El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

ÚLTIMA HORA: SOSPECHAN DE LAS GEMELAS EN OTRO INCIDENTE Fuentes aseguran: «Sin duda ha sido culpa suya»

Alaia

—¡Hola! —grito al entrar en casa de mis padres—. ¿Hay alguien?

Benny, el perro que mis hermanas insistieron en que mis padres adoptaran, corre hacia mí. Me arrodillo para acariciarle las orejas e inmediatamente se tumba boca arriba para ofrecerme la barriga.

—¿Cómo está mi chico, mi Benny? —murmuro mientras le doy un buen fregado.

—¡Estamos aquí! —gritan Beth y Anne al unísono y casi me caigo de culo por el susto.

Benny mira a las gemelas antes de ladrar y salir disparado. A él eso de que mis hermanas menores hablen al unísono le parece tan inquietante como a mí. Aprended de mi error: nunca veáis El resplandor con hermanas gemelas.

—Hola, Beth. Hola, Anne.

Anne frunce el ceño. —¿Por qué has dicho su nombre primero?

—Porque la última vez dije el tuyo primero.

Llevo la cuenta de a quién nombro primero. Suena a locura, pero es un pequeño esfuerzo para asegurarme de no despertarme con mis hermanas junto a mi cama vestidas de payaso y empuñando cuchillos. Antes me encantaban los payasos. Ahora tengo pesadillas en las que me cortan el pelo con un machete.

Beth sonríe. —Te lo dije.

Anne le saca la lengua a Beth. Y aquí vamos de nuevo. Si mis hermanas gemelas no se alían para meterse con alguien, se pelean entre ellas. Son famosas en la isla por sus batallas en el hospital donde ambas trabajan como enfermeras especializadas.

Tras el incidente de la cuña, el hospital cambió sus turnos para asegurarse de que Beth y Anne no vuelvan a trabajar juntas jamás. Mis hermanas presentaron una queja, pero es difícil ganar una discusión cuando el director del hospital acaba cubierto de orina. Al menos no hubo heces.

—¿Dónde están mamá y papá?

Ponen los ojos en blanco al unísono. —¿Dónde crees?

Como si los hubieran invocado, la puerta de la cocina se abre y mamá sale tropezando. Tiene el pelo hecho un desastre y los botones de la blusa mal abrochados. Papá la sigue con una sonrisa de oreja a oreja.

Suelto un quejido. No han cambiado nada desde que éramos niñas y crecíamos en esta casa. Probablemente debería ir a terapia, considerando la de veces que los he pillado en alguna posición comprometida. Hay una razón por la que no entro en una habitación sin llamar.

—Hola, chicas —saluda papá.

Cuando se acerca para abrazarme, doy un paso atrás. —¿Te has lavado las manos?

Suelta una carcajada antes de lanzarse a por mí. Me rodea con los brazos, me levanta en vilo y me balancea de un lado a otro. —Me alegro de verte, pequeña. ¿Cómo va el trabajo?

Arrugo la nariz. —Espero no tener que volver a escuchar a una sirena cantar I Will Survive nunca más.

Él frunce el ceño. —No me refiero a tu trabajo de camarera. Me refiero a tu trabajo de verdad.

Ay, ojalá ser periodista fuera mi trabajo de verdad. Ese que sirve para pagar el alquiler. Me encojo de hombros. —Bien.

—¿Hablaste con Mike? Esas ideas que tenías sobre la subida del nivel del mar eran interesantes.

Suspiro. —Y aun así a Mike no le interesaron —hago una mueca—. La cosa empeora. El Gazette podría cerrar.

Solo de decir las palabras se me acelera el corazón. ¿Qué voy a hacer si el único periódico de la isla cierra?

—Mierda —murmura—. ¿Por qué no hago unas cuantas llamadas? Todavía conservo muchos contactos en el sector.

El dolor me atraviesa al recordar cómo conseguí mi puesto en el Gazette . Quiero a mi padre, pero no quiero que tome las riendas de mi vida y mis decisiones... otra vez.

Me alejo de él. —No necesito tu ayuda. Saldré adelante por mi cuenta.

Él levanta las manos. —Vale, pero si alguna vez cambias de opinión, dímelo.

—No cambiaré de opinión.

No voy a usar los contactos de mi padre para conseguir un trabajo. No si puedo evitarlo. No le pedí que me consiguiera el puesto en el Gazette y no se lo pido ahora. Lo conseguiré yo sola.

—Alaia —me regaña mamá—. Tu padre es un fotoperiodista de renombre. Puede ayudarte a impulsar tu carrera. Es una tontería rechazar su ayuda.

¿Tontería? Pongo mala cara. No es una tontería querer valerse por una misma. No querer que te conozcan por ser la hija de Dan Jackson. No querer que me tachen de «nepo baby» que no pudo conseguir un trabajo sin la ayuda de su papi.

Papá pasa un brazo por los hombros de mamá. —Es su elección, Sally.

Me muerdo la lengua para no gruñir. ¿Mi elección? ¿En serio? ¿Igual que fue mi elección trabajar para el Smuggler’s Gazette ?

—¿Qué hay de comer? —preguntan Beth y Anne.

—Voy a encender la barbacoa —dice papá y se marcha. Pero no sin antes darle un beso sonoro a mamá.

—Tengo que terminar la ensalada de patata —murmura mamá antes de volver a la cocina.

—Bien. Ya se han ido —dice Beth.

—Hablemos de la estrategia —añade Anne.

—¿Estrategia para qué?

Ponen los ojos en blanco. —Es verano.

—Lo sé. Desde que ha empezado la temporada del Mermaid Karaoke .

Fuera del verano, la isla no recibe suficientes turistas para el karaoke.

Gracias a los piratas. Hay un límite de veces que una puede ayudar a una mujer a volverse a pegar conchas en las tetas antes de decidir que quemar el bar es lo mejor para la humanidad.

—Es hora de discutir la estrategia.

Suelto un suspiro y rezo por tener paciencia. Mis hermanas suelen tener conversaciones entre ellas sin hablar. Yo no formo parte de ese juego mental de gemelas. No tengo ni idea de qué están hablando la mayor parte del tiempo.

—¿Estrategia para qué?

—Para robar a Plank.

Se me abren los ojos de par en par. —¿Queréis robar a Plank?

Cada pueblo de la isla tiene una mascota viva. Smuggler’s Rest, donde yo vivo, tiene una nutria adorable llamada Viking. Rogue’s Landing tiene un mapache adicto a las nubes de azúcar llamado Rogue. Y Pirate’s Perch, el más pequeño de los pueblos, tiene un loro malhablado llamado Plank.

Además de que cada pueblo tiene una mascota viva, es tradición que los contrabandistas roben las mascotas en verano. No es tarea fácil, ya que la ubicación de las mascotas se mantiene en secreto.

—A Plank no lo han robado en años.

Plank es el más difícil de robar, ya que puede gritar tan fuerte como un contrabandista para contarle al mundo que lo están secuestrando.

—¿Sabéis dónde está?

La sonrisa de Beth es aterradora. —Yo sí.

—¡Chicas! ¿Podéis poner la mesa? —grita mamá.

—Hablaremos de esto luego —susurra Anne mientras se dirige a la cocina dando saltitos.

Como hace un día cálido y soleado, ponemos la mesa en el porche trasero mientras mamá termina su ensalada de patata y papá pone los perritos calientes y las hamburguesas en la parrilla.

—¡Los perritos están listos! —anuncia papá antes de poner un plato rebosante de salchichas sobre la mesa.

—Ay, ostras. Me he olvidado del kétchup. Mamá vuelve a la cocina.

—Voy a ayudarla. Papá sale corriendo tras ella.

Pongo los ojos en blanco. —Tardarán un rato.

Beth se frota las manos. —Bien. Podemos retomar nuestra discusión sobre la estrategia.

Levanto las manos. —No os voy a ayudar a robar a Plank.

—¿Por qué no? —se queja Anne.

—Pues quizá porque la última vez que os ayudé con una broma, se me quemaron las cejas.

—¡No fue culpa nuestra! —gritan al unísono.

Le arqueo una ceja, afortunadamente poblada de nuevo, a Beth. —¿No fue culpa vuestra que encendierais una cerilla mientras me echabais laca en la cara?

Ella se encoge de hombros. —Me distraje.

—¿Con qué? Si era plena noche.

Nunca debería haber aceptado ayudarlas a gastarle una broma a un compañero de clase.

Pensé que íbamos a llenarle la casa de papel higiénico o quizá a pegarle bolas de algodón en el coche.

Jamás en la vida me imaginé que querrían tirar cócteles molotov a su casita del árbol.

O que no tendrían ni idea de cómo hacer un cóctel molotov.

—Me pareció oír un coche de policía.

Me rindo. Hemos tenido esta discusión un millón de veces. No había ningún coche de policía ni ningún otro coche, para el caso. Estoy convencida de que mis hermanas me eligieron como blanco a propósito. Basta con que te niegues a encubrirlas una sola vez cuando se saltan el toque de queda.

—Tengo hambre. Quiero una hamburguesa —Anne se levanta y camina hacia la barbacoa.

Benny, que está sesteando en el patio cerca de la barbacoa, ladra cuando ella se acerca.

—Cállate ya, Benny. No fue culpa mía que se te llenara el pelo de abrojos.

A juzgar por su gruñido, no se lo cree.

—No seas bebé.

Oh, oh. Si hay una palabra que Benny odia, es «bebé». Se pone en pie de un salto y le lanza una dentellada a Anne. Ella abre los ojos de par en par, sorprendida, y levanta las manos bruscamente. Por desgracia, el perrito caliente que estaba en el plato que sostenía cae al suelo.

Benny se lanza sobre la comida. Rueda hasta debajo de la barbacoa, pero él está decidido. Mete el hocico debajo de la parrilla. Mueve la cola mientras se interna más y más.

La barbacoa se tambalea, ya que no hay sitio para que un perro de veintidós kilos quepa debajo.

—¡Sujetad la barbacoa! —grito mientras me levanto de un salto.

Anne intenta alcanzar la barbacoa, pero es demasiado tarde. Se vuelca contra el suelo. El carbón se desparrama sobre la hierba y el fuego estalla.

—¡Papá! —gritan Anne y Beth.

—¿Qué pasa? —grita él desde dentro.

—¡Fuego!

—¿Otra vez?

Aviso de aguafiestas: este no es el primer fuego provocado «accidentalmente» por las gemelas. Y probablemente no será el último.

Papá sale volando de la casa con la camisa desabrochada, empuñando un extintor. Rocía la hierba mientras Benny ladra y corre en círculos a su alrededor. Me imagino que el perro intenta explicar que no es culpa suya.

Beth me señala. —Ni se te ocurra escribir sobre este incendio en el periódico.

—Eso, hermana —añade Anne—. No vamos a volver a ir por el pueblo siendo conocidas otra vez como «esas pirómanas».

Me encojo de hombros. —Si hay fuego, hay noticia.

Pienso escribir totalmente sobre este incidente en el periódico. Y Benny no se llevará la culpa. Al fin y al cabo, mis hermanas todavía me deben mis cejas. ¡Tardaron seis meses en volver a crecer!

Y a los contrabandistas les encanta leer sobre las payasadas de las gemelas. Quizá el artículo ayude a vender más ejemplares del periódico. Quizá ayude a evitar que el Gazette cierre.