El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

ÚLTIMA HORA: SUS COMPAÑEROS DE EQUIPO CUESTIONAN LA MADUREZ DE TANNER LONG Las fuentes confirman: «Él empezó»

Tanner

No olvides nuestra charla.

Pórtate bien mientras estés en Smuggler’s Hideaway.

Nada de fiestas.

Nada de chicas.

Nada de beber.

Me guardo el móvil en el bolsillo. Estoy harto de Sam y de todas sus advertencias. Mi agente se comporta como si lo que hice estuviera mal. No estuvo mal. Quizá —solo quizá— no tuve el mejor juicio, ¿pero mal? Qué va.

¿Pero y si el mundo no está de acuerdo conmigo? ¿Y si el Coach Knox no puede salvar mi carrera esta vez? ¿Y si...?

Freno las preguntas desbocadas y obligo a esos pensamientos a salir de mi mente. Todo saldrá bien. Me he metido en líos en el pasado y todo se solucionó. Esta vez también pasará lo mismo.

Me pongo una sonrisa de compromiso antes de abrir la puerta del gimnasio del Hideaway Haven Resort.

Gage, Nolan, Brock y yo decidimos quedarnos aquí unas semanas antes de que empiece el campo de entrenamiento de The Seals en una universidad en el continente.

Corbin también está en la isla, pero ha encontrado un apartamento de alquiler porque, al parecer, somos demasiado «ruidosos» y «molestos» para aguantarnos las 24 horas del día.

Pensé que nos lo pasaríamos de muerte haciendo el tonto en el océano y frecuentando los bares. En lugar de eso, Nolan redactó un horario para que lo sigamos y asegurar que estemos en forma al inicio del campo de entrenamiento.

—¡Vuestro entretenimiento ha llegado!

Nolan me mira con el ceño fruncido. —Llegas tarde.

Pongo los ojos en blanco. Como quarterback de The Seals, Nolan se cree mi jefe. Nadie es mi jefe. Ni el Coach Knox, ni Nolan, y definitivamente ni mis padres.

—Tío, relájate. Estamos en temporada baja.

—El campo de entrenamiento empieza en unas semanas —gruñe Brock.

—Buenos días, Sr. Gruñón. ¿Cómo has dormido?

No estoy bromeando sobre lo de que Brock es un gruñón. El enorme fullback siempre está de mal humor y siempre tiene hambre. También es el tipo más grande del equipo, lo que, por desgracia, significa que hay un límite para lo mucho que puedo torearlo. Menos mal que soy rápido.

Brock me lanza una mirada asesina. —Llámame Sr. Gruñón una vez más.

Como es natural, accedo. —Sr. Gruñón.

Se le dilatan las fosas nasales mientras avanza hacia mí. Nolan se interpone en su camino. —Nada de peleas.

—No es pelear si lo tumbo de un solo golpe.

Parpadeo con inocencia y me llevo la mano al pecho. —¿Por qué quieres hacerme daño? Nunca te he hecho nada malo. Pensaba que éramos compañeros de equipo y amigos. Me estás rompiendo el corazón.

Nolan suspira. —Corta ya, Tanner, antes de que deje que te pegue.

—¿Por qué está todo el mundo tan violento esta mañana?

Gage se ríe entre dientes. —No estaban violentos hasta que has llegado tú a provocarles.

Hago una reverencia. —Gracias. Hago lo que puedo.

—Uno de estos días vas a cabrear a la persona equivocada y habrá consecuencias.

Se me encoge el corazón y noto opresión en el pecho. ¿Ha llegado ya mi hora de sufrir las consecuencias? ¿He ido demasiado lejos esta vez?

Aparto esos pensamientos. No hay nada que pueda hacer al respecto ahora, de todos modos. Le arqueo las cejas a Gage. —¿Del mismo modo que tú cabreaste a cierta cantante pelirroja?

A Gage se le caía la baba con una de las cantantes en el karaoke la otra noche. Fue a por ella, pero ella afirmó no saber quién era él antes de marcharse a toda prisa. Fue divertidísimo.

—Ni se te ocurra hablar de Addy.

Ah, la cantante tiene nombre. Y Gage ya está encandilado con ella. Quizá este verano sea divertido después de todo.

—¿Por qué no? ¿Te ha puesto una orden de silencio?

Él enarca una ceja. —Tú sabes mucho de órdenes de silencio, ¿verdad?

—¿Yo? —Finjo llevarme las manos al cuello como si llevara perlas—. ¿A qué te refieres?

—¿Tu representante no emitió una orden de silencio para que no hablaras de tu último patinazo?

—Qué va. La palabra «silencio» ni se mencionó.

—¿Vamos a entrenar o a cotillear toda la mañana? Si vamos a cotillear, tengo cosas que hacer —dice Corbin.

Corbin es un tight end del equipo y se toma muy en serio su carrera en el fútbol. Necesita relajarse. Desafortunadamente, «relajación» no es una palabra que figure en su vocabulario.

—Oh, perdón. Olvidaba que tienes que buscar otro apartamento ya que tu casera te odia.

Él gruñe. —Siena no me odia.

—¿No dijo que eres un gorila sobredimensionado que debería estar encerrado en un zoo bajo observación?

—He terminado de hablar de esto.

—Estoy con Corbin —dice Brock—. Si no vamos a entrenar, tengo sitios donde estar.

Me toco la barbilla. —¿Qué sitios serían esos? ¿Con May, la sexy instructora de surf?

—May es la instructora de mi hijo. Nada más.

—Pero desearías que hubiera algo más. Desearías poder pasar tanto tiempo con May como pasa tu hijo, Jace.

—No hay que fiarse de las mujeres —gruñe él.

Entiendo por qué lo dice, ya que la madre de Jace los abandonó a él y a Brock. Pero yo iría más allá. En general, no hay que fiarse de la gente. Especialmente de los familiares. Se supone que la familia te quiere... incondicionalmente. ¡Ja! Mi familia inventó la palabra «condicional».

Al menos mis fans me quieren. Mientras sea capaz de atrapar un balón de fútbol y marcar un touchdown, me quieren. ¿Pero seguirán ahí si el fútbol desaparece? ¿Y desaparecerá mi carrera futbolística si Sam me deja?

—Eh, vamos —dice Nolan—. No todas las mujeres son malas.

—¿Incluso si te rechazan cuando intentas ligar con ellas?

Me enseña los dientes. —Métete en tus asuntos.

—Pero no suelo tener la oportunidad de presenciar cómo una mujer rechaza a nuestro gran y temible quarterback.

Fue desternillante. Nolan se acercó contoneándose a una de las empleadas del resort, convencido de que cualquier petición que hiciera sería concedida. En lugar de eso, ella lo miró con desprecio antes de darse la vuelta.

Nolan suelta un silbido. —¡Basta de charla! Es hora de entrenar.

Brock se dirige hacia el banco de pesas que estaba usando cuando llegué, mientras yo camino con parsimonia hacia la cinta de correr. Espero a que no esté mirando para cambiar rápidamente sus pesas pesadas por unas más ligeras.

Gage se da cuenta, pero le guiño un ojo mientras me pongo un dedo en los labios para que guarde silencio. Él pone los ojos en blanco, pero no dice nada.

Trasteo con los controles de la cinta mientras observo cómo mi plan da sus frutos. Me muerdo el labio para no reírme. El Sr. Gruñón va a perder la cabeza.

Brock levanta la pesa y esta sale disparada hacia arriba. Frunce el ceño confundido, pero no se le ocurre comprobar los discos. Hace una serie de quince antes de volver a dejar la pesa en el soporte.

—Vaya. Ha ido mejor de lo que esperaba.

Grito desde el otro lado del gimnasio: —Se nota que te has estado esforzando.

Gage pone los ojos en blanco. —Tanner ha cambiado las pesas por unas más ligeras.

Nolan y Corbin se ríen por lo bajo, pero a mí no me hace ni pizca de gracia. —¡Chivato!

Gage se encoge de hombros. —Brock no podrá protegerme de los golpes si no está fuerte.

—¿Que no estoy fuerte? —gruñe Brock—. Ahora te voy a enseñar yo si estoy fuerte o no.

Se levanta de un salto del banco de pesas y corre hacia mí. Para ser un tipo tan grande, se mueve rápido. Pero yo soy más rápido.

—¿Quieres echar una carrera, Sr. Gruñón? ¡Acepto el reto! —Salgo disparado del gimnasio con él persiguiéndome.

Tengo que reducir la velocidad al llegar al pasillo porque hay varias mujeres amontonadas mirando al equipo a través de la pared de cristal del gimnasio. Una de las mujeres me recorre con la mirada. —¿Tanner Long? ¿Cómo es posible que seas aún más sexy en persona que en la televisión?

Sonrío con suficiencia. —Hago lo que puedo. ¿Y tú eres...?

Ella extiende la mano justo en el momento en que Brock grita: —¡Ya te tengo, Long!

—¡Uy! Me tengo que ir. Quizá te vea luego. —Le guiño el ojo a la mujer antes de salir corriendo.

Recorro el pasillo a toda velocidad, pero Brock deja de perseguirme. Qué pena. Me apetecía una buena carrera larga. Buena idea. Iré a correr por la playa. Nolan no podrá decir que no he entrenado.

El móvil me vibra en el bolsillo, pero lo ignoro. Estoy harto de escuchar a la gente decirme qué tengo que hacer o lo mucho que les decepciono.

Obligo a todos los pensamientos y preocupaciones sobre el futuro a salir de mi mente mientras aumento el ritmo hasta que esprinto por la playa a tal velocidad que no puedo pensar en nada más que en mantener la postura adecuada y la respiración.