El juego que jugamos (Steel City Seals 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Tanner: un hombre que no tiene ningún deseo de que se le tome en serio

Tanner

Me dirijo a la mesa donde mis compañeros de equipo, Gage, Nolan, Brock y Corbin, están sentados con el coordinador ofensivo de los Seals, el Coach Knox.

Agito la botella hacia ellos. —Es moonshine. La camarera ha insistido en que lo probemos.

Brock resopla. —¿Insistido? ¿O te ha dado la botella para que dejaras de darle la brasa?

Finjo echarme el pelo hacia atrás por encima del hombro. —Estaba encandilada.

El Coach Knox suelta una carcajada. —¿Encandilada?

—Significa sentirse fuertemente atraído por alguien —muevo las cejas—. Normalmente por mí.

Nolan se ríe entre dientes. —Más bien atraída por tu dinero.

—No te pongas impertinente conmigo solo porque anoche te dieran calabazas.

Me mira con los ojos entrecerrados, pero antes de que tenga oportunidad de responder, las luces parpadean y la camarera salta al escenario. Me olvido por completo del quarterback y de su patética vida amorosa mientras la observo.

Antes me había parecido mona con su larga melena castaña y sus ojos azul claro.

Pero ahora que está subida al escenario, puedo recrearme en su cuerpo esbelto y largo.

Es alta, cosa que agradezco, ya que mido más de un metro noventa.

Y es delgada, con leves curvas. Se me hace la boca agua con sus pechos firmes.

Sus ojos azul claro, en los que desearía ahogarme, chispean. —¿Estáis listos para un poco de Mermaid Karaoke ?

La multitud vitorea.

—¡Chicas solteras! Es hora de ponerse las aletas y los brillos. ¿Podréis pescar a un contrabandista? Necesitaréis tener mucho talento. —Señala a la mujer que está a un lado del escenario—. Para empezar, nuestra propia nativa de Smuggler’s Hideaway, Addy.

Le entrega el micrófono a Addy y salta del escenario. Le hago una señal para que se acerque. —Esta es la camarera...

—Alaia —añade ella.

Le sonrío. —Alaia, ¿quieres tomarte un chupito con nosotros?

Se encoge de hombros antes de coger la botella de moonshine y servirnos unos chupitos. Levanta su vaso al aire. —Brindo por los traficantes de licor. Maestros de los tragos furtivos y los alijos secretos. Gracias por mantener viva la fiesta.

—¡Por los traficantes de licor! —gritamos nosotros.

Madre mía. Me arde la garganta por el moonshine. A duras penas consigo no toser como hace el resto del equipo.

Alaia se despide con la mano antes de marcharse. No voy a dejar que se escape tan fácilmente. Me levanto para seguirla.

Antes de alcanzarla, me suena el teléfono. Lo saco del bolsillo —con la intención de ignorar la llamada—, pero suelto un taco al leer la pantalla. Sam llamando.

Mierda. Mi agente no está nada contento conmigo. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Pedir el carné de identidad cada vez que me hago fotos desnudo con alguien?

—Sam, amigo —respondo al teléfono.

Él gruñe. —No me vengas con tonterías. Estás en un buen lío.

Suelto un suspiro. —Lo siento.

—No te he llamado para escuchar tus falsas disculpas. —Hago una mueca. Mis disculpas no son falsas... normalmente.

—¿Por qué has llamado entonces?

—Para advertirte.

El corazón me late con fuerza en el pecho. ¿Ha llegado el momento? ¿No ha sido capaz de ocultar la noticia a la prensa? Me prometió que podría hacerlo al menos durante unos meses. ¿Se me ha acabado el tiempo?

—¿Sobre qué?

—Si te metes en líos en esta isla, te dejo.

Trago saliva. —¿Me dejas?

—Dejaré de ser tu agente.

—Pero si has sido mi agente durante casi una década.

—Y estoy harto de todas tus gilipolleces. Paso más tiempo lidiando con tus escándalos que con los de todos mis otros clientes juntos.

También gana una burrada de dinero a mi costa, pero me mantengo callado. Recordarle cuánto gana trabajando para mí no va a ayudar en esta situación.

—Me portaré bien.

—Hablo en serio, Tanner. No quiero oír hablar de ninguna mujer descontenta, ni de que vas corriendo desnudo por el centro, ni de que robas el coche de alguien por diversión.

Frunzo el ceño. —Las mujeres nunca están descontentas conmigo.

—¡Tanner Long! Hablo en serio. No quiero ni un atisbo de escándalo, o se acabó nuestra relación profesional.

—¡A la orden, mi capitán!

—Bien —masculla y cuelga.

Me meto el móvil en el bolsillo y agacho la cabeza. Sam es un capullo insufrible que no duda en echarme broncas. Pero si deja de ser mi agente... si este escándalo estalla... podría suponer el fin de mi carrera. El fútbol es lo único en lo que destaco. Lo único que quiero hacer.

Me dirijo a la barra y encuentro un taburete vacío. Le hago una señal a Alaia.

Se planta frente a mí. —¿Qué va a ser, cielo?

Me obligo a sonreír con suficiencia. —Un chupito de moonshine.

Frunce el ceño mientras me observa. —¿Qué pasa?

—¿Qué podría pasar? Estoy sentado en un bar lleno de mujeres hermosas vestidas de sirenas.

—Y sin embargo, parece que alguien te haya matado al perro.

—No tengo perro.

Se cruza de brazos sobre el pecho. —¿Qué está pasando, Long?

—Oh, oh. Me has llamado por el apellido. La cosa debe de ser seria.

—Déjate de bromas. Dime qué te pasa.

—No me conoces.

Nadie me conoce. No al verdadero yo. —Todo el mundo piensa que me estoy divirtiendo todo el tiempo —murmuro—. Al cabo de un rato resulta agotador.

Alaia se acerca un poco más. —¿Qué es agotador?

—Nada.

—Venga ya. Soy tu camarera. Cualquier cosa que me digas está amparada por la confidencialidad camarera-cliente.

Me río. —¿Confidencialidad camarera-cliente?

—Sí. Es algo real.

Su compañero niega con la cabeza detrás de ella. —No la creas. Es la mayor cotilla de la isla.

Alaia se queda boquiabierta. —No es verdad.

Su compañero levanta una ceja. —Y tampoco escribes The Siren’s Spill . —Alaia lo fulmina con la mirada hasta que él levanta las manos y se aleja.

—¿Qué es The Siren’s Spill ?

Alaia pone los ojos en blanco. —Es una columna de cotilleos que escribo una vez al mes para la Smuggler’s Gazette .

Me echo hacia atrás. —¿Eres columnista de cotilleos?

Me mira con el ceño fruncido. —Soy una periodista seria.

—¿A la que da la casualidad de que escribe una columna de cotilleos cada mes?

Me lanza miradas asesinas. —A la que da la casualidad de que necesita el dinero de una columna de cotilleos para pagar el alquiler.

—¿Por qué no escribes artículos serios por dinero si eres una periodista seria?

—¿Por qué no atrapaste el pase del Quarterback Allen durante el partido de eliminatoria?

Levanto las manos. —Punto para ti.

—Bien. Porque odiaría tener que prohibirte la entrada durante el verano. No hay muchos sitios donde beber en la isla.

Me llevo una mano al corazón. —No te atreverías.

—Lo haría totalmente. A menos que me cuentes qué te pasa. ¿O vas a ahogar tus penas en alcohol?

Ojalá pudiera confesarme con ella. Contarle todas mis penas. No tengo a nadie en quien confiar. Pero a ella no le importa. Solo es una curiosa.

—Ahogar mis penas en alcohol.

Golpea la barra con una botella de moonshine frente a mí. —Te advierto. Con unos cuantos chupitos de esto, me estarás contando tus secretos en menos que canta un gallo.

—Acepto el desafío.

Nos sirve un chupito a cada uno y me entrega uno antes de levantar su vaso en el aire. —¡Por los contrabandistas, los traficantes de licor, los contrabandistas de ron y las sirenas que los amaron!

Chocamos los vasos antes de que me beba mi chupito de un trago. No debería ser posible, pero este quema más que el anterior.

—¿Qué demonios es esto? —balbuceo.

—Moonshine. —Me guiña un ojo.

—No tiene un sabor parecido a ningún moonshine que haya bebido antes.

—Ya no estás en Kansas, Tanner Long.

Señalo la sala llena de mujeres vestidas de sirenas. —Es evidente. Kansas no está obsesionada con las sirenas.

—Pobre Kansas —suspira ella—. No saben lo que se pierden.

Le tiendo mi vaso. —Llénalo, tabernera.

Me mira con los ojos entrecerrados. —¿Tabernera?

—Como en camarera de un bar. No como una sirvienta de bajo estatus o una mujer sexualmente promiscua.

Se queda con la boca abierta. —No sé qué me sorprende más: que conozcas la definición de tabernera o que entiendas la palabra promiscua.

Muevo las cejas. —Hay más en mí de lo que parece a simple vista.

Me recorre con la mirada. —Sí, lo hay.

—Ahora, ¿quieres darme tu número de teléfono?

Suelta una carcajada. —Eres un encantador, Tanner Long. Lástima para ti que llevo sirviendo copas en Mermaid Karaoke desde que tuve edad para tirar una cerveza. Aprendí muy rápido a calar a los mujeriegos. —Me señala—. Y tú, señor Wide Receiver, eres un mujeriego.

Me encojo de hombros. No puedo negarlo. No cuando ella conoce claramente la verdad sobre mí. —Podemos ser amigos.

Nos sirve nuevos chupitos y choca su vaso con el mío. —Amigos.

Sonrío. —Esto va a ser divertido.

—Tienes una forma muy extraña de pronunciar la palabra problemas.

—Sígueme y te enseñaré lo divertidos que pueden ser los problemas.

Pone los ojos en blanco antes de que un cliente grite su nombre y se marche apresuradamente. Me quedo mirando su trasero mientras se aleja contoneándose. Este verano promete.