El juego del silencio Dos días antes de la desaparición
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Dos días antes de la desaparición

Dos días antes de la desaparición

Carla pasó la noche en blanco, escuchando la casa, escuchando los suspiros que emitía, a su lado, dormido, su compañero de vida.

Se quedó mirando el techo, oyendo el campanario de Arcavell, que anunciaba cada hora que pasaba, notando cómo el tiempo corría inexorable mientras rememoraba una y otra vez la historia que le había contado Jan.

Por un lado, todo aquello le generaba cierta compasión, porque ahora entendía que su marido no había tenido elección, que la Empresa le había chantajeado y extorsionado.

Pero, por el otro, le daba rabia. Porque una vez más Jan había optado por callar.

Por no confiar. Por no compartir con ella aquella carga.

No era la primera vez que prefería tragarse sus sentimientos.

Finalmente, dándose por vencida, se levantó y bajó a la cocina.

Cuando sonó el despertador, Jan miró a su lado y vio que la cama estaba vacía.

Seguros de que no había ningún narcotraficante corriendo por la casa, la noche anterior habían optado por que Valèria volviese a dormir en su habitación.

Se frotó los ojos con las manos durante unos cuantos segundos y pospuso el momento de levantarse todo lo que pudo.

No quería afrontar el día, los remordimientos se lo comían vivo.

La culpabilidad lo torturaba. Sabía que tendría que haber hablado a Carla de la Empresa, y también de la predisposición genética de su hija a heredar la enfermedad de su padre.

Haber guardado aquellos dos secretos había sido un error monumental.

Salió de la cama con un nudo en el estómago y fue a despertar a Valèria.

—Buenos días, cariño —le dijo, después de darle un beso en la frente.

Como cada mañana, Jan le inspeccionó los brazos, la espalda y las piernas, y vio, con el corazón roto, que tenía golpes nuevos. Estaban en los muslos, unos espantosos círculos de color negro y morado que demostraban una violencia inenarrable.

—Dios mío, Valèria… —murmuró, al tiempo que la abrazaba con dolor.

—Ha sido jugando con Peludo —repitió por enésima vez—. Ha sido jugando, papá…

Jan se desesperó.

—No te preocupes —dijo entonces, conteniendo las lágrimas—. Hoy vamos al médico, ¿te acuerdas? Hoy lo solucionaremos todo.

En la Seu d’Urgell, la mañana era gris.

Jan, Carla y Valèria circulaban por las calles de la ciudad en coche, viendo cómo los comerciantes empezaban a abrir los establecimientos, los adolescentes se encaminaban al instituto y la ciudad se llenaba paulatinamente de vida.

Se dirigían al hospital con la intención de que un médico diagnosticase de una vez por todas la enfermedad que sufría Valèria.

Mientras conducía, Jan pensaba que aquel era un gran día: era el comienzo de todo, el inicio de un largo y delicado proceso para ayudar a su hija.

Pero sabía que acabarían saliendo de esta situación.

Entraron en el gigante blanco que constituía el hospital y subieron en ascensor hasta la tercera planta. Esperaron durante un buen rato, rodeados de otros pacientes, hasta que, por fin, llamaron a Valèria y la hicieron pasar a una sala para hacerle un electroencefalograma.

—Sale todo perfecto —afirmó el neurólogo mirando la pantalla—.

El lóbulo frontal, la amígdala… Incluso el córtex prefrontal.

—Y entonces amplió la imagen para que se viese mejor—.

Esto pequeño de aquí es lo que permite que tengamos consciencia corporal y lo que, cuando se altera, hace que pueda haber disociaciones entre el cuerpo y la realidad.

Pero Valèria —añadió con una sonrisa— tiene una actividad neuronal totalmente normal. Está perfecta.

Jan no entendía nada. Empezaba a inquietarse.

—¿Y es posible que un psiquiatra tenga otra opinión? —dijo entonces Jan, intentando mantener la calma.

—Sí, claro —reconoció el médico—. Siempre está bien consultar a más de un especialista. Pero ya le digo yo que a simple vista la actividad neuronal es correcta. Todo indica que es un cerebro sano.

Los tres salieron del hospital y enfilaron un largo paseo, flanqueado a ambos lados por plataneros. Avanzaban al paso lento de Valèria, contentos de saber que su hija no padecía la enfermedad del abuelo, pero también inquietos porque eso suponía que seguían sin saber qué le ocurría.

Atravesaron el paseo en dirección al coche, cada uno reflexionando sobre sus hipótesis, cuando, de repente, un hombre los saludó desde un lado de la calle.

—¡Carla! —exclamó, mientras se dirigía a ellos.

Al verlo, Carla se quedó petrificada.

—Estaba pensando en llamarte —dijo Arthur—. Me gustaría que…

El inglés se detuvo en seco al ver que iba acompañada.

—Arthur… —murmuró Carla—, ahora no es el momento…

Pero el inglés ya no la oía, se había quedado completamente inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, mirando a Valèria.

—Es… ¿Es tu hija? —preguntó, paralizado.

Entonces Jan lo reconoció, sabía que era el amigo de Marc, le había visto más de una vez por el camping cuando iba a venderle coca. Lo que le sorprendió era que Carla y él se conociesen.

Pero en ese momento pasó algo. Arthur no podía apartar los ojos de Valèria. Estaba obnubilado. Como si estuviese presenciando un fenómeno sobrenatural.

—Pensaba que era más pequeña —acabó diciendo—. Cuántos… ¿Cuántos años tienes?

La niña lo miró y le respondió con un hilo de voz:

—Siete.

Aquella palabra pareció golpear a Arthur en pleno estómago. Siete años. Al cabo de unos segundos, el inglés miró a Carla, buscando con desesperación una negación, una explicación, un gesto que contradijera el cálculo que acababa de hacer.

Pero, sorprendentemente, Carla, ya harta, ya superada, ya cansada de aquel teatro, de huir, de esconderse, solo fue capaz de cerrar los ojos y bajar la cabeza.

—Siete —repitió él—. Justamente siete años. —Y con una expresión funesta en el rostro se dirigió a Carla—: ¡Serás desgraciada!

Ella chilló.

—¡Ey, ey! —gritó Jan al tiempo que propinaba un empujón a Arthur.

—¡No me toques! —gritó el inglés, que retrocedió unos cuantos metros.

Entonces, Arthur miró bien a Jan y vio que era el dealer que suministraba droga a Marc.

—¿Tú?

—Ahora no, por favor, Arthur, delante de la niña, no —suplicó Carla.

—¿Qué está pasando? —preguntó Jan, que no entendía nada.

Pero, en el momento en que Arthur estaba a punto de volver a arremeter contra ella, apareció de repente un coche de policía.

—¿Todo bien por aquí? —oyeron que decía uno de los agentes, bajando la ventanilla.

Carla abrió la boca para pedir ayuda, pero Arthur levantó una mano.

—Sí, todo bien —dijo—. Todo bien, ya me voy.

Y, profiriendo insultos entre dientes, volvió por donde había venido.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Jan, alterado, cuando la policía también se hubo marchado—. ¡Carla, dímelo!

Carla se tapó el rostro con las manos como si quisiera desaparecer. Había ocurrido. La peor de sus pesadillas. Habían descubierto su secreto.

Hacia las cuatro de la tarde, en medio del camping, Arthur empezó a montar un espectáculo. Gritaba, pegaba patadas a las sillas, volcaba las mesas de plástico, las bicicletas…

Todos los residentes iban asomando la cabeza y saliendo de los bungalows para mirarlo asustados. Estaba fuera de sí.

—¡Yo la quería! —gritaba sin parar—. ¡Y me utilizó!

Se dirigió hacia la ropa que había tendida en una cuerda y se agarró a ella con todas sus fuerzas, tirándola al suelo.

—¡Arthur, para! —dijo de pronto Marc, que acababa de llegar y salía de su coche—. ¿Qué coño haces? ¡Van a llamar a la poli!

—¡Me la suda, Marc! ¡Que la llamen! ¡Esa mala puta me manipuló! —Y, nada más decirlo, volvió a coger una silla y la hizo trizas contra el suelo.

—¡Ya está, Arthur! Ya está…

—¡Me ha utilizado! Ni te imaginas lo que me ha hecho…

—Ahora me lo cuentas, Arthur, pero primero cálmate. —Poco a poco empezó a acariciarle la espalda, con la mano plana, y acabó abrazándolo con dulzura. Pero entonces los interrumpió el sonido de una llamada.

—Joder, es el Camello —dijo Marc separándose de él y mirando la pantalla del móvil.

A Arthur se le desencajó el rostro. Esa misma mañana se había enterado de que el Camello del Valle era el famoso Jan, la pareja de Carla.

—¿Sí? —contestó Marc—. Sí… Está aquí, ¿por qué?

—¿Qué dice? —preguntó Arthur.

—Pregunta por ti —dijo, y le tendió el teléfono.

Jan caminaba por una calle de Arcavell, solo, alejándose de su casa. Sabía que Carla le escondía algo, y algo grave. No era normal que Arthur hubiese reaccionado de aquella forma tan extraña.

—Escúchame —empezó a decir Jan, nervioso, al móvil—. ¿Qué ha pasado antes?

—Jan… No te lo puedes ni imaginar… —respondió Arthur y, de pronto, se vino abajo—. Quiero volver a Inglaterra. Estoy harto…

—Arthur —insistió Jan—, escúchame, mi hija está muy enferma, necesito saber toda la verdad…

Pero Arthur lo cortó con una carcajada.

—¡Mi hija, dice! ¡Mi hija! —exclamó—. Jan, a ver si lo entiendes de una puta vez, a ver si te entra en la cabeza. Valèria no es hija tuya. Hace mucho tiempo que Carla te puso los cuernos.

—¿Qué? —A Jan le faltaba el oxígeno.

—¿No lo sabías? —rio Arthur—. ¿En serio? Bienvenido al club de los utilizados, pues.

—Arthur, ¿qué me estás diciendo?

El inglés volvió a reírse.

—Valèria, amigo mío —anunció—, es hija mía.

Jan no se atrevió a formular ninguna pregunta a Carla hasta que dieron las nueve de la noche y Valèria ya estaba dormida. Como el problema seguía sin resolverse, habían acordado que aquella noche volvería a dormir en la habitación de sus padres.