El juego del silencio El día de la desaparición #2
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El día de la desaparición #2

—¿Seguro que no puedo ayudarte? Piensa que sé mucho de desgracias: el amor de mi vida me abandonó hace poco más de un año y no he vuelto a saber nada de ella. —Sonrió y le tendió la mano—. Me llamo Arthur.

El chico vaciló unos segundos y acabó estrechándosela.

—Marc.

—Dime, Marc, ¿a quién tenemos que ir a calentar?

Marc tragó saliva, dudando si contárselo o no.

—Mi hermano mayor, Àlex, murió hace dos semanas —soltó finalmente—. Y lo echo de menos… muchísimo…

Arthur suspiró, afectado por la respuesta.

—Joder, lo siento.

—Era como un padre para mí, era la única familia que tenía —continuó Marc—. No puedes ni imaginarte lo que se siente cuando pierdes a alguien tan importante.

Arthur reflexionó durante unos segundos, conmovido, y le dijo:

—A pesar de todo, no me parece peor noticia que haber probado los gin-tonics que sirven aquí.

Marc hizo como si no le hubiese oído.

—Venga, levanta —continuó Arthur con ganas de animarlo—, que te invito a una ronda en otro sitio.

Se pasaron toda la noche charlando y bebiendo, y acabaron conectando profundamente. Porque los dos necesitaban a alguien. Ambos atravesaban un momento muy similar, de duelo, en el que se habían visto obligados a decir adiós a un ser querido: Àlex y Carla.

—Cuando Àlex cumplió dieciocho años —le explicó Marc con los ojos empañados por las lágrimas—, los dos nos escapamos de casa.

Fue una locura, pero lo hicimos. Teníamos que hacerlo.

Abrimos la puerta y echamos a correr y a correr, y nunca volvimos a ver a nuestros padres.

—Tragó saliva y, con una leve sonrisa, nostálgica, añadió—: Vivimos en la calle unos cuantos años, aprendiendo a sobrevivir como podíamos.

Se lo debo todo a mi hermano mayor. Todo.

Arthur lo escuchaba con la boca abierta. Daba la impresión de haber vivido dos o tres vidas más que él.

Al final de la noche, Marc y Arthur quedaron en volver a verse. Se habían sentido comprendidos, por fin habían encontrado a alguien en quien apoyarse, alguien que entendía el vacío que sentían, aquella soledad inmensa.

Y poco a poco, con los días, surgió una gran amistad.

Arthur empezó a hablarle de Inglaterra, de su ciudad, del yoga; le enseñaba vídeos de astrología, del horóscopo…

Y Marc lo escuchaba siempre con una media sonrisa en los labios.

En secreto, pensaba que Arthur era un chico demasiado idealista, que estaba demasiado confundido, que era también demasiado inocente, al que le faltaba un punto de malicia; es decir, que le daba la sensación de que todo el mundo podía aprovecharse de él.

Aun así, le gustaba escucharlo.

Porque era consciente de que estar con Arthur, de alguna forma, lo ayudaba a ser mejor persona, a estar en paz con el mundo y consigo mismo; su bondad era contagiosa.

Hasta que un día se dio cuenta de que le gustaba estar con él más de lo que se habría imaginado nunca.

Se dio cuenta de que a su lado era feliz.

Y no solo eso. También se dio cuenta de que le gustaba la forma de su cuerpo, la línea de su mandíbula, el modo en que se ponía el jersey, su manera de caminar.

Se dio cuenta de cómo cambiaba su estado de ánimo cuando sabía que lo vería al final del día y de cómo se deprimía cuando algún imprevisto se interponía entre los dos.

Se dio cuenta, casi asustado, de que estaba enamorándose de él.

De un día para otro, Marc empezó a hacer cosas extrañas para que Arthur se fijase en él.

Se peinaba de la misma manera, utilizaba las mismas palabras.

Comenzó a aparentar que sabía más que él de algunas cosas, a aparentar que él se había fijado primero en otras, a llamar la atención, a buscar su aprobación, su confrontación.

Incluso un día le robó su querido jersey verde, un jersey que Arthur no se quitaba por nada del mundo, y empezaba a ponérselo a todas horas, mientras disfrutaba de la discusión que eso generaba.

Porque Marc quería conmoverlo, quería que se enterara de una vez de que estaba intentando comunicarse con él, de que quería decirle algo, algo que le hervía por dentro, pero que nunca se atrevería a expresar en voz alta.

Y la verdad era que Arthur estaba igual de enamorado que él. Tal vez más, incluso. Pero de Carla. La maldita Carla. Siempre Carla. La chica perfecta, encantadora e inteligente, de la cual Arthur contaba maravillas a todas horas y que un buen día se había esfumado sin dejar rastro.

Y de esa manera Carla había secuestrado el corazón de su amigo.

Marc se veía inmerso en un triángulo amoroso, hermético e indestructible. En un deseo no correspondido. En un amor imposible.

Pasó el tiempo y parecía que el inglés, por fin, empezaba a superar a Carla. A Marc le hacía feliz ver que cada vez hablaba un poco menos de ella, que paulatinamente iba quedando atrás. Hasta que, después de unas semanas, apareció el reel de GreenEnergy.

Arthur se volvió loco. De pronto la tenía delante. En la pantalla.

Enseguida lo vio como una señal del universo. Dando saltos de alegría, el inglés le dijo que se iba a realizar el gesto de amor más bonito que Marc había oído nunca. Un gesto de amor por el que Marc habría matado para que lo hiciera por él: recorrer todo el Pirineo en busca de ella.

—Tranquilo —le respondió Marc, que se moría de celos—. Yo te acompaño. Ya verás cómo encontramos a tu novieta.

—¿En serio? —le preguntó Arthur, extrañado por la actitud de su amigo—. Igual nos toca peinar todo el Pirineo, ¿eh?

—Ya lo sé —contestó Marc—. No me importa, me apetece pasar una temporada en la montaña.

Pero la verdad era muy distinta, mucho más dolorosa, mucho más primaria. La verdad era que no quería separarse de su amigo por nada del mundo. No se veía con fuerzas para volver a estar solo jamás. Ya había perdido a su hermano, no quería perder el segundo pilar de su vida.

Hacia las once de la mañana, en Arcavell, la gente seguía buscando a Valèria sin descanso. A todos los vecinos les venía a la cabeza la preciosa imagen de aquella niña, y la impotencia y la rabia les inundaban.

Las mismas preguntas se repetían en su cabeza una y otra vez: «¿Quién demonios puede haber hecho algo así? ¿Qué clase de monstruo puede haber destrozado a una familia de esta forma?».

Los rumores empezaban a extenderse. Mientras los vecinos gritaban el nombre de Valèria por los pinares, mientras abrían los contenedores del pueblo, mientras examinaban los solares y los arbustos, todo el mundo aportaba su teoría.

—Seguro que ha pasado algo con la droga, este valle está lleno de contrabandistas —decían unos.

—No. Yo creo que es culpa de esa familia —decían otros.

Mientras tanto, en el camping, Marc acababa de sincerarse con Arthur.

—Pero no tiene por qué cambiar nada entre nosotros, ¿me oyes?

Arthur lo miraba fijamente. Sin saber qué decir.

—Es solo que… —acabó respondiendo—, que… me habría gustado que lo hablásemos antes, supongo.

Marc abrió la boca, a punto de contestarle, pero entonces los dos vieron que en la entrada del camino aparecía el taxi.

—Ya era hora —dijo Arthur, que no quería seguir con aquella conversación, y empezó a coger las cosas.

El coche aparcó delante de ellos y los dos fueron a abrir la puerta del maletero. Era una suerte que los taxis de aquella zona no llevasen ningún logotipo en el exterior, pensó Marc, mientras lo contemplaba. Mucho mejor, así podrían fugarse sin llamar la atención.

—Vaya —dijo el conductor, que los ayudaba a colocar las maletas—. Sí que pesa esta.

Cuando lo tuvieron todo cargado, subieron al coche.

—¿Adónde vamos? —les preguntó el taxista, observándolos por el retrovisor.

Los dos amigos se miraron.

—A Andorra —respondió Marc.

El chófer asintió y enfiló el camino sin asfaltar del camping. Al cabo de unos minutos, llegaban a la carretera nacional y seguían en dirección norte.

En aquel mismo instante, encerrada en un espacio oscuro y claustrofóbico, Valèria guardaba silencio. Era lo que le había ordenado: «No hagas ruido y todo irá bien».

Entonces cogió el peluche, lo único que le habían permitido quedarse, y lo abrazó con todas sus fuerzas. Estaba deseando que todo terminase. Que todo volviese a ser como antes.

No habían transcurrido ni dos minutos cuando escuchó de nuevo unos pasos que se acercaban. Valèria apretó los dientes.

—Sigue así —dijo la voz, a pocos centímetros de la lámina de madera—. Solo te quedarás aquí hasta que dejen de buscarte; sigue como hasta ahora y no te pasará nada, cariño.

Marc y Arthur circulaban tensos en el asiento de atrás de aquel vehículo que hacía de taxi. Por encima de ellos, una niebla blanca empezaba a descender del cielo y cubría poco a poco aquella carretera serpenteante.

Los dos oían en silencio el rumor del motor, pensando que todo iba según lo previsto. En nada estarían al otro lado de la frontera. Y, por fin, serían libres. Solo tenían que esperar un poco más.

La única nota discordante que parecía flotar en el ambiente era la conversación que acababan de mantener.

—Escuchad —dijo de pronto el conductor, que puso el intermitente al acercarse a una salida—, iremos por aquí.

Marc se enderezó.

—¿Por qué? —saltó.

—Se ve que más abajo está bloqueado —dijo el hombre—. Hay controles de la policía por todo el valle. Si seguimos por la carretera, nos tiraremos aquí toda la mañana.

Arthur y Marc no protestaron. Se limitaron a mirar por la ventanilla y a contemplar cómo, al cabo de unos segundos, el taxi se adentraba en una carretera de montaña que se elevaba sin tregua. Pronto, unos bosques frondosos empezaron a conquistar el entorno.

Siguieron ascendiendo durante media hora, hasta que el conductor se detuvo un momento en el arcén.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Arthur.

El supuesto taxista abrió la guantera y extrajo dos piezas de tela negra.

—Poneos esto en la cabeza, por favor —dijo mientras se las tendía.

Ambos observaron las bolsas de tela sin entender nada. Pero entonces el conductor sacó una pistola y les apuntó con ella.

—No me vayáis a cabrear —dijo de mala leche—. ¡Rápido!