El juego del silencio El día de la desaparición #3
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El día de la desaparición #3

Los dos miraron el cañón del arma y se fijaron, con estupor, en que aquel hombre tenía los brazos extraordinariamente peludos.

En aquel momento, en Arcavell, Carla y Jan se subían a su coche.

Empezaron a recorrer las calles del pueblo y, al hacerlo, comprobaron la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Ponía la piel de gallina. Todos los vecinos habían salido de casa.

Todo el mundo. Desde los mayores hasta los más pequeños.

Desde los agricultores de las tierras bajas hasta la dueña de Can Pintor, o incluso ese grupo de hombres que nunca se movían del bar, todos estaban en la calle, peinando la zona.

—¿Adónde vais? —les preguntó una vecina.

Carla bajó la ventanilla y le respondió:

—Nos han dicho que tenemos que ir a la Seu, a presentar la denuncia ante el juez.

La mujer les deseó buena suerte y siguió buscando a Valèria.

Los dos estaban conmovidos; avanzaron con el coche contemplando la rabia y la impotencia y la sed de justicia.

Contemplando a un pueblo entero movilizado.

Toda la gente era necesaria, no faltaba nadie.

Todos aportaban lo que podían: las herramientas, los tractores o el conocimiento de cada hondonada, de cada montaña y de cada matorral.

Richy llevaba un buen rato dentro del vehículo, parado en medio del atasco, cada vez más enfadado. No dejaba de pensar en la cocaína que había perdido Jan. ¿Cómo había podido ser tan idiota como para guardarla en un agujero en el suelo?

En ese momento estaba tan furioso que pensó que los mataría a los tres. Empezaría por la hija, la mataría delante de sus padres. Luego a Carla y, finalmente, a Jan. Se había acabado. Nadie se reía de la Empresa.

Tocó el claxon por enésima vez.

—¡Venga! —bramó a los coches parados delante de él.

Tenía que llegar al pueblo como fuese y encontrar a aquella familia de ratas.

Pero entonces recibió la llamada. Era Jan. Richy descolgó y escuchó su voz con atención. El mensaje que le trasladó era claro y directo. Richy apretó los dientes. Debía pasar a la acción.

Con la adrenalina disparada en su interior, hizo la señal, y los cuatro vehículos de alta gama giraron en redondo y salieron de la cola para coger el carril de regreso a toda velocidad.

Ya los tenía.

Marc y Arthur se vieron sumidos en la oscuridad de la bolsa negra durante un buen rato.

Desorientados. Aterrados. Cada curva que tomaba el taxi acrecentaba su inquietud.

Por lo que habían oído, el taxi había continuado montaña arriba, ascendiendo por la ladera; luego había enfilado un camino sin asfaltar, traqueteando entre las piedras, de modo que en ese preciso instante debían de encontrarse en pleno corazón de los Pirineos, en un lugar completamente ilocalizable.

Tras unos minutos que se les hicieron eternos, el coche se detuvo y oyeron que se abrían las puertas.

Unas manos los agarraron de los brazos y los sacaron a empujones.

Sus pies tocaron un suelo blando, de hierba y ramas.

La humedad y el olor de la naturaleza alpina se filtraron por la bolsa negra, así como un viento frío y acusado que les entumeció el cuerpo.

No les cabía duda, se encontraban en medio de un bosque.

Después caminaron unos metros inmersos en una oscuridad absoluta, guiados por unas manos desconocidas que impactaban contra su espalda, empujándolos con malas formas, hasta que pronto percibieron voces a su alrededor, hombres y mujeres que hablaban cada vez más fuerte.

—Quitadles las bolsas —les oyeron decir.

Entonces se produjo una explosión de luz.

Lo primero que vieron fue a una multitud de personas armadas con escopetas que los rodeaban.

Después advirtieron que se encontraban en medio de un bosque profundo, lleno de árboles.

Y al instante comprendieron por qué los habían llevado allí: nadie oiría sus gritos ni el estruendo de las armas al disparar contra sus cuerpos.

Jan y Carla descendían por la carretera de Arcavell en completo silencio.

Todos los coches en sentido ascendente se hallaban parados, formando una cola interminable. Entraron en la carretera nacional, pero, antes de llegar a la Seu, se desviaron por otra salida. Hacia el norte.

Por dentro, les costaba contener la euforia.

El día anterior

La Seu d’Urgell

Jan volvió a la Era Vella pálido.

Acababa de bailar con la muerte. Había tenido la pistola de Richy tan cerca de la cabeza, observándolo como un ojo negro, que aún le parecía verla.

Entró en el comedor y se encontró a Carla. Por suerte, Valèria estaba arriba, en su habitación, y no lo vio en aquel estado.

Entonces se dejó caer en el sofá y se echó a llorar.

—Me han dado doce horas —dijo—. Si no encuentro la droga, vendrán y se llevarán a Valèria. —Y se cubrió la cara con las manos, sin dejar de sollozar.

Carla estaba horrorizada.

—Eso es terrible, Jan. Es terrible.

Se sentó a su lado.

Los dos tenían el alma por los suelos. Su familia se hallaba al límite del desastre. Nunca se habrían imaginado que llegarían a una situación tan extrema como aquella, y todo por culpa de sus silencios.

Permanecieron en aquella posición. Sin atreverse a tocarse, sin atreverse a mirarse. A su alrededor, hasta el comedor parecía juzgarlos: los muros de piedra, las vigas, los armarios de madera maciza, los candelabros, las astas de ciervo de la pared. Todo parecía escrutarlos con decepción.

Finalmente, Jan tomó aire.

—Hace apenas unos minutos, pensaba que iba a morir, Carla —le contó con la voz rota—, que Richy iba a dispararme.

Como a aquel vigilante del puerto. Lo he visto.

Lo he notado. Era exactamente la misma sensación que aquella vez…

—Bajó la vista y la clavó en el suelo—. El mismo miedo, el mismo mareo…

He sentido el dolor, el impacto de la bala y que todo se acababa para siempre.

Carla lo miraba consternada.

—Pero entonces —continuó— Richy ha bajado la pistola.

Se enjugó las lágrimas con los nudillos y dijo:

—Y en ese momento he mirado los árboles. He mirado a Richy, mi antiguo compañero de clase, mayor, con barba, convertido en un gángster. He visto mi vida, Carla. Te he visto a ti. He visto a Valèria. He visto los años caer por todas partes, caer sobre mí… Y lo he entendido.

La mirada de Carla también se ensombreció.

—He entendido por qué hemos hecho lo que hemos hecho. Por qué hemos callado, por qué hemos preferido vivir soportando esta culpa terrible; ocultando nuestros errores.

Carla cerró los puños y lo escuchó en silencio.

—Y he entendido que, en realidad, ninguno de los dos lo hizo con maldad; al contrario, lo hemos hecho para no hacer sufrir al otro.

No hablar de la enfermedad, ni de la paternidad de Valèria, ni de la Empresa…

Todo ha sido para evitar conversaciones incómodas, para evitar problemas, por no ser capaces de afrontar una discusión.

Y entonces Jan se armó de valor y dijo:

—Y he visto que podemos aprender de ello, estoy convencido —poco a poco le tendió la mano—, empezando hoy mismo.

—Ella miró primero su mano y después sus ojos, confundida—.

Podemos aprender a querernos. Porque no puedo perderos, Carla.

Hoy lo he visto. Sin ti y sin Valèria, nada tiene ningún sentido.

Sin vosotras… habría preferido que Richy apretara el gatillo.

Solo unos instantes después, Carla alzó los brazos y se fundieron en un largo abrazo. Reencontrándose. Reconociéndose.

Y, en aquel abrazo, los dos notaron que se encontraban en el principio de algo nuevo. Aquel abrazo era la forma más directa, más honesta, más sincera de decir «no te guardo rencor, te quiero y te he echado de menos».

Entonces, Carla apoyó la frente en el hombro de Jan y cerró los ojos unos segundos.

Por primera vez en mucho tiempo se sentía en paz.

Se sentía comprendida. Agradecida porque Jan hubiese entendido el motivo por el cual ella había actuado como lo había hecho.

Y allí, entre los dos, se instaló un silencio.

Pero un silencio distinto. Un silencio lleno de entendimiento. Lleno de memoria. Y lleno de futuro.

—Tenemos que hacer algo —dijo Carla al cabo de unos minutos, volviendo a la realidad—. Tenemos que proteger a Valèria como sea, tenemos que conseguir que Richy no pueda ponerle las manos encima.

—Sí —contestó Jan, centrándose—. Pero ¿cómo? No es posible acudir a la policía. Seguro que harán preguntas y no podemos explicarles que formo parte de una red de narcotraficantes. No podemos convertir esta casa en una fortaleza, así, como por arte de magia.

Carla resplandeció entonces. Y volvió a convertirse en la persona brillante de la cual se había enamorado Jan.

—Sí, sí que podemos —replicó de pronto—.

Hay una forma de hacer que la policía se ponga en alerta, que acordone todo el pueblo y que incluso los vecinos empiecen a vigilar todas las calles, a crear patrullas y a controlar a toda la gente que entra y sale de Arcavell sin ponerte en peligro.

—Lo miró y sonrió—. Hay una forma de evitar que la Empresa entre en el pueblo.

—¿Cómo?

—Simulando el secuestro de Valèria.

En el bosque, Arthur y Marc seguían inmóviles.

Tenían delante a una decena de personas armadas, que no dejaban de apuntarles, atentas a cualquier movimiento que pudiesen hacer. Detrás de ellos, a través de los árboles, se entreveía una explanada, en la que se hallaban aparcados todos los coches.

Resultaba evidente que el grupo que los rodeaba llevaba rato esperándolos.

Arthur los observó detenidamente. Permanecían tensos, impasibles, sin mover ni un músculo, sin hablar. Todo el mundo parecía sometido a una gran disciplina, casi militar, en alerta, a la espera de recibir órdenes.

El conductor que los había llevado hasta allí parecía capitanearlos a todos. Los observaba desde la distancia. Mudo. Calculando. Reflexionando.

Pasaron así un buen rato, hasta que, a su espalda, oyeron un rugido de motores.