El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

NFL BAD BOY SE REFORMA. Y LLEVA ACOMPAÑANTE Los entendidos lo califican de «Sorprendentemente tierno»

Alaia

Tanner llama a la puerta del baño. —La limusina está esperando abajo. ¿Estás lista?

¿Estoy lista? Buena pregunta. Llevo un vestido largo hasta los pies, elegante, que brilla más que el suelo de Bootlegger después de la noche de Mermaid Karaoke .

El pelo, el maquillaje y las uñas están perfectos desde que esta tarde apareció un equipo de estilistas para vestirme. Por fuera, estoy lista.

Por dentro, no tanto.

Esto es una locura. Yo no encajo en un baile benéfico del brazo de Tanner. Esta no soy yo. Ni siquiera tengo un par de tacones. Voy en chanclas y vaqueros rotos. Como mucho, un vestido si quiero impresionar a alguien.

—Alaia, ¿estás bien?

La preocupación en su voz hace que alargue la mano hacia el pomo. —Estoy bien.

Él me recorre el cuerpo con la mirada y gruñe. —No vamos a ir.

—¿Cómo? ¿Después de todo lo que hemos pasado? Hemos volado a Nueva York. Has alquilado esta suite obscenamente cara. Me has comprado este vestido, al que me da miedo preguntarle el precio. He pasado el día depilada hasta el límite de mi resistencia.

—Me da igual —frunce el ceño—. No pienso pasarme la noche entera espantando a los tíos de alrededor.

Como si fuera a pasar. —No lo harías.

—¿Te has mirado al espejo? Estás preciosa. Vas a ser la mujer más guapa del baile.

Suelto una risita incrédula. —¿Estás delirando? ¿Has estado bebiendo? He visto la lista de invitados de este evento. Van modelos, modelos de verdad, de los de pasarela.

—Y aun así tú serás la mujer más guapa allí.

Alzo la mano. —No hace falta que me adules. Ya estoy aquí. Voy a ir.

—No intento adularte. Te digo la verdad —se pasa una mano por el pelo—. Quiero decir, ya sabía que eras guapa. Tengo ojos. No estoy ciego. Pero con este modelito... Joder.

Un temblor de emoción me recorre el cuerpo. Tanner Long, el jugador más sexy del equipo de los Steel City Seals , piensa que soy preciosa. No puede ser real.

—Se te da muy bien esto de ser encantador.

—No. No se me da —me coge las manos—. Nunca he tenido que ser encantador. Tú eres distinta.

—Esto es falso, Tanner.

Por mucho que quiera repetir nuestro beso del Cuatro de Julio. Por mucho que desee tocar su piel desnuda. Por mucho que anhele estar con él. No puede ser.

—Eres la mujer más guapa que conozco. En eso no hay nada de falso.

Ya me preocupaba ir a esta gala benéfica y desentonar, porque es evidente que no encajo. La probabilidad de que consiga andar con estos tacones sin tropezarme es inferior a cero. Pero ahora también me preocupa cómo voy a evitar tirarme a los brazos de Tanner.

—La limusina está esperando —suelto de golpe—. Tengo que salir de esta suite con su enorme cama California king antes de perder el control de mis sentidos. Antes de olvidar que Tanner es un ligón que no tiene relaciones.

Antes de olvidar que los hombres, en general, no compensan el esfuerzo. Que deciden darle el trabajo por el que te has dejado la piel en la revista deportiva a un hombre menos cualificado. Siempre «por tu propio bien».

—Vale. Vamos.

Suelto una risita. —¿No es Belinda la que te obliga a ir a este evento?

—Belinda se ha descontrolado. Su cámara filtró las imágenes del entrenamiento del otro día y ahora se ha metido en la cabeza que deberíamos continuar con esta farsa hasta Navidad.

Se me abren los ojos como platos. —No me lo habías dicho.

—Porque no quería presionarte.

—Ya verás que no soy muy susceptible a la presión.

Él alza una ceja.

—Has conocido a mis hermanas gemelas. Si creces con Beth y Anne, aprendes a manejar la presión de puta madre.

Se ríe por lo bajo. —Tus hermanas son la bomba.

—Claro que te lo parecen, si fueron ellas las que nos engañaron para que nos besáramos en el Cuatro de Julio.

Se le oscurecen los ojos. —A mí no me hizo falta que nadie me engañara para querer besarte.

Chispas se encienden en mi vientre y bajan hasta mi centro. Me pregunto cómo sería que Tanner me besara en otros sitios. A lo mejor debería permitirme una noche con él. Si tengo claro que no puede ser más, no saldré herida. Ni me haré ilusiones. Quizá.

Suena el teléfono y Tanner suelta una palabrota bien gorda antes de alejarse. Los hombros se me hunden de alivio. Uf. Tentación evitada otra vez. Pero ¿por cuánto tiempo?

—El conserje quiere que nos movamos. La limusina está cortando el tráfico.

Cojo el chal y el bolso del mostrador y le sigo hasta la puerta. —Después de ti, Encantador.

Me pone la mano en la parte baja de la espalda para guiarme fuera de la suite hacia los ascensores. El tejido del vestido es fino, y me permite notar el calor de su mano en mi espalda. Casi gimo.

Le echo la culpa a mis hormonas. Llevo en un estado constante de excitación desde nuestro beso. Voy a vengarme de mis hermanas por su truco aunque sea lo último que haga.

Consigo que la mandíbula no se me caiga al suelo cuando me acompaña hasta la limusina. El vehículo es casi tan largo como una manzana entera.

—¿Qué se hace en la gala, exactamente? —pregunto cuando ya estamos acomodados en la limusina y avanzando entre el tráfico.

—Cenaremos. Habrá unos discursos. Después habrá una banda y algo de baile.

El estómago me ruge en respuesta. —Bien. Me muero de hambre. No he podido comer nada a mediodía con tanto arrancar y recortar y cardar mi pelo.

Él hace una mueca. —La comida en estas cosas nunca es buena.

—¿Nunca es buena? ¿No pagáis diez mil dólares por plato?

—Prueba con cincuenta mil.

Mis cejas —lo que queda de ellas— se disparan hacia arriba. —¿Cincuenta mil y la comida no es buena?

—Rectifico. La comida es buena. Pero es poquísima.

Gimo. —Mi estómago me odia.

—No te preocupes. —Me guiña un ojo—. Yo te daré de comer.

Pongo los ojos en blanco ante la cursilada con doble sentido. —¿Y la gala es para recaudar fondos?

Es parte del plan de Belinda para salvar la reputación de Tanner.

—Sí. Es una recaudación de fondos para la encefalopatía traumática crónica. Es una... —

—Enfermedad degenerativa vinculada a la demencia y posiblemente causada por sufrir múltiples conmociones cerebrales.

Él sonríe. —Me tienes impresionado.

No hay motivo para impresiones. —Soy periodista. Cuando me enteré de que los Steel City Seals venían a Smuggler’s Hideaway para el campo de entrenamiento, me documenté sobre todos los temas interesantes que se me ocurrieron relacionados con el fútbol.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

Se me tiñen las mejillas y aparto la mirada. —Buscaba una historia.

Me agarra la barbilla y me obliga a sostenerle la mirada. —No tienes motivo para avergonzarte.

Miro esos ojos verdes que me obsesionan y mi boca enorme se abre y vomito la verdad. —Claro que me avergüenzo. Tú eres tres años más joven que yo y estás en la cúspide de tu carrera. La mía apenas ha empezado.

Y se va a estrellar si no consigo salvar el Gazette. Pero no le cuento que el periódico está pasando apuros. Total, le daría igual.

—Yo soy atleta. Tengo una vida útil limitada. Tú tienes décadas para desarrollar tu carrera.

—Si es que consigo arrancarla alguna vez. Estoy más que harta de escribir The Siren’s Spill y «informar» sobre cangrejos sueltos en la isla.

—Tendrás que admitir que el día del cangrejo fue desternillante.

Intento mantenerme seria, pero me tiemblan los labios.

—Reconoces que fue desternillante.

—Vale —resoplo—. Turistas subidos a las mesas como si los cangrejos fueran un monstruo marino salido a la playa para atemorizarlos fue bastante gracioso.

—Nunca había visto a un hombre adulto intentar trepar a un poste de la luz.

Alzo una ceja. —¿No?

—Todo el mundo sabe que jamás hay que trepar a un poste de la luz. Si necesitas un poste al que trepar, limítate a uno de teléfono.

Me río entre dientes. —Entendido. Poste de la luz, malo. Poste de teléfono, bueno.

La limusina se detiene y miro hacia fuera. Hay una alfombra roja de las de verdad. A los lados de la alfombra roja se apelotonan los fans. Incluso desde dentro puedo oír el rugido de la multitud.

—A lo mejor no deberíamos entrar —propongo—. Tú no quieres ir. Yo tengo hambre. Vamos a un McDonald’s.

—Te llevaré a un McDonald’s después.

La puerta se abre y Tanner sale. Reúno todo mi valor. Ya está. Puedo hacerlo. Puedo actuar como si fuera glamurosa.

Él alarga la mano dentro del vehículo y yo la agarro. En cuanto salgo, me ciegan los flashes.

—Putos paparazzi —murmura Tanner antes de ponerme a salvo detrás de él.

Le doy unos golpecitos en el hombro. —¿No se supone que el objetivo de esta farsa es convencer a todo el mundo de que has cambiado?

—No voy a dejar que estos monstruos te ataquen.

Esas palabras calientan un rincón dentro de mí que no sabía que estaba frío. No necesito que nadie me proteja. No puedo confiar en que alguien me proteja sin que acabe tomando el control de mi vida. Pero, jo, es tentador.

—Soy mayorcita. Puedo con esto.

—La he cagado. Nunca debería haber aceptado esto. No he pensado en estos buitres.

Me vuelvo hacia él. —Está bien, Tanner.

Se le marca un músculo en la mandíbula. —No está bien. Debería protegerte. Es lo que hace una pareja.

—Y una pareja también deja que su pareja libre sus propias batallas.

Puede que seamos de mentira, pero esto es importante para mí. Una pareja no debería apropiarse de la vida de nadie. Ni siquiera «por su propio bien».

Él me estudia. —¿Segura? La limusina todavía no se ha ido. Podríamos estar en un McDonald’s comiendo patatas fritas calientes en diez minutos.

Me río. —Segura.

—Vale —asiente—. Pero solo tienes que decir la palabra y nos vamos. No pienso permitir que te acosen.

Tiene que dejar de ser tan perfecto, eso es lo que tiene que hacer. Porque quiero aceptar su oferta de volver a la limusina. Pero no iríamos a un restaurante de comida rápida. Saldríamos disparados al hotel, donde podría hacer con él todas mis maldades.

La idea tiene su atractivo. Una noche con Tanner y luego podemos volver a ser amigos y a nuestra relación falsa.