Capítulo 8
ÚLTIMA HORA: TANNER LONG SE TOPA CON LA REALIDAD Mujer local no impresionada
Tanner
Aparco el coche delante del edificio de pisos de Alaia y frunzo el ceño. Esto no puede ser. Compruebo la dirección que me ha mandado por mensaje. Es la dirección correcta. ¿Qué hace Alaia viviendo en este agujero?
La puerta del edificio está calzada para que no se cierre, lo que me permite entrar directamente y subir las escaleras hasta su piso, en la segunda planta.
Llamo a la puerta y espero. Como no contesta, llamo otra vez.
Mierda. ¿Se ha arrepentido? ¿Pensará que es una idea estúpida? ¿Que no quiere ayudarme? ¿Qué voy a hacer si no quiere ayudarme?
—¡Alaia! —grito cuando llamo a la puerta por tercera vez—. Me da igual si te has arrepentido. No vas a esconderte de mí.
—¡Aguanta a tus piratas! —chilla ella antes de abrir la puerta de un tirón—. Llegas temprano. Esperaba que llegaras tarde.
Frunzo el ceño. —¿Por qué?
Ella pone los ojos en blanco. —No eres precisamente el señor Responsable.
Mi ceño se acentúa. —Soy responsable cuando se trata de mis obligaciones.
Me estudia un momento antes de asentir. —Perdona, no debería suponer nada. —Me recorre con la mirada—. ¡Piratas voladores! —murmura.
—¿Qué pasa?
—Vas en traje.
—Lo sé. Belinda, mi agente de relaciones públicas, insistió en que le enseñara el modelito por FaceTime. Llevaba una camiseta hawaiana y un pantalón corto. Pero por lo visto no me está permitido llevar nada que sugiera que alguna vez me he divertido en mi vida.
Ella suelta una risita. —Créeme. Los hombres con traje saben divertirse. Pregúntame alguna vez por las novelas de romance de multimillonarios.
—¿Lees romance?
—No pongas esa cara de sorpresa. El romance es el género de ficción más grande que existe. Me niego a que me avergüencen por mis preferencias lectoras.
Levanto las manos. —Perdona. No intento avergonzarte. Me has sorprendido.
Entrecierra los ojos. —¿Qué tipo de libros pensabas que leía?
Meto las manos en los bolsillos y me balanceo sobre los talones mientras intento pensar en una forma de contestar sin cabrearla. —¿Mitología sobre sirenas?
Se ríe. —Las sirenas no forman parte de la mitología. La mitología es para criaturas que no son reales.
—¿Y las sirenas son reales?
Me agarra del brazo y me tira hacia dentro del piso. —Chist. No dejes que nadie te oiga hacer semejante pregunta tan tonta. Te van a prohibir la entrada en la isla. Pero no antes de zambullirte en el puerto por insultar a las sirenas.
—Prometo no volver a cuestionar si las sirenas son reales.
—Bien. Ya vas pillando la idea.
—¿Estás lista para irnos?
Se muerde el labio inferior. Cierro los puños antes de alargar la mano hacia ella. Yo quiero ser quien le muerda el labio. Saborear su boca. Inhalar su aroma.
Pero esto es de mentira. Alaia ha dejado perfectamente claro que no está interesada en mí.
—¿Qué pasa?
Hace un gesto hacia su vestido. —No estoy segura de ir vestida de forma apropiada. Me he tragado un maratón de vídeos de Taylor Swift en eventos benéficos. Pensaba que lo había clavado. Cercana, cómoda, pulida pero sin ostentación. Soy la hermana mayor amable y accesible.
—Lo has clavado. Tu vestido veraniego resulta cálido y cercano.
Y además está jodidamente sexy con él. La parte de arriba entallada realza sus tetas firmes, y el vestido corto destaca sus largas piernas. Unas piernas que quiero que se enrosquen alrededor de mí mientras me hundo dentro de ella. Mi polla se estremece. Está totalmente a favor de la idea.
Inhalo hondo y me controlo. Alaia no me desea, y yo no me impongo a mujeres a las que no les intereso. No es no.
Se balancea de un lado a otro. —¿Tú crees?
—Lo sé. —Le cojo la mano—. Vamos. Tenemos que ponernos en camino. Es un viaje de dos horas hasta el hospital.
Da una patadita al aire. —No pienso ir descalza.
No me había fijado en sus pies. Pero ahora no puedo dejar de fijarme en lo monos que son. Me froto la cara con una mano. Este no soy yo. Yo no me obsesiono con las mujeres. Me divierto, juego un poco y luego sigo mi camino. Antes de que pueda involucrarme y darme cuenta de que no son de fiar.
Por razones que no entiendo, no quiero seguir mi camino con Alaia. Quiero quedarme.
—Y tengo que terminar de maquillarme.
Suelto un suspiro y voy hacia su sofá. —Te espero.
—No tardo —me grita mientras sale corriendo hacia el pasillo.
—Sí, claro, que no tardas. —Conozco a las mujeres. Necesitan tiempo.
Mientras espero, observo su piso. No es lo que esperaba desde fuera. Es cálido y acogedor. Hay libros en todos los posibles huecos: en el suelo, en las mesitas, en la estantería. Y las paredes están decoradas con fotos de la playa.
En una pared hay varias fotos de personas. Me levanto para inspeccionarlas más de cerca. A juzgar por las dos mujeres idénticas, deben de ser fotos de su familia.
Alaia vuelve al salón como una ráfaga. Señala la foto de arriba. —Estos son mi madre y mi padre.
—Él me suena.
—Probablemente te suene. Dan Jackson. Es fotoperiodista y ha comentado las noticias un par de veces.
—¿Eres familia de Dan Jackson?
—Estoy bastante segura de que sí, teniendo en cuenta que fotografió mi nacimiento.
Me aparto, horrorizado. —¿Fotografió tu nacimiento?
—Sí. También fotografió el nacimiento de las gemelas. La pobre vagina de mi madre ha estado expuesta en museos de todo el mundo.
Me recorre un escalofrío y ella suelta una carcajada. —Exactamente así han reaccionado todos mis novios cuando se han enterado.
—Perdona, es que… —Dejo la frase en el aire antes de decir que la vagina de su madre es poco atractiva. No creo que hablar de vaginas sea un tema apropiado para una primera cita.
Coge un pañuelo del respaldo de una silla. —Estoy lista.
La acompaño fuera del piso, escaleras abajo y hasta mi coche, donde le abro la puerta del copiloto.
—Eres todo un caballero. Sorprendente. Debería meterme en una relación falsa con jugadores de NFL más a menudo.
Una oleada de celos inesperados me recorre y gruño. —Ninguna relación falsa con ningún tío mientras estemos liados.
Joder. ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué estoy haciendo? Yo no me pongo celoso.
Antes de que pueda decir que estaba bromeando, ella se cuadra y me hace un saludo militar. —¡Sí, señor!
—Listilla —murmuro mientras cierro su puerta.
—Tienes un piso muy majo —digo cuando ya vamos conduciendo.
Ella resopla. —¿Por qué suenas sorprendido?
—Es que el edificio no es precisamente… —Hago una pausa. No voy a decir que su piso es un agujero. Puedo pensarlo. Pero no voy a decirlo.
—¿No es precisamente qué? No hay nada malo en mi edificio.
Cortan la hierba todas las semanas. No hay malas hierbas en las grietas de la acera.
Todas las luces funcionan. Una vez se estropeó el ascensor y lo arreglaron en cuestión de horas.
Viene una limpiadora y friega las escaleras y los pasillos una vez a la semana.
Hay seguridad para entrar y salir. ¿Qué le pasa exactamente?
Me encojo. —No me había dado cuenta.
—¿No te habías dado cuenta? —Cruza los brazos sobre el pecho y me fulmina con la mirada—. ¿Cómo que no te habías dado cuenta? ¿Cómo puedes pensar que el edificio es cualquier cosa que no sea un edificio pequeño y agradable de apartamentos?
Abro la boca, pero no me sale nada.
—Se me había olvidado.
—¿El qué? —pregunto. ¿Seguimos hablando del edificio?
—Que vienes de pasta.
Frunzo el ceño. —No vengo de pasta.
—Tus padres son médicos los dos. Y no médicos cualquiera. ¿No son neurocirujanos o algo igual de superraro?
Solo puedo asentir, porque nunca hablo de mis padres ni del resto de mi familia. Ni siquiera debería aplicarse la palabra familia a ellos.
Como Alaia no dice nada, le echo una ojeada. Me está estudiando. Aparto la vista antes de que tenga ocasión de descubrir la verdad.
Me da una palmadita en la mano. —Tranquilo. No tienes por qué hablar de ellos conmigo.
—¿Qué eres, una telépata?
—No. Pero sí que tengo experiencia entrevistando a gente. Toda tu cara se ha cerrado de golpe. No podría haber sido más obvio aunque llevaras un cartel luminoso en la frente que dijera «tema prohibido».
—¿No estás enfadada?
—¿Por qué iba a estar enfadada? No tienes por qué soltarme toda tu vida. Esto es de mentira, ¿recuerdas?
Se me hunde el estómago cada vez que dice que es de mentira. Pero me niego a plantearme por qué. Esto es de mentira. Yo no tengo relaciones de verdad.
—Nuestra amistad no es de mentira.
—Cierto. Es mi deber recordarte que a un amigo no se le dice que su piso es un agujero.
Me encojo. —No he usado la palabra agujero.
—Pero la estabas pensando —canta ella.
Señalo la consola. —A lo mejor deberías encender la radio y poner una emisora antes de que vuelva a meter la pata.
—Voy.
Se inclina hacia delante para trastear con la radio. Me invade el alivio. Estaba claramente molesta por mi comentario, pero no va a guardármelo. No como han hecho otras mujeres en el pasado.
Pero es que esta es Alaia. No es como las demás.
Y tampoco estamos saliendo de verdad. Yo no salgo con nadie. Pero creo que podría hacer una excepción con Alaia.