El juego del silencio Dos días antes de la desaparición #3
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Dos días antes de la desaparición #3

La conversación continuó durante más de una hora.

Ainhoa siguió dándole instrucciones sobre cómo abordar el tema, de modo que Carla cada vez lo veía más factible.

Poco a poco fueron recorriendo a pie todo el barrio de Gracia hasta que llegaron a la plaza del Sol.

Allí decidieron sentarse en la terraza de un bar y pedir un par de copas de vino tinto.

—A ver —dijo Ainhoa, cuando la desesperación ya había remitido y empezaban a bromear un poco—. Hay otra opción —añadió entre risas—. Pero es una locura.

—¿Cuál?

—Mira este barrio. —Señaló a su alrededor—. Está lleno de turistas que vienen cuatro días, de vacaciones, a emborracharse y a mojar el churro, y después se vuelven a casa…

Carla dio un brinco.

—¿Me estás diciendo…?

Ainhoa se encogió de hombros.

—¿Te imaginas? —Rio—. ¡Buscas a alguien que se parezca un poco a Jan o a ti para que el niño salga como vosotros y ya está! ¡El padre biológico se volverá a su país y ni se acordará de ti!

—Estás loca —rio Carla—. ¡Estás loquísima!

Y así pasaron el resto de la tarde, entre bromas y risas.

—Hombre, a mí me encantaría hacer una lista de los posibles padres, ¿eh? —dijo Ainhoa en un momento dado—. ¿Te lo imaginas? ¿Ir por la calle buscando tíos buenos? Ya me entiendes, todo con fines genéticos, ¿eh?

—Pero… ¿y si no funciona? ¿Y si follando una sola vez no me quedo embarazada? ¡Yo no tengo ganas de volver a ver a nadie! Yo quiero a Jan…

—¡Chica, lleva una probeta y dile que se corra dentro y así vas probando! Como si fuese una fiambrera, ¿sabes?

Las carcajadas resonaban hasta el final de la calle.

Transcurrieron los días y las semanas, y cada vez que Ainhoa y Carla quedaban, después de trabajar, se dedicaban a mirar a su alrededor y, siempre de broma, analizaban a los turistas con los que se encontraban.

Observaban a los alemanes, los americanos, los franceses, los ingleses, y sentenciaban con frases como:

—Es un nueve de cara, pero baja cuatro puntos porque no es muy alto.

O:

—Tiene buena espalda, pero cuando sonríe pierde. Mira qué dientes.

O bien:

—¿Tú crees que querer tatuarse se lleva en los genes? Porque no me gustaría que saliese como aquel de allí.

Y, a veces, alguna de las dos ponía los pies en el suelo y decía:

—Tía, ¿te das cuenta de que los tratamos como si fuesen animales? ¿No nos estamos pasando?

Y la otra le respondía:

—Pero si los hombres llevan siglos haciéndolo con las mujeres, para una vez que es al revés…

Siempre era una especie de juego, una forma de pasárselo bien, y ninguna de las dos se lo tomaba en serio.

Hasta que todo se precipitó de un día para otro.

Al cabo de algún tiempo, Carla se encontró con Ainhoa y le dijo que estaba muy ilusionada. Había conocido a un chico.

—Va al centro de yoga —le dijo—. Llevamos unos cuantos días hablando y creo que podría… —Miró a un lado y a otro—. Ya sabes…, ser un buen semental.

Ainhoa estuvo a punto de atragantarse.

—Pero ¿qué coño dices? ¿Te has vuelto loca? ¿Quieres ponerle los cuernos a Jan?

Carla se quedó pensativa unos segundos.

—No… —respondió.

Pero lo cierto era que, en aquel momento, la presión que sentía era del todo insostenible. Hacía demasiado tiempo que se suponía que intentaba quedarse embarazada, y Jan ya empezaba a preocuparse, incluso le había sugerido que fuesen a hacerse pruebas de fertilidad.

Por eso Carla siguió hablando con aquel chico del centro de yoga casi cada día.

Físicamente, era bastante parecido a Jan: pelo castaño, alguna peca, espalda ancha, alto…

Y, además, también se le veía bastante inteligente y divertido.

Arthur, se llamaba. A decir verdad, no le importaría hacer el amor con él.

Incluso en el aspecto logístico, Carla se dio cuenta de que el plan era factible: Jan ni siquiera conocía aquel centro de yoga y, por otro lado, Arthur tenía pensado irse de Barcelona y montar un centro de meditación en Inglaterra, de modo que no volvería a verlo.

Así pues, cada vez más a menudo, después de la clase de yoga, Carla empezó a abordar a Arthur. Los dos se quedaban un buen rato charlando y su relación se iba estrechando con cada día que pasaba.

Un día, sin embargo, las cosas se complicaron: Arthur le confesó que le gustaba y que quería comenzar una relación con ella. Los nervios se apoderaron de Carla.

—Lo siento mucho, Art…, pero tengo pareja —le respondió con el corazón a mil, sintiendo que no podía perder las riendas de su vida de aquella manera. Le habló de Jan y, acto seguido, salió corriendo.

A partir de ese momento, pasó unos cuántos días muy inquieta; sabía que había hecho lo correcto.

Pero luego volvía a casa, con Jan, y veía que su relación iba deteriorándose a pasos agigantados.

Porque, como ese hijo no llegaba, los dos habían empezado a frustrarse.

De pronto discutían por todo, cada vez con mayor frecuencia, a la mínima se ponían irascibles, se decían lo primero que les pasaba por la cabeza aunque no fuese verdad, se hacían daño con palabras duras, con sorna, estaban siempre a la defensiva, cabreados. Incluso habían dejado de hacer el amor.

Carla sabía que se le agotaba el tiempo. Toda aquella farsa no duraría mucho más, su relación pendía de un hilo; si quería seguir con el hombre de su vida, debía actuar rápido. Así que pasó a la acción.

Dejó de tomar la píldora y fue al centro de yoga, decidida.

Cogió a Arthur del brazo y, sin apenas pronunciar palabra, se lo llevó al baño.

Fue rápido y sorprendentemente agradable.

Hicieron el amor como si fuesen dos adolescentes, a escondidas, con pasión, y cuando él estaba a punto de eyacular le dijo:

—Puedes hacerlo dentro, no te preocupes.

Unos días más tarde, hecha un manojo de nervios por lo ocurrido, Carla se compró un test de embarazo y comprobó si lo había conseguido. Pero la respuesta fue negativa.

Contrariada y llena de rabia, le dieron ganas de romperlo todo. Había puesto en juego su matrimonio por nada.

Regresó a casa y siguió como siempre, viviendo una relación llena de discordia, tensión y mentiras. Hasta que al cabo de unos días pensó que, bien mirado, ya había dado el paso. Ya había sido infiel. Ahora no podía echarse atrás, debía volver a intentarlo.

Los encuentros con Arthur se repitieron durante varios meses, hasta que un día Carla se hizo el test y la esperada respuesta llegó: aparecieron las dos rayitas que tanto había soñado.

Se puso a dar saltos de alegría y, emocionada, se fue a casa.

Hizo el amor con Jan y, tres semanas más tarde, le enseñó el test.

—¡Mira! —le dijo—. ¡Lo hemos conseguido!

A partir de aquel momento, la relación con Jan dio un giro de ciento ochenta grados. Volvían a estar tan ilusionados como al principio, tenían un nuevo proyecto entre manos, emocionante y lleno de retos. De pronto, volvieron a cuidarse y a dedicarse todo el cariño. Como siempre.

Por su parte, Carla dejó de ir al centro de yoga de inmediato. Ya no quería saber nada de aquel chico. Ahora la vida le sonreía. Todo iba según su plan. Arthur ya era historia.

Hasta que un día le pareció verlo por la calle.

Se le acercó guardando cierta distancia y reconoció aquel pelo castaño, el jersey verde que llevaba siempre… ¿Por qué no se había ido a Inglaterra? ¿Y si se había quedado a vivir en Barcelona?

Y entonces, de pronto, se dio cuenta del terrible error que había cometido.

Pronto le crecería la tripa, pronto pasearía a una niña sospechosamente parecida a Arthur por la calle, y, si algún día se encontraba con el padre biológico en la terraza de un bar o en medio de una plaza, todo podía saltar por los aires.

Y, aunque no se le pareciera, había otro problema: ¿y si hacía cuentas con la edad de Valèria? Caería en que quizá era hija suya.

La invadió el pánico.

De repente, Carla sentía que el mundo se le venía encima. Debía hacer algo. Poner fin a todo aquello. Y, después de darle vueltas, llegó a la única conclusión posible: tenía que irse, no podía hacer nada más, debía desaparecer de aquella ciudad enseguida.

—Quiero ir a vivir al Pirineo —le dijo a Jan—. No quiero que nuestra hija crezca en un ambiente tan contaminado y lleno de turistas, este barrio ya no es lo que era.

Pero, en un primer momento, Jan no quiso ni oír una palabra.

—Ahora es precipitado, Carla. Estás embarazada. Primero tengamos a Valèria y luego ya veremos.

Y llegó el momento. Dio a luz a una niña preciosa que era el centro de todas las miradas.

Todo el mundo la adoraba. A todos se les caía la baba con ella.

Pero Carla, quizá por pura paranoia, quizá por pura inseguridad, no podía dejar de verle impresa, nítida y evidente, la cara británica de Arthur.

Era incuestionable. Era clavada a él a unos niveles inenarrables.

De hecho, no se parecía en nada a Jan. No entendía por qué ni familiares ni amigos lo veían.

Y el problema fue a más. Cuanto más crecía Valèria, más extranjera parecía. Tenía unos ojos azules enormes, la piel blanca y el cabello rubio como hilos de oro.

Por este motivo, Carla dejó de ver a sus conocidos, se encerraba en casa cada vez con más frecuencia para evitar que sus amigos viesen a su hija y empezasen a sospechar.

Dejó de socializar, de formar parte de ninguna comunidad.

Se centró en el trabajo, porque era el único ámbito en el que nadie sabía nada de su familia.

Allí donde había amigos, se sentía juzgada.

No quería que nadie viese a su hija, la prueba de su error.

Y fue así como aprendió a recluirse en casa, en su cerebro, en el único lugar del mundo donde nadie podía hacerle daño: dentro de su caparazón.

Por su parte, la madre de Jan nunca le hizo ningún comentario al respecto.

Glòria dio por sentado que ya lo había hablado con su hijo y respetaba la decisión que hubiesen tomado, fuera ya cual fuese, sin entrar en ella.

Sobre todo porque, además, se la veía entusiasmada con Valèria.

Su nuevo estatus de abuela la había transformado de la cabeza a los pies. Estaba obnubilada.

Todo aquello solo afectaba a Carla. Cada día que pasaba, la paranoia crecía más y más.

Porque pronto le pareció ver a Arthur por todas partes; lo confundía por la calle, lo atisbaba detrás de ella, esperándola fuera de casa, observando la fachada de su edificio durante horas.

Y empezó a sufrir insomnio, manía persecutoria, sudores, ansiedad.

Solo tenía una cosa clara: debía marcharse de Barcelona como fuese.

Solo volvería a ser libre lejos de aquella ciudad.

Empezó a insistirle a Jan en que quería irse de allí, que Barcelona le generaba un estrés insoportable, que toda la ansiedad que sentía se la provocaban los coches, el nerviosismo y el estilo de vida de la ciudad.

Sin embargo, Jan se mantenía impasible, le decía que quizá más adelante. Que aún no había llegado el momento.

Harta, Carla decidió actuar con una medida de presión que sabía que pondría a su marido entre la espada y la pared: dejar el trabajo.

Todo el mundo se quedó pasmado. Sin previo aviso, dejó un trabajo de ensueño para aceptar otro de poca monta.

Sabía que funcionaría. Era una cuestión matemática.

Sus ingresos no llegarían para pagar durante mucho tiempo más el alquiler escandaloso de aquel piso, ya que, además, acaban de subírselo a mil novecientos euros al mes.

Tarde o temprano tendrían que marcharse de Barcelona. Estaban con el agua al cuello.

Pero un nuevo giro de guion estaba a punto de volver a interponerse en los planes de Carla.

Jan se presentó en casa con una sonrisa de oreja a oreja. Dijo que había conseguido un considerable aumento de sueldo que los seguiría reteniendo en Barcelona durante unos años más.

Carla gritó para sus adentros; el malestar la ahogaba cada vez más y los remordimientos no la dejaban vivir. Hasta que, al cabo de un tiempo, cuando Valèria ya tenía seis años, se plantó:

—Necesito salir de Barcelona —le dijo—. Tenemos que irnos ya.

—¿Por qué? —protestó Jan—. Aquí estamos muy bien. ¡No encontraremos ningún otro sitio como Barcelona!

Él no quería volver a empezar la eterna discusión. Sabía que era el sueño de Carla; le había dicho cientos, miles de veces que quería irse a vivir al Pirineo.

—Jan —dijo Carla—, llevo demasiado tiempo esperando. Si no nos vamos ya, me iré sin ti y me llevaré a Valèria.