El juego del silencio El día antes de la desaparición
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El día antes de la desaparición

El día antes de la desaparición

El sol despuntó con pereza tras un cielo rojizo. Las casitas de Arcavell, en medio de la montaña, parecían un rebaño de ovejas negras que se habían agrupado para no pasar frío.

En una de esas casas, la Era Vella, Jan bajaba a la cocina para prepararse un café largo. Cuando lo tuvo hecho, se sentó a la mesa y, con la taza humeando delante, hizo un intento de poner orden en su cabeza.

Recordaba aquellos días en que había empezado a hablar de tener un hijo con su mujer y recordaba el terror que había sentido por no ser capaz de contarle su enfermedad.

Quería explicárselo, pero temía que Carla se asustase más de la cuenta.

Que llegara a pensar que no era la persona adecuada para formar una familia y que acabase abandonándolo.

Y, sin pensárselo dos veces, había optado por el camino más fácil. Se dejó llevar por la cobardía y decidió callar. Callar y esperar que todo fuese bien.

Pero ahora entendía que aquello no había hecho más que agravar el problema. Lo magnificó. Había causado que a Carla se le hiciese una montaña y que, desesperada, sola, hubiese optado por cometer una locura.

Y en cierto modo Jan la entendía; una parte de él incluso quería perdonarla.

Pero no podía.

No era la infidelidad. En realidad, eso casi le daba igual.

Y tampoco era el hecho de que Valèria no fuera genéticamente suya.

La quería como si lo fuese. Era el hecho de haber convivido durante siete años con aquella mentira.

El hecho de que se hubieran sentado a la mesa acompañados de aquel secreto.

Siete años viviendo una historia, un proyecto, una relación que solo era verdad a medias.

Y sí, sabía que él tenía parte de culpa. Por no haber abierto la boca cuando tocaba. Que, si quería ver a la primera persona que lo había estropeado todo, solo tenía que mirarse en el espejo. Pero eso no lo hacía menos doloroso.

Quería a Carla. Quizá la quería todavía. Pero ahora la quería desde un lugar extraño; desconcertado y solo.

Resopló de forma sonora y se pasó una mano plana por el pelo, con los ojos clavados en la taza. Asumiendo que no había nada que pudiese cambiar el pasado.

Hacia las once y media, al otro lado de Arcavell, Ilona salió de su casa.

Como todos los sábados por la mañana, lo único que le apetecía era ir a Can Pintor y tomarse un par de cervezas bien frías.

Había sido una semana muy dura, necesitaba desconectar.

Todo empezó con aquella actitud funesta de Valèria en el coche y en clase, y, después, con la advertencia de su padre: «Alguien ha pegado a Valèria», «tiene hematomas por todas partes», «¿y no podría ser que hubiera ocurrido algún día y estuvieras despistada?

¿Algún día que estuvieses de resaca, por ejemplo?

». Desde aquel día, Ilona no podía quitarse de la cabeza las palabras de Jan.

No paraba de darle vueltas. Estaba indignada.

Ofendida porque tuviese tan mala consideración de ella.

No era consciente de que pudiese transmitir aquella imagen de persona irresponsable e incompetente.

Enfiló la calle mayor y apretó el paso. Soplaba un viento frío que la obligó a abotonarse el abrigo. Llegó a la plaza, saludó a los ancianos que ya estaban sentados en la terraza y entró en el bar.

—Una mediana, Montse —pidió a la dueña mientras se sentaba en uno de los taburetes delante de la barra.

Can Pintor era su lugar favorito del mundo. Conocía a los propietarios como si fuesen de la familia.

—Perdona —oyó que decía un desconocido. Ilona volvió la cabeza y vio que en el taburete de al lado había un hombre vestido con ropa hippy que la observaba—. ¿De qué nos conocemos?

Ilona lo miró de arriba abajo. Era cierto que le sonaba de algo.

—No sé —contestó—. ¿Quizá ya me habías molestado algún otro día? —le espetó.

La maestra no estaba de humor. Era su momento. El mejor momento de la semana, el rato en el que se liberaba de todo el estrés y toda la tensión diarios.

El hombre se ruborizó.

—Perdona, no quería…

—Ah, ya lo sé —repuso ella—. De alguna rave , ¿verdad?

Él enarcó las cejas y asintió.

—Tienes razón, era eso.

El hombre volvió la cabeza y clavó la vista en el vermut que tenía delante.

—Me llamo Ilona —dijo ella al cabo de unos instantes.

Él la miró.

—Yo, Marc —respondió el amigo de Arthur.

Eran las doce de la mañana y, en la Era Vella, Jan aún no había abierto la boca. Era incapaz de decir nada, ni a Carla ni a Valèria. Incapaz. Se sentía traicionado. Dolido. Como si todo el mundo hubiese estado confabulando contra él.

Salió al balcón y contempló los tejados del pueblo durante un rato mientras decidía qué hacer. Ante él, el día había empezado a abrirse y un sol anaranjado bañaba las casas de Arcavell.

Jan las observó. Las flores de los balcones danzaban al ritmo del viento.

Entonces afrontó su otra preocupación: ¿qué demonios le pasaba a Valèria?

Ahora ya estaba seguro de que no podía sufrir la enfermedad.

Si antes las probabilidades de heredarla ya eran limitadas, que la tuviese pese a no compartir ningún gen con él era imposible.

Pasó unos minutos dándole vueltas hasta que una idea que ya le había surgido hacía días fue cobrando cada vez más sentido: ¿y si era él quien padecía la enfermedad?

¿Y si la había heredado de su padre? ¿Y si Peludo era él? ¿Y si él era el monstruo?

Se miró las manos y empezó a asustarse; examinó aquellas partes de su organismo que había visto miles de veces y descubrió que por primera vez aparecían irreconocibles ante él.

Se miró los brazos, los pelos que los cubrían, la piel, los músculos, y sintió la repugnante y terrible sensación de que aquel cuerpo pertenecía a otro, de que un parásito vivía en su interior, de que una persona malvada era tan propietaria de aquellos tejidos y de aquella voluntad como él.

Estaba a punto de levantarse, de ir a mirarse en el espejo, de contemplar el interior de sus ojos; pero de pronto apareció Carla. Salió a la terraza sin decir nada y se sentó en la silla de plástico que tenía al lado.

Jan no se movió y los dos permanecieron callados un buen rato. A su alrededor, los pájaros cantaban y los cencerros lejanos de las vacas repicaban, como siempre, ajenos a todos los males de este mundo.

—Lo siento —dijo Carla finalmente, con un nudo en la garganta—. Siento haberme enrollado con Arthur.

Su voz sonó apagada, rota, era obvio que estaba destrozada. Jan la miró e inspiró hondo, llenándose los pulmones de oxígeno.

—Y siento no haberte contado que Valèria no era tu hija.

—Yo siento no haber tenido el valor de hablarte de la enfermedad —dijo él.

Su comentario, en cambio, sonó frío, casi mecánico, como si lo hubiese hecho por pura obligación. Lo que evidenciaba que seguía dolido.

Entonces los dos volvieron a mirar al frente. Sentían que ya no había nada que pudiese salvar el abismo que había surgido entre ellos, nada que pudiese reparar la falta de confianza que los alejaba y los aislaba un poco más a cada segundo que pasaba.

Se refugiaron en la soledad de sus pensamientos, preguntándose cuál debía ser el paso siguiente, hasta que Jan dijo:

—¿Por qué lo hemos hecho, Carla? ¿Por qué nos hemos pasado los años diciendo que éramos un equipo, una tribu…, si en realidad no hemos dejado de mentirnos?

Su voz pareció flotar en el aire y alejarse, volando por encima de las casas y por los pinares y las montañas a lo lejos. Pareció marcharse para siempre, evaporándose como lo que un día había habido entre los dos.

—Quizá… —murmuró Carla—. ¿Quizá porque creíamos que era lo mejor?

—¿Escondernos cosas?

—No. Esconder nuestros problemas, evitar que el otro descubriese algo de nosotros que nos daba vergüenza contar…

—¿Hasta el punto de ser infieles? —le reprochó, aunque no fuese justo eso lo que más le dolía.

—Yo no fui infiel, Jan —exclamó seria, harta de su actitud—. Lo hice por miedo. Para no tener a una persona enferma en casa. Porque tú no dabas el puto paso de contármelo. —Y, enfadada, añadió—: Al menos no me puse a vender cocaína.

Jan ya había tenido suficiente. Se levantó de un salto, furioso, y dio un paso hacia la puerta.

—¿Lo ves? Ya estás huyendo otra vez —dijo ella, no obstante, justo antes de que se fuese—. Y me da la sensación de que todo lo que le está pasando a Valèria es precisamente por eso, por nuestra culpa. Está pagando por todos nuestros silencios.

Jan se detuvo, suspiró y poco a poco se volvió hacia ella, y Carla añadió:

—Yo creo que primero tenemos que resolver lo que le pasa a nuestra hija. Creo que se lo debemos. Creo que tenemos que dejar de huir de una vez. Tanto tú como yo. —Y, levantando la vista hacia él, preguntó—: ¿Te parece bien?

Jan asintió, mirándola por primera vez con tristeza. Los dos sabían que su historia acababa de llegar a su fin, que el naufragio era inevitable. Pero Valèria no tenía ninguna culpa, Carla estaba en lo cierto. Valía la pena hacer un último esfuerzo por ella.

Pero entonces sonó el móvil de Jan.

—Mierda —dijo al ver la pantalla.

—¿Qué pasa? —preguntó Carla.

Jan suspiró de nuevo.

—Es Richy quien me está llamando —explicó—. ¿Recuerdas que te conté que venía una vez al mes a buscar la pasta que conseguía?

—Sí.

—Pues me está esperando fuera.

Entretanto, en el bar, Ilona y Marc habían empezado a beber juntos. Al cabo de dos cervezas, la maestra se había dejado llevar y había arrancado con uno de sus monólogos.

—La última rave a la que fui fue increíble.

Me metí una pasti y casi echo a volar. Te lo juro.

Vi el amanecer más increíble de mi vida.

Era como de película, pero sin tener que saltarte la publicidad, o sea, brutal.

—Suspiró y añadió con un punto de romanticismo en la voz—: Es que la droga es lo mejor que tenemos en este valle.

Marc se rio.

—No quería decirlo —admitió—, pero es verdad. Los precios… son de escándalo.

La maestra lo miró y dijo: