El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

ÚLTIMA HORA: TANNER LONG SE TOMA EL FÚTBOL EN SERIO Sus compañeros cuestionan todo lo demás

Tanner

El silbato corta el húmedo aire de la mañana. El campo de entrenamiento ha empezado esta semana y el Coach Knox nos tiene bajo el calor haciendo ejercicios.

—¡Otra vez! —ladra el Coach Knox.

Clavo el pie en el césped artificial y salgo disparado de la línea. Esta vez no pienso. No bromeo. No hablo. Corro. Cinco yardas: recorte hacia dentro. Diez: acelero. Quince: rompo a la derecha.

El cornerback se me pega, pero ya sé dónde va a poner Nolan el balón. Siempre me guía fuera de los números cuando corro esta ruta.

No miro atrás. Todavía no. Tres zancadas más. Ahora. Giro la cabeza, sigo la trayectoria del balón por encima del hombro y alargo los brazos. La espiral cae perfectamente en mis manos. Lo aseguro, me lo pego al cuerpo y doy dos zancadas más antes de frenar.

—Mejor —dice el Coach. No me está felicitando. No todavía, al menos. Haré que me suelte algún elogio pronto.

Asiento una vez y vuelvo trotando a la línea. No es momento para sonrisas ni comentarios agudos. Esto es trabajo. El fútbol es un asunto serio, a pesar de lo que piense mi familia. No es solo un juego. O una distracción hasta que empiece mi carrera «real». Una carrera que ellos eligen por mí.

Nos recolocamos.

—Céntrate en tu release —murmura Nolan mientras me alineo junto a él.

—Siempre estoy centrado —le respondo automáticamente.

El quarterback me lanza una mirada. Está claro que no me cree. Frunzo el ceño. Me conoce mejor que eso. Llevamos varios años jugando en el mismo equipo. Sabe que voy en serio en el campo. Por mucho que bromee fuera de él.

—Estoy centrado.

—Menos charla —espeta el Coach—. ¡Otra vez!

Me agacho en la línea, con la vista al frente. El mundo se estrecha. Nada de Alaia. Nada de desastre de relaciones públicas. Sin cámaras. Solo el snap. Solo este momento en el campo. Solo el juego que amo.

El corner me presiona esta vez e intenta bloquearme en la línea. No va a pasar. Le aparto las manos de un golpe, pivoto y paso zumbando a su lado.

Tengo la velocidad necesaria. Ser rápido es mi trabajo. Es por lo que me pagan. Y es en lo que soy bueno. Es donde destaco. Es por lo que estoy aquí.

Devoro el espacio entre nosotros y el safety antes de iniciar mi ruta. El balón ya está en el aire. Bien. Corrijo a mitad de zancada, estiro los brazos cruzando el cuerpo y lo atrapo con una sola mano.

La defensa gime.

—Fantoche —murmura Corbin.

Le devuelvo el balón a Nolan. —Te encanta.

El Coach hace sonar el silbato. —Eso es lo que quiero ver. Precisión y sincronización. Otra vez.

Fijaos en que no me felicita. El Coach Knox no es muy de elogios. No hay problema. Ya me elogio yo solo.

—De nada, Coach Cha-Cha.

Casi puedo oír cómo le chirrían los dientes al usar su apodo. Lo odia. No es culpa mía que decidiera que sabía bailar chachachá en la boda de un compañero.

—¿Quieres correr círculos alrededor del campo?

¿Con este calor? Ya siento las piernas como si fueran gelatina. —¡Estoy bien, Coach!

—Entonces, alíneate.

Le hago un saludo militar antes de colocarme en la línea.

Repetimos el ejercicio durante otros veinte minutos. Rutas. Recortes. Manos. Otra vez. Otra vez. Otra vez. Para cuando el Coach por fin ordena un descanso para beber agua, mi camiseta está empapada y mis piernas parecen más de plomo que de gelatina.

El dolor, el calor... todo vale la pena. La única forma de mejorar es hacer ejercicios hasta que sienta que las piernas ya no pertenecen a mi cuerpo.

Y mejoraré. No me quedan muchos años de juego. Y quiero un anillo de la Super Bowl. Haré ejercicios hasta que no recuerde mi nombre. Pasaré de la cerveza y el moonshine, beberé agua y comeré col. Lo que sea necesario para alcanzar mi sueño.

Mis padres creen que soy un vago. Piensan que elegí el camino fácil. No tienen ni idea de lo duro que es el fútbol. De cuánto trabajo supone ser un deportista profesional. Creen que me gano la vida con un jueguito.

Aparto esos pensamientos mientras salgo del campo. El ambiente cambia en cuanto estamos de descanso.

Gage coge una botella de agua y se vierte la mitad sobre la cabeza. —Me muero.

Suelto un bufido. —¿Un poco dramático, no?

—Soy realista.

Brock se deja caer en el banco con un gruñido. —Comida.

—Acabas de comer —señala Corbin.

—El desayuno fue hace horas.

Sonrío mientras me recuesto en el banco. —El señor Gruñón se va a consumir antes de que empiece la temporada.

Brock me fulmina con la mirada. —Llámame señor Gruñón una sola vez más.

—Señor Gruñón.

Se lanza hacia mí. Me aparto de su alcance entre risas. —¡Tienes que ser más rápido que eso!

—Para ser un tipo grande, es veloz —dice Gage.

—Para ser un tipo pequeño, eres molesto —le suelta Brock.

Gage gruñe. Odia que le recuerden que es el más bajo de nosotros. Por mucho que nos recuerde que mide dos pulgadas por encima del metro ochenta, sigue sin ser alto en este grupo.

Cojo mi botella de agua y doy un sorbo mientras recorro el campo con la mirada. El Coach está hablando con los de la defensa. Excelente. No nos está prestando atención.

Ahora. ¿Qué puedo hacer para animar esto un poco? Miro el casco de Gage, que está en el banco a mi lado. Perfecto. Abro mi botella de agua, miro alrededor y, con total naturalidad, vierto un poco en la parte superior del interior de su casco antes de dejarlo exactamente donde estaba.

Brock me mira con severidad. —Deberías ser más sensato.

¿Qué tiene de divertido ser sensato? Me pongo un dedo en los labios. —Ssshh. Esto es un ejercicio de cohesión de equipo.

—No, no lo es.

—Ssshh.

El Coach Knox hace sonar su silbato. —Se acabó el descanso. ¡Vamos! ¡De vuelta al campo!

Gage agarra su casco y se lo encaja en la cabeza sin pensar. Hay una pausa y...

—¿Por qué está mojado?

Me muerdo el interior de la mejilla. Nolan se da la vuelta con los hombros sacudidos por la risa. Brock parece estar reconsiderando sus decisiones vitales.

Corbin estalla en carcajadas. —¿Ya has sudado tanto?

Gage se quita el casco de un tirón y mira el interior. —¿Me estáis vacilando?

Parpadeo con inocencia. —¿Por qué me miras a mí?

—Porque eres la única persona lo bastante estúpida como para echar agua en mi casco.

—Prefiero pensar en ello como... control climático.

—Estás muerto.

Arremete contra mí. Y yo salgo disparado por el campo. —¡Ha valido la pena! —grito por encima del hombro.

—¡Long! —ruge el Coach—. ¡Vuelve aquí!

Freno hasta trotar, con la sonrisa bien puesta, y vuelvo a la fila.

El Coach me fulmina con la mirada. —¿Crees que esto tiene gracia?

Me pongo firme y me borro la sonrisa de la cara. Las bromas están muy bien fuera del campo, pero cuando toca ponerse serio, me pongo serio. No importa lo que piensen los demás. No soy un payaso cuando estoy en el campo.

—No, Coach.

Me estudia un segundo antes de señalar con la barbilla. —Deja de reírte y repítelo.

—Sí, Coach.

Me alineo. Las bromas han desaparecido. El campo vuelve a estar enfocado. Balón. Ruta. Sincronización.

Todo lo demás puede esperar. Alaia y sus labios que me muero por probar. Belinda y cualquier maniobra de relaciones públicas que tenga planeada para mí a continuación. Sam y sus amenazas de dejarme. Mi familia y cómo me menosprecian a mí y a mis elecciones.

Nada de eso importa cuando estoy en el campo.