El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

ÚLTIMA HORA: TANNER LONG VISTO CON SU NOVIA EN UN EVENTO EN EL HOSPITAL ¿Estado de la relación confirmado?

Alaia

Hay mucha gente en el aparcamiento del hospital. Hay furgonetas de informativos aparcadas a lo loco por todas partes.

No son ellas las que me asustan. Lo que me da miedo es la multitud de gente que vitoreó y echó a correr hacia nuestro coche cuando llegamos. ¿Qué pensarán de mí? ¿Se creerán esta farsa?

Tanner me aprieta la mano. —No te preocupes. No dejaré que te pase nada.

—¿Que me pase nada? —trago saliva—. Yo estaba preocupada por cómo iban a reaccionar tus fans conmigo —la aburrida chica de un pueblo pequeño— como tu novia. ¿Debería preocuparme por si me van a despedazar?

—Podemos colarnos por la puerta de atrás si quieres.

Señalo a los fans, que se acercan al coche poco a poco. —No nos vamos a colar a ninguna parte.

—Si no quieres hacer esto, lo entiendo.

Tengo que dejar de ser una cobarde. He aceptado ayudarle a reparar su reputación, y no soy de las que se echan atrás una vez que han dado su palabra, haya fans gritando o no.

—Está bien. Pero si me abandonas, dejará de estarlo.

—Jamás abandonaría a mi novia. —Me guiña un ojo y mi corazón da un pequeño vuelco.

Se descuelga del coche. Le ordeno a mi cuerpo que se controle mientras espero a que rodee el coche para abrirme la puerta. Nada de acabar pillando un crush por mi novio falso.

Sin sentimientos reales. Eso es lo que acordamos. Y pienso ceñirme a nuestro acuerdo. Sé de sobra que no debo encariñarme con él. En cuanto me empiezo a preocupar por un hombre… ¡zas!, decide hacerse con el control de mi vida y de mis decisiones. A veces, incluso antes de que llegue a importarme.

Tanner se abre paso por la multitud con facilidad. No es grosero ni empuja. Se desliza entre la gente hasta que llega a mi puerta y la abre.

Se inclina hacia mí. —¿Seguro que quieres hacer esto?

—No. Pero lo vamos a hacer igual.

Sonríe y mi corazón decide que los vuelquecitos no bastan. Hace volteretas. Me encantaría verle sonreírme así cada día.

Falso. Esto es falso.

Y por un motivo. Tanner es un mujeriego. Y un payaso que se cree que la vida es un juego.

Le agarro la mano y él me ayuda a salir del asiento.

—¡Tanner!

—¡Tanner!

—¿Es esta tu novia?

—¿Quién es ella?

—¿De dónde ha salido?

—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?

—¿Se oyen campanas de boda en vuestro futuro?

Tanner ignora el aluvión de preguntas mientras nos conduce hacia el interior del hospital. Los paparazzi no nos siguen dentro. Uff. Se me caen los hombros mientras la tensión y la preocupación por ser escrutada se disuelven.

—Vaya. ¿Es siempre así?

—Qué va. —Me acompaña hasta el ascensor—. Normalmente estos eventos son muy discretos. No anuncio que voy a visitar a un pobre crío del hospital al que le gusta el fútbol. Me presento, le conozco y me voy antes de que la prensa se entere de nada.

Vaya. Yo esperaba que Tanner —que parece disfrutar de la atención de los fans y de la prensa— se encargase de que todo el mundo supiera cada uno de sus movimientos. Daba por hecho que publicaba su agenda en redes sociales.

Tengo que dejar de hacer suposiciones sobre este hombre. Existe la posibilidad —remota, pero posibilidad— de que haya algo más en él de lo que pensaba. Algo más que ser un payaso mujeriego.

—Entonces, ¿por qué hoy hay prensa?

—Puedes darle las gracias a Belinda, la gurú de las relaciones públicas que está intentando arruinarme la vida.

—Creo que está intentando ayudarte.

Suelta el aire. —Lo sé. —El ascensor emite un ding para indicar que hemos llegado a nuestra planta—. ¿Lista para esto?

La puerta se abre antes de que me dé tiempo a responder. Varios niños en sillas de ruedas nos esperan en el pasillo. Aplauden y vitorean cuando él sale del ascensor.

Tanner se arrodilla ante el primer chico. —Hola, soy Tanner. ¿Cómo te llamas?

Mientras el chico responde, Tanner le hace un gesto a un hombre que está junto al puesto de enfermería. El hombre aparece a su lado con una camiseta y un bolígrafo.

Siento curiosidad y me acerco al puesto de enfermería. Hay cajas llenas de camisetas, pósteres de los Seals, e imágenes de prensa de Tanner.

El hombre que le ha dado la camiseta a Tanner vuelve. Le tiendo la mano. —Hola. Soy Alaia.

—Soy Jason. —Ignora mi mano—. Y sé quién eres. Sé exactamente quién eres.

Ah, sabe que mi relación con Tanner es falsa. Debe trabajar para Belinda. Y no está impresionado.

—¿Cómo puedo ayudar?

—No hace falta que ayudes. Esto lo tengo controlado.

Alguien está de mal humor. Decido ignorarle. Obviamente no tiene muy buena opinión de mí.

Echo un vistazo a la zona mientras pienso cómo puedo ayudar. Los niños y niñas están ahora en fila, esperando a que Tanner llegue hasta ellos. Perfecto. Tengo una idea.

—Hola. —Me arrodillo delante del chico que va el siguiente en la fila—. Soy Alaia. ¿Cómo te llamas?

—Soy Nate. ¿Eres la novia de Tanner?

—Lo soy.

—Guau. Eres la chica más afortunada del mundo.

Le sonrío de oreja a oreja. —Lo soy.

No es una mentira completa. En este momento, en este lugar, me siento bastante afortunada. Echo un vistazo a Tanner, que está en una animada conversación con una niña. Acompaña sus palabras con las manos mientras habla. Él es la razón por la que me siento afortunada.

Prohibido tener sentimientos reales, me recuerdo antes de preguntarle al chico—. —¿Qué quieres que Tanner te firme? Puedo ofrecerte un póster, una foto o una camiseta.

Su naricilla se arruga. —No puedo permitirme una camiseta.

Le doy una palmadita en la mano. —Menos mal que no la vas a pagar tú. Ahora vuelvo.

Me levanto y vuelvo al puesto de enfermería, donde cojo una camiseta. Veo que el señor Lo Tengo Controlado ahora está flirteando con una enfermera e ignorando a Tanner. Mientras no me esté juzgando a mí, que haga lo que quiera.

Regreso a la fila. Tanner se pone de pie e intercepta mi camino antes de que pueda darle la camiseta a Nate. Me guía hacia el otro lado del pasillo.

—No hace falta que ayudes.

—¿Y qué voy a hacer? ¿Pasarme el día de pie, luciendo palmito?

Sus ojos se calientan. —Estás muy guapa con ese vestido.

Le doy un manotazo en el hombro. —Córtalo. Estás aquí para impresionar a los niños, no para enseñarles sobre s-e-x-o.

—Yo estoy totalmente a favor de enseñarles a los niños las cosas importantes de la vida.

Su mirada desciende a mi boca y chispas me explotan en el estómago. Quiero su boca en la mía. Quiero sentir sus labios. Saber a qué saben. A qué huelen.

—¡Bésala! —grita Nate, y los demás niños se le unen—. ¡Bésala! ¡Bésala!

—Solo besos si es estrictamente necesario —consigo recordarle a Tanner. Mi cuerpo se rebela ante mis palabras. Quiere que me olvide por completo de la estúpida regla de no besarse.

Me coge la barbilla con la mano. —No querríamos decepcionar a un montón de niños enfermos.

Se me corta la respiración. —Tienes un punto a tu favor.

—¡Ejem!

Tanner ignora el carraspeo de Jason mientras inclina la cabeza hacia mí. Me humedezco el labio inferior y él gime.

—¡EJEM!

Jason se apresura hacia nosotros. Le agarra del hombro a Tanner y lo tira de mí.

—Se supone que estás limpiando tu imagen, no empeorándola —murmura.

—Es mi novia. Yo beso a mis novias.

—Los dos sabemos que ella no es tu novia.

Se me encoge el estómago. Buen recordatorio. Jason será un imbécil, pero no se equivoca. Esto es falso. Tengo que recordar que esto es falso antes de que entren en juego los sentimientos. No quiero tener sentimientos por Tanner ni por ningún hombre.

Tengo que mantener la vista en el premio. Necesito una idea para un artículo que pueda salvar the Gazette .

—No tienes ni puta idea de nada —farfulla Tanner antes de marcharse. Se arrodilla frente a Nate y yo corro hacia él con la camiseta.

—No te olvides de esto. —Le meto la tela en las manos a Tanner.

Nate se remueve en la silla de ruedas. —No puedo pagarla. Mis padres… eh… están preocupados por cómo van a pagar mis visitas al hospital. Les oigo discutir cuando se creen que estoy dormido.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Aspiro por la nariz y las contengo. Esto no va sobre mí. Va sobre Nate.

—No te preocupes. —Tanner echa un vistazo alrededor antes de inclinarse hacia Nate—. El equipo me da las camisetas gratis para promoción.

Una sonrisa ilumina la cara de Nate. —¿De verdad?

—Sí. Y yo te la regalo a ti. ¿Te la firmo?

—Sí, por favor.

Le paso un rotulador a Tanner y él firma la camiseta antes de entregársela a Nate, que la abraza contra el pecho. —Gracias.

—De nada. —Tanner entrecierra los ojos—. Eres fan de los Seals, ¿verdad?

—¡Los Seals son los mejores!

Tanner le revuelve el pelo. —Ha sido un placer conocerte, Nate.

Se pone de pie, pero no pasa al siguiente niño de la fila. Levanta un dedo antes de sacar el móvil del bolsillo. —Dame un segundo.

—¿Qué estás haciendo? Los niños están esperando.

—No tardaré nada.

Me asomo por encima de su hombro. Suelto un jadeo cuando leo el mensaje que está escribiendo. —¿Vas a pagar el tratamiento de Nate?

Se encoge de hombros. —Puedo permitírmelo. Sus padres, no.

—No le quites importancia a lo que haces. Es algo enorme. Les va a cambiar la vida.

—Bien. Nadie se merece tener problemas de dinero por estar enfermo.

—Ahora mismo podría besarte.

Él arquea las cejas de arriba abajo. —Yo no me quejaría.

Suelto una risita y le doy un golpe en el pecho. —Venga, vete. Tienes una fila de niños esperándote.

—Luego no digas que no me he ofrecido —canta mientras se aleja contoneándose.

Le observo mientras charla con el siguiente niño de la fila. Puede que haya algo más en Tanner que ser un payaso. Puede que sepa ponerse serio. Puede que el papel de payaso sea una farsa que interpreta para el resto del mundo.

Esto no es un buen descubrimiento. El Tanner mujeriego, el que está siempre metido en líos, es fácil de resistir. El Tanner serio, el que quiere ayudar a los niños enfermos, no.