El día de la desaparición #7
Al principio, estaba furioso consigo mismo.
Debería haberse abalanzado sobre él, haberle saltado al cuello, haberle destripado con sus propias manos.
Pero después reconoció que valía la pena ser mucho más preciso.
Debía vengarse de Jan por haberse llevado a Àlex; y de paso también de Carla por haberse llevado a Arthur.
Ambos le habían destrozado la vida. Dos veces.
Habían acabado con sus dos pilares. Con su felicidad.
Y ni siquiera eran conscientes de ello. Seguían dentro de aquella gran casa. Opulentos, tranquilos, felices.
Pero todo eso se acabaría.
A veces, es necesario actuar cuando la justicia se queda de brazos cruzados, se dijo.
A veces, uno debe ser el que imparte justicia.
Se habían terminado aquella arrogancia, aquella bonanza, aquellos excesos, aquella seguridad.
Haría que deseasen no haberse conocido nunca.
Haría que aquel pequeño paraíso que habían creado a partir de su sufrimiento se hiciese añicos desde el mismo centro. Desde la joya de la corona.
Valèria pagaría por los pecados de sus padres.
El primer golpe que hizo daño a Valèria llegó mientras contemplaba a las gallinas en el patio.
Marc no se lo pensó. Fue un impulso, un acto de pura rabia, de pura locura.
Y cuando vio la sangre, cuando vio cómo toda aquella belleza se evaporaba como por arte de magia, cuando vio que aquella niña empezaba a dudar por primera vez de aquel mundo que había creído acogedor y benigno, Marc sintió algo extraño, algo que no había sentido nunca: poder.
Por primera vez, desde que su padre le pegaba de pequeño, no era él quien tenía miedo, sino quien lo causaba.
Había iniciado una venganza a todos los niveles. Contra el universo. Una venganza contra todo el dolor que había soportado desde que había pisado aquel mundo.
Pronto empezó a colarse en la Era Vella colocado, cada noche, para agredir a Valèria mientras todos dormían. Era el nuevo juego de Peludo. El juego del silencio: «Cuanto más grites, más golpes recibirás», le decía. De esta forma, Marc se aseguraba de que la niña se esforzase por no hacer ruido.
—Las únicas palabras permitidas son las que digo yo —le susurraba a menudo, con arrogancia, cada vez que a la niña se le escapaba algún gemido.
Y así, poco a poco, la personalidad de una niña que había sido un tesoro empezó a oscurecerse de manera drástica por culpa del miedo que le causaba el hombre que se metía en su casa y la obligaba a hacer todo lo que quería.
La alegría que la caracterizaba se desvaneció y se convirtió en una niña triste, solitaria y terriblemente asustada.
Ante aquel cambio de actitud tan radical, sus padres empezaron a preguntarle qué le ocurría.
Pero Valèria no quería contárselo, sabía que Peludo podía estar escuchando detrás de la puerta en todo momento y no quería avivar aún más su ira.
Pero ellos seguían preguntándoselo y, en realidad, ella también estaba deseando contárselo todo, quería que todo aquello se acabase de una vez; de manera que no se le ocurrió otra cosa que responderles siguiendo las reglas del juego del silencio.
Y es que en su mente infantil se trataba de un juego real, con sus normas, sus castigos y sus premios. Y las normas eran muy claras. Peludo siempre se limitaba a dictar dos: «guarda silencio», por un lado, y, por otro, «las únicas palabras permitidas son las que digo yo».
De pronto, Valèria lo comprendió. Había un modo de comunicarse sin infringir ninguna norma, y era reproduciendo con exactitud lo que le decía Peludo, palabra por palabra.
Así pues, lo puso en práctica. Ante las súplicas reiteradas de sus padres para que dijese algo, Valèria empezó a contestarles con las únicas palabras que estaban permitidas:
—¿Por qué no llevas el maldito vestido? —le dijo a su padre cuando este le preguntó por los dibujos rayados—. Deja de llorar. Ponte el puñetero vestido blanco.
Valèria copiaba fielmente todo lo que Peludo le había dicho apenas unas horas antes, en el mismo tono, con la misma mirada; con el objetivo de que los adultos se diesen cuenta de todo lo que sucedía y, al mismo tiempo, evitar más golpes.
Pero, por desgracia, esa estrategia lo fue complicando todo aún más. Fueron pasando los días y ni Carla ni Jan la entendían, hasta el punto de que pensaron que tenía doble personalidad. Desesperada, Valèria intentó pedir ayuda a su maestra, en el coche, con el mismo método:
—Basta, ¿me oyes? Si no dejas de hacer el tonto de una vez, seré tu peor pesadilla.
—Valèria…, pero ¿qué dices? —le respondió Ilona, creyendo que le pedía que dejase de flirtear con Jan.
—Iré a medianoche, cuando todo el mundo duerma, y no tendrás dónde esconderte.
Fue así como, poco a poco, Marc empezó a destruir el pequeño oasis de Jan y Carla. Sus vidas comenzaron a resquebrajarse, y el miedo y el sufrimiento fueron consumiendo aquella casa.
Iban perdiendo todo aquello que él nunca recuperaría.
Y llegaron las preguntas sin respuesta. Las preguntas negras. ¿Qué está pasando? ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué nosotros?
En breve, Jan y Carla comenzaron a tomar medidas: la niña ya no dormía sola, sino con ellos.
Aunque a Marc le daba igual, pues a esas alturas se paseaba por la Era Vella con absoluta normalidad; podía colarse a media tarde y hacer lo que quisiese con Valèria a cualquier hora: mientras sus padres preparaban la cena, cuando tendían la ropa o cuando veían la tele. Era suya.
Marc estaba fuera de sí. Feliz. Incluso empezó a grabarlo todo con el móvil para poder verlo después, a todas horas, en su bungalow.
Porque no se limitaba a los golpes, el juego de Peludo también exploraba la violencia psicológica: la obligaba a ponerse el vestido que él quería, la torturaba haciendo que se bañase en agua helada…
El caos en las vidas de aquella familia era casi total. La venganza de Peludo iba cobrando cada vez más fuerza. Pero aún debía dar un paso más.
Un día Arthur se presentó en el bungalow de Marc con Carla. Al verla, Marc estuvo a punto de abalanzarse sobre ella. ¿Cómo se atrevía a pisar su casa?
Sin embargo, vio que estaba asustada. Decía que alguien agredía a su hija. Y, sorprendentemente, él no era el principal sospechoso.
—¿Quién es el Camello del Valle? —le preguntó Carla—. Necesito saber quién es urgentemente.
Marc se quedó descolocado unos segundos. ¿De verdad no sabía que era su marido? ¿Qué estaba pasando?
Fue entonces cuando se le ocurrió: «¿Y si Carla de verdad no sabe nada? ¿Y si el paraíso está más podrido de secretos de lo que realmente parece? ¿Y si Carla desconoce que convive con un traficante?».
Aquella era su oportunidad, la ocasión perfecta para hacerlo saltar todo por los aires. Comenzaba la destrucción final de aquella familia.
Primero decidió tomar precauciones: aunque supiese que eran pareja, delatar a un miembro de la Empresa comportaba sus riesgos, y no quería acabar asesinado como su hermano.
—Carla, no me hace ninguna gracia jugármela con este tío.
Si lo denuncias, no quiero que sepa que yo lo he delatado, ¿me entiendes?
Me juego la vida —dijo con sinceridad, ya que si las cosas se torcían quería tener las espaldas cubiertas, quería poder negarlo todo—.
Así pues, haremos una cosa: él no podrá verte en ningún momento, y tampoco hablarás con él.
Te esconderás en el bungalow y podrás verlo desde las ventanas, ¿de acuerdo?
Lo que hagas a partir de ahí ya es cosa tuya.
Unos días más tarde, citó a Carla por un lado y a Jan por el otro. Mientras esperaban a que llegase el Camello, Marc advirtió que Arthur miraba a Carla embelesado. Y enseguida se arrepintió. El inglés estaba absorto. Se le caía la baba.
—Entra ya —le ordenó Marc a Carla, muerto de celos.
Carla entró en el bungalow y entonces Marc se centró en Arthur. Deseaba que se la quitase de la cabeza de una vez por todas y no sabía cómo lograrlo. A la desesperada, empezó a sembrarle una sombra de duda.
—¿Te das cuenta de lo sospechoso que es todo esto? —le preguntó en un intento de corromperlo—. Primero esta tía pasa de ti durante años y luego, cuando la encuentras, lo primero que te pide es poder ver la cara de un dealer .
Arthur abrió los brazos.
—¡Ya te lo explicó ella, Marc! Este tío se cuela en su casa. ¡Encontró paquetes con la «E» de «Empresa» en el desván! ¿Qué más pruebas quieres?
Pero Marc no quería rendirse. Quería retener a Arthur entre sus brazos.
Le causaba un dolor insufrible verlo así de enamorado.
Y continuó haciendo que desconfiara de Carla hasta el último instante.
Aferrándose al único argumento que tenía coherencia en aquel momento, como un náufrago que se agarra al último trozo de madera de la embarcación.
—¿Y cómo sabemos que es verdad? ¿Eh? ¿Acaso has visto tú esos paquetes? ¿Cómo sabemos que en todo este tiempo no se ha hecho poli y que este bosque no está petado de agentes que esperan para actuar? ¿Cómo sabemos que no acabaremos en la cárcel nosotros dos también?
Finalmente, llegó Jan y consiguió que Carla lo viese todo. Con sus propios ojos. Vio que su matrimonio era una farsa. Que vivía una mentira. Que uno de sus pilares se hundía.
Lo único que chirriaba era que Arthur parecía más enamorado todavía de Carla. Marc desconocía qué demonios había pasado en el bungalow mientras él compraba la droga fuera, pero notaba que la llama se estaba reavivando por momentos.
Marc era consciente de que se le agotaba el tiempo. Y más si el matrimonio de Carla se tambaleaba, porque podía verse libre en un abrir y cerrar de ojos. Debía actuar rápido.
Faltaba la estocada final. La última prueba. La consagración de la venganza.
Marc sabía que faltaba el último golpe de efecto y tenía claro cuál debía ser: robar la cocaína de Jan y largarse con Arthur.
Convertido en millonario, tras arruinarlos para siempre, llevándose lo único que hacía grande a Carla.
Después de eso, estarían en paz. Sería como una indemnización.
El precio a pagar por tantos años de ofensas.
En ese momento, Marc ya había registrado la casa de arriba abajo y estaba seguro de que Jan no guardaba la droga allí. Así que empezó a seguirlo también de día, en coche, a pie. Se convirtió en su sombra allá donde fuese.
Al cabo de unos días, vio que se desviaba de su ruta habitual y que conducía hacia el norte del pueblo. Hacia el bosque. Lo siguió con sigilo y observó que se dirigía hasta el lado de un caminito y salía de allí con una bolsa llena.
Marc esperó a que el Camello se marchase y se acercó.
Pasó un buen rato revolviendo entre los arbustos, sacando tierra, levantando piedras.
Jan sabía lo que hacía, había creado un escondrijo prácticamente imposible de encontrar.
A nadie se le hubiera pasado por la cabeza buscar allí dentro. Era casi ilocalizable.
Casi.
Tras un rato excavando, sus dedos tocaron una plancha de hierro.
Fuera de sí, Marc la desenterró del todo y la levantó. Maravillado. Tenía delante una cantidad ingente de droga. Mucha más de la que esperaba.
Cogió los treinta kilos de cocaína y los cargó en el coche, sin acabar de creérselo. Era impresionante. Se había convertido en millonario. Por fin podría hacer realidad todos sus sueños, salir de la miseria. Se puso a dar saltos de alegría, gritando por aquel bosque.
Por primera vez, la vida le sonreía de verdad. Acababa de tocarle la lotería. Estaba tan contento, tan fuera de sí, que se moría de ganas de contárselo a alguien. De compartir aquella información. De fanfarronear por primera vez desde que había nacido con que era un ganador.
Hizo una foto a la caja y entró en el primer bar que vio, Can Pintor.
Fue allí donde se encontró con Ilona, una chica a la que le sonaba haber visto de fiesta, y se pusieron a charlar. Marc no podía contenerse, tenía que contarle lo que le consumía por dentro:
—¿Quieres saber una cosa? —Su voz llevaba impresa la huella del alcohol—. Le he robado toda la droga al Camello del Valle.
La maestra enarcó las cejas.
—¿Qué dices?
Marc se rio.
—Te lo juro. Llevaba días siguiéndolo y he acabado descubriendo su escondite.
En el bosque, todo el mundo seguía atónito por las palabras de Marc.
—Vosotros, la Empresa —continuó. Y se giró para mirar a toda la gente armada que lo rodeaba—. Vosotros sois los culpables. ¡Vosotros matasteis a mi hermano! ¡Le disparasteis, hijos de puta! —Luego señaló a Jan—. Y tú colaboraste con ellos.
—Jan no tuvo nada que ver —intervino Richy. Y, cambiando el tono, añadió—: Así que ¿era tu hermano? Sí, lo recuerdo, aquel segurata de mierda.
Marc reprimió un grito.
—Cómo te atreves —replicó, consumido por la rabia.
Jan contemplaba la escena horrorizado. Era como si aún pudiese ver aquel episodio en el puerto en que Richy había matado al vigilante para demostrarle a él lo duros que llegaban a ser en la Empresa.
—Pagó el precio que habría pagado cualquiera. —A Richy se le veía sereno, acostumbrado a aquella clase de tensión—. No creas que fue nada especial. Nadie le dio ninguna importancia.
Marc dio un paso al frente, hacia él, furioso, y de inmediato todos los miembros de la Empresa empuñaron sus armas y lo apuntaron con ellas.
—Calma —les ordenó Richy. Miró a Marc y añadió—: ¿Qué queréis que haga este marica?
—Acto seguido avanzó hacia él, mirándolo de hito en hito, a pocos centímetros de su cara, y le dijo—: Me acuerdo perfectamente de él.
Tu hermano apareció con ganas de salvar el mundo.
Quería detenernos. Él solito. —Los miembros de la Empresa se rieron entonces por lo bajo—.
Pero ¿sabes qué? Que cuando me tuvo delante se cagó encima.
Igual que tú ahora. Cuando saqué el arma se echó a llorar.
Por eso le disparé. Pum. Pum. Pum. Por cagón. Fue como aplastar a un puto insecto.
Marc dejó escapar un grito de dolor al tiempo que se llevaba la mano al bolsillo y sacaba un cuchillo con el mango de madera de nogal pulida. La hoja plateada brilló en medio del bosque justo antes de clavarse en pleno corazón de Richy, que dejó de latir al instante.
Los segundos siguientes fueron un cúmulo de fogonazos procedentes de todas las direcciones. Las balas de la Empresa retumbaban con furia, silbando, y se hundían en el cuerpo de Marc con impactos graves y secos que se lo llevaban para siempre de este mundo.
Después, el silencio cayó sobre el bosque como un gran bloque de granito, como si hasta la misma naturaleza hubiese decidido contener la respiración.