Capítulo 7
LA SIRENA SE VA DE LA LENGUA: ¿TANNER LONG FUERA DEL MERCADO? Las fuentes dicen que «es complicado»
Alaia
Doy golpecitos con el bolígrafo sobre la mesa de la biblioteca mientras reviso mis notas sobre el aumento de las inundaciones por las mareas. No quiero escribir un artículo apocalíptico sobre cómo las inundaciones están dañando las infraestructuras y las propiedades.
Quiero escribir un artículo informado que capte la atención de los lectores y les dé ganas de terminarlo. Y que salve la Gazette. Debería ser fácil. Qué risa.
Pero ¿cómo hago que el aumento de las inundaciones por las mareas resulte interesante?
¿Y si hablo de sirenas? ¿Acaso el aumento de las mareas amenaza los hábitats locales de las sirenas? Oh, ahí hay un titular: ¿Estamos ahogando a las sirenas? Pero espera. Las sirenas no pueden ahogarse, ¿verdad?
Si las sirenas no pueden ahogarse, ¿qué pasa si las inundaciones las obligan a acercarse a la costa? Un aumento de los avistamientos causará el caos y fomentará el turismo. ¿Están las mareas altas empujando a las sirenas a territorio humano?
Tacho mis notas. Esto es demasiado tonto. Divertido, pero tonto. Y ya no quiero escribir artículos tontos. Quiero ser una periodista seria.
¿Y si hablo de tesoros hundidos que reaparecen?
Esto podría ser divertido pero serio a la vez.
Las inundaciones podrían revelar antiguas rutas de contrabandistas y tesoros enterrados.
Los tesoros enterrados son un asunto serio.
Me pregunto si podré encontrar a alguien que me ayude con las leyendas de tesoros enterrados en Smuggler’s Hideaway.
Una taza de café aparece en la mesa, junto a mi mano.
Levanto la vista y descubro a Tanner de pie ante mí. —¿Qué haces aquí?
Él señala la taza con la cabeza. —Te traigo café.
—No le voy a decir que no a un café. Y menos si es una taza de Pirate’s Pastries. —Doy un sorbo al café y suelto un gemido cuando el sabor a avellana llega a mi lengua—. Qué rico. ¿Cómo sabías que la avellana es mi sabor favorito?
—Se lo pregunté a la dueña. Ella me lo dijo.
—¿Le has preguntado a Parker cuál es mi sabor de café favorito? —Gimo—. ¿No te das cuenta de lo rápido que corren los cotilleos en un pueblo pequeño de una isla pequeña? Todo Smuggler’s Hideaway pensará que estamos saliendo para la hora de la cena.
—Hablando de salir...
Levanto una mano. —Ni hablar. No vas a volver a pedirme una cita.
Sobre todo porque no puedo seguir rechazándolo. No cuando estoy mirando sus brillantes ojos verdes. Aunque sé lo mala idea que sería salir con él.
No tenemos nada en común. Yo soy una chica de pueblo. Él es un famoso jugador de fútbol profesional. Yo quiero una carrera seria. Él es un payaso total que no entiende el significado de la palabra serio. Una relación entre nosotros tiene escrito «desastre» por todas partes.
—Tengo una proposición.
Suelto una carcajada. Pero cuando los usuarios de la biblioteca me mandan callar con un siseo, me tapo la boca con la mano.
—No es el tipo de proposición que estás pensando —masculla él.
—Espera un momento. Ahora me he ofendido.
Él pone los ojos en blanco.
—En serio, ¿cuál es esa proposición?
Él recorre la sala con la mirada. Nadie se molesta en ocultar que nos están observando y escuchando. Esto es Smuggler’s Hideaway, después de todo.
—¿Podemos hablar en privado?
—¡La sala cinco está libre! —grita la bibliotecaria. Ya os he dicho que todo el mundo nos escucha.
Tanner se levanta y me ofrece la mano. —¿Vamos?
Quiero decir que no. Su proposición huele a problemas. Pero tengo curiosidad. Al fin y al cabo, por algo soy periodista.
Ignoro su mano y me levanto. —Vamos.
Lo guío por la biblioteca hasta las salas de estudio privadas. Abro la puerta de la sala cinco y le indico que entre antes de cerrar tras nosotros. Por si acaso, también bajo las persianas.
—Vaya. Esto está bien —dice mientras se acomoda en la butaca del rincón.
—La biblioteca es uno de nuestros orgullos en la isla —digo mientras me siento en la butaca de enfrente.
—Yo siempre he pensado en las bibliotecas como lugares aburridos con libros viejos que nadie lee.
Le frunzo el ceño. —¿No fuiste a la universidad? ¿No estudiaste nunca en la biblioteca?
Él arruga la nariz. —Qué va. La biblioteca no era mucho lo mío.
—¿En qué te especializaste?
—Kinesiología.
Abro mucho los ojos. —Estoy impresionada.
Él frunce el ceño. —¿Pensabas que era tonto?
—¿Sinceramente? —No espero a su respuesta—. Supuse que habías elegido alguna carrera fácil. Quizá Comunicación.
—La kinesiología era interesante, y hay varias carreras que puedo seguir cuando termine de jugar al fútbol. —Hace una pausa—. Suponiendo que pueda seguir jugando al fútbol unos años más —masculla.
—¿A qué te refieres? Tienes veintiocho años. Tu rendimiento no ha empezado a decaer. Puedes jugar fácilmente otros cuatro o cinco años.
Me mira parpadeando. —No sabía que supieras tanto de fútbol.
Siento que me arden las mejillas. Noto el calor, pero lo ignoro. No hay razón para llamar más la atención sobre esta situación embarazosa de lo que ya he hecho.
—Hice unas prácticas en una revista deportiva. Pensé que me contratarían después de las prácticas, pero...
Algún deportista bruto se quedó con el puesto. ¿Para qué me molesté en hacerme ilusiones? Debería haberlo sabido.
Los hombres eran condescendientes y pensaban que debían protegerme porque trabajaba en un «mundo de hombres».
He perdido la cuenta de las veces que no conseguí una entrevista con un atleta masculino porque era un playboy.
Siempre bajo el pretexto de que «es por tu propio bien».
Como si fuera una niña que no pudiera decidir qué le convenía.
—Ellos se lo pierden.
No quiero hablar de mis fracasos profesionales. Especialmente no con Tanner, que está en la cima de su carrera, ganando cifras de ocho dígitos al año mientras yo apenas me gano la vida con mis escritos. E incluso eso podría desaparecer pronto.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué crees que no jugarás mucho más tiempo? —Como no habla, lo presiono—: ¿Y qué es esa proposición que tienes para mí?
Se pasa una mano por el pelo. Bajo la mirada antes de quedarme embobada viendo cómo se le marcan los bíceps con el movimiento. No voy a salir con este hombre. No va a pasar. No importa cuánto quiera tocar esos músculos y sentir su piel.
—Tengo un problemilla.
Mi alarma de curiosidad está sonando a todo volumen. Quiero acribillarlo a preguntas, pero sé que es mejor no hacerlo. Está nervioso y saldrá huyendo. Levanto una ceja y espero.
Tamborilea con los dedos en el reposabrazos. —Mi agente quiere que me enderece. Ha contratado a una empresa de relaciones públicas para ayudar a salvar mi reputación.
—¿Salvar tu reputación? —Frunzo el ceño antes de caer en la cuenta—. ¿Vuelves a estar en problemas?
Él pone mala cara. —No vamos a hablar de eso.
Levanto una mano. —Entendido. Por ahora. ¿Quién sabe qué deparará el futuro?
—Gracias. —Se aclara la garganta—. En fin, esta empresa de relaciones públicas quiere que participe en algunos eventos benéficos —visitas a hospitales y asistencia a algunos bailes, ese tipo de cosas—.
—Me cuesta entender qué tiene que ver esto conmigo. No soy precisamente el tipo de persona que asiste a bailes benéficos.
—Ellos... esto...
Mi paciencia se ha agotado. La curiosidad me está matando. —Suéltalo ya.
—Quieren que salga con una «chica buena» para ayudar a salvar mi reputación. Me han dado una lista de nombres.
Le tiendo la mano. —Dámela. Has venido al lugar adecuado. Soy excelente investigando. Tendré todo lo que necesites y quieras saber sobre esas mujeres en tus manos antes de la cena.
—No lo entiendes.
Mi nariz se arruga. —No voy a acosarlas. Ser mujer no me exime de ser procesada por acoso. Créeme.
Él sonríe. —Y ahí estás otra vez, demostrando que no eres aburrida.
Pongo los ojos en blanco. —Créeme. Acosar es aburrido. Las interminables horas de no hacer nada son mortales. ¿Y la falta de baños? —Me estremezco—. Me niego a llevar pañal.
Él suelta una risita. —Solo tú podrías hacerme reír después del día que llevo.
Siento un calorcito en el pecho y el estómago me da un vuelco. ¿Soy yo la que puede hacerlo reír?
Cuerpo, basta ya. Este hombre no me está declarando su amor eterno.
—Si no quieres que investigue a esas mujeres y no quieres que las acose, ¿qué quieres que haga? No voy a seducirlas.
—¡Por el amor de Dios! Tus sugerencias son cada vez más disparatadas cuanto más hablamos. Aburrida, mis narices. —Me sonríe e ignoro cómo eso me hace sentir toda blanda por dentro.
—¿Qué necesitas? Me he quedado sin sugerencias.
—Necesito que salgas conmigo.
—Tío, ya hemos pasado por esto. No voy a salir contigo.
—No saldríamos de verdad. Estaríamos fingiendo que salimos.
Abro mucho los ojos. —¿Quieres que sea tu novia falsa?
—Hasta final del verano. En cuanto empiece la temporada, separaremos nuestros caminos. No te preocupes. Diré que ha sido culpa mía.
—Vaya si lo será. Yo no soy una rompecorazones.
Él me recorre con la mirada. —Mentirosa.
A mi pesar, estoy intrigada. —¿Qué implicaría esta relación falsa?
—Asistirías a algunos eventos conmigo y fingirías ser mi novia. Fácil.
Salir con Tanner —sea de mentira o no— es una mala idea. El hombre es una tentación con patas. Pero tal vez, si salimos, pueda descubrir en qué lío se ha metido. Podría dar la primicia. Una historia sobre Tanner Long que nadie más conozca podría ser lo que salve la Gazette.
Siento ese hormigueo en el estómago que siempre me da cuando estoy a punto de conseguir una buena historia. Esta es una idea excelente.
—Tenemos que discutir las reglas básicas antes de seguir adelante.
Él frunce el ceño. —¿Reglas básicas?
—No aceptaré esto sin algunas normas.
—Bien. ¿Qué propones ahora?
Me toco la barbilla mientras considero la cuestión. —En primer lugar, esto es falso. No hay sentimientos reales de por medio.
Si hay sentimientos de por medio, perderé el control. Antes de que me dé cuenta, Tanner será quien me diga qué debo hacer por mi «propio bien».
—¿Puedes aceptar que no haya sentimientos reales?
Un destello de dolor cruza sus ojos, pero antes de que pueda preguntarle, parpadea y desaparece. Probablemente me lo he imaginado. No hay forma de que a Tanner Long le importe si desarrollo sentimientos por él.
—Vale.
—Nada de besos.
—Nadie se creerá que estamos saliendo si no nos besamos.
—Está bien. Besos solo si es estrictamente necesario.
Él asiente.
—Esto es solo hasta que termine el verano. Y no le cuentas la verdad a nadie. No quiero que nadie se ría de mí a mis espaldas.
—Mi agente y la empresa de relaciones públicas saben la verdad.
—Y no se lo dirás a nadie más.
Me tiende la mano. —Trato hecho.
Pongo mi mano en la suya y casi doy un salto al sentir el chispazo de electricidad. Esto no es real, me recuerdo a mí misma. Es un juego al que estamos jugando.
—Gracias, Alaia. No se me ocurre otra mujer con la que quiera tener una relación falsa.
—No me des las gracias todavía. Por lo que sabes, podría ser una novia horrible.
Él sonríe. —Qué va. Apuesto a que eres de esas novias fantásticas que les preparan batidos de proteínas a sus novios.
Le señalo con el dedo. —No voy a prepararte batidos.
Él se encoge de hombros. —Había que intentarlo.
—Tenemos un trato, chaval. No te pases de la raya o te echaré encima a mis malvadas hermanas gemelas.
Él se estremece. —Buen punto. Estaremos en contacto.
Se levanta y marcha hacia la puerta.
—¡Espera! No tienes mi número de teléfono.
Él sonríe con suficiencia. —Claro que sí.
—Smuggler’s Hideaway ataca de nuevo.
—Nunca lo diré. —Me guiña un ojo antes de irse.
En cuanto lo pierdo de vista, me desplomo en la silla. O estoy cometiendo el mayor error de mi vida, o esta es la oportunidad de mi vida. Supongo que lo descubriré pronto.