El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

ÚLTIMA HORA: TANNER LONG CON MICRÓFONO. EL FILTRO FALLA DE INMEDIATO Flirteo captado en la grabación

Tanner

—Gracias por venir —le beso la mejilla a Alaia.

—He venido, por supuesto. Dije que lo haría.

Sí, lo hizo. Pero después de nuestro beso el cuatro de julio, ha estado actuando de forma rara. Pensé que nuestro beso fue mejor que los fuegos artificiales, que fueron bastante impresionantes. Pero es obvio que Alaia no está de acuerdo.

A excepción de que se aferró a mí y participó plenamente. Su lengua batió en duelo con la mía y enroscó la pierna alrededor de mi cintura.

Si no fuera porque su padre se aclaró la garganta, la habría tirado al suelo y la habría desnudado antes de hundirme en su húmedo calor. Mi polla da un respingo.

Señalo con la cabeza su bloc de notas y su bolígrafo. —¿Y es una buena oportunidad para descubrir una historia?

Ella se encoge de hombros. —Si una historia me cae en el regazo, no voy a despreciarla.

—¿Y si soy yo el que cae en tu regazo? ¿Me despreciarás?

Su mirada me recorre. —Probablemente acabaría con las piernas rotas.

Le guiño un ojo. —Puedo aterrizar con suavidad.

Ella ríe entre dientes. —Tanner Long es muchas cosas, pero suave no es una de ellas.

Quiero demostrarle que puedo ser suave. Aunque no estoy del todo seguro de que sea posible cuando se trata de ella. Nos tocamos y la pasión estalla. La suavidad es lo último en lo que pienso. Mi polla se anima. Quiere que la inviten a esta fiesta.

—Ven —le cojo la mano—. Quiero que conozcas a mis amigos.

—¿A tus amigos que he visto en Bootlegger montones de veces?

Mis amigos me han seguido al bar en más de una ocasión. Dicen que se aseguran de que Alaia no se aproveche de la situación. Son un puñado de mentirosos entrometidos.

—Llamaremos a esto la presentación oficial.

Me tira de la mano. —No tenemos por qué hacer esto. Tus amigos saben que esto no es real.

Aprieto la mandíbula al recordar que nuestra relación es falsa. Menos mal que tengo una excusa. —Mi equipo de relaciones públicas está hoy aquí. Vamos a dar espectáculo.

La guío por el campo hacia los bancos donde mis amigos andan merodeando.

Señalo al running back. —Este es Gage.

—El hombre obsesionado con mi amiga, Addy.

Él sonríe. —Culpable.

—Nolan es nuestro quarterback.

—He oído que se te dan bien los touchdowns —le guiña un ojo ella.

—Y este es Brock. Es fullback.

—He conocido a tu hijo, Jace. Es un niño estupendo.

Brock gruñe en respuesta.

—El otro nombre de Brock es «señor Gruñón» —él me lanza una mirada fulminante, pero señalo a Corbin—. Y, por último, Corbin. Puede que lo recuerdes del día del cangrejo.

—¿Día del cangrejo? —pregunta Nolan—. ¿Qué demonios es el día del cangrejo? ¿Y por qué no me invitaron?

Alaia gime. —Es el día en que Floyd saltó de su camioneta para comprobar que el portón trasero estaba cerrado, pero olvidó que tenía la marcha metida. Eso hizo que la camioneta avanzara, chocara contra un poste de teléfono y derramara cangrejos vivos por todo el paseo marítimo.

Nolan parpadea sorprendido. —¿Había cangrejos vivos por todo el paseo marítimo?

Ella se lame los labios. —Y estaban deliciosos.

—Sanguinaria —Brock asiente—. Lo apruebo.

Alaia resuella. —Lo apruebas porque te sirvo cerveza cuando se supone que estás a dieta.

Me río. —Te ha pillado.

—¡Tanner Long! —grita Belinda y yo suelto un gruñido.

—¿Qué pasa? —pregunta Alaia.

—Belinda quiere que esté con micrófono durante el entrenamiento de hoy.

—¿Y por qué es eso un problema?

—Porque el entrenamiento es algo serio. Está convirtiendo mi trabajo en un truco publicitario.

Alaia me aprieta la mano. —No soy una experta, pero ¿no es normal que te pongan micrófono a veces para crear contenido para el equipo de redes sociales?

—Tienes razón. Estoy... —me callo. Admitir mis miedos no es fácil.

—Preocupado por tu futuro. Lo entiendo.

Mi mirada se encuentra con la suya. Sus ojos azul claro son sinceros. No hay engaño en ellos. Entiende que estoy preocupado. No me está castigando por ser un idiota. Está a mi lado, ayudándome.

Mi deseo por ella crece. He querido a Alaia desde el segundo en que puse los ojos en ella. Cada segundo desde entonces ha demostrado que mi primer instinto era correcto: merece la pena arriesgarse por esta mujer. Lástima que ella no crea que merezca la pena arriesgarse por mí.

—¡Tanner! —Me estremezco ante el chillido de Belinda.

—Será mejor que vaya.

—Ve —Alaia me empuja—. Estaré aquí mirando.

Asiento hacia su cuaderno. —Y tomando notas.

—Soy como soy.

Le beso la mejilla antes de ir trotando hacia Belinda.

—No digas nada que haga que nos multen —dice ella mientras me engancha la petaca del micrófono a la cinturilla del pantalón.

La miro con el ceño fruncido. —Define nada .

—Nada —repite tajante.

Alaia reprime una sonrisa mientras permanece a unos metros de distancia, cuaderno en mano. Le guiño un ojo y ella niega con la cabeza.

—Dale unos golpecitos —dice el cámara.

Suspiro y golpeo el micro. —Probando. Probando. Me tienen retenido contra mi voluntad.

Belinda se pellizca el puente de la nariz. —Podemos sacarte de esto.

Por mucho que quiera gritar «sácame», «sácame», no puedo. No puedo perder a mi mánager. Si lo pierdo a él, perderé mi carrera, ya que ningún otro agente querrá saber nada de mí. No puedo perder mi carrera. El fútbol lo es todo.

—No —murmuro—. Ya me he comprometido. ¿Hemos terminado aquí?

No espero respuesta antes de volver trotando hacia Alaia. —Hola.

Ella levanta su bolígrafo. —Estoy trabajando.

—Seguro que sí —mi mirada baja brevemente a su boca, una boca que sé que tiene un sabor salvaje y dulce a la vez—. ¿Tomas notas sobre lo impresionante que soy?

—Todavía no he visto nada impresionante.

Sonrío con suficiencia. —Dame cinco minutos.

—Recuerda —grita Belinda—, que llevas micrófono.

Le resto importancia con un gesto. —Sí, sí.

Suena el silbato. —¡A formar! —ladra el Coach Knox.

Corro hacia mi posición y giro los hombros. Se acabó el tiempo de juego. Es hora de concentrarse.

—Muy bien, Long —dice el Coach—. Intenta no pasarte todo este ejercicio flirteando.

Sonrío. —No prometo nada, Coach.

—Long...

—Es broma.

Me agacho en la línea. Inhalo profundamente y me concentro en el campo. El fútbol es lo único que tengo en la cabeza ahora mismo.

Cuando se produce el snap, salgo disparado hacia delante. A las cinco yardas, corto. A las diez, acelero. A las quince, rompo bruscamente. Un defensa intenta bloquearme. Le aparto la mano de un golpe.

—Quita las manos —murmuro.

Puedo sentir el balón en el aire. No miro atrás hasta el último segundo. Entonces, me giro, sigo la trayectoria del balón y lo atrapo en el aire como si siempre hubiera estado destinado a ser mío.

—¡Otra vez! —grita el Coach.

Le devuelvo el balón a Nolan. —Un poco más alto la próxima vez.

Nolan se burla. —Atrápalo primero antes de quejarte.

—Lo he atrapado.

—Por los pelos.

Sonrío. —Me quieres.

—Ejecutad la jugada —espeta Knox.

Reiniciamos y miro hacia la banda en busca de Alaia. No puedo quitarle los ojos de encima. Puedo imaginármela en la banda todos los días. La idea debería infundir miedo en un hombre lleno de problemas de confianza. Un hombre que no cree en las relaciones. Pero no es así.

—¿Estás anotando todo esto?

—Estoy decidiendo si vale la pena escribir sobre ello.

Me llevo la mano al pecho. —Me hieres.

—¡Concentración! —ruge el Coach.

Vuelvo a centrar mi atención en el campo. —Sí, Coach.

Hay otro snap. Elijo otra ruta. Y aumento mi velocidad. Salto y atrapo el balón con una sola mano. Ni siquiera pierdo el paso al aterrizar.

—Todavía estoy en forma.

Corbin pasa trotando a mi lado. —Estás hablando solo.

—Llevo micro. Tengo audiencia.

—Eres insufrible.

—Y aun así, hago que parezca bueno.

El Coach Knox toca el silbato. —Descanso para beber agua.

Salgo trotando del campo, agarro una botella de agua y me echo la mitad sobre la cabeza antes de dirigirme directamente hacia Alaia.

—Me has visto atrapar el balón, ¿verdad?

—Te he visto fardar.

—No es fardar si puedo hacerlo siempre.

—Esa es literalmente la definición de fardar.

Me acerco más. A ella se le corta la respiración.

—Cuidado —dice ella suavemente—. Todavía llevas el micro.

Miro hacia abajo. —... Es verdad. —Pero no retrocedo.

—Me mantendré recatado —bajo la voz—. Pero lo estoy pensando.

El Coach vuelve a tocar el silbato. —¡Al campo!

Empiezo a trotar hacia el campo antes de detenerme y volverme hacia Alaia. Bajo la voz. —¿Sigues pensando que no soy más que un payaso?

—Eres un payaso muy rápido .

—Me conformo con eso.

—¡Dios mío, esto es increíble! —susurra una de las asistentes de relaciones públicas detrás de nosotros.

Belinda gime. —Se supone que tiene que estar hablando de fútbol.

—¡Long! —espeta el Coach—. ¿Has terminado de flirtear?

No aparto la vista de Alaia. —Nunca —le susurro antes de alzar la voz—. ¡Ya voy, Coach!

Vuelvo trotando al campo y comienza el siguiente ejercicio. Me concentro en el terreno de juego, en el deporte que amo. En el deporte que me salvó de mi familia.

Me obligo a no mirar a la banda. No me hace falta. Sé que me está observando.

Alaia no lo sabe todavía, pero las cosas están cambiando entre nosotros.