El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

ÚLTIMA HORA: PARTIDO EN LA PLAYA INTERRUMPIDO PORQUE LOS PROBLEMAS PERSIGUEN A TANNER LONG Sus compañeros de equipo se quedan desconcertados, pero no sorprendidos

Tanner

La arena se desplaza bajo mis pies mientras troto hacia atrás con las manos en alto. —Vamos, Nolan. Intenta no ponerte en evidencia.

Nolan me ignora, escrutando la playa como si intentara localizar a un receptor que no deja de esquivar la cobertura. Excepto que, en este caso, la cobertura es cierta empleada del complejo que sale huyendo en dirección opuesta cada vez que lo ve.

—Tierra llamando a quarterback —grito—. ¿Tienes pensado lanzar el balón o vas a escribirle primero una carta de amor?

Reacciona y lanza el balón en mi dirección. Va un poco desviado, pero ajusto el movimiento, giro a mitad de la zancada y lo atrapo limpiamente contra el pecho.

—¡Touchdown! —exclamo, aunque no estamos llevando la cuenta.

—Ni siquiera estamos jugando con downs —murmura Corbin, con las manos en las caderas.

—Se llama tener vibras —digo—. Búscalo.

—No se puede buscar «vibras» —refunfuña.

—No con esa actitud tuya.

Gage pasa trotando a mi lado. —Eres insufrible.

—Y, sin embargo, aquí estoy. Tu compañero de equipo favorito.

—Discutible.

—En realidad, no.

Brock no habla. Está de pie a diez yardas, mirando hacia el agua. ¿Ha olvidado que estamos en medio de un partido?

Sigo su línea de visión y sonrío. May está allí con una tabla de surf, enseñándole a su hijo Jace cómo mantener el equilibrio. No creo que a Brock le preocupe la seguridad de su hijo. Está mucho más interesado en la instructora de su hijo.

Bien. Brock no ha tenido una cita desde que la madre de Jace los abandonó a él y a su hijo. Le vendría bien un poco de felicidad en su vida. Pero eso no significa que no vaya a tomarle el pelo.

—Vaya, vaya —digo, dándole un codazo a Gage—. El señor Gruñón está enamorado.

Gage resopla. —Lleva diez minutos mirándola fijamente.

—¡Brock! —grito—. ¿Piensas unirte al partido o vas a escribirle un poema?

Gira la cabeza bruscamente hacia mí. —Cállate.

—Uy. Qué susceptible.

—Es la instructora de mi hijo.

Muevo las cejas con picardía. —Pero tú quieres más.

—No es asunto tuyo.

No estoy de acuerdo. Todo lo que hacen mis compañeros de equipo es asunto mío. Alguien tiene que enseñarles lo que significa la palabra «diversión».

Corbin da una palmada. —¿Jugamos o no?

—Sí, Coach —digo, saludándolo militarmente—. Intenta que no te dé un aneurisma.

Nolan lanza el balón hacia arriba y lo atrapa una y otra vez, pero sus ojos se desvían de nuevo. Esta vez escruta la playa detrás de nosotros. Grupos de turistas, familias, un par de mujeres tomando el sol...

Frunce el ceño.

—¿Has perdido algo? —pregunto.

No responde. Está demasiado ocupado fulminando con la mirada a una de las mujeres que toman el sol en un bikini minúsculo. Se le dilatan las fosas nasales. Esto va a ser divertido. Me alegro de haber decidido venir pronto a la isla para pasar tiempo con mis compañeros.

—Muy bien —dice Gage, dando una palmada—. Siguiente jugada.

—Por fin —murmuro—. Un poco de profesionalidad por aquí.

—Corre una ruta —dice Nolan.

—Vaya. Una estrategia innovadora.

Salgo corriendo de todos modos, esprintando por el tramo de arena compacta cerca de la orilla. La brisa me golpea la cara y el sonido de las olas rompiendo resuena en mis oídos. Esta es la parte buena. La parte en la que todo lo demás desaparece.

Giro a la izquierda, luego a la derecha, levantando arena tras de mí. Nolan lanza el balón. Un espiral perfecto. Salto y lo atrapo en el aire apenas un segundo antes de que Corbin arrolle contra mí.

—¡Demasiado lento! —grito al aterrizar, tropezando un poco antes de recuperar el equilibrio.

Corbin me fulmina con la mirada. —Uno de estos días voy a aplastarte.

Podría haberme aplastado ahora mismo si hubiera querido. Corbin me saca cinco centímetros y al menos veinticinco kilos.

—Primero tienes que pillarme.

—Eso se puede arreglar.

—Chicos —dice Gage—. Concentraos.

—Habló el indicado —le espeto—. Has estado mirando el móvil cada cinco segundos.

—No es cierto.

—Lo es.

Abre la boca para discutir, pero se detiene. —Cállate.

—Ah. —Finjo compasión—. ¿Tu cantante sigue ignorándote?

—Métete en tus asuntos.

—No puedo. Los tuyos son demasiado entretenidos.

—Lanza el balón —espeta Corbin.

—Alguien está de mal humor.

—Venga, dale.

Regreso trotando a mi posición, riendo entre dientes.

Nos alineamos de nuevo. Nolan marca la jugada y esta vez Gage tiene el balón, serpenteando entre nosotros como si no existiéramos. Es rápido. Curiosamente rápido.

—Presumido —grito.

—Mira el marcador —me responde.

—¡No tenemos marcador!

—Exacto.

Durante unos minutos, solo existe esto: correr rutas, lanzarnos puyas, arena en lugares de los que me arrepentiré más tarde. Sin entrenadores. Sin expectativas. Sin—

El móvil me vibra en el bolsillo. Lo ignoro.

—Otra vez —dice Nolan.

Nos recolocamos. Cuando se produce el snap, salgo corriendo—

Bzz. Bzz. Bzz.

Freno.

—¡Sigue corriendo! —grita Nolan.

Lo hago. Apenas giro a tiempo para ver cómo el balón pasa de largo por mis manos y aterriza en la arena.

—¿En serio? —espeta él.

—Lo siento —digo, distraído. El móvil vuelve a vibrar. Y otra vez. Lo saco y frunzo el ceño al mirar la pantalla. Sam me ha enviado varios mensajes y me ha llamado varias veces. Se me encoge el estómago. Esto no es bueno.

—¿Va todo bien? —pregunta Gage.

—Perfectamente —digo automáticamente.

El teléfono vibra de nuevo. Esta vez es un mensaje de texto. Tenemos que hablar. Ahora.

El pánico me invade y me quedo paralizado. Ya he hablado con Sam. Le prometí que me portaría bien. ¿Por qué me llama y me escribe mi agente? ¿Ha cambiado de opinión? ¿Ha terminado conmigo?

¿Es este el fin de mi carrera? ¿La carrera por la que le di la espalda a mi familia?

—¿Qué pasa? —pregunta Nolan.

Me guardo el móvil en el bolsillo y fuerzo una sonrisa. —Nada.

—No parece que no sea nada.

—No es nada —repito.

Brock se acerca trotando, mirándonos a los dos. —¿Jugamos o no?

Vacilo. El móvil vibra de nuevo.

No puedo ignorarlo. No si quiero conservar mi carrera. Y quiero. El fútbol americano lo es todo.

Exhalo lentamente. —Me largo.

—¿Qué? —dice Gage—. ¿Desde cuándo te rindes tú?

Aprieto los dientes. No soy un desertor. Pero necesito responder a esta llamada. Obviamente, mi agente está cabreado. No puedo dejar que me abandone. No estoy listo para despedirme de mi carrera.

—Desde ahora.

Corbin se cruza de brazos. —¿Esto es por el lío ese que crees que no conocemos?

Por supuesto que saben lo que ha pasado. Mis compañeros se meten en mis asuntos tanto como yo en los suyos. Así es como funciona una familia. O, al menos, supongo que funciona así. No tengo mucha experiencia, ya que los miembros de mi familia me ignoran. «Desaprueban» la carrera que he elegido.

Me encojo de hombros. —Seguid haciendo el tonto sin mí.

—Hacer el tonto es la única razón por la que estás aquí —murmura Nolan.

Me alejo hacia el camino que sale de la playa. —Intentad no echarme mucho de menos.

—No cuentes con ello —dice Gage.

Levanto una mano a modo de despedida y me giro, echando a trotar.

El móvil vibra de nuevo. Quiero ignorarlo, pero no puedo.

No puedo permitir que Sam me despida como cliente.

Teniendo en cuenta mi historial polémico, ningún otro agente querrá saber nada de mí.

Sin un agente, mi carrera está muerta y enterrada en la arena.

—Hola —saludo como si todo fuera de maravilla.

—Me he puesto en contacto con nuestra agencia de relaciones públicas para gestionar la tormenta de mierda que se te viene encima.

—¿Tormenta de mierda? Un poco exagerado, ¿no?

Gruñe. —Te paso con ellos ahora mismo. Más vale que escuches lo que tengan que decir o hemos terminado.

Aprieto los dientes. —Vale.

—Te paso.

—Soy Belinda. ¿Hablo con Tanner Long? —pregunta una mujer, con tono enérgico y profesional.

—Sí.

—Señor Long...

—Tanner.

—Señor Long. —¿He dicho enérgica y profesional? Quería decir estirada—. Nos han informado de su situación. Hemos diseñado un plan de acción para gestionarla.

—¿Un plan de acción?

—Obviamente, tiene que redimirse. —Continúa hablando como si yo no hubiera preguntado nada—. Como Sam no confía en que lo haga por su cuenta, tenemos un plan. He programado visitas a hospitales y galas benéficas. Personalmente, no creo que sea suficiente.

—¿Que no es suficiente? —El campo de entrenamiento empieza pronto. No es que me sobre el tiempo.

—Exacto. Mi idea, con la que Sam está de acuerdo, es que entable una relación con una mujer con antecedentes impecables. He preparado una lista de mujeres aceptables y se la he enviado por correo electrónico junto con las fechas de sus otras obligaciones. ¿Tiene alguna pregunta?

—Esto...

—Bien. Siga el plan y todo irá bien, señor Long. —Cuelga antes de que me dé tiempo a decidir si tengo alguna pregunta.

¿Quiere que salga con una mujer «aceptable»? Me da escalofríos pensar en las mujeres que ella consideraría aceptables.

No quiero salir con nadie. Yo no tengo relaciones. Si no me involucro, no hay posibilidad de traición.

Pero estoy dispuesto a hacer una excepción con Alaia. Ella dice que es aburrida. Nadie que escriba una columna de cotilleos mensual llamada The Siren’s Spill puede ser aburrida.

Un momento. ¿Y si convenzo a Alaia para que finja salir conmigo? ¿Para que me ayude a limpiar mi reputación?

Sonrío. Esta idea tiene posibilidades.