de sufrir un ataque de verborrea. ¿Quién sabe qué habría acabado confesando?

—¡Buenísima, Long! —grita Nolan.

Tanner recoge el balón y lo lanza de una patada en dirección al quarterback. —No puedes atrapar el balón si lo lanzas contra el suelo.

Me guía hasta la mesa que hay junto a la hoguera, que ya está repleta de comida. Añadimos mi dip de siete capas al festín.

—¡Tanner! Te necesitamos —vocifera Gage.

—¡Claro que me necesitáis! —responde Tanner a gritos—. El equipo no sería nada sin mí.

—Alguien está muy creidito —murmuro.

Tanner frunce el ceño. —Mi familia es la engreída. Yo no.

Vaya. He tocado un punto sensible. Le acaricio la mejilla. —Hay diferentes formas de ser un engreído. Engreído en plan «tienes que hacer lo que yo diga o sufrirás mi ira». Ya conoces a mis hermanas mellizas.

—Y tú has conocido a mi familia.

No respondo al comentario sobre su familia. Ya sabe lo capullos que son. Que yo se lo recuerde no ayuda a nadie.

—Y luego está el engreído divertido. Ese tipo de hombre que sabe lo que vale y bromea con sus compañeros.

Saca pecho. —Sé lo que valgo. Aunque preferiría bromear contigo toda la tarde.

Le señalo con el dedo. —Quedamos en que nada de momentos sexis.

Aunque ya rompimos esa regla una vez. ¿Quizá podemos romperla de nuevo?

—Pero si te encantan nuestros momentos sexis.

No le falta razón. Me encanta ponerme desnuda y sudorosa con este hombre. Sería una tonta si no fuera así. Tanner sabe cómo manejarse con el cuerpo de una mujer.

Porque es un ligón. Alejo el pensamiento a la fuerza. No necesito que me recuerden todas las mujeres con las que ha estado.

—¡Tanner! —grita Nolan—. Venga ya. Te necesitamos. Estamos desparejados.

Tanner pone los ojos en blanco. —Me necesitan ahí fuera.

Le doy un empujoncito. —Ve. Diviértete.

—¿Estás segura? Puedo quedarme contigo. No tiene gracia estar en una barbacoa sola.

Suelto un bufido. —Soy la camarera del Bootlegger. Conozco a cada una de las personas que hay en esta playa.

—Si estás segura...

—Estoy segura. Ve. Diviértete. —Arrugo la nariz—. Quizá podrías quitarte la camiseta, para que tenga algo bonito que mirar.

Esboza una sonrisa de suficiencia antes de quitarse la camiseta de un tirón y lanzármela. —Tus deseos son órdenes, preciosa.

Su mirada se clava en algo detrás de mí y se queda paralizado. Su sonrisa se ensancha y se acerca a mí con paso fanfarrón. —No me eches demasiado de menos —dice en voz alta.

Frunzo el ceño. ¿Qué acaba de pasar? Mi Tanner ha desaparecido.

Me besa en la mejilla antes de darse la vuelta y salir pitando hacia sus compañeros. Le lanza arena a Brock, que le responde con un gruñido.

—¡Uy, uy! El señor Gruñón ha venido. Qué miedo me da. —Se ríe mientras finge que huye de Brock.

¿Qué está pasando? Este no es el Tanner que he llegado a conocer.

Miro hacia atrás. Los paparazzi no son difíciles de ver. Hay tres arrodillados en la arena con sus objetivos apuntando en nuestra dirección.

Ah, ellos explican por qué Tanner ha activado el modo bufón. Está jugando con ellos.

Cuando está conmigo, es otra persona. Conmigo no está fingiendo. Es real. Puedo ver al Tanner Long que nadie conoce.

Solo espero que no esté jugando con mi corazón.