El día de la desaparición #5
—Y tú… —continuó—, el padre protector. Has inundado este valle de droga.
Has destrozado la vida a cientos de jóvenes.
—Hizo una pausa para mirarlos a los dos a los ojos, al alma, y, centrándose en Carla, añadió—: ¿Y yo soy la escoria?
Pero ¿es que no lo veis? No hacéis más que alimentar este mundo injusto y cruel.
No sois más que los engranajes de este sistema asqueroso.
Se sacudió la ropa.
—¡Basta! —gritó Jan.
Pero Marc hizo caso omiso y continuó:
—Los culpables aquí sois vosotros, Jan y Carla, vosotros me habéis destrozado la vida.
—¿Nosotros? ¿Qué te hemos hecho? —saltó Jan.
Marc dejó escapar una leve carcajada.
—Ni siquiera sois conscientes, ¿verdad? Habéis construido un paraíso a mi costa.
Una vida plácida. Una vida feliz. Una vida perfecta gracias a mí, ¡y ni siquiera sois conscientes de ello!
—Tomó aire y con orgullo añadió—: Pero durante unos días yo he hecho que vuestro pequeño paraíso saltase por los aires.
Durante unos días he entrado en vuestra casa, os he contemplado mientras dormíais y he impartido justicia.
Nada más que eso. Jus-ti-cia. Ni más ni menos.
He hecho que os arrastréis por el fango como la mayoría de la gente de este mundo.
Yo os he convertido en personas terribles y maravillosamente imperfectas.
Veinte años antes
Barcelona
Marc tenía siete años cuando oyó hablar por primera vez de Peludo.
Era el personaje de un cuento que su padre le contaba antes de irse a la cama. Le hablaba de un ser malvado, un espíritu que vivía en las sombras de las casas, en los rincones, siempre atento, siempre expectante para salir y castigar a los niños que no se portaban bien.
Pese a que solo tenía siete años, Marc sabía que todo aquello no eran más que leyendas, que Peludo no existía de verdad.
Pero nada más lejos de la realidad.
Una noche Marc se despertó por culpa de una pesadilla. Estaba sudado y desorientado. Abrió los ojos y observó su habitación a oscuras durante unos cuantos minutos. Sentía miedo. Tenía ganas de salir de la cama e ir corriendo a encender la luz.
Pero entonces vio algo que se movía delante del armario. Marc se protegió con la manta, se cubrió hasta la nariz y, armándose de valor, se atrevió a murmurar:
—¿Quién anda ahí?
La silueta de la habitación no respondió.
Se quedó quieta durante unos segundos, parapetada en la oscuridad.
Marc la observó sabiendo que aquello estaba vivo, que no estaba solo.
Hasta que, poco a poco, la presencia empezó a moverse.
Se tambaleó hacia él. Marc cerró los ojos, sobrepasado por el miedo, oyendo cómo avanzaba, oyendo cada paso que daba, cada vez más cerca.
—Soy yo —dijo la voz de su padre—. Soy Peludo.
Las noches negras de Marc se sucedieron durante años.
Ni su madre, una alcohólica adicta a los antidepresivos, ni su hermano mayor, Àlex, tenían el valor ni la fuerza para intervenir. Cuando salía el sol, todos fingían que no habían oído los gritos de dolor que emergían de la habitación de Marc a lo largo de toda la noche.
El dolor se prolongó hasta que Àlex cumplió dieciocho años.
Aquel mismo día, al volver a casa, el hermano mayor fue a buscar a Marc y le dijo que hiciese la maleta, que se diese prisa. Había llegado el gran momento: se escapaban de casa.
Los dos hermanos huyeron para dejar atrás la etapa más oscura de sus vidas. Y lo lograron. No volvieron a saber nada de sus padres. Por fin, eran libres. Por fin, empezaban de cero.
Con los años, la relación entre ambos hermanos se estrechó como ninguna otra. Marc lo quería con todo su corazón. Nadie más era capaz de comprender todo lo que había llegado a sufrir. Eran inseparables. La única familia que tenían.
Y, durante un tiempo, la vida les sonrió con rotundidad.
Porque, además, Àlex había encontrado un trabajo increíble. Un trabajo bien pagado en un lugar precioso: delante del mar.
Se había convertido en vigilante de seguridad en el puerto marítimo de Barcelona. Se encargaba de controlar los accesos, hacer rondas de vigilancia por las noches, monitorizar las cámaras… Ganaba bastante dinero y los dos hermanos podían, por fin, empezar a vivir sin pasar hambre.
Hasta que un día la muerte lo arrasó todo.
La policía explicó a un Marc superado por los acontecimientos que Àlex había intentado enfrentarse solo a una banda criminal.
Estaban descargando cocaína de una lancha cuando Àlex los había pillado y había intentado reducirlos.
Los delincuentes no habían dudado ni un segundo a la hora de coserlo a tiros.
Cinco balas le atravesaron el corazón, el estómago y los pulmones.
Cuando llegó al hospital, los médicos no pudieron hacer nada por salvarlo.
Marc escuchó entre lágrimas todos los detalles del asesinato, compungido, sin pronunciar palabra, pero grabando cada detalle, prestando atención a todo lo que decían. Y memorizó para siempre el nombre de aquel grupo criminal: la Empresa.
A partir de entonces, Marc se abandonó a la noche y a las drogas.
Nada parecía poder sustituir el vacío dejado por la pérdida de la persona más importante de su vida.
Pero estaba equivocado. Una noche, a la salida de una discoteca, conoció a Arthur, un joven hippy cargado de sueños a quien habían roto el corazón hacía poco más de un año.
El duelo que compartían ayudó a Marc a salir adelante, a seguir creyendo en sí mismo, a resistir a pesar de todo. Y también, contra todo pronóstico, hizo que acabase enamorándose de aquel joven que se había compadecido de él.
Al cabo de unos años, después de que su amistad se hubiese consolidado con fuerza, apareció el reel de GreenEnergy y los dos se trasladaron al Pirineo para buscar a Carla. El amor platónico de Arthur.
Marc no tardó en hacer vida por la zona: acudía a raves , conocía a otros jóvenes e incluso acabó consiguiendo el contacto del Camello del Valle, el hombre que había transformado los Valles de Valira.
En cuestión de días, empezó a comprarle coca a Jan cada vez con más frecuencia.
Cuando llegaba el fin de semana, se reunía con Arthur y hablaban de los progresos de la búsqueda.
En aquel momento, Marc era feliz. Tenía una vida idílica. Le gustaban la tranquilidad de la montaña, el contacto con la naturaleza, hacer cosas con Arthur de vez en cuando y colocarse a bajo coste.
Hasta que un día la vio.
Era Carla, que caminaba por las calles de un pueblecito.
Marc se quedó estupefacto; después de tantos días, la había encontrado. La tenía delante. A escasos metros.
Con cierta incredulidad, la siguió. De lejos, escondiéndose detrás de las casas, detrás de los coches aparcados. Mirándola de arriba abajo con fascinación.
Se la veía elegante. Atractiva. Imponente.
Pero, de repente, se percató de que le daba rabia.
Era claramente mejor que él en todos los sentidos.
Y entonces Marc pensó que no quería contarle a Arthur que la había localizado.
No quería que se reencontrasen. No quería perderlo.
Porque estaba seguro de que nunca volvería a tener ojos para él.
Marc continuó siguiéndola, debatiéndose en su fuero interno, hasta que vio que Carla entraba en su casa.
Se quedó plantado delante de la Era Vella.
Era una casa magnífica. Permaneció allí un buen rato, admirando aquella construcción.
Para él, que venía de años de miseria, de luchar para tener un plato encima de la mesa, aquello era una mansión.
Una fortaleza. No se parecía en nada a su bungalow, ridículo y polvoriento.
Y le invadieron los celos.
Quería ser como Carla. Quería aquella casa. Quería aquella vida. Aquel confort, aquella comodidad. Quería que lo deseasen como la deseaban a ella.
Marc necesitaba más. Ver más. Tener más detalles de la persona que había enamorado a Arthur. Debía dar un paso más. Palpar su vida.
De modo que esperó a que anocheciera y, entonces, como una sombra, abrió una ventana y se coló en la casa.
De pronto se hallaba dentro de la Era Vella. Paseándose por el parquet. Contemplando la suerte que tenían algunos. Apreciando la desigualdad de aquel mundo.
Se puso a deambular por el pasillo, con sigilo, como un gato, despacio. Admiró los muebles, las habitaciones, el calor. Y constató que era una casa impresionante.
Permaneció dentro un par de horas, escondiéndose para que no lo viesen, disfrutando, abriendo puertas, inspeccionando los dormitorios, los baños, los estudios.
Pero, cuando quiso marcharse bajando por la escalera de caracol, descubrió que no podía: una niña pequeña jugaba delante de la chimenea con unas piezas de colores, orientada hacia la puerta. Si intentaba salir, lo vería.
Empezó a buscar salidas alternativas, pero en la cocina había gente. No podía hacer nada: estaba atrapado.
Con el corazón acelerado, se escondió en un espacio que encontró entre la escalera y el armario, y esperó unos minutos allí.
Hasta que vio un marco de fotos. Lo cogió y, como si fuese un frisbee , lo lanzó contra la ventana como elemento de distracción.
La niña se giró y Marc logró escapar corriendo, por la puerta, sin que nadie lo viese.
Se había librado por los pelos. Pero aquella no sería su última incursión en esa casa.
Al día siguiente, Marc estaba hecho un mar de dudas.
No quería contarle a Arthur que había encontrado a Carla.
Pero, por otro lado, le pesaba. Sabía que a Arthur le dolía no saber de ella.
Que deseaba a Carla con todo su corazón y que aquella búsqueda por el Pirineo estaba empezando a desgastarlo anímicamente.
Dividido, Marc pensó que le faltaba alguna prueba más. Quería asegurarse de que Carla valía la pena. Quería saber con certeza si de verdad se merecía a Arthur.
Y eso solo lo sabría si veía cómo era.