Capítulo 22
ÚLTIMA HORA: EL DRAMA FAMILIAR DESENCADENA UN AJUSTE DE CUENTAS PRIVADO Los testigos informan de tensión… y algo más
Tanner
—Dentro —le ordeno a Alaia entre dientes.
Ella se muerde el labio inferior y retrocede unos pasos. —¿Estás enfadado conmigo?
No estoy enfadado con ella, pero estoy jodidamente furioso con mi familia. ¿Cómo se atreven a acercarse a Alaia? ¿Cómo se atreven a decirle que rompa nuestra relación? ¿Cómo se atreven a decir que ella está arruinando mi futuro?
No tienen ni idea de quién soy. Porque nunca se han molestado en escuchar mis sueños y deseos. Lo único que les importa es el apellido de la familia Long. Nuestro legado. El ala del hospital que pretenden que lleve su nombre.
No les importa que Alaia sea la primera persona que me apoya y me defiende. Que sea la primera persona con la que quiero tener una relación real.
Estoy tan furioso que apenas puedo hablar. La agarro de la muñeca y la arrastro al interior del bar. Ella no se resiste a pesar de su evidente aprensión.
—¿Cómo supiste que tu familia estaba aquí, de todos modos?
Julian aparece tras la barra. —Yo le llamé.
Alaia mira con dureza a su compañero de trabajo. —Tenía la situación bajo control.
—No era una situación que te correspondiera controlar a ti.
Su ceño se frunce aún más. —Sí, lo era. Tanner es mi novio. Estaba intentando protegerlo de su familia de imbéciles.
Julian alza una ceja. —¿Tu novio?
—Sí.
Se me da un vuelco el estómago ante su falta de vacilación.
Él suelta un bufido. —Claro, lo que sea. Haz como si yo no supiera nada de tu «acuerdo».
—No sabes de lo que estás hablando.
No tengo paciencia para esto. —Al despacho. Ahora. —Guío a Alaia hacia el pasillo trasero. Una vez que llegamos al despacho, la empujo dentro antes de cerrar la puerta con llave tras nosotros.
Ella retrocede hasta que su espalda choca con el escritorio. —Lo siento, Tanner. Me he pasado de la raya. No debería haber…
Levanto una mano para detenerla. —No estoy enfadado contigo.
—Estás literalmente vibrando de rabia.
—No contigo. Jamás contigo, preciosa. Con mi familia, por otro lado.
—Lo siento. Tu familia es…
—… una panda de imbéciles.
Ella se encoge de hombros. —Un poco.
—Nadie me había defendido ante ellos antes.
Ella arruga el entrecejo. —¿Nadie? ¿Nunca? ¿Ni un profesor? ¿Ni un entrenador? ¿Un amigo de la familia?
—Ni un profesor. Ni un entrenador. Y definitivamente ni un amigo de la familia. Todos estaban demasiado ocupados estando impresionados por el Dr. y la Dra. Long.
—¿Impresionados? —bufa—. Creo que la palabra que buscas es intimidados.
Me acerco a ella y le acaricio la mejilla. —Tú no estabas intimidada.
—Error. Estaba más que intimidada. —Se estremece—. Tu familia es una fuerza de la naturaleza.
—Pero me has defendido. Y los has echado del bar.
Ella se encoge de hombros. —No eran clientes. No querían beber nada.
—Nadie en mi familia bebe excepto en ocasiones especiales.
—Nadie en tu familia es divertido. —Sus ojos se agrandan y se tapa la boca con la mano de un golpe.
Le retiro la mano. —No tienes que preocuparte por lo que digas de mi familia delante de mí. No me ofenderé.
—¿Pero estarás enfadado? Fuera parecías a punto de echar chispas. Créeme, conozco la rabia. Estaba allí cuando el profesor de historia salió y descubrió que mis hermanas habían tirado mierda de oveja por toda su casa por haberles puesto una B en sus redacciones.
Mis labios tiemblan con la necesidad de sonreír. Solo Alaia podría hacerme sonreír después del espectáculo de mierda de mis padres apareciendo donde no se les llama. —Estoy enfadado porque mi padre se estaba portando como un imbécil y yendo de superior contigo.
Ella relaja los hombros. —¿En serio no estás enfadado conmigo?
—No estoy enfadado contigo, preciosa.
—Entonces, ¿por qué me has arrastrado a mi despacho? Pensé que me ibas a dar un sermón sobre cómo comportarme con tu familia.
—Voy a darte otra cosa. —Me acerco más hasta que mi polla dura golpea su vientre. Ella jadea y sus ojos se dilatan.
—No deberíamos. Quedamos en eso. Nosotros…
Le pongo un dedo sobre los labios para que se calle. — Nosotros no estamos haciendo nada.
—Pero… —Señala con el brazo hacia mi entrepierna y me late en los vaqueros. Quiere hundirse profundamente dentro de ella. Sentir que sus paredes se convulsionan a su alrededor.
Inhalo profundamente y trato de controlarme. No se trata de mí. Se trata de Alaia. De recompensarla por estar de mi lado. De intentar demostrarle que nuestra relación no es un juego que esté jugando.
—Se trata de ti.
—Tanner.
—Nadie me había defendido antes. Nadie había echado jamás a mis padres de un bar para después seguirlos fuera para asegurarse de que abandonaban la isla. Pero tú lo has hecho.
Su mirada se suaviza. —Mereces que te defiendan. Y tus padres definitivamente merecen que les canten las cuarenta. No tienen ni idea de lo especial que eres. De lo talentoso que eres. De lo difícil que es tener la carrera en la NFL que has tenido.
Un calor se extiende por todo mi cuerpo ante sus palabras. No se lo está inventando para impresionarme o conseguir algo. Sinceramente cree lo que está diciendo.
Joder. La quiero.
Se me corta la respiración. ¿Quiero a Alaia? No. No puede ser. No creo en el amor romántico. He visto cómo se comportan mis padres juntos. Esa forma de actuar no puede ser amor. Pero también he visto cómo se comportan los padres de Alaia. Cómo se apoyan el uno al otro y a sus hijos.
Quizá el amor sí exista después de todo.
Trago saliva. Quiero a Alaia, pero ella piensa que esto es fingido.
Desafío aceptado. Le demostraré que esta relación es cualquier cosa menos fingida. Mis sentimientos son reales. Y la fecha de caducidad de esta relación ha quedado oficialmente cancelada.
—Quítate los pantalones.
Sus ojos se dilatan y se queda con la boca abierta. —¿Qué?
—Y las bragas.
Ella se aclara la garganta. —Tanner. Estoy en el trabajo.
—No me importa.
—Alguien podría pillarnos.
—He cerrado la puerta con llave.
Ella frunce el ceño. —No quiero tener un polvo rápido contigo en el despacho.
Le acaricio el cuello. —No te preocupes, preciosa. Te vas a correr bien fuerte.
Su respiración se acelera. —Tanner. No puedo.
—¿Me estás desafiando a que te haga correr? Me encantan los desafíos.
—Estoy…
Su protesta se corta cuando me arrodillo ante ella.
—¿Qué estás haciendo? —sisea ella.
Le sonrío con picardía. —Quitándote la ropa, ya que no sabes seguir órdenes.
Suelto el broche de sus vaqueros de un chasquido y bajo la cremallera, revelando unas bragas de encaje rosa. Jugueteo con el borde de sus bragas. —Estas son bonitas, pero tienen que irse.
Agarro la cinturilla de sus vaqueros y arrastro la tela junto con sus bragas por sus piernas. Cuando llego a sus tobillos, ella se descalza las chancletas.
—Buena chica.
Ella bufa. —No soy una chica buena.
Sonrío. Mi Alaia —y que no haya duda al respecto, ella es mía— disfruta discutiendo por cada maldita cosa. No hay de qué preocuparse. No podrá hablar —y mucho menos discutir— en unos minutos.
Deslizo mis manos por sus piernas suaves y sedosas. Me encanta su piel. Huele a melocotones y es más suave que las caras sábanas de seda de mi cama en casa.
Cuando llego a su cintura, me pongo en pie. La levanto y la siento sobre el escritorio.
Ella suelta un gritito. —Está frío.
—No te preocupes. Yo te calentaré. —Le guiño el ojo antes de fundir mis labios con los suyos. A pesar de todas sus protestas, no duda en abrir la boca. Mi lengua se cuela.
Sabe a café, a chocolate y a algo único de Alaia. Es un sabor al que me estoy volviendo adicto poco a poco. Un sabor que pienso disfrutar durante mucho tiempo. Más allá del final de este verano. Quizá para siempre.
Sus manos agarran mis hombros para acercarme más. Hasta que no queda espacio entre nosotros. Mi erección presiona contra su estómago y ella envuelve mis caderas con sus piernas.
Empieza a frotarse contra mí y gruño antes de separar mi boca de la suya. —Nada de correrte tú sola.
Ella hace un puchero. —Has dicho que serías rápido.
Yo no he dicho tal cosa, pero no voy a discutir con ella. No cuando la tengo desnuda y abierta ante mí.
Desenredo sus piernas de mis caderas y caigo de rodillas.
—Las rodillas sobre mis hombros. —Echa sus piernas sobre mis hombros y sonrío con superioridad—. ¿Tienes prisa?
—Has hecho promesas.
—No te preocupes, preciosa. Pienso cumplirlas.
Le beso la rodilla antes de avanzar a mordisquitos por la cara interna del muslo. Cuando llego a su núcleo, me detengo para inhalar profundamente.
—Hueles a gloria —murmuro.
—Me alegra haberme…
Lo que fuera que iba a decir se corta cuando la lamo desde el clítoris hasta el coño. Ella gime y me enreda los dedos en el pelo.
—Sujétate —le ordeno.
Y entonces se acaban las palabras. No hay tiempo para hablar cuando la estoy saboreando. Huele a gloria, pero sabe aún mejor. Podría pasarme la vida de rodillas adorándola.
Uso los pulgares para abrirla y hundo la lengua en su canal. Sus paredes tiemblan a mi alrededor mientras ella gime.
Sus manos se aprietan en mi pelo como para mantenerme donde estoy. No te preocupes, Alaia. No me voy a ninguna parte. No hasta que se haya deshecho bajo mi lengua. Y luego haré que se corra otra vez.
Haré que se corra hasta que esté agotada. Hasta que no pueda recordar su nombre. Hasta que olvide por completo que se supone que esta relación termina al final del verano.