Epílogo. Tres años más tarde
Epílogo Tres años más tarde
En una nave de Colchester, Inglaterra, un centenar de personas aplaudía y celebraba el acontecimiento del año. En medio de todas ellas, Arthur agitaba una botella de champán y vertía la espuma sobre la cabeza de sus amigos.
Estaba pasando. Por fin. Arthur inauguraba su centro de yoga y meditación.
Había conseguido todo el dinero necesario gracias a una brillante campaña de redes sociales, ideada por Carla.
La campaña, que consistía en distintos reels emotivos y con crítica social, se había viralizado con rapidez.
En tan solo cuestión de días, toda la ciudad había empezado a hacer donaciones sin parar.
De pronto, parecía que todos querían un espacio donde poder hacer yoga y desconectar de la ansiedad del día a día.
Arthur entregó la botella de champán a uno de sus amigos y fue a abrazar a sus padres, que llevaban un rato mirándolo emocionados desde un lado de la sala. Aún les costaba aceptar que eran abuelos, pero, tras ver alguna foto de Valèria, estaban deseando conocerla.
Había acordado con Carla y Jan que no perderían el contacto, que podría verla cuando quisiese y que la niña, algún día, lo sabría todo.
En pleno Mediterráneo, Mallorca recobraba la calma y el silencio de cada invierno.
El calor se iba y se llevaba consigo el alboroto, las fiestas y las aglomeraciones de turistas. Los habitantes de la isla salían de casa para recuperar las calles, las miradas de su gente, y todo empezaba a respirar redimido, como cuando amaina la tempestad.
En medio de una plaza, contemplando el vacío de aquella época del año, paseaban una madre, un padre y una hija. Venían de una época intensa, de meses reencontrándose, hablando y practicando un arte difícil: el de perdonarse.
Los tres recorrieron una calle de muros blancos calentados por el sol y llegaron a una placita llena de establecimientos. Sonriendo para sus adentros, los padres la cruzaron y entraron en uno de los restaurantes.
Valèria, desde la calle, se quedó plantada.
—¿Vamos al Estuvi? —preguntó, pues sabía que aquel local estaba reservado para las grandes ocasiones.
Valèria había cambiado mucho. Había cumplido diez años y ya era toda una preadolescente.
Había recuperado la sonrisa, su carácter curioso, su energía.
Pero sus padres la observaban sabiendo que, a pesar de la mejoría, algo en su interior seguía dolorido y seguramente lo estaría para siempre.
Aquellas noches negras en Arcavell serían sus cicatrices hasta el fin de sus días.
Por eso habían decidido marcharse de aquel pueblo y cambiar de aires.
Ir a un lugar que aún no estuviese impregnado de recuerdos, en el que la vida se presentase como un lienzo en blanco, por estrenar.
—¿No pensáis decirme nada? —preguntó la niña mientras sus padres la guiaban hacia el interior del restaurante—. ¿Celebramos algo?
—Nos ha salido demasiado espabilada —le dijo Carla a Jan al tiempo que se sentaban a la mesa—. No se le puede esconder nada.
Jan respondió con una sonrisa pícara. Últimamente había recuperado el color. Con la muerte de Richy, muchos miembros de la Empresa habían aprovechado el caos y el vacío de poder para abandonar la banda, y Jan había sido uno de ellos. Se sentía afortunado. Nunca volvería a saber nada.
Comieron arroz y pescado, y, cuando llegó el postre, Carla dijo:
—Creo que ha llegado el momento. —Y, tendiéndole el móvil, preguntó a su hija—: ¿Sabes qué es esto?
La niña lo cogió y observó la imagen que le mostraba.
—No.
Jan y Carla se miraron con los ojos brillantes de la emoción.
—Es una ecografía —explicó Carla—. Vas a tener un hermanito.
Valèria se quedó parada unos segundos, asimilando la noticia. Luego se levantó y se lanzó sobre ellos con un abrazo efusivo y cargado de sentimiento.
La tarde llegó como un bálsamo, como si fuera un regalo.
La alegría que se había desatado en Valèria era contagiosa.
Volvieron a casa y salieron al balcón. A unos metros, veían como el mar estallaba en olas magníficas, en salpicaduras doradas por el sol que se ponía, en espuma que limpiaba y diluía todos los males de este mundo.
Y entonces Carla, mientras observaba cómo el agua lamía la arena de la playa y teñía de blanco las rocas del acantilado, experimentó una sensación extraña, una sensación de ligereza. Por fin se sentía libre. Por fin podía salir, para siempre, de su caparazón.