Dos días antes de la desaparición #2
A esas alturas, Jan estaba más que destrozado.
Después de la llamada de Arthur, se había pasado el resto del día abstraído, analizando sus palabras.
Y la verdad era que no le cuadraba nada, no comprendía por qué siete años antes su mujer había decidido engañarlo con otro hombre.
De hecho, recordaba aquella etapa como una de las mejores que habían vivido juntos.
Estaban enamorados, felices, con mil planes de futuro…
Incluso recordaba las ganas desbordantes de ser padres que tenían los dos.
Cuando Valèria se durmió, Carla y Jan se fueron al comedor. Ninguno de los dos encendió la tele ni miró el móvil, como era lo habitual por las noches. En lugar de eso, se sentaron a la mesa, sabiendo que tenían que enfrentarse al problema y conversar.
—Carla —saltó Jan, que no aguantaba más—, lo sé todo. He hablado con Arthur.
Carla bajó la mirada.
—Me lo ha contado todo —siguió él—. Lo del centro de yoga, las citas en el baño, vuestra relación…
—No —replicó Carla—. Nuestra relación, no. ¡Aquello no fue ninguna relación!
—Carla —dijo Jan impasible—, Valèria es hija suya.
Carla hundió la cara entre las manos y se quedó un buen rato en esa posición. A continuación, se levantó de la silla y fue hasta la chimenea, que estaba encendida. Contempló las llamas, como si mirase el interior de su propia alma, hasta que dijo:
—Hacía muchos años que lo sabía, Jan. Sabía que eras portador de la enfermedad.
—¿Qué? —balbució Jan completamente descolocado.
—No es culpa mía —dijo Carla—. Lo que hice no es culpa mía. Todo empezó con tu madre.
—Pero ¿de qué hablas? —inquirió Jan, perplejo.
—Fue ella quien lo inició todo.
Diez años antes
Mallorca
Hacía un día de verano luminoso, velado por la calima.
Jan nadaba en el mar mientras Carla y Glòria se encontraban en la arena, tumbadas en las toallas con los ojos cerrados.
Un sol de justicia las bronceaba mientras de fondo se oían las olas, las gaviotas y los niños que jugaban con el agua cuando, sin previo aviso, Glòria se incorporó y miró a Carla.
Esta, que había intuido que algo voluminoso le eclipsaba el sol, abrió los ojos y vio a su suegra muy cerca de ella.
—¿Qué pasa? —le preguntó Carla, sobresaltada.
Glòria echó un vistazo al agua para asegurarse de que Jan no podía oírla.
—Es muy importante que sepas lo que te voy a contar ahora —dijo—. Jan no se atreverá nunca a decírtelo, pero debes saberlo: su padre sufría un trastorno mental muy grave.
—¿Qué? —exclamó Carla—. ¿Un trastorno?
—Sí —contestó Glòria—. Por eso se suicidó.
—Madre mía, ¿qué le pasaba?
—Tenía doble personalidad —dijo su suegra, directa—. A veces se comportaba como si fuese otra persona —añadió—. Y era muy violento.
Carla no sabía cómo reaccionar.
—Lo que te quiero decir con esto, Carla —continuó—, es que tengáis cuidado. Jan no quiere contártelo porque dice que le da miedo que lo abandones, pero yo creo que debes saberlo.
—¿Saber qué? —preguntó Carla, cada vez más preocupada.
—Jan no padece la enfermedad, pero tiene una predisposición genética.
Está en sus genes. De modo que, si tenéis hijos, existe una probabilidad muy alta de que la hereden.
Y, si no la tienen ellos, podrían tenerla vuestros nietos.
Siempre existirá el riesgo, así que la única opción que queda es romper la cadena.
Carla permaneció unos segundos sin palabras.
—¿Y cómo sabes que Jan no tiene doble personalidad? —le preguntó con brusquedad, asustada.
—Le hemos hecho cientos de pruebas desde que era pequeño —respondió Glòria—.
TAC, pruebas y análisis cerebrales, sesiones de psiquiatría…
, y Jan está bien, por eso no te preocupes.
Pero tened mucho cuidado, Carla. Eso no quiere decir que vuestro hijo nazca sano; de hecho, tiene todas las papeletas para sufrir la enfermedad.
Carla asintió, mientras asimilaba la información.
—Jan no va a contártelo —insistió Glòria—. Dice que no quiere asustarte, que está demasiado enamorado para explicártelo, que no quiere perderte por nada del mundo… Pero yo creo que tienes que saberlo.
A partir de aquel día, Carla empezó a buscar el mejor momento para hablar de ello con Jan, pero entonces se dio cuenta con gran estupor de que, cada vez que intentaba abordar el tema de las enfermedades familiares, su pareja esquivaba las conversaciones de una forma magistral.
Carla lo veía con claridad. Cambiaba de tema o se enfadaba por algo o incluso se iba.
La situación hizo que a Carla le costase cada vez más hablar de ello; detestaba la tensión que se creaba en el ambiente cuando tocaba el asunto.
Fueron pasando los años y su relación, a pesar de aquel cajón negro que ninguno de los dos se atrevía a abrir, fue consolidándose. Se fueron a vivir juntos a un pisito de Gracia y empezaron a hacer planes de futuro, cada vez más ilusionados.
—¿Tú te ves viviendo en Barcelona? —le dejó caer Carla un día—. Ya sabes, formando una familia y todo eso.
Jan se encogió de hombros.
—Pues yo aquí estoy bien, pero es cierto que, no sé, en la montaña… se debe de vivir mucho mejor.
—Sí —dijo ella y, a continuación, añadió—: Es que yo ya tengo ganas, ¿sabes?
—¿De que nos mudemos? —preguntó Jan.
—Sí, y de formar una familia contigo —afirmó y, armándose de valor, agregó—: De tener un hijo.
Entonces Jan levantó la vista y la miró. Parecía debatirse consigo mismo.
—Yo también —dijo finalmente, tras una larga pausa.
—¿De verdad? —preguntó ella, con el corazón acelerado—. ¿Te gustaría… empezar a intentarlo?
Aquel era el gran momento. La gran ocasión. Era la puerta abierta que tanto había esperado Carla para comenzar a hablar de todo: de familia, de genética… Y para abordar de una vez por todas el tema de la adopción.
—Me encantaría —se limitó a decir Jan, pero con una sonrisa triste y apagada que apuntaba a justo lo contrario—. Me gustaría mucho.
Carla se quedó muerta. Le dio rabia que Jan no quisiese afrontarlo, que eludiera toda responsabilidad, como hacían la mayoría de los hombres básicos y tradicionales.
Le dio rabia tener que ser ella la que asumiese la carga de hablar de ello.
Así que, enfadada, decidió no hacerlo. Dejó que la riada se llevase muy lejos de los dos aquella pregunta que le ardía en los labios.
Y, a partir de ahí, todo empezó a complicarse.
Las dudas internas de Carla fueron creciendo hasta adquirir dimensiones desmesuradas.
No podía dormir. ¿Por qué demonios no quería Jan hablar de ello?
¿Tan difícil era? Llegó a pensar que quizá ella era una mala persona por pretender hablar de una cosa así, que, al final, había que querer a todos los hijos, independientemente de cómo saliesen, con los defectos que tuvieran, y que una buena madre los querría a todos igual, de forma incondicional.
Se pasó semanas dándole vueltas para acabar llegando a la conclusión de que si Jan no quería sacar el tema era porque, en realidad, no era tan importante; tal vez su madre había exagerado un poco.
Por ese motivo, comenzó a enterrar todas las dudas que tenía bajo una insondable montaña de comentarios amorosos hacia su marido, para animarlo justamente a tener un hijo.
Después de unos días, Carla le dijo que ya no se tomaba la píldora y empezaron a hacer el amor a menudo, sintiendo que era el inicio de una nueva etapa llena de ilusión. Pero el embarazo, curiosamente, no llegaba.
—No hay de qué preocuparse —le decía ella—. He leído que los humanos somos una de las especies menos fértiles del planeta.
La verdad, sin embargo, era que Carla había pasado a tomarse la píldora con un rigor nipón; no podría haberse quedado embarazada ni de casualidad.
Y es que había estado pensándolo y en aquel momento no tenía ningunas ganas de tener un hijo con Jan.
No quería vivir atemorizada pensando en el momento en que sus descendientes empezarían a encontrarse mal y a hacer cosas extrañas y violentas.
El problema se alargó hasta que un día Carla advirtió la locura que estaba cometiendo. Se encontraba en un callejón sin salida. Tenía que tomar una decisión, en una u otra dirección.
Atormentada por las dudas, recurrió a su amiga del alma, Ainhoa.
—Tengo algo que contarte —le dijo por teléfono—. Es urgente.
Ainhoa era una chica de la misma edad que Carla, y se conocían desde la escuela infantil. Aquella misma tarde se presentó en su casa y las dos salieron a caminar por Gracia, una al lado de la otra, mientras Carla le contaba toda la historia.
—Pero, tía, ¡díselo! —exclamó Ainhoa cuando lo supo—. ¡Es normal que te preocupe esa enfermedad! ¡Yo estaría igual!
—No puedo —contestó Carla, que parecía hablar desde el fondo de un pozo—. Ya es demasiado tarde, hemos empezado a intentarlo.
Ainhoa se tapó la cara con las manos, horrorizada. Normalmente Carla era una chica brillante. Sin duda, la amiga más inteligente que tenía. Pero ante aquel tema parecía haber perdido toda su capacidad de reflexión. Estaba desorientada por completo.
—A ver, es tu pareja, ¡se supone que debéis poder hablar de un tema así! ¿Cómo queréis llegar a formar una familia si no sois capaces de hablar ni de eso? ¡Os falta comunicación!
—¡Ya lo sé, pero no puedo! —repuso Carla, a punto de echarse a llorar—. Ainhoa, no puedo, es demasiado tarde, se ha convertido en un tabú. ¿Me entiendes?
—Pero ¡esto es ridículo!
—Hace tanto tiempo que lo intentamos, le he dicho tantas veces que me muero de ganas de tener un hijo con él, que ya no sé cómo dar marcha atrás. ¡Va a flipar si le digo que he estado tomándome la píldora desde el primer día! ¡No sé ni por dónde empezar! Ayúdame, por favor.
Pero Ainhoa se plantó.
—No hay ninguna otra solución, Carla, ¿no lo ves? Tienes que superarlo y decírselo. Si quieres, puedo acompañarte y lo afrontamos juntas. No es nada malo, ¡todo el mundo tiene en cuenta las enfermedades!
Carla cerró los ojos y respiró hondo unas cuantas veces.
—¿Crees que podré? —le preguntó.
—¡Claro! ¡Estoy convencida!