El día antes de la desaparición #2
—Antes no era así, ¿sabes? Hace un año costaba mucho más conseguirla. —Y, como si fuese a contarle un secreto, se acercó al chico y murmuró—: Todo es gracias al Camello del Valle. Sea quien sea, es nuestro héroe.
El Camello del Valle salió de la Era Vella y cruzó dos calles. Desde el primer día, él y Richy habían decidido que quedarían en un lugar apartado, lejos de casa, para que Carla no pudiese verlos.
Cuando llegó, Jan se encontró al traficante fumándose un cigarro, apoyado en un imponente Mercedes blanco.
—¿Qué tal? —le dijo Richy con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Ha ido bien el mes? ¿Tienes cosas para mí?
El dealer llevaba una gabardina negra muy larga y el pelo repeinado hacia atrás, brillante por la laca.
—Sí, muy bien —confesó Jan, al tiempo que le estrechaba la mano—. Fue la fiesta mayor de Arcavell y me pidieron bastante material.
—Genial —dijo Richy, y con la mirada buscó el sobre con el dinero, pero no lo encontró.
—Esta vez lo tengo en un escondite —se excusó Jan—. Carla descubrió la caja que guardaba en el desván y tuve que sacarla de casa.
—Ningún problema —contestó Richy en tono comprensivo—. ¿Vamos en coche?
Jan guio a Richy hacia el escondrijo de la droga.
El Mercedes de gama alta superaba los baches de la pista con rotundidad, sin que los pasajeros notasen nada.
Lentamente, fueron dejando atrás las casas de Arcavell para adentrarse en el bosque y, unos minutos más tarde, ya estaban en la entrada del camino de barro, donde días atrás Jan había cavado un agujero en el suelo.
—Es aquí —anunció, y Richy pisó el freno.
Los dos se bajaron del vehículo y Jan se dirigió a los arbustos que crecían a un lado.
Empezó a levantar las ramas que lo cubrían todo de manera estratégica y, cuando tocó el suelo, apartó la tierra y las piedras con las manos hasta que llegó a la plancha de hierro que él mismo había colocado.
Entonces la levantó haciendo fuerza, desplazando todas las ramitas y destapó aquel cubil secreto, imposible de localizar.
A escasos kilómetros de allí, en Can Pintor, Ilona y Marc hacían frente a la tercera cerveza de la mañana. A su espalda, la dueña del establecimiento había empezado a poner las mesas para la hora de comer, y el olor de los estofados y la carne a la brasa ya había hecho acto de presencia.
Marc se incorporó y, riendo por lo bajo, dijo:
—¿Quieres saber una cosa? —Su voz tenía impresa la huella del alcohol.
Ilona lo miró, algo contrariada por no llevar la batuta de la conversación. Pero él esbozó una sonrisa y en tono triunfal anunció:
—Le he robado toda la droga al Camello del Valle.
La maestra enarcó las cejas.
—¿Qué dices?
Marc se rio.
—Te lo juro. Estuve días siguiéndolo y he acabado descubriendo su escondite.
Ilona no entendía nada.
—Es como si me hubiese tocado la lotería —exclamó absolutamente radiante—. No puedes ni imaginarte la cantidad de droga que tengo.
—¡Treinta kilos de coca! —repetía Richy una y otra vez, con las manos en la cabeza—. ¡Has perdido treinta kilos de coca!
Sus gritos resonaban por todo el bosque, sacudiendo los árboles y ascendiendo por las montañas.
Jan estaba aterrado. Al límite del colapso.
Seguía inmóvil, con la mirada fija en aquel agujero que había cavado días atrás y que ahora estaba completamente vacío.
Limpio. Sin un polvillo siquiera de droga.
No quedaban más que el suelo y las piedras del fondo, que le devolvían la mirada con insolencia.
—Pero ¿tú…?, ¿tú sabes…? —balbució Richy—. ¿Tú sabes el dineral que es eso?
Jan sentía el corazón martilleándole el cerebro.
Llevaba suficiente tiempo en el negocio para saber que aquello era un problema de proporciones astronómicas.
Una auténtica barbaridad. Treinta kilos de cocaína pura, a treinta euros el gramo, alcanzaban, en el mercado minorista, una suma de casi un millón de euros.
Acababa de perder el dinero de varias vidas.
En ese momento, Jan se incorporó poco a poco y se atrevió a mirar a Richy. El dealer , detrás de él, estaba blanco como el papel. Nunca lo había visto así. Se quedó inmóvil. Paralizado por el terror. Calibrando qué hacer. Hasta que se llevó la mano a la cintura y sacó una pistola.
—Treinta kilos de coca —se limitó a repetir Richy. Cegado. Con la mirada inyectada de cólera.
A continuación, con el brazo temblando, levantó el arma y le apoyó el cañón en la frente.
—Espera —balbució Jan, y alzó las manos—. Espera, por favor.
Pero en el fondo sabía que era demasiado tarde. Richy no era conocido por su piedad.
Jan cerró los ojos en el preciso instante en que oyó el sonido inconfundible de una bala entrando en la recámara, a pocos milímetros de su cráneo.
Había llegado el momento. Moriría ejecutado entre unos arbustos, justo después de enterarse de que su mujer le había engañado y de que su hija no era suya.
Era la hora. Lo sabía. Estaba preparado.
Apretó la mandíbula y esperó el disparo.
En Can Pintor, Ilona estaba boquiabierta.
—¿Y ahora qué coño vas a hacer con tanta coca?
—Pues no lo sé —reconoció Marc, que no podía ocultar la satisfacción que sentía por haber conseguido todo aquel material—. Supongo que salir por piernas, porque no creo que tarden mucho en buscarla.
—Estoy flipando —exclamó la maestra y, tras unos segundos intentando asimilarlo, le preguntó—: ¿Y cómo son?
Marc frunció el ceño.
—¿El qué?
—Treinta kilos —aclaró—. No me los puedo imaginar.
Marc rio y se sacó el móvil del bolsillo.
—Mira, tengo una foto.
Y buscó en la galería. Ilona inclinó la cabeza y clavó la vista a la pantalla, sin perder detalle de lo que aparecía en ella.
Entretanto, en el bosque, Jan había empezado a temblar con violencia mientras notaba el cañón del arma en la frente.
A su alrededor, el rumor de los árboles, el canto de los pájaros, los insectos, los cencerros de las vacas, todo parecía haber enmudecido.
Todo parecía haber empezado a rendir un macabro homenaje a la muerte, que no tardaría en hacer acto de presencia.
Pero entonces Richy levantó la pistola.
—No —dijo—. Morir sería un regalo para ti.
Jan abrió los ojos y miró a su antiguo compañero de clase.
—Tienes que encontrar la maldita coca, Jan —añadió, en un tono distinto, casi implorante—. Como sea, Jan. ¿No lo entiendes?
El dealer sabía que, si volvía a Barcelona con aquellas noticias, los demás socios de la Empresa enloquecerían, y que quizá incluso él tendría que pagar las consecuencias.
Tenía que conseguir que Jan la encontrase. Tenía que hacer que actuase. No quedaba ninguna otra posibilidad. Y entonces se le ocurrió la idea perfecta. La forma exacta de extorsionar a Jan con todo su peso y toda su fuerza.
—Sé que eres un hombre de familia —dijo entonces, mirándolo fijamente a los ojos—. Así que te doy doce horas. Si en doce horas no has encontrado la coca, iremos a tu casa y nos llevaremos a tu hija.