El juego del silencio El día de la desaparición
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El día de la desaparición

El día de la desaparición

Carla y Jan se fueron despertando a medida que la luz del sol entraba por la ventana y se derramaba por el suelo de baldosas de la habitación.

Como cada mañana, él empezó a preparar el desayuno mientras ella se dirigía al cuarto de su hija.

Se trataba del mismo ritual de siempre, el mismo ritual que habían establecido desde que se convirtieran en familia.

Pero, cuando Carla abrió la puerta para despertar a Valèria, supo que recordaría aquella mañana el resto de su vida.

—¿Valèria? —preguntó al aire, en una habitación vacía, contemplando la cama deshecha—. ¿Valèria? ¿Dónde te has metido?

Al cabo de pocos minutos, ya estaban buscándola por toda la casa, desesperados, sintiendo que su pequeño paraíso, aquel rincón del mundo, firme y seguro, comenzaba a hacerse añicos.

Empezaron a pasar los minutos, y las horas. Pero la niña no aparecía por ninguna parte. Ni en el desván, ni en el garaje, ni dentro de ningún armario.

Con el pánico irrumpiendo en escena, Carla cogió el móvil e hizo lo que cualquier madre habría hecho.

—Comisaría de policía —respondió un agente joven al teléfono.

—Escuche —dijo Carla con voz trémula—. No encontramos a nuestra hija.

—¿Cómo? —preguntó el policía, con una tranquilidad exasperante—. ¿Cuándo la han visto por última vez?

—Anoche, cuando se fue a dormir.

El agente meditó unos segundos, era posible que solo se tratase de una confusión, no sería la primera vez que se encontraba con algo así.

—Señora, ¿cuántos años tiene su hija?

—Siete —respondió ella, implorante.

El agente se alejó del aparato para contárselo a un compañero. Carla aguardó impaciente durante todo el rato, hasta que el policía regresó al teléfono y le dijo:

—No se preocupe. Ahora mismo les enviamos una patrulla. Dígame, ¿dónde viven?

Mientras un coche de policía subía hacia Arcavell, al otro lado del valle, en el camping de la Seu, Arthur y Marc se afanaban a toda velocidad dentro del bungalow. Introducían los paquetes de cocaína en una gran maleta todo lo rápido que podían. Sabían que se les agotaba el tiempo.

Cuando la tuvieron lista, Marc recorrió la caseta con la mirada y empezó a coger las cosas imprescindibles para el viaje: ropa, algo de comida, una manta… Y lo metió todo en otra maleta.

Hasta que, de pronto, vio algo que brillaba entre los cojines del sofá.

Se acercó y sacó un cuchillo afilado. Un cuchillo nuevo, por estrenar.

Largo, con el mango de madera de nogal pulida.

No le sonaba de nada, pero pensó que quizá lo había encontrado él mismo alguna noche de borrachera y lo había dejado allí.

Por ese motivo no lo recordaba. Lo observó con detenimiento y decidió que también se lo llevaría.

—¿Lo tienes todo? —preguntó Arthur a su lado.

—Sí —le respondió, esbozando una sonrisa llena de emoción.

Ya era oficial: se escapaban. Se iban para siempre de aquel valle, cargados de droga. Dispuestos a empezar una nueva vida.

Lo habían decidido precipitadamente, hacía apenas unas horas.

El día anterior

Arcavell

Marc salió del bar, satisfecho con la conversación que había mantenido con Ilona.

Seguía fuera de sí. Se sentía invencible. Sería millonario.

Estaba tan contento que incluso le había dado su número de móvil a la maestra. Habían quedado en que algún día la invitaría para mostrarle su nueva vida.

Subió al coche cantando, feliz porque la vida le sonreía, y puso rumbo al camping.

Pero, cuando estaba a medio camino, vio que le llamaba Arthur.

—Marc, no sé qué hacer —le dijo su amigo entre lágrimas, sin parar de sollozar—. Tengo una hija. Carla me utilizó. Me he pasado media vida enamorado de una manipuladora. De una arpía.

Marc se dio cuenta del contraste que estaban viviendo él y su amigo. Arthur llevaba desde el día anterior lamentándose. Y también se dio cuenta de que estaba obligado a compartir su felicidad.

—¡Me manipuló más de una vez! —decía Arthur—. ¡Me ha tratado como a una puta marioneta!

—Art —lo interrumpió—, no te preocupes, tengo un plan. Ven inmediatamente al bungalow.

Al cabo de media hora, Marc recibía al inglés dentro de la caseta blanca. Arthur tenía los ojos rojos de tanto llorar y la cara chupada por la tristeza. Era evidente que le habían roto el corazón.

—No te preocupes —le repitió Marc—. Mira.

Y entonces llevó a Arthur hasta el coche, abrió el maletero y le enseñó la caja llena de cocaína que contenía.

—¿Qué es eso? —murmuró Arthur, boquiabierto—. ¿De dónde lo has sacado?

—Tenemos que huir de aquí, Art. Mañana mismo. Es hora de pasar página. Podemos irnos a Inglaterra, si quieres, a donde sea. Pero ha llegado la hora de empezar una nueva vida. Tú y yo.

Hacia las nueve de la mañana, una pareja de policías se presentó en Arcavell.

Los agentes tomaron declaración a los padres y empezaron a buscar por los alrededores de la Era Vella y en las calles adyacentes.

—Las primeras horas son siempre cruciales —les dijo uno de los policías. Jan y Carla lo miraban medio abrazados, con una preocupación tenaz impresa en los ojos—. No se preocupen. No puede andar muy lejos.

Pero Jan no las tenía todas consigo.

—¿Y si se la han llevado? ¿Y si es un secuestro?

El agente se limitó a tranquilizarlos:

—No se preocupen, de verdad, la encontraremos.

Arcavell era un pueblo pequeño, de modo que la noticia corrió como la pólvora.

En cuestión de horas, todos los vecinos ya estaban al tanto de que la niña de los Costa había desaparecido y, en un esfuerzo ciudadano extraordinario, todo el mundo se movilizó: unos organizaron patrullas por los bosques, otros se subieron a los todoterrenos y recorrieron los cientos de caminos y pistas sin asfaltar que se extendían por el valle, otros miraban dentro de los pozos de las casas, entre los huertos y por los callejones.

Estuviera donde estuviese, tenían que encontrarla.

A media mañana, sin embargo, no había ningún resultado, de modo que la policía decidió ampliar el dispositivo. Los agentes sabían que cada hora que pasaba sin noticias de Valèria era crítica. En pocos minutos, ya se había acordonado toda la zona de Arcavell. Valía la pena intentarlo.

Así, se montó una operación jaula de grandes dimensiones que cortó todas las salidas del pueblo. Cada coche que pasaba en un sentido u otro se registraba minuciosamente. Era una medida extrema, un plan diseñado para atrapar a terroristas.

El enorme despliegue policial pronto provocó una larga cola de coches. Cada conductor y sus acompañantes eran obligados a salir del vehículo para que los perros entrasen y buscasen el rastro de Valèria por todos los rincones. Hacía años que no se veía un dispositivo de aquella magnitud.

Entre los vehículos detenidos, furiosos porque no podían avanzar, había un convoy formado por cuatro coches de alta gama. Uno de ellos, un imponente Mercedes de color blanco, había estado en Arcavell hacía escasas horas.

Dentro iba Richy, capitaneando la flota de la Empresa.

El dealer estaba nervioso. Jan no le había llamado en toda la noche, y el plazo para entregarle la cocaína había expirado.

Aquello tenía que acarrear la consecuencia acordada: debía llevarse a Valèria.

Pero no podía. Todo se había complicado por culpa de aquel extraordinario control policial.

No podía avanzar. No podía llegar al pueblo.

No podía secuestrar a Valèria.

—¡Joder! —gritó, al tiempo que golpeaba el volante con las manos.

¿Qué demonios hacía tanta poli allí?

Arthur y Marc salieron del bungalow cargados con las maletas y esperaron a que llegase el taxi.

Habían escogido aquel medio de transporte para impedir que les siguiesen la pista.

Incluso la policía. El plan consistía en cambiar de taxi cada cincuenta kilómetros.

Primero irían hasta Andorra, después hacia Francia y, finalmente, llegarían a Inglaterra.

Allí los acogería la familia de Arthur. Era un plan perfecto.

Si pagaban en efectivo, sería imposible seguirles el rastro.

Los dos dejaron las maletas sobre la hierba y miraron la entrada del camino a la espera de que apareciese el coche. Estaban impacientes. Cada segundo que pasaba era oro.

Mientras hacían tiempo, a Marc le vino a la cabeza la conversación que había mantenido con Ilona, la chica de las raves , el día anterior. Le había caído bien aquella chica, le había hecho reír. No le habría importado compartir parte del botín con ella. Sacó el móvil y le envió un mensaje:

A punto de coger el taxi, ¿te apuntas?

Esperó unos segundos, pero la maestra no respondió.

—Tengo una hija —repitió Arthur, abatido, a su lado—. Aún no me lo puedo creer.

Marc lo miró y se le acercó. Le pasó una mano por los hombros y lo acarició con dulzura. Finalmente lo rodeó con los brazos y le dio un largo abrazo, apretando el pecho contra el suyo. Arthur, sin embargo, no le correspondió. El inglés ni se movió.

—Nunca te ha caído bien, ¿verdad? —dijo de forma inesperada, con la barbilla aún sobre el hombro de Marc.

Marc abrió los brazos y se apartó de él.

—¿Quién? —preguntó, extrañado.

—Carla —contestó Arthur.

El inglés tenía una expresión diferente. De repente, se le veía más duro, casi enfadado.

—No te entiendo —respondió Marc.

—Sé cómo me miras a veces —siguió Arthur—. Sé que aprovechas los momentos como estos para acariciarme, para tocarme.

Marc dio un paso atrás.

—Pero ¿qué dices?

—Dime solo una cosa. En realidad, no querías ayudarme a encontrar a Carla, ¿verdad? En realidad, tú… tú la odias.

Marc se quedó quieto unos segundos, hasta que, poco a poco, comprendió que era absurdo continuar callando.

Cinco años antes

Barcelona

Marc y Arthur se conocieron durante una noche de borrachera.

Arthur salía de una discoteca cuando vio a un chico que lloraba desconsoladamente, sentado en el suelo.

—Vaya —le dijo Arthur mientras se le acercaba—. Ya sé que los gin-tonics aquí son malos, pero me parece un poco exagerado que te lo tomes así.

El chico alzó la vista y le hizo un gesto para que lo dejase en paz.