El juego del silencio El día de la desaparición #6
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El día de la desaparición #6

Al día siguiente, Marc volvió a la Era Vella con la intención de investigar a fondo la personalidad de Carla: quería revolver entre sus cosas, ver su ropa, encontrarle defectos.

Se dirigió a la casa y advirtió, con sorpresa, que en esa ocasión le resultaría más fácil entrar, porque estaba vacía. La familia había salido de excursión.

Abrió la misma ventana que la última vez y deslizó el cuerpo sin problema en el interior.

Luego subió la escalera y, una vez arriba, observó el estudio de Carla.

Vio que todo estaba impoluto, que los objetos mantenían un orden riguroso.

Leyó los documentos que había encima de la mesa, ojeó las estanterías, los libros.

Hasta que finalmente decidió dirigirse a su habitación, la que compartía con Jan.

Allí, abrió el armario y contempló su ropa.

Carla tenía prendas de calidad, ropa modesta pero elegante.

Entonces abrió el último cajón y descubrió un tanga negro, sensual, minúsculo, delicado, tremendamente sexy.

Se quedó mirándolo unos segundos, en silencio, hasta que una oleada de rabia le arrasó el estómago.

Enloqueció. Lo hizo jirones casi sin darse cuenta. Ni siquiera lo pensó. Como si aquel trozo de tela fuese un símbolo de todo lo que odiaba de Carla. Era una rabia irracional pero poderosa. Una rabia que procedía del miedo. Del miedo a perder a Arthur.

Luego, aprovechó para robarles algún embutido de la cocina y se fue.

Aquel día, Marc había tomado una decisión: no diría nada a Arthur. Carla le había transmitido un trasfondo superficial que no le había gustado en absoluto. No se merecía a Arthur.

Pasaron los días y Marc oyó que preparaban la plaza de Arcavell para la fiesta mayor y que más tarde la cosa se animaba. Tenía ganas de divertirse, ni siquiera pensaba en Carla. Así que se presentó allí.

Al llegar, cruzó la multitud que trabajaba y lo decoraba todo, admirando la música que sonaba, y de pronto la vio.

Pero entonces, contra todo pronóstico, Carla levantó la cabeza y también lo vio a él. Y, de hecho, se quedó mirándolo, asustada. Como si lo conociese. Marc corrió a esconderse entre la gente, sin entender nada.

Siguió espiándola, cada vez más extrañado, y vio que se movía, que atravesaba la plaza e iba a abrazar a un hombre.

Marc tuvo que contener un grito. Era él. El Camello del Valle.

Carla y el Camello estaban juntos.

Medio abrazados, la pareja se fue de la plaza y, de nuevo, Marc los siguió. Hasta la Era Vella.

Estaba fuera de sí. Carla y el Camello eran pareja.

No podía creérselo. ¿Qué hacía una mujer con tanta clase con un traficante?

Aquello no le cuadraba de ninguna manera.

Y entonces surgieron más dudas: ¿aquella casa la habían pagado con la droga?

¿Aquel ritmo de vida lo financiaban con dinero negro?

Toda la situación acabó dándole una gran, grandísima idea: si lograba demostrar que Carla era una farsante, una criminal, que todo su capital y toda su clase provenían de la droga, Arthur nunca volvería a mirarla igual. Arthur se asustaría, dejaría de idealizarla y sería suyo, para siempre.

Pero necesitaba alguna prueba, alguna evidencia de que todo aquello era una mentira, de que la persona a la que Arthur quería no era quien él pensaba.

Así que entró en la Era Vella por tercera vez.

Abrió la ventana que ya conocía y volvió a escurrirse dentro. Esta vez, se puso a buscar por todas partes algo que decantase la balanza a su favor, algo que cambiase la narrativa, que desmontase todo aquel teatro.

Y entonces se la encontró de cara.

A la niña pequeña.

La niña que jugaba delante de la chimenea.

De pie. Delante de él. Observándolo.

Marc se quedó muy quieto, conteniendo la respiración, intentando confundirse con la oscuridad. Pero la niña, que era el ser más bello que había visto nunca, no se puso a chillar ni a llorar, sino que le sonrió y le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

Marc se quedó paralizado. Era el primer niño que veía en mucho tiempo. Pero lo que más le sorprendió era que ella ni siquiera se había asustado. Ni siquiera era capaz de oler el peligro. Aquella familia vivía en una nube de algodón tan esponjosa que no sabía lo que era el miedo.

Y entonces Marc cayó en la cuenta de que él también había tenido aquellos ojos. Él también había tenido aquella mirada llena de inocencia.

Aquella mirada que un día le habían arrancado de cuajo, por la fuerza.

—Peludo —le respondió—. Me llamo Peludo.

Aquella noche, Marc salió de la Era Vella convertido en una persona nueva.

Había actuado de forma inteligente: se había ganado la confianza de Valèria para que no contase nada a sus padres. Había jugado un poco con ella, haciéndose pasar por su nuevo amigo, y se había ido.

Pero Marc había cambiado. Acababa de tomar una decisión.

Al cabo de unos días, Marc volvió a Arcavell y cogió el móvil.

—Te lo juro, Arthur, la he visto bailando. Incluso he pasado por su lado para asegurarme. Al principio ha puesto una cara rara al verme con tu jersey, creo que me ha confundido contigo.

Lo había hecho.

Había entregado a su amor. Había dejado a Arthur en los brazos de Carla. Pero había tomado una decisión. No sería a cambio de nada. No les saldría gratis.

A esas alturas, Marc había decidido que estaba harto de que el mundo se riese de él.

Estaba harto de que la vida lo tratase como a un despojo mientras los demás se enamoraban, hacían el amor y eran detestablemente felices.

Así que, a cambio de perder al amor de su vida, a cambio de perder el segundo pilar de su existencia después de Àlex, seguiría colándose en la Era Vella y viviría como ellos.

Exactamente como ellos. Ni más ni menos.

Con las mismas comodidades, con los mismos caprichos.

Les arrebataría todo aquel bienestar.

Y así fue como Peludo volvió a visitar a Valèria cada noche.

Marc se hacía pasar por su amigo, para que la niña no dijese nada.

Ella lo dibujaba y Marc rayaba su cara por si acaso, para que sus padres no pudiesen reconocer ninguno de los detalles que la niña añadía: el pelo largo, los ojos castaños…

Y entretanto aprovechaba para comerse sus provisiones, para tumbarse en su sofá mientras dormían, para ducharse cuando no estaban, para acicalarse, para ponerse su ropa y para tener la vida que nunca había tenido.

En lo que se refería a la comida, siempre era muy cauteloso; cogía pequeñas cantidades para que no se notase: un plátano, un trozo de queso, un vaso de vino, cuatro galletas…

A veces también lo metía en una bolsa de plástico y se llevaba algún bistec, o algún muslo de pollo, para comérselo después en el bungalow.

Llegó a pasarse días enteros allí, en la Era Vella.

Escondiéndose de aquella familia. Conociendo cada rincón, cada escondite, como si fuese su propia casa.

Jugaba con Valèria, se lo pasaban bien, le enseñaba a hacer trastadas, como tirar plásticos al corral de las gallinas, cosa que acabó con la muerte de tres de los animales.

Y, por su parte, Valèria reía y era feliz. Por fin tenía un amigo en aquel pueblo.

Desde el día que habían llegado a aquella casa, Valèria había oído ruidos extraños por las noches, ruidos fruto de su imaginación, causados por el miedo. Pero con la llegada de Peludo el temor se había acabado: siempre que oía algo sabía que era él, su nuevo mejor amigo.

Un día, Marc descubrió un doble fondo en la habitación de Valèria, detrás de la pared de madera, y empezó a utilizarlo para esconderse cuando llegaba alguien, y también como almacén; empezó a acumular allí toda la comida que robaba, así no tenía que bajar adrede a la cocina cuando tenía hambre o cuando los padres de la niña se paseaban por allí.

A Marc le encantaba sentir que había un lugar que era solo suyo, un pequeño espacio conquistado por él en aquella gran casa.

Estaba viviendo la mejor etapa de su vida. Nunca había ahorrado tanto. Nunca había comido tan bien. Nunca había olido mejor. Nunca había sido rico.

Hasta que hizo el descubrimiento.

Un día, los amigos que Marc había hecho en el valle dijeron que estaban organizando una rave y que necesitaban que alguien se encargase de la cocaína. Marc se ofreció enseguida. Se le había ocurrido una idea: se colaría en la Era Vella y se la robaría directamente al Camello del Valle.

Como si fuese su propia casa, entró y la buscó por todos los armarios, todas las habitaciones y todos los rincones de la casa que se le ocurrieron.

Pero, por más horas que se pasó buscando, no la encontró por ninguna parte.

Finalmente, y tirando la toalla, terminó saliendo de la Era Vella, volvió al camping y llamó al Camello, como había hecho las últimas veces.

Al cabo de unas horas, Jan se presentó en el camping y le ofreció un paquete. Marc lo cogió.

—¿Por qué todos llevan la letra «E» escrita? —le preguntó mientras lo examinaba con detenimiento, preguntándose dónde demonios los escondería.

La respuesta, sin embargo, estaba a punto de dejarlo en shock.

—Es la «E» de «Empresa» —dijo el Camello con una sonrisa—. Es mi banda. Por eso podemos ofrecerte estos precios, ¿sabes? Porque somos los mejores. Nos hemos comido a la competencia, tal cual.

Marc tuvo que reprimir un grito.

La Empresa. Había dicho «la Empresa».

De pronto, todo parecía dar vueltas a su alrededor. Apretó los dientes. Estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

Tenía delante a uno de los asesinos de su hermano.

Hacía años que no oía aquel nombre, pero enseguida volvió a experimentar una sensación que creía olvidada. Aquel sudor. Aquellas náuseas. Aquel odio incontrolable en su interior.

Se contuvo como pudo delante de Jan. Delante de aquella persona infame que había construido una vida de ensueño, una vida de lujo, a partir de su dolor. Le sonrió. Le pagó la droga. Le estrechó la mano. Y aguantó hasta que se hubo marchado. Luego, se dobló y vomitó.