El juego del silencio El día de la desaparición #4
93%

El día de la desaparición #4

Los dos hippies se dieron la vuelta y vieron cuatro coches de alta gama que aparcaban en la explanada, al lado del resto de los vehículos. Del primero, un imponente Mercedes blanco, bajó un hombre visiblemente desbordado por la alegría.

—Vaya, vaya, vaya —dijo Richy, mientras se adentraba en el bosque y se les acercaba—. Los fugitivos. —Y acto seguido señaló al conductor—. Espero que Robert haya conducido sin problemas.

El supuesto taxista inclinó la cabeza de forma leve en señal de lealtad. Entretanto, Richy siguió caminando hasta plantarse delante de Marc y Arthur, con la gabardina de piel ondeando y mostrando todo su esplendor.

—Me han dicho que tenéis algo que nos pertenece, ¿no es así? —añadió y, a continuación, cambió el tono de burla por uno que helaba la sangre—. Ni os imagináis dónde acabáis de meteros.

Fue entonces cuando irrumpió el sonido de un quinto coche.

Marc y Arthur desviaron la mirada y, sin palabras, vieron cómo se apeaban Carla y Jan.

Se les acercaron, pero ellos no sonreían como Richy; tenían una expresión distinta en la cara, una expresión fúnebre, una cara sobrepasada por el único sentimiento que les devoraba por dentro sin descanso: el odio.

—Son estos dos, ¿verdad? —preguntó Richy, señalando a los rehenes.

Jan y Carla asintieron.

Estaban a punto de abrir la boca cuando se oyó una voz que anunciaba:

—Está toda. —Había hablado una chica que acababa de abrir la maleta que estaba guardada en el maletero del taxi—. Los treinta kilos.

—Perfecto —celebró Richy—. Ya solo nos queda ocuparnos de Peludo.

Fue entonces cuando Jan y Carla lo miraron. De hito en hito. Con la rabia ardiendo en sus ojos. Lo tenían delante. Por fin.

Horas antes

Arcavell

Aquella misma mañana, Jan y Carla pusieron en marcha el plan para proteger a Valèria de Richy.

Pensaron que la policía buscaría por todas partes menos dentro de casa, pues era el lugar menos esperado, en especial si ellos decían que ya lo habían registrado de arriba abajo.

De modo que pidieron a su hija que se escondiese en el espacio oculto existente entre la escalera de caracol y el armario.

A continuación, llamaron a la policía y escenificaron una verdadera farsa.

—Escuche —dijo Carla con voz trémula—. No encontramos a nuestra hija.

—¿Cómo? —preguntó el policía, con una tranquilidad exasperante—. ¿Cuándo la han visto por última vez?

En cuestión de horas, empezó a montarse un gran dispositivo en todo el pueblo. De vez en cuando Jan y Carla se acercaban al lugar en el que Valèria se encontraba escondida y le preguntaban si necesitaba algo.

—Lo estás haciendo genial —le decía Jan—. No hagas ruido y todo irá bien.

La niña, en medio de la oscuridad, cogía el peluche, lo único que le habían permitido quedarse, y lo abrazaba.

—Sigue así —le decía luego Carla, con dulzura, a pocos centímetros de la lámina de madera—. Solo te quedarás aquí hasta que dejen de buscarte; sigue como hasta ahora y no te pasará nada, cariño.

Mientras, al otro lado del pueblo, Ilona decidió salir de casa.

Se había pasado toda la noche sin dormir, preguntándose una y otra vez qué hacer con la información que había recibido hacía escasas horas.

Finalmente había decidido que debía ser fuerte.

Que debía contarlo. Por mucho que le gustase Jan, había unos límites, y aquello los sobrepasaba todos con creces.

Así que fue hasta la Era Vella.

—Lo sé todo —les contó a Jan y a Carla, casi sin aliento—. Sé quién ha sido. Sé quién hace daño a Valèria.

Los dos la hicieron pasar y le ofrecieron un vaso de agua. La maestra se sentó en una silla de la cocina. Estaba destrozada. Tomó aire y lo soltó todo.

El día anterior

Can Pintor

Marc e Ilona estaban sentados de lado, en la barra de Can Pintor, terminándose las bebidas. A su espalda, la dueña ponía las mesas para las comidas y el bar empezaba a llenarse con los primeros comensales.

—¿Y ahora qué coño vas a hacer con tanta coca?

—Pues no lo sé —reconoció Marc, que no podía ocultar la satisfacción que sentía por haber conseguido todo aquel material—. Supongo que salir por piernas, porque no creo que tarden mucho en buscarla.

—Estoy flipando —exclamó la maestra y, tras unos segundos intentando asimilarlo, le preguntó—: ¿Y cómo son?

Marc frunció el ceño.

—¿El qué?

—Treinta kilos —aclaró—. No me los puedo imaginar.

Marc rio y se sacó el móvil del bolsillo.

—Mira, tengo una foto.

Y buscó en la galería. Ilona inclinó la cabeza y clavó la vista en la pantalla, sin perderse nada de lo que aparecía en ella. Pero, en ese preciso instante, se quedó sin aire.

La galería de Marc estaba llena de fotos: algunas nocturnas, imágenes movidas, mal enfocadas, de días diferentes…, pero todas tenían un único elemento central: Valèria.

A Ilona se le puso la piel de gallina. Las escenas eran absolutamente estremecedoras.

—Mira, esta es la caja —indicó Marc cuando encontró la foto.

La maestra observó el móvil callada y asintió, hasta que fue capaz de articular la primera frase.

—Tengo que irme —soltó de forma abrupta, poniéndose en pie.

Sentía que el corazón le palpitaba en los oídos.

—¿Ya? —preguntó Marc, que no entendía aquel cambio de actitud.

El pánico la hacía temblar.

—Sí —balbució—. Es que tengo mucho trabajo pendiente del cole, no me acordaba.

—Espera, pero dame tu número —dijo él—. Quién sabe, ¡igual algún día hago una fiesta! ¡Esto hay que celebrarlo!

Ilona se lo dio, casi sin pensar, y, como pudo, pagó sus cervezas y se marchó corriendo del bar. Estaba aterrada. Acababa de conocer al agresor de Valèria, la persona de la que le había hablado Jan.

Se fue hacia casa muerta de miedo. No quería meterse en ningún problema. No quería que aquel hombre se enfadase con ella. Así que se pasó el resto del día encerrada en su habitación, intentando borrar de su mente todo lo que acababa de ver.

Al día siguiente, cuando la maestra acabó de contarlo todo, Jan y Carla se miraron. Por fin ponían rostro al mal.

Y entonces decidieron que el plan debía cambiar: Valèria seguiría escondida donde estaba, en el espacio oculto del comedor, pero sería la maestra quien se quedaría allí y se aseguraría en todo momento de que su hija estaba bien y de que nadie entraba en la Era Vella.

Mientras tanto, sus padres irían al bungalow a recuperar la caja.

Sintiendo que por primera vez eran ellos quienes iban un paso por delante, salieron de casa. Se subieron al coche y descendieron por la carretera de Arcavell, contemplando a los vecinos que buscaban a su hija. Fue entonces cuando los llamó Ilona.

—Acabo de recibir un mensaje de Marc —les contó—. Me ha dicho que se van a Inglaterra con la droga; me ha dicho que, si quiero, puedo irme con ellos.

—Mierda —soltó Carla—. ¿Y cuándo se van?

—Dicen que está a punto de recogerles un taxi.

Jan y Carla se pusieron a pensar. Se les estaba agotando el tiempo.

—Con todos los controles policiales que hay, no llegaremos —sentenció Jan—. Todo el valle está bloqueado. Pero quizá pueda ayudarnos la Empresa.

Fue entonces cuando Jan llamó a Richy y le describió la situación.

El dealer celebró la noticia, pero en ese momento el jefe de la Empresa también estaba parado en medio del atasco.

—Yo tampoco puedo llegar a tiempo. Aunque tengo un compañero en la zona, Robert. Él podría ir hacia allí, pero es solo uno, lo superarán en número.

—¿Y si se hace pasar por el conductor del taxi? —propuso Carla, acercándose al altavoz—. Que se suban a su coche y que los lleve a algún lugar, lejos de la policía.

—Buena idea —respondió Richy, que empezó a mirar las carreteras en el mapa.

Al cabo de un momento, exclamó—: Sí, podría funcionar.

Hay una carretera secundaria cerca del camping de la Seu que conduce a otro valle.

Podría decir a mis hombres que la cojan desde el otro extremo, a kilómetros de distancia.

Así evitarían todos los controles policiales que hay en esta zona.

Pueden esperarlos a medio camino. En mitad del bosque.

En el bosque, todos miraban a Marc con perplejidad.

—Tú —dijo Richy a uno de sus hombres—, cógele el móvil.

Un joven armado con una escopeta rompió el círculo que los rodeaba y empezó a registrarle los bolsillos. Cuando encontró el aparato, obligó a Marc a desbloquearlo y se lo entregó al jefe de la Empresa.

Richy, Jan y Carla miraron la galería cada vez más angustiados. Era incuestionable. Había decenas de fotos y vídeos en los que se veía con claridad a Marc apaleando a Valèria.

—¡Eres escoria! —chilló Carla, que se abalanzó sobre él sin pensárselo.

Los dos cayeron al suelo mientras ella le asestaba puñetazos por todas partes con ambas manos. Durante unos segundos solo se oyeron los gritos que profería Carla. Finalmente, Jan fue a separarla de Marc.

Sin dejar de llorar a lágrima viva, Carla se incorporó y escupió al chico.

La pareja se abrazó y permaneció en aquella posición hasta que Marc, desde el suelo, levantó la cabeza y los miró a todos. Se le veía sorprendentemente tranquilo. Firme, irreductible.

Entonces se pasó una mano por el pelo, retirándoselo de la cara, y dijo:

—No lo entendéis, ¿verdad? —Se incorporó con dificultad—. No entendéis nada de nada.

Arthur, a su lado, lo miraba atónito, incapaz de reconocerlo.

—Vuestras caras —murmuró Marc con una leve sonrisa—. Estáis tan convencidos de pertenecer al bando correcto… que casi dais lástima.

Y poco a poco consiguió ponerse en pie.

—Carla —dijo en un tono de una dulzura extraña y expresamente insolente, casi como si hablase con un niño—, has manipulado a Arthur todo lo que has querido, has jugado con él, le has roto el corazón una y otra vez.

Volvió la cabeza y centró la vista en Jan.